sábado, 24 de julio de 2010

LA POLÍTICA COMO McGUFFIN EN UNA PLANETA AMENAZADO

No hace demasiado tiempo había un periodista (sic) —el ínclito Federico Jiménez Losantos— que paseaba su lengua viperina por los estudios de la COPE esgrimiendo, entre otras lindezas, poco menos que eso del cambio climático era una invención. Por imperativo facultativo lo escuché muy de tanto en tanto, y reconozco que como despetador-alarma funcionaba la mar de bien; te despabilabas en cuestión de un par o tres de soflamas del turolense. Claro que al malo de Losantos sabía que le quedaban los días contados en la emisora episcopal y lo de menos era hacer un ejercicio reflexivo, meditado y cargado de sentido común, no ya sólo en cuestiones vinculadas a la política (pertenece a esa clase de gente que tiene respuesta para todo y un poco más), sino de los deportes, la cultura, la economía... hasta la ciencia... Nada exacta, pero eso, según su criterio, que más le daba. No obstante, esa noción de que el cambio climático es como un frente común bañado de idealismo cuya palanca se acciona merced al empuje ejercido por grupos ecologista sin más oficio ni beneficio que tomar el rol de la «mosca cojonera» —en infeliz definición de Manuel Toharia— en el contexto de nuestra sociedad, ha ido calando entre un buen número de personas. La sensación es que determinado sector de población ha dejado de auscultar en torno a estas noticias de tono alarmista-catastrofista y se limita a seguir el sesgo del día a día, sin advertir que la amenaza real se encuentra al doblar la esquina del próximo siglo. Si a estos mismos se les preguntara cuánto tiempo cree que ha pasado desde la abolición de la Inquisición en nuestro país, seguramente un buen porcentaje lo situarían en la edad de bronce (valga la ironía), o se remontarían nueve siglos en el tiempo... Pues bien, tan sólo han pasado algo más de doscientos años, una buena medida para apercibirnos que noventa años, incluso a efectos de historia contemporánea, deviene un tiempo relativamente corto. Incluso muy corto. Lo más terrible del asunto supone que podemos llegar tarde para atajar un problema ecológico de proporciones devastadoras para una parte del planeta y que, tarde o temprano, provocará un efecto dominó.
   Desde esta óptica científico-ecologista —llámesele como se quiera—, para un servidor el juego de la política librada entre los partidos de turno y todo lo que ello conlleva representa una gota en el océano frente al reto que tenemos por construir una sociedad que no mire únicamente al corto plazo, que tome conciencia de que habitamos en un planeta con unos recursos naturales limitados y que las dinámicas creadas a lo largo del pasado siglo y lo que hemos cubierto del presente advierten que la cuestión se puede tornar irreversible. Pongamos un ejemplo reciente. No hay telediario o telenoticies que dejen de mostrarnos a los políticos con sus dimes y diretes sobre el Nou Estatut de Catalunya (el aprobado en el Parlament en 2005), la sentencia del Tribunal Constitucional, que si las competencias lingüísticas, ese cacareado tema identitario, etc. El tiempo y sobre todo el haber desperdiciado el mismo en haber puesto el acento únicamente en estas cuestiones quizás sea la que sienta en el banquillo a la humanidad, incapaz de resolver los problemas que pueden darse a cien años vista. En términos de la existencia del planeta tierra, vendría a ser una parte infinitesimal del estornudo que puede tener una persona a lo largo de sus, pongamos por caso, ochenta años ¿Quo Vadis Izquierda Unida o Iniciativa per Catalunya? ¿Acaso comporta más votos desvivirse por las cuestiones lingüísticas que por ofrecer una mirada más abierta, más amplia con el ánimo de impulsar una conciencia ecologista que deje en un cuarto plano si el artículo quinto del preámbulo segundo dice que somos o no una nación? Mother Earth, my friends. Ya demasiados avisos está dando la Madre Tierra en forma de maremotos, terremotos, huracanes, tifones, ciclones (echen mano de las estadísticas y verán: las frecuencias de estos fenómenos han aumentado aritméticamente en los últimos años)... para que nos tomemos en serio una realidad infinitamente más importante que lo circunscrito en el ámbito de la política hecha para y por los politicos. Ni tan siquiera en el escenario más favorable, cuando se certifique al cabo de unos pocos años que seremos 7.000 millones de habitantes, podemos asegurar que nuestra tierra resiste bien los embates del cambio climático. Una hiperpoblación tantas veces planteada en sus escritos de ciencia-ficción, en su derivación de anticipación, por parte de Harry Harrison que colocará frente al abismo a un porcentaje significativo de la misma, al albur de los masivos fenómenos naturales que tienen, no me cabe la menor duda, su origen parcial en un cambio climático que solo los necios pueden rebatir. Pero infinidad de necios habitan en este planeta, actuando como espectadores de una película cuyo McGuffin —según los cánones hitchcockianos— lo relacionan con ese juego político aludido en que se siente el batir de las banderas y de las insignias identitarias, sin reparar en el verdadero contenido de la trama, la que nos dibuja un panorama sombrío sobre los peligros que acechan a la Madre Naturaleza si no le ponemos remedio.

