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domingo, 1 de junio de 2014

STEVE HACKETT Y SU «GENESIS EXTENDED 2014 WORLD TOUR» EN BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL ROCK SINFÓNICO (III)

Pimlico es un barrio situado en la zona de Westminster, en el corazón de la capital inglesa, que en los últimos compases de los cuarenta —una década en la que Londres estuvo a merced de los bombardeos aéreos, sufriendo con especial crueldad los estragos de la Segunda Guerra Mundial— vio proyectado su nombre a las esferas de la popularidad procurada por el cinematógrafo verbigracia del estreno de un título surgido de la factoría Ealing. Al poco de la puesta de largo de Passport to Pimlico (1949) nacía en ese mismo rincón de Gran Bretaña Steve Richard Hackett. Cumplidos los veinte años de existencia, Steve Hackett, tras su paso por una formación afroinglesa llamada Heath Brothers, recalaría en otra hermandad musical, la integrada por Peter Gabriel, Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks. La voz cantante de Genesis, que así se llamaba la formación, la llevaría Gabriel, al punto que Steve Hackett ilustraría un sentimiento más o menos compartido por los otros miembros, el de una «orquesta en el foso» mientras el carisma del artista proclive al disfraz se elevaba sobre el escenario. Pese a ese reino de taifas en el que acabaría convirtiéndose Genesis, Steve Hackett parecía no tener cabida una vez Phil Collins tomó el mando de la situación ante la salida de Peter Gabriel llamado por los cantos de sirena del cinematógrafo, el guitarrista nativo de Pimlico expediría un pasaporte a esa libertad creativa capaz de asegurarle una plaza entre los artistas de culto cara a diversas generaciones. Pese a su extraordinaria amalgama de discos que brindaría a partir de su álbum de debut en solitario, Voyage of the Acolyte (1975), Steve Hackett ha puesto en valor su etapa al servicio de Genesis, sabedor que en la misma había contribuido a escribir algunas de las páginas más brillantes de la Historia de la música contemporánea del último tercio del siglo XX. Faltaba, empero, la perspectiva necesaria para que Mr. Hackett calibrara la importancia de ese proyecto desarrollado en común por un repóker de músicos de talento de veintitantos años, para proceder, al cabo, a la recuperación del Genesis de la primera mitad de la década de los 70 para los escenarios de medio mundo. En ese empeño iría trabajando a lo largo de los años, de manera simultánea con diversos proyectos personales y colectivos. A las puertas de la edad de jubilación, Hackett lleva recorrido un amplio camino desde entonces colocando el foco sobre su etapa en Genesis. Para el que ha denominado «Genesis Extended 2014 World Tour» Hackett se ha visto arropado por un line-up que saca lustre a la esencia musical de Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972), Selling England By the Pound (1973) y The Lamb Lies Down On Broadway (1974). El pasado día 28 de mayo pude asistir al magisterio de Hackett y su banda en el Barcelona Teatre Musical, enclave localizado en las faldas de la Montaña de Monjuich, desde cuyo punto más elevado podría observarse el caos que reinaba en la principal arteria del barrio de Sants, en que la violencia campaba a sus anchas para vengar la tentativa de derribar (a medias) un espacio de autogestión cultural, el de Can Vies. De nuevo, los medios de comunicación se ocuparían de la crónica de una mala noticia mientras que la buenanueva de la actuación en el Barcelona Teatre Musical en la noche de ese miércoles de ceniza (consecuencia de esos contenedores y mobiliario urbano que ardió por la ira de unos pocos) quedaría mayoritariamente silenciada. Lógicamente, para los casi dos millares de espectadores que acudimos a una cita con la historia musical, la realidad fue otra muy distinta. Dos horas y media de concierto dejaron a las claras que Steve Hackett lograría el efecto buscado. El efecto de una música que invita a la ensoñación a través de un mecanismo perfectamente engrasado, en que Hackett, situado en el centro del escenario guitarra en ristre, se siente envuelto, arropado por un conjunto de músicos que adoptan su rol sin necesidad de tener la impresión que operan «en el foso» mientras el maestro de ceremonias hace gala de un protagonismo excesivo.
   Fue la primera vez que veía actuar en directo a Steve Hackett, para la ocasión, en compañía de Sir Eduardo Martin y Álex Lema, situándonos en el anfiteatro de un Barcelona Teatre Musical prácticamente abarrotado. Desde esa posición teníamos una perfecta panorámica del funcionamiento de ese mecanismo de relojería, de ese tic tac sincronizado al compás de los acordes de Hackett y del bajista Nick Beggs (su figura filiforme y su larga melena rubia y lacia creaban cierta confusión desde la distancia), de la parte de percusión a cargo de Gary O’Toole (tocado por un sombrero de hongo cuando empezaba a anunciarse el fin de fiesta), de los teclados de Roger King, de la voz de Nad Sylvan y de la aportación del multiinstrumentista Rob Townsend. Este último nos deleitó con el uso de la flauta mágica que contribuiría sobremanera a robustecer el carácter bucólico, pastoral, de piezas como “The Fountain of Salmacis”, “The Musical Box” o “Supper’s Ready” (superlativa su ejecución) extraídos de los álbumes que jalonan esa Edad de Oro del rock sinfónico o progresivo en sus múltiples variantes, y de Genesis en singular. Al final del magisterio de Hackett y su banda, con la propina de “Los Endos”, leí en los rostros de algunos de los asistentes a ese evento la idea de felicidad atrapada en ese túnel del tiempo que viajaría hacia los años de excelencia creativa de la etapa de Genesis de Peter Gabriel, pero también de Steve Hackett. La salida de ambos provocaría un cisma creativo, provocando que el fiel de la balanza se decantara hacia ese paisaje pop-rock que llevaba la marca de Phil Collins. Cualquier tentativa de reunificación de Genesis pasa por la aprobación del batería y voz del grupo durante muchos años. Pero su distanciamiento con Hackett invita a creer que la resolución de la ecuación se complica. Mientras tanto, Hackett concluye la gira por el continente europeo de Genesis Extended 2014 World Tour en Portugal. Allí, a buen seguro, le aguardará Joanna Lehmann, su esposa con que quien recientemente se casó y que ha fortalecido su espíritu juvenil y su ilusión por una música encofrada de múltiples estilos, pero con una seña de identidad bien definida en esos horizons descritos en el libro del Genesis de la Biblia del Rock Sinfónico, en que el arcangel Gabriel se dejaría secundar por músicos del tronío de Mr. Hackett, cuyo primer pasaporte se expediría en Pimlico el 12 de enero de 1950. Ahora, a sus sesenta y cuatro años, su regreso a la época de Genesis le ha rejuvenecido en todos los sentidos para la dicha de los que seguimos creyendo con más firmeza que nunca que el rock sinfónico lleva inscrito el valor de la reivindicación en un ejercicio de acto de justicia para con la Historia musical del pasado siglo.