domingo, 18 de julio de 2010

ELMER BERNSTEIN (1922-2004): TAN CERCA... DEL CIELO MUSICAL

En el annus horribilis para el mundo de la música de cine, esto es, en 2004, la luctuosa noticia del fallecimiento de Jerry Goldsmith (1929-2004) y David Raksin (1912-2004) al poco vendría acompañada por la de Elmer Bernstein (1922-2004). Hasta la fecha no había dedicado un post en Haldane sobre un compositor hour de categorie (valga el símil ciclista) por el que sigo profesando una admiración absoluta. La buena nueva de la edición en CD, a cargo del sello Varèse Sarabande, de Secretos de un matrimonio / A Walk in the Spring Rain (1970) que he adquirido recientemente, amén de la coincidencia que hace sesenta años debutó como autor de bandas sonoras en el campo del largometraje, ha dado pie a rendir mi particular tributo a Elmer Bernstein desde este modesto blog. Sin parentesco alguno con otro «notable» de la música con mayúsculas, Leonard Bernstein, el artífice de partituras que forman parte del acervo cultural-cinematográfico como Los siete magníficos (1961), El hombre de Alcatraz (1962) Matar un ruiseñor (1962) o La gran evasión (1963) define como pocos la expresión de una regularidad sostenida en el curso de cinco decenios largos. Es de aquellos compositores que al escuchar una de sus partituras en disco compacto, vinilo o (re)visionando alguna de las películas en las que colaboró el vocablo decepción raramente suele sobrevenirme. Para estas bandas sonoras escritas en el pentagrama por Elmer Bernstein siempre hace acto de presencia una calidez intrínseca a sus notas que embellecen el panorama humano tratado en el celuloide. En la única oportunidad que puede tener cerca a Mr. Bernstein —poco antes de su deceso, en la previa de su memorable concierto en la Sala Gran del Auditori de Barcelona— traté de expresar, de forma telegráfica (contexto obligaba), lo que en síntesis considero que fue su trayectoria profesional: sus primeros años coincidieron con la paulatina extinción de un modelo de cine de grandes decorados, majestuoso en sus formas con el oropel del technicolor y del cinemascope; el verdadero realce de su obra vendría dada por su alineamiento con producciones de los años sesenta y setenta gobernado por un humanismo a flor de piel en el centro de sus respectivas narraciones; su tercera y última etapa (años ochenta y noventa) obedecería al dictado de la infantilización del cine, salpicada de varias colaboraciones en films que miraban a través del retrovisor y requerían de la participación del neoyorquino para extraer el máximo partido de unos sentimientos generalmente expresados de una forma soterrada. Al cabo de mi breve exposición él asintió con la mirada y las palabras. Quise leer en esa mirada un poso de nostalgia, de pesar por un cine que ya no regresaría y con ello el potencial creativo de Bernstein quedaría básicamente supeditado a subrayar auténticas naderías en las que la hondura psicológica de los personajes brillaba por su ausencia. Por ello, cuando Bernstein tuvo frente sí la oportunidad de colaborar con operaciones llámese retro o con aromas de clasicismo, no desaprovecharía la ocasión para sacar de sus entrañas el genio tocado por el pincel de la sensibilidad que llevaba dentro. La edad de la inocencia (1993), Al caer el sol (1997) y Lejos del cielo (2003) conforman ese trípode de «virtuosismo otoñal» que apuntar en el casillero profesional de Elmer Bernstein; ejercicios que hicieron mejores películas a los trabajos orquestados tras las cámaras por Martin Scorsese, Robert Benton y Todd Haynes, respectivamente. Éste último no pudo tener mejor olfato al recurrir a la figura de Bernstein para una historia ubicada en un entorno rural de los Estados Unidos en los años cincuenta. Ese periodo que serviría, entre infinidad de cuestiones, para entronizar el concepto del american way of life, pero que al rascar un poco sobre su superficie se nos presentaba una realidad paralela sustancialmente disímil. Una realidad que, en apariencia, para el aficionado los primeros compases profesionales de Elmer Bernstein podrían obedecer al retrato-robot de compositor en ciernes con talento que se fogeaba en producciones a la espera que la oportunidad de oro se presentara al cruzar el umbral de la treintena. Los diez mandamientos (1956) se aventuraba como esa oportunidad que nadie en sus cabales y con la templanza suficiente hubiera dejado escapar. Pero alguien creyó que las notas de Bernstein tenían el color rojo —como él mismo señaló en la que a mis oídos fue una auténtica master class— y anduvieron remisos en Hollywood en contratar a Bernstein, dejándolo a su suerte al verse involucrado en una serie de títulos de la sci-fi que oscilaban entre la B y la Z. La maquinaria del maccarthismo estaba aún a medio o pleno rendimiento, pero por fortuna su purgatorio en producciones de ínfima calidad —en consonancia con sus presupuestos— no hicieron mella en el ánimo del neoyorquino. A partir de ese encuentro que proveería la «divina providencia» que se dio entre Bernstein y Cecil B. De Mille la leyenda para el compositor de ascendencia judía se iniciaba con paso firme. Parafraseando el título del libro de memorias de otro de los que estuvo en el ojo del huracán del senador Joseph McCarthy y de sus acólitos, Ring Lardner, Jr. Me odiaría cada mañana... si no escuchara la música de ese gigante llamado Elmer Bernstein. Seguiré dejando que fluyan las lágrimas por mis mejillas mientras escucho esas piezas que interpelan al corazón como el célebre main title de To Kill a Mockingbird. Una auténtica bendición para esa parte intangible de nuestro ser... humano. 