lunes, 4 de febrero de 2013

«THICK AS A BRICK» (1972) de Jethro Tull: «EL PARAÍSO PERDIDO» DE IAN ANDERSON


Por ventura, cada vez más se va alejando el fantasma de Fèlix Millet del sacrosanto Palau de la Música para ser ocupado por otras figuras espectrales que rinden pleitesía al noble del arte que mejor saben ejecutar. Quien en tiempos había sido capaz de llenar el Palau d'Esports de Montjuic, Jethro Tull, debe complacerse de actuar en recintos más modestos pero compensado, por otra parte, con una excelente acústica, la del Palau de la Música, en el marco de la 14 edición del Festival del Mil·leni. Sin duda, el próximo día 6 de febrero el espíritu de los tullianos —así se autodenominan los fans del grupo británico que orbitaría en la «Tierra Media» del rock sinfónico de los 70 pero con la necesidad imperiosa de crear su propio espacio musical— se dejará sentir en semejante recinto barcelonés al contemplar la función en dos actos dispuesta sobre el escenario por el trobador Ian Anderson y su séquito. Aquejado de severos problemas de salud en los últimos lustros, Anderson ha sabido vencer las adversidades y se dispone, a sus sesenta y cinco años, a proyectar su magia musical destilada de una fina ironía en la ejecución de Thick as a Brick (1972), uno de los discos más celebrados de la banda que lidera desde tiempo “inmemorial”. La monografía de reciente aparición, Jethro Tull y el faro de Aqualung  (2012, Quarentena Ediciones) de Vicente Álvarez —uno de los tullianos que presumo será uno de los fijos en esa velada-tributo a Ian Anderson—, lejos de tratar de sacar del pedestal crítico la obra de marras, deja constancia del carácter de quintaesencia —junto a Aqualung (1971)—  de Thick as a Brick en la nutrida discografía de la banda cuyo nombre sería tomado de un inventor y agrónomo australiano del siglo XVIII (sic). Sin riesgo alguno que les cayera alguna querella por tamaña apropiación «nominal», Ian Anderson y el resto de la banda se las ingeniarían para captar la atención de un público militante en el rock sinfónico, aunque con ciertas ganas de buscar un punto de fuga a tanta trascendencia en el contenido de las letras de las canciones y en el desarrollo de temas que parecían “eternizarse” por momentos. Lo encontrarían en Jethro Tull, que convertía cada uno de sus espectáculos en una invitación musical sazonada de elementos humorísticos, bufonescos y/o paródicos.
   Thick as a Brick guarda un significado especial para un servidor, localizándose mi descubrimiento en ese «cruce de caminos» que se formula en la adolescencia, dispuesto a evaluar unos gustos musicales que parecen regidos por el sentido de la intuición. Esa intuición dictada desde el subconsciente que me procuraría el placer de dejarme atrapar por esos arabescos vocales e instrumentales residentes en un disco de infinitas texturas como Thick as a Brick. Oda al pensamiento tulliano, el quinto disco de los Jethro se armaría con arreglo a la demanda creciente de obras conceptuales a las que cabía contrarestar la carga de trascendencia alumbrada por los adalides del rock sinfónico, léase Emerson Lake & Palmer, Genesis o Yes. Enfundada de ironía, Thick as a Brick busca amparo en el contenido de sus letras en el non sense a través de un personaje ficticio, Gerald Bostock, al que se le atribuye la coautoría de las mismas en coalición con Ian Anderson. No en vano, Bostock acapara la principal noticia de ese disco en formato disco que se presentaría en sociedad allá por los albores de los setenta para recogijo de los tullianos y coleccionistas rockeros tot court. Lo hace para inmortalizar el momento en que el enfant terrible recibe un premio por la escritura de un poema luego desechado por contener palabras malsonantes. Rescatado de las cenizas por la banda británica, el poema pasaría a formar parte del erial tulliano. Una obra que cumplido su cuarenta aniversario, se muestra lozana, con arreglos que parecen conectar irónicamente con desarrollos propios del Genesis de la etapa Peter Gabriel, y con ese contorsionismo vocal e instrumental del que haría gala Ian Anderson en su época de apogeo, elevado a la categoría de icono musical por obra y gracia de esa flauta travesera que parece prolongarse cuál extensión de sus dedos, y la manera en que imita a los flamencos, sosteniéndose sobre una única extremidad. Pero ya entrado en la edad de jubilación y con una maltrecha salud por montera, a Ian Anderson con total probabilidad se le reservará una silla en el Palau de la Música, en ese 6 de febrero marcado a fuego en el calendario de los tullianos. Thick as a Brick —más por lo que atañe a su desarrollo melódico que a la disposición de sus abracadabrantes guiadas por el Paraíso perdido del «pequeño Milton»—  bien merece una misa de la mano de su creador en la sombra y en la luz de un sinfonismo living in the past.         

domingo, 15 de enero de 2012

«LA HISTORIA DEL ROCK SINFÓNICO», NUEVO LIBRO EN MAYO

Portada provisional de
 La historia del rock sinfónico

De un tiempo a esta parte me he preguntado en numerosas ocasiones del porqué el rock sinfónico —asimismo llamado rock progresivo— quedara confinado en el olvido por los tiempos de los tiempos después de haber dominado buena parte del espectro de la escena musical —aquel consumido por un público mayoritariamente joven— durante la década de los setenta. En buena lógica, según los dictados de las modas, el rock sinfónico no parecía ser objeto de demanda entre las editoriales versadas en material musical —al menos, en algunas de sus colecciones— que destinaban sus esfuerzos económicos a apuestas más «seguras». Por fortuna, T&B Editores ha confiado en un proyecto que para un servidor tiene un tanto de especial por cuanto con este tipo de música crecí y con el tiempo me fui labrando una afición que ha perdurado hasta la fecha.
A mediados de mayo de 2012, pues, verá la luz La historia del rock sinfónico,  un proyecto de larga gestación, ajeno a esos imperativos de la inmediatez marcados por numerosas editoriales, a la caza de una coyuntura sociocultural con la que salvar una temporada, en lo económico, de vacas flacas. A falta de confirmar el autor del prólogo, esta monografía contiene una extensa y soberbia introducción a cargo de Jaume Carreras —perfilada sobre los fundamentos histórico-filosóficos que alimentaron esas sinergias musicales de real abolengo durante los años sesenta, el fermento necesario para lo que estaría por llegar— para, a continuación, entrar en materia con el centro de gravedad dispuesto sobre ese quinteto de bandas que ofrecen la magnitud de estilos que redundan en torno al concepto de rock progresivo o sinfónico. Pink Floyd, Genesis, Yes, King Crimson y Marillion ocupan un espacio importante en el conjunto del libro, con un número de páginas para cada entidad musical que bascula entre las treinta y cinco y las cincuenta páginas. Evidentemente, no quedan fuera de cobertura el análisis de la obra de Camel, Supertramp, Barclay James Harvest, Emerson, Lake & Palmer, Caravan, Jethro Tull, Transatlantic, Pendragon, Asia... ya que desde el primer momento que me puse a escribir el libro tuve en mente dar una visión de conjunto lo más amplia posible.
   Numerosas lecturas —preferentemente en inglés— e infinitas escuchas de rock sinfónico y los distintos planetas musicales que los circundan me han acompañado en los últimos meses. Ahora solo queda el sprint final, esas páginas que tratan de sintetizar el recorrido musical de una banda que merece su lugar en esta particular historia y el redondeo en forma de material gráfico que contribuye a entrar por los ojos un determinado libro. Creo que el esfuerzo ha valido la pena en aras a legitimar si cabe aún más un legado musical edificado por personas de un extraordinario talento, algunos de los cuales fueron y siguen siendo auténticos virtuosos. Unos dinosaurios, eso sí, que se extinguieron pero que merecen integrarse en los libros de historia... de la música contemporánea en lengua castellana. En El mundo de Haldane iré publicando de aquí a mayo algunas semblanzas de aquellos prohombres del sinfónico y derivados que, por un motivo u otro, me han llamado especialmente la atención en la fase de revisión de sus trabajos ya sea en solitario o al amparo de las bandas que les dieron solera. 

"Wish You Were Here", uno de los temas floydianos que me mostraron el "camino" 
hacia las esencias del rock sinfónico:



miércoles, 17 de agosto de 2011

TONY STRATTON SMITH (1933-1987): UN ROMÁNTICO DE LA ESCENA MUSICAL INGLESA

Aún a los seguidores más veteranos de Old Trafford se les debe hacer un nudo en la garganta cuando se rememora, en algún que otro homenaje, la tragedia que asoló a los red devils el 6 de febrero de 1958 mientras el avión que llevaba al equipo del Manchester United a Londres se estrelló en las cercanías de Munich después de haber disputado los cuartos de final de la Copa de Europa con el Estrella Roja de Belgrado. Un total de veintitrés personas, entre jugadores de la primera plantilla, directivos, periodistas y técnicos de vuelo, fallecieron en aquel día que tiñió de luto al planeta futbolístico. La reconstrucción del ManU se basó, en gran parte, en la capacidad de liderazgo de uno de los supervivientes, Sir Bobby Charlton. Como suele suceder en la trastienda de las historias que competen a aquellos que fueron o han sido víctimas de una tragedia aérea no faltan las anécdotas del personal que se quedó en tierra y que salvó el pellejo por un golpe de suerte. Entre los favorecidos por la Diosa fortuna de aquel ya remoto 6 de febrero se encontraba Tony Stratton Smith, un personaje de lo más variopinto que por entonces cubría para un periódico londinense los temas de cariz deportivo. Al personarse tarde en el aeropuerto de Stuttgart, Straton Smith puede decirse que se contabilizaría entre los vivos gracias a una impuntualidad que luego se convertiría en costumbre. Quién sabía de la historia que trajo consigo, supo disculparlo.
   Sin abandonar su querencia por el mundo del fútbol —se encargaría durante años de la edición de una especie de anuario sobre el deporte del once contra once que nació en las Islas Británicas—, Stratton Smith se movía cada vez más en los círculos de la efervescente escena musical. Grupos crecían por doquier en la Swinging London, siendo Stratton Smith uno de los que estuvieron al quite y que, a través de su sello Charisma Records, contribuyeron decisivamente a impulsar carreras de grupos que, de no haber prosperado a las primeras de cambio, se hubieran quedado varados por los tiempos de los tiempos. Ya se sabe que las urgencias económicas operan como aves de rapiña al despiece de presas propicias. Pero antes que asomara la sombra de algún que otra quebrantahuesos, Stratton Smith tendió la mano a Genesis movido por un sexto sentido que razonaba sobre aquel cuarteto de pijos surgidos de la elistista Charterhouse Public School como futuras figuras de ese movimiento del rock sinfónico que había tenido su particular año Cero merced a un LP que llevaba la rúbrica del grupo The Nice, asimismo auspiciado por Straton Smith. El buen ojo al fichar a la banda en que llevaba la voz cantante Peter Gabriel ayudó a mantener a flote las, a menudo, depauperadas arcas de Charisma Records. El color rojo era el que mejor lucía en la cuenta de resultados de un sello independiente que iba sangrando por otra herida abierta que cabía no perder de vista: la afición a las apuestas a los caballos y la facilidad por ingerir toda clase de bebidas alcohólicas («en ocasiones se bebía dos botellas de vino y algunos brandis con el almuerzo (…) A veces dejaba de beber durante el fin de semana, pero de lunes a viernes iba siempre cargado», relataría la secretaria de la compañía Gail Colson en un volumen dedicado a recomponer la historia de Genesis que, para muestra un botón, hace honor a su subtítulo, El libro de las revelaciones ). Con su hígado sacando la bandera blanca, «Strat» no dejó de visitarlos pubs y locales como el Marquee Club en lugar con mayor asiduidad que el despacho de Charisma Records. Puede que su dipsomanía le hubiera hecho firmar algún contrato de más o de menos —por el sello del Soho londinense desfilaron Van der Graaf Generator, Lindisfarne y los mencionados Genesis, entre otros— sabiéndose que la tesorería de Charisma tenía más bien poco colchón. Pero, por su parte, haciendo honor al título de la compañía —quiso endilgarlo a alguna banda en ciernes sin fortuna alguna—, el carisma, a falta de una robustez financiera, sirvió para llevarse a su vera formaciones que luego lucirían palmito en el panorama musical.
  En ese revival sesentero al que se han acogido no pocas producciones británicas en los últimos tiempos —An Education (2009), Nowhere Boy (2009), etc.—, podría tener acomodo en un futuro cercano una historia en clave tragicómica que pivotara sobre un trasunto de Stratton Smith. Quisiera imaginar como el más adecuado para tal envite Stephen Fry, coincidente con Stratton en el plano personal con sus tendencias homosexuales , un cuerpo entrado en carnes, una melena que le cubría parte del rostro ovalado, una mirada burlona y una altura intelectual que ha revertido en la escritura de libros (Colson cita un título, La monja rebelde, que de haber quedado en pie algún ejemplar se estará cubriendo de polvo en librerías de viejo de la esfera británica). Impagable sería la reproducción del episodio en que Stratton Smith entrara en contacto con los Monty Python para financiar, en parte, el estrafalario e irreverente show Monty Python & the Holy Grail. Y una vez se apagara el telón, sobre los títulos de crédito finales se pudiera escuchar el Time to Burn de Peter Hammill, dedicado a la memoria de «Strat», fallecido en 1987 con tan sólo cincuenta y tres años. Pero según se mire, casi treinta años más de lo que el trágico destino le hubiera deparado de haber hecho caso al reloj de pulsera antes que al biológico.