domingo, 11 de julio de 2010

«DREAM THEATER»: EL ESTADIO DEL ROCK PROGRESIVO... CON PARADA Y FONDA EN EL «METAL».

Parece haber cierto consenso entre los analistas e historiadores musicales que la extinción de los «dinosaurios» del rock sinfónico o progresivo se debió, entre otras consideraciones, a la expansión del fenómeno de las radio-fórmulas —léase Los 40 principales, como paradigma de la misma— que no encontraban acomodo en sus parillas de programación herzianas temas que sobrepasaran los 3 ó 4 minutos. Al entrar en el periodo de la «glaciación» musical creativa en tantos sentidos —y que, en cierta manera, perdura—, Yes, Genesis, King Crimson, Pink Floyd y Emerson, Lake & Palmer, entre otros, iban quedando progresivamente fuera de la onda a los oídos de las nuevas generaciones que observaban el fenómeno sinfónico como un efecto residual, un vestigio del pasado arrinconado por Los 40 principales y sucedáneos. Como suele suceder en estos casos, la alternativa al conocimiento de estos grupos y de sus legítimos continuadores se debía más a una labor de arqueología por parte de aquellos aficionados que huían de la dictadura de las modas y mataban el tiempo buscando y rebuscando en las tiendas especializadas, preferentemente los viernes y los sábados por la tarde. Hoy en día ese ejercicio que comportaba su particular liturgia ya no tiene lugar en la era de las descargas por internet o las visitas a los vídeos de Youtube. El valor de «jugártela» con la adquisición de un determinado disco es pura entelequia al correr de los tiempos. No acierto a recordar si alguna vez me quedé frente a una portada de alguno de los CD’s de Dream Theater y tuve la tentación de apostar por destapar el tarro de las esencias o abjurar de mi mala elección al reproducirlo en la cadena. Pero, sea como fuere, lamento mi tardanza en el descubrimiento de una banda de la que tenía vagas referencias, y que mi recelo seguramente procedía de su militancia en el sector metalero, del que por prescripción médica (los decibelios a tropemil casan poco con tener una buena puesta a punto del oído medio para percibir toda la gama de sonidos posible que procura la madre naturaleza) me he abstenido. La prospección estos últimos meses por el sinfónico jurásico me ha llevado hasta unos grupos de nacimiento más cercanos en el tiempo, en las que ese terceto de antiguos estudiantes de Berkeley parecían llamados a disputar el cetro del rock progresivo a los escoceses Marillion toda vez que Genesis, Yes y Cia habían entrado en barrena por distintos motivos.
A punto de cumplir sus bodas de plata, Dream Theater pueden vanagloriarse de haber dado cabida a una decena de álbumes en estudio, una cifra nada baladí si tenemos en cuenta que los neoyorquinos han conquistado a un público disperso por medio planeta sin perder la perspectiva de una calidad digna de todo encomio en las grabaciones y una necesidad imperiosa por abandonar cualquier reducto de complacencia en la modalidad de repetir una fórmula que les resultara exitosa en el pasado. Definitivamente, Dream Theater es un grupo que me ha ganado en esas propuestas más melódicas sin dejar de enarbolar la bandera del sinfónico con resabios de Pink Floyd y mostrando vasos comunicantes con los Marillion lideados por Mr. Hogarth. Piezas con las que voy construyendo ese particular museo de los sueños acústicos, apuntalada en los últimos tiempos por esa vertiente del progresivo en su derivación metalera que Dream Theater define con majestuosidad. Las agendas para un servidor estarán libres cuando los de New York decidan escoger Barcelona o cercanías para su próximo tour europeo, aquel que presumible les lleve nuevamente por el viejo continente para conmemorar su 25 aniversario. Allí estaremos para dejarnos seducir por esos generosos conciertos de más de tres horas. Hasta entonces tiempo habrá para «bucear» en ese «océano» sonoro donde habitan en el fondo marino  «perlas» como Thorough My Words, Anna Lee o The Silent Man, y donde podemos dar las vueltas precisas a esa llave de la sensibilidad vocal e instrumental que abra el cofre de su masterpiece Train of Thought (2002). Luego vendría una cierta fase experimental que ensombrencería los hallazgos de antaño pero, al cabo James LaBrie, sigue manejando con firmeza el timón de la nave Dream Theatre sin abandonar sus raíces del rock progresivo, si bien haciendo gala de algún que otro abordaje a un barco (con bandera pirata, of course) bañado de  «metal» pesado. En estos paréntesis musicales con prospección a un género que no tengo el honor de cultivar habrá que atender al enunciado de su quinto álbum de estudio y mantenerse a Seis grados de la oculta turbulencia... de un heavy que parece no ser de ese mundo, de ese «teatro de los sueños» cuando la misma voz, arropado a los teclados por Jordan Rudess (con un look cruce Peter Gabriel post-Up y Mark Kelly de Marillion), por la batería y la percusión de Mike Portnoy y por las guitarras de John Myung y John Petrucci, se encomienda a trazar versos musicales de una sensibilidad exquisita.