jueves, 28 de julio de 2011

EL «YES MAN» ROGER DEAN: DISEÑANDO PAISAJES IMPOSIBLES

Se puede decir, sin margen de error, que Avatar (2009) abrió la veda con su descomunal éxito en taquilla para que hayan proliferado en el último año y medio producciones cuyo argumento de venta principal no es otro que el del atractivo por contemplarlas en 3-D. Confieso que tardé un cierto tiempo en visitar la última propuesta audiovisual orquestada por James Cameron, quizás persuadido por la idea de que el paso del tiempo me permitiría objetivar mejor los resultados de semejante experiencia audiovisual. En medio de una serie de sensaciones encontradas me encontré al cabo del poco rato de haber visionado Avatar, pero asimismo con la certeza que Cameron había vuelto a dar gato por liebre una vez más después de haber omitido en los créditos, incluso en el capítulo de agradecimientos, el nombre de Roger Dean (1944, Ashford, Kent, Inglaterra) El cineasta canadiense ya había escatimado cualquier referencia a A Night to Remember / La última noche del Titanic (1958), de la que calcaría una secuencia para su Titanic (1997) en la que los músicos siguen tocando mientras el transatlántico se va hundiendo. Pero lo de Avatar en relación a Dean tiene su guasa. Rick Carter,  Robert Stromberg, y Kim Sinclair se llevaron el Oscar al Mejor Diseño de Producción y al Mejor Vestuario (la última) , pero no tuvieron a gala soltar aquello de thanks ... Roger. Que menos... pero ni eso. Roger Dean debió sopesar, según le llegaban, intuyo, diversas llamadas o mensajes, o viéndolo por televisión (algo que dudo mucho) la ceremonia de los Oscar, una querella por plagio. Pero, como suelen decir los letrados, «más vale un mal acuerdo que un buen juicio». Y el buen juicio de Roger Dean debió pasar por el acuerdo de callar y seguir adelante con un impresionante trabajo a sus espladas. Cuando hay querellas de por medio, aunque tan sólo hayas tenido una en tu vida, figura para siempre ligada a una biografía no como nota a pie de página si no más bien con riqueza tipográfica en la misma. A esas alturas de la vida, flaco favor le hubiera hecho tamaña repercusión mediática por algo con apelación a sustanciarse en los tribunales. Pero, se preguntarán algunos, «¿quién es Roger Dean?»: Un Yes man pero en el mejor sentido del término.
Muchas de las portadas de discos más imaginativas han sido comentadas por aficionados pero generalmente no se atina a saber quién las hizo. No suele suceder con las portadas de Yes para alguien que esté mínimamente familiarizado con este grupo de rock progresivo o sinfónico. La respuesta: Roger Dean. Educado en la Canterbury School of Art y en la Royal College of Art de Londres, Roger Dean a una edad relativamente temprana —los veinticinco años— empezaría a especializarse en diseñar portadas de discos. Eran tiempos en que las discográficas invertían una módica o mediana cantidad —en función del ranking que ocuparan las bandas o solistas en el box office— en el diseño de portadas. Allí estuvo diligente Roger Dean para ir dando forma a su universo que parecía reformular esos grabados de Gustavo Doré —otro paisajista/ilustrador de primera fila— dotándolos de un componente de peculiar belleza. El pasado ancestral orlado de extrañas criaturas y un reflujo futurista cohabitan en esas estampas de pura ensoñación. En esa dialéctica se han movido Yes, a quien el apelativo de dinosaurios del rock —como a otras formaciones del estilo de Camel, Emerson Lake & Palmer o Genesis— contribuiría la imaginería de un Roger Dean en el diseño de unas portadas que pagaban por el precio del disco. Más de uno debió fruncir el ceño una vez escuchado el nuevo disco de Yes, pero se debía consolar para sí mismo: ¡vaya portada! Seguro que alguien picaba con semejante reclamo y lo cierto es que difícil debía resultar ir a un mercadillo de segunda mano sin que apareciera, por arte de magia, la de Roger Dean enfundado en el preceptivo vinilo, luego reciclado a disco compacto. Claro está que, fuera de los dominios de Yes, hubo vida para Roger Dean pero le resultaba tremendamente complicado salirse de esa tela de araña tejida por esa familia numerosa a menudo malavenida. Steve Howe, Rick Wakeman, Alan White y Asia —la formación creada, en cierta manera, a renglón seguido de una de las múltiples escisiones que ha experimentado Yes a lo largo de su existencia— precisaron de sus servicios para sus respectivos discos. No había, por tanto, enmienda a desmarcarse. Las otras bandas lo sabían y, pese a haber tenido la tentación de contratar los servicios de Dean, reculaban y evitaban que los aficionados les identificaran con el sonido Yes. Como todas las cosas, tiene sus contraindicaciones. Roger Dean, no obstante, lejos de lamentarse, sigue rindiendo fidelidad eterna a Yes. Cuál orfebre, su obra es de aquellas obligadas a viajar por galerías de medio mundo. El carácter propio de un visionario que ha modulado un discurso plástico de una singularidad arrebatadora, y del que el cine y los videojuegos de la era digital se han beneficiado... algunos, por la puerta de atrás sin ni tan siquiera llamar a la puerta principal. En ese 2008 atacado por los nervios, Cameron, entre su arsenal de imágenes inspiradoras de su trabajo largamente esperado, había envuelto en papel de celofán color avatar el libro Dragon's Dream (2008) —que completaba la particular trilogía editada en papel de Roger Dean tras Views (1975) y Magnetic Storm (1984)— para ser entregado a los diseñadores de producción y vestuario mencionados. Al menos un servidor, tuvo acuse de recibo una vez visitado el planeta Pandora dispuesto para deslumbrar al respetable. El mutismo sobre el tema de su invocación al plagio, una nueva prueba que para muchos el rock sinfónico sigue siendo esa rama torcida del que no brotan hojas, perteneciente al árbol musical de la pasada centuria.