Este post está dedicado a mi buen amigo Àlex Romano, un amante del rock como pocos. Su entusiasmo por la música es de las que motiva a seguir haciendo nuevos descubrimientos. Dream Theatre lo ha sido y en grado sumo.

Invitación a escuchar los temas Through Her Eyes y Anna Lee en YouTube:
http://www.youtube.com/watch?v=mcG0dpBz7tc
http://www.youtube.com/watch?v=qk_o87vRt-0

domingo, 4 de julio de 2010

JAUME CARRERAS Y «EL PAISAJE VACÍO»: LA OBRA DE UN «RENAISSANCE MAN» DEL SIGLO XXI

Para un servidor la definición más acorde con el término talento es la combinación de inteligencia y sensibilidad. Por ello, la inteligencia emocional se encuentra intrínsecamente ligada con la idea de que alguien posea talento. Favorecer ese nexo común entre ambos parámetros guarda mucha relación con la idea que uno tenga sobre ese círculo de amistades que teje a su alrededor. Si uno se rodea de mediocres acabará convirtiéndose en un mediocre más en la «cadena trófica humana». Por el contrario, si se sabe arropado por las personas que definen sus palabras y sus actos guiados por una inteligencia emocional, presumiblemente favorecerá su potencial creativo que, a priori, todas las personas poseen pero que a menudo permanecen inactivos para siempre. Este pensamiento me sobrevino al cabo de reencontrarme con una de las personas de mayor talento que he conocido en mi vida: Jaume Carreras. Recuerdo con agrado los tiempos de Seqüències de cinema, allá por mediados los años noventa, cuando leía a Jaume sus comentarios críticos de las bandas sonoras para nuestra revista. Allí advertí su talento que, lejos de remitir, ha ido creciendo exponencialmente hasta abarcar otros espacios del conocimiento. Para él, la música, la literatura, la filosofía o la pintura no son compartimentos estancos, sino que permanecen interconectados, responden a un efecto osmótico. En el curso de estos quince últimos años de su vida llevar la contabilidad de las cosas que ha hecho desde el plano creativo se me antoja misión imposible. Teatro, cine, televisión, música... y desde hace un tiempo la literatura ha penetrado en el interior de una mente que capta ese mundo prefigurado por conceptos intangibles con la misma facilidad que las abejas extraen el néctar de las plantas. Su obra El paisaje vacío refrenda lo que ya intuí años a en relación a Jaume. Él se guía por una métrica musical que hace posible crear unas cadencias literarias tocadas por un halo armónico, un «milagro» textual que alcanza la condición de pequeña obra maestra con El paisaje vacío. En las fechas de su publicación —entiendo que no deberá transcurrir demasiado tiempo para ello— algunos podrían advertir el ascendente de Cormac McCarthy —en particular, La carretera (2009, Ed. De Bols!llo)— por la descripción de un mundo que se ha inmolado, pero Jaume difícilmente sigue a rebujo de una fórmula o de un estilo literario arbitrado por las modas imperantes. Más bien, Jaume levanta puentes con ese espacio de la prosa escrita en catalán o castellano —Pere Calders y Manuel de Pedrolo en primer término— que amaga hacia el espacio poético donde las palabras se despojan de cualquier significado que no guarde relación directa con la esencia de la vida. Una vez mi buen amigo Jordi Marí definió perfectamente esa piedra roseta de los escritores establecidos en dos modalidades literarias: los que se dedican a la prosa buscan la palabra precisa para cada texto; los que elaboran poesía persiguen expresar los sentimientos pertinentes. Pues bien, Jaume integra la palabra y el sentimiento adecuado en su magistral El paisaje vacío. Antes que alguno de los «hombre-libro» imaginados por Ray Bradbury recite para sí mismo una y otra vez pasajes literario-poéticos tales como «La mirada del alma guía el pincel de los sentimientos. Con él trazamos el mapa de nuestra ciudad ideal. Pintamos la lluvia con la tristeza, teñimos el sol de esperanza...» la literatura elevada a los altares de la excelencia emocional nos debe la publicación de El paisaje vacío. Gracias Jaume por tu amistad y tu dedicación, cuál orfebre, por esculpir obras desde el silencio que se produce mientras se filtran los primeros rayos solares. Un silencio que se encuentra tan vinculado a esa tierra de nadie, situada en medio de ese gran espacio habitado por la mediocridad y de ese exclusivo reducto donde campan a sus anchas los pedantes, los ególatras y los tocados por una vanidad que excluye el valor de la modestia y del arte de escuchar a los demás.

sábado, 26 de junio de 2010

LA «CAZADORA» Y EL «ÁNGEL» CAÍDO

Story of My Life (1988) de Jay McInerney no debía figurar entre las lecturas de John Edwards  (1953, Séneca, Carolina del Sur), por aquel entonces demasiado ocupado al frente de su bufete de abogados en el estado que le vio nacer. Una labor, la de Picapleitos a tiempo (casi) total, que le haría prosperar en la escala social y formar parte de ese infinito club de self made men que pueblan por doquier la geografía estadounidense. La fortuna sonreía a Edwards a medida que las demandas interpuestas en nombre de sus clientes prosperaban. Edwards estaba escribiendo la historia de su vida cuando pasó de una condición humilde, en la linde de la pobreza, a una prosperidad que le situaba en la parcela de los nuevos ricos del Sur de Carolina. Puestos a elucubrar sobre su futuro, la abogacía le daba suficientes réditos pero, al parecer no los suficientes para ahogar sus penas tras la muerte de uno de sus cuatro hijos —fruto de su relación con Elizabeth Ananay— en un accidente automovílistico. Una vez más, la biografía de un self made man que se escribe con algún que otro renglón torcido producto del infortunio personal o la tragedia familiar antes de concitar el interés mediático. El suyo se debería a su decisión por abordar una carrera política con garantías a partir de postularse como senador demócrata por el estado Sourth Caroline. En un cuatrienio el ascenso de John Edwards fue tal que su tocayo Kerry, ex combatiente en Vietnam, receloso en un principio dado la bisoñez de éste, hizo una apuesta para que ambos contrarrestaran el avance en los sondeos de la dupla republicana George Bush Jr-Dick Chenney en los comicios electorales de 2004. La apuesta quedaría en tentativa pero John Edwards, lejos de claudicar, en los siguientes comicios se perfilaba como uno de los firmes candidatos del Partido Demócrata en las primarias con vistas a disputar la plaza por la Casa Blanca. El fenómeno o el efecto Barack Obama no explicaba por sí solo el porqué de la frenada en seco la línea en progresión que parecía haber mantenido Edwards desde que capitulara y empezara a trazar paralelismos con la ejecutoria profesional de Robert F. Kennedy. Pero, al parecer, Edwards seguía sin leer a McInerney y el libro que le había situado en el mapa de la vanguardia literaria estadounidense, ni que fuera por esa necesidad perentoria de algunos críticos del New York Times Magazine y otras publicaciones de tirada nacional por escarbar a la búsqueda y captura de presuntos talentos con los que rendir pleitesía a una nueva generación de auteurs.
Hubo un tiempo (breve, eso sí) que pensé en John Edwards como el político que aglutinaba lo mejor del kennedismo, un término del que participan indistintamente John F. Kennedy y Robert F. Kennedy. Pero, al cabo, todo quedaría en un mero espejismo, ensombreciéndose la imagen del ex senador de Carolina del Sur hasta límites insospechados. Lo haría a costa de dinamitar una campaña de imagen que tuvo en el asunto de una infidelidad conyugal su primer y mortífero torpedo en la línea de flotación del buque portador de la campaña electoral al poco de salir del puerto demócrata con destino Washington DC. El hundimiento de ese navío trajo consigo un inevitable divorcio con la esposa y madre de sus cuatro hijos, que había pasado por el trance de librar una ardua batalla contra el cáncer. Los telespectadores de Oprah Winfrey no le perdonarían semejante afrenta moral, pero quien debía estar frotándose las manos era Jay McInerney, cuya heroiía y, a la sazón, narradora de Story of My Life, Alison Poole, se inspiraba en la mantis religiosa que había atendido a las requisitorias del acaudalado abogado en el backstage de la campaña electoral demócrata no tan sólo en calidad de documentalista. Tras su frustrada aspiración por convertirse en actriz, Rielle Hunter, la alter ego de Alison Poole, daba sentido a su apellido cuando movió los hilos necesarios para someter a un chantaje a Mr. Edwards: el silencio de la paternidad de éste se compraba por no menos de cinco mil dólares al mes. John Edwards, para salir del paso, construyó su propia mentira implicando en el affaire a su amigo Andrew Young, al punto que se falsificaron pruebas de ADN para negar cualquier vinculación del aspirante a la Presidencia de los Estados Unidos con Quinn, la hija biológica de Rielle Hunter. McInnerney supo que la realidad le servía un plato en bandeja para modelar Penelope On the Pond («Penélope en el estanque»), como punta de lanza de su colección de relatos breves, The Last Bachelor and How It Ended (2008). El fin en tantos sentidos de Edwards parecía haberlo anticipado McInerney. Ese John Edwards, al que muchos señalaban o señalábamos como un continuador de la doctrina del kennedismo, quedaría atrapado en el lodazal de la mentira y de la impostura moral. Más bien, echando la mirada hacia atrás, pienso en John Edwards en términos de esos embaucadores que produce a expuertas la política y la religión en los Estados Unidos, a la manera de esos personajes pintorescos que asoman en los relatos de Robert Penn Warren, Sinclair Lewis o Mary Flannery O’Connor. Pero presumo que estas referencias tampoco le digan demasiada cosa porque la lectura de ficción no ha debido ser el punto fuerte de Mr. Edwards y de sus asesores. De haber sido así, alguna que otra «cazadora» con el objetivo de su cámara apuntando hacia su bello rostro, se hubiera ahorrado.