viernes, 24 de septiembre de 2010

EL DISCRETO DESENCANTO DE LA «BURGUESÍA» DEL ROCK-SINFÓNICO

En el número 28 de Scifiworld, en una de sus últimas páginas  se reproduce un cuestionario al cineasta Mick Garris (un fiel y prolijo adaptador del universo literario de Stephen King) —avanzadilla a la excelente entrevista que se publicaría en el número posterior, el correspondiente a julio de 2010— en que presumo muchos de los lectores de la revista debían fruncir el ceño. A la pregunta «¿Qué música escuchas habitualmente?» Garris respondía: «rock sinfónico». ¿rock sinfónico? Algunos volverían a mirar la foto de Garris y se debían interrogar para sí mismos: pues no parece tan mayor como para escuchar una música que, a los oídos de la plana mayor de la progenie fanatizada por el fantastique de curso legal, esto es, el macerado con dosis de gore a golpe de Heavy o Trash-Metal, sería sinónimo de música de hace un millón de años y para un buen número de ellos les debía sobrevenir un enorme interrogante en forma de «¿qué diantres es eso?»
Hubo un tiempo que, como los dinosaurios, el planeta musical anglosajón estaba dominado, en buena medida, por esas formaciones del rock-sinfónico. Cierto es que esa extinción ocasionada por un meteorito en forma de radio-fórmulas (temas de un cuarto de hora o veinte minutos con los que solían deleitar a la parroquia los del progresivo no tenían cabida en este formato herziano) que impactó sobre el planet music en las primeras estribaciones de los años ochenta, dejó tocado de muerte a muchas bandas del espectro sinfónico, cuando no hacía demasiados años atrás llenaban estadios con la misma facilidad que el Barça de Pep Guardiola lo hace en los últimos años, mal que les pese a esos videoblogeros de marca. Algunos de los grupos de esta índole supieron verlas venir y mutaron a otra especie que desplegaría sus alas sobre la esfera del pop-rock, más acorde con los vientos que empezaban a soplar —Genesis—; unos cuantos ya habían procedido a la muda con suficiente antelación como para que ni tan siquiera gran parte de sus fans repararan en sus orígenes —Queen—; y otros siguieron aferrados a unos «valores supremos» que han ido marcando un tránsito hacia la agonía hasta alcanzar su práctica desaparición —Yes, Pink Floyd, Camel, Emerson Lake & Palmer, King Crimson, etc. Como todo fenómeno de desaparición lleva implícito un efecto de resurgimiento, éste se dio en el entorno del rock sinfónico con Marillion, pivote de una nueva hornada de formaciones —Pendragon, Asia, etc.— que para no llamar a la suspicacia entre la remozada cúpula de promotores musicales, extendían sus tarjetas de visita figurando con riqueza tipográfica el de «practicantes de pop-rock de calidad». Ese camuflaje a menudo cobraba hechuras de realidad, y aquellos devotos del rock-sinfónico más primitivo acabaron por batirse en retirada, buscando un botón de anclaje con otros estilos, tales como la world music de la que Peter Gabriel (en la foto), padre espiritual de la mejor cosecha de Genesis —Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972) Selling England By the Pound (1973), The Lamb Lies Down On Broadway (1974): raro es el año que no vuelvo sobre esos pasajes que emanan creatividad y genialidad compositiva-acústica a raudales—, a través de su proyecto Real World, tripulaba con un horizonte tan incierto como estimulante.
La música, como el cine, en tanto que artes relativamente jóvenes, ha vivido periodos de una extraordinaria fertilidad creativa. Gabriel, un músico del que poco ha trascendido que su salida de Genesis tuvo mucho que ver con su interés por hacerse un nombre en calidad de director de cine, ha formado parte de dos de esas oleadas creativas de aupa, primero en el sinfónico, y luego en la World Music. Los que todavía tenemos la certidumbre de que una buena porción de la mejor música contemporánea —la reproducida fuera de las salas de concierto y/o de las cinematográficas— se dio en los años setenta y, en forma de destellos, en los años ochenta, debemos reparar en esa lenta agonía de aquellos forjadores de obras de indudable categoría que, como restos fosilizados, permanecen ocultos a los oídos de las nuevas generaciones. El ciclo natural empieza a cerrarse para personalidades como Peter Gabriel, que prorrogan su vigencia encima de los escenarios (cada vez más despoblados: cuatro mil almas en el recinto del Sant Jordi barcelonés en el pasado 23 de septiembre de 2010) sobre la base de versiones de temas de otros grupos o cantantes. Scratch My Back (2010) responde a ese acto-reflejo por buscar las respuestas musicales en el pasado en forma de versiones de temas de Paul Simon (Boy in the Bubble), Neil Young (Philadelphia) o Lou Reed (Power of the Heart), entre otros. En eso coincide con el músico que le reemplazó en el liderazgo de Genesis, Phil Collins, que con Goin Back (2010) rinde pleitesía al sonido Motown. Señales de humo visibles para la tribu de amantes del rock-sinfónico confinada en esas reservas de la espiritualidad musical en los tiempos en que los tambores de guerra se dejan sentir con fiereza desde los coches tuneados con un sonido atronadoramente... plano, buscando plaza en