sábado, 19 de junio de 2010

THOMAS HARRIS: UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO

Mi interés por la obra de Thomas Harris (1940, Cleveland, Missisissippi) se remonta algo más allá de la puesta de largo de la afortunada adaptación cinematográfica de su tercera novela. Al haber leído alguna que otra reseña en papel en la era pre-internet, busqué por distintas librerías de Barcelona un ejemplar de El silencio de los inocentes (1988) pero sin suerte. Las muecas de desconcierto de aquellos libreros pronto mutarían a dibujar una media sonrisa meses, quizás un año más tarde cuando El silencio de los inocentes por la «gracia divina» de su versión cinematográfica, marcando una curva ascendente en la cuenta de resultados de Lauren Films. Al cabo, vi levantar el Oscar® (en diferido) a Ted Tally —repitiendo idéntica fortuna que la acontecida con Sucedió una noche (1934), aunque mi admirado Anthony Hopkins no las tenía todas consigo en esa velada; Nick Nolte, a su lado, se iba ajustando la corbata— y me pregunté cuánto tardaría el guionista de frente despejada en llamar a Thomas Harris para compartir con él semejantes honores en forma de dorada estatuilla. Como su creación literaria Hannibal Lecter, Harris debió responder para sus adentros: Quid pro quo. Digamóslo de forma clara y meridiana: sin el fenómeno cinematográfico no se hubiera dado el fenómeno literario.
Revisada en estos días Hannibal (1999), la esperada continuación de El silencio de los inocentes, he corregido un tanto a la baja (noto la ausencia de figuras metafóricas o alegóricas para darle más enjundia literaria) mi primera impresión sobre las prestaciones de una novela que ofrecía lo mejor de sí en aquellos capítulos recreados en una ciudad, Florencia, donde es fácil caer preso del Síndrome de Stendhal. Harris lo debió «experimentar» en sus propias carnes porque allí se pasó una larga temporada de incógnito, persiguiendo la llama de la inspiración antes que ésta se apagara hasta nuevo aviso. A falta de enfrentarme algún día a la lectura de Hannibal: el origen del mal (2006) —de hecho, él mismo escribió un guión cinematográfico como paso previo a la escritura del texto novelado—, puestas en perspectiva cronológica, cada nueva novela de Harris me parece mejor trabajada, a nivel narrativo, que la anterior. Una evolución que no siempre se corresponde con la andadura profesional de uno u otro escritor, pero que en el caso de Thomas Harris demuestra hasta qué punto su obstinación y su tenacidad le han llevado a abandonar «tierra santa» de la mediocridad —Domingo negro (1975), revestido de un estilo periodístico bastante discutible— para ser «bendecido» por los lectores de todas latitudes, razas, condiciones sociales y niveles culturales. Esa «bendición» que parece caminar en sentido contrario a determinada crítica literaria, «alérgicos» a los bestsellers o los longsellers del presente siglo y de la segunda mitad del pasado, soslayando la circunstancia que William Thackeray, Charles Dickens, Henry James o Nathaniel Hawthorne, por citar algunos prohombres de la literatura angloamericana, ganaron buena parte de su reputación en función del número de ejemplares que vendieron no tan sólo una vez consumado el deceso sino en vida. En el año que Thomas Harris cumple su setenta cumpleaños no tengo por menos que plegarme a su maestría a la hora del bosquejo psicológico de sus personajes, del que Hannibal Lecter destaca sobremanera. Una creación literaria en toda regla que ha pasado a la galería de los personajes intemporales. No cabe duda que el retrato psicológico de Hannibal Lecter no nace de sobreponerlo al de un asesino del siglo XX. Es, en definitiva, un compendio de muchos de ellos, aunque aquellos relatos de la crónica negra en cuyo epicentro se situaba William Coyne —serial killer y practicante del canibalismo—, el «monstruo» local de Mississippi en los tiempos de la Gran Depresión debieron hacer mella en Thomas Harris. Solo la mente de Thomas Harris conoce las piezas que utilizó para construir ese puzzle mitad humano, mitad demonio que el cine colocaría el rostro de Anthony Hopkins. Jeffrey Dahmer «el asesino de Milwaukee», Tsutomu Miyazaki, Ed Gein... y el propio Harris —distinguido Cordon Bleu en alta cocina en París y, a decir de sus más allegados, con unos modales exquisitos y de un carácter solitario— crearon esa forma semiterrenal que si en el papel nos estremece en la gran pantalla nos sitúa en las cavernas del miedo. Un miedo ancestral, primitivo que Harris estudió desde su infancia. Una infancia recorrida por el placer que le proveía la lectura —Polly, su madre, asevera que lo hizo a partir de los tres años— de esos textos de todo tipo, con una progresiva decantación —ya en su etapa juvenil— por los tratados de criminología y por los clásicos. Para un servidor, él ya pertenece a esta categoría, aunque solo fuera por El silencio de los inocentes y en parte, Hannibal. Gracias, Thomas.

lunes, 14 de junio de 2010

NEIL JORDAN EN «SCIFIWORLD» (JUNIO DE 2010, Nº 27)

Creo recordar que mi primer encuentro con el cine de Neil Jordan fue visionando un programa doble donde se proyectaba En compañía de lobos (1984), junto con El resplandor (1980). Sin margen a equivocarme la principal motivación de aquella doble oportunidad debió ser el film de Stanley Kubrick en tanto que adaptación de una novela de Stephen King por el que confieso me pasé una larga temporada familiarizándome con cada una de sus aportaciones indirectas a la gran pantalla mientras me enfrentaba a la lectura de algunos de sus textos —Carrie, Cujo, La zona muerta, Cementerio viviente, It, La larga marcha (bajo el pseudónimo de Richard Bachman), etc.—. Muy poco o nada podría decir por aquel entonces de Angela Carter, la coguionista y autora de tres de los cuentos —en el mejor de los casos, de la extensión de la mitad de un capítulo de una las voluminosas obras de Mr. King— en que se basa —al margen de La caperucita roja de Charles Perrault— In Company of the Wolves, incluidos todos ellos en la edición de La cámara sangrienta y otros cuentos (1979) a cargo de Minotauro. Es curioso que aquella sesión doble haya sido, en cierta medida, la semilla —seguramente había visto con anterioridad 2001: una odisea del espacio (1968) aprovechando alguna de sus múltiples reposiciones— de un libro consagrado a Stanley Kubrick (Dirigido por... Colección Serie Mayor nº 9, 1999) y ahora un extenso artículo sobre los films fantásticos de Jordan en la revista Scifiworld (junio 2010, nº 27). Además de En compañía de lobos el artículo en cuestión hace un análisis de la polémica en su día Entrevista con el vampiro (1994) e In Dreams (dentro de mis sueños) (1999), que adolece de una segunda parte consistente en contraposición con un arranque y una parte expositiva bastante interesante. A la espera de publicar pronto dentro de la misma revista el análisis de Ondine (2009), el último largometraje del cineasta irlandés antes de enfrascarse en la confección de un episodio piloto sobre la saga de Los Borgia, me satisface poder difundir el conocimiento de la obra de Neil Jordan. De todos los cineastas que surgieron en la década de los ochenta para adelante, Jordan ocupa un lugar preferente porque cumple un requisito fundamental: sus guiones presentan una robustez absoluta, en la mayoría de los casos satisfechos tras un proceso de encaje de relatos o cuentos cortos de raíz tradicional. En este aspecto, Jordan gana distancia frente a la plana mayor de sus colegas porque tiene un conocimiento enciclopédico de esa narrativa que ha cultivado como escritor, una faceta que ha quedado en una zona de penumbra o de pura opacidad incluso a los ojos de aquellos que le sitúan en el terreno de los directores más solventes del cine contemporáneo.
Después de En compañía de lobos he ido viendo cada una de las películas dirigidas y/o guionizadas por Neil Jordan de una forma algo atropellada, pero confiando que sobre una sólida base se asentarían propuestas de calado. El balance hasta la fecha es más bien favorable, e incluso advierto que en segundos o terceros visionados me ganan títulos como Juego de lágrimas (1992) o El buen ladrón (2002), en la que demuestra como ha llegado a dominar el lenguaje cinematográfico tomando como punto de partida Danny Boy / Angel (1982) —su bisoñez es ampliamente puesta sobre el tapete en una larga entrevista que se incluiría en Mis primeras películas (2001, Alba Editorial)—. En mi particular abecedario sobre cine, pues, no falta en la «J» Jordan, de nombre de pila Neil como otro gigante con pies de hierro. Si los hados le son favorables, creo que Neil Jordan en un futuro cercano o lejano, tiene acceso a rodar una obra maestra. De momento cuenta con algunas grandes películas —las citadas Juego de lágrimas y El buen ladrón—, un amplio muestrario de buenas películas y unos cuantos títulos que no llego a entender cómo se involucraría en los mismos —encabeza este deshonroso ránking la lamentable El hotel de los fantamas (1988)—. Mención aparte merece para un servidor En compañía de lobos, ejercicio de licantropía sublimado por un efecto hipnótico al que no sería ajeno la partitura de George Fenton, un compositor británico admirable. Sin duda, esa impresión debió calar en mi ánimo a la salida de aquella vespertina sesión en un cine sito en las proximidades del instituto de L’Hospitalet de Llobregat donde cursé estudios medios. Long time ago...

domingo, 6 de junio de 2010

ODIO ENTRE «HERMANOS»: ¿OTRO SEPTIEMBRE NEGRO?

Los escenarios postapocalípticos han visitado últimamente las salas comerciales de distintos puntos del planeta y no parece que la realidad actual nos lleve a pensar que nos aguarda, al doblar la esquina, el mejor de los mundos. Si equiparamos, en este caso, el cine a la moda, Hijos de los hombres (2006) empezaría a marcar tendencia y en lo sucesivo desfilarían por la pasarela de las salas oscuras Soy leyenda (2007), El libro de Eli (2009), La carretera (2009)... Al final de esa soberana lección de cine pergeñada por el mexicano Alfonso Cuarón —a diferencia de lo que acontece en la novela de P. D James en que se inspira—, hace acto de aparición un barco que lleva inscrito en su superficie metálica el nombre «Esperanza». Esa nave que surca en la negra noche que, casi como un acto reflejo, relacioné con el que el pasado lunes 31 de mayo se dirigía con destino a las costas de Gaza para abastecer de recursos alimentarios y sanitarios a las maltrechas familias palestinas que habitan en un infierno a ras de suelo, sin tener las mínimas condiciones satisfechas que precisa cualquier ser humano. Un pueblo sometido a la humillación constante de Israel pero asimismo preso de un estado corrupto que crea esas pirámides de ignominia donde la base sufre los desafueros y las arbitrariedades de unos pocos situados en la punta de lanza del Sistema. Navegar entre dos aguas en pos de una supervivencia que busca aferrarse a una orilla que desprende un hedor insoportable pero con el pálpito que ese barco de la esperanza cubrirá las urgencias de las próximas semanas, días, acaso horas... Ese lunes 31 de mayo la esperanza se disipó verbigracia de la acción del operativo desplegado por el ejército israelí, incapaz de contener a unos «soldados» armados de palos y hierros. Matar moscas a cañonazos ordenaron algunos descerebrados del Mossad en una de esas operaciones que tienen todos los condicionantes posibles para merecer una condena unánime de la comunidad internacional. Al parecer, el balance de ocho ciudadanos turcos —además de uno estadounidense y alguno que otro sin identificar que guarda silencio en el fondo del mar— no es peso suficiente para que la Comunidad Europea moviera cielo y tierra para poner firmes a los responsables del gobierno israelí, ordenando dimisiones en masa entre los mandos intermedios y superiores como antesala de juicio sumarísimo a quienes han sido responsables directos de semejante carnicería. Alguien se preguntará si en lugar de turcos hubieran sido ciudadanos españoles, franceses o irlandeses los que viajaran de regreso a sus respectivos países de origen en féretros la situación sería sustancialmente diferente. Bien es cierto que Turquía presenta en su «hoja de servicios» un pasado reciente y lejano donde la tortura en las cárceles era una práctica habitual. No en vano, una de las tres razones por las que hasta hace pocos años se había denegado sistemáticamente la entrada de Turquía a la UE se debía a lo que se denunciaba en El expreso de medianoche (1978), en palabras que escuché en boca de su director, Alan Parker. Por tanto, aquellos rescoldos del pasado turco no han jugado a favor a la hora de aglutinar las adhesiones suficientes de cara a la comunidad internacional para que Israel diera su brazo a torcer. La indiferencia suele ser compañera de la neutralidad, pero la amistad destronada caldo de cultivo para una enemistad persuadida por el susurro de la venganza. En esa voluntad por lavar la imagen y presentarse al mundo con una cara lozana Turquía había lanzado sus redes en forma de alianzas a Israel con la falsa presunción que se sentiría correspondido. Nada más lejos de la realidad. Presumo que con motivo del Mundial de Básket a celebrar en Turquía en septiembre, la presencia del equipo israelí en el país otonamo será un buen termómetro para dictaminar hasta qué punto la fractura tiene visos de comportarse como una falla. Los terremotos no son ajenos a la historia de Turquía en los últimos tiempos, pero los que anuncia al corto o medio plazo por los sismógrafos de la política no se miden por la Escala Ritcher sino por la «Escala Netanyahu», aquella que obedece, cuál tablero de la Ouija, a los designios de esas organización siniestra paramilitar que opera en la sombra y que se escuchan de vez en cuando las plegarias de Ariel Sharon desde el más allá. Entretanto, la maquinaria de desmentidos funciona a pleno rendimiento en las embajadas y consulados de Israel, y en determinados foros, al margen de contar con los profundos silencios de los representantes de la diáspora judía de alcurnia, a modo de cortafuegos para mantener a raya las llamas del antisemitismo. Unas llamas, aventuro, que acabarán por desbocarse si el gobierno de Israel desoye la ira que se escucha a uno y otro lado del estrecho del Bósforo donde se contemplan esos amaneceres teñidos de magenta. Si no se pone coto a la esquizofrenia que domina el pensamiento del gobierno liderado por Benjamin Netanhaju —la antítesis de ese hombre de honor llamado Isaac Rabin que simbolizaba lo mejor de un pueblo, el israelí con innumerables atributos— se anuncian tambores de guerra sobre un cielo que vira del magenta al rojo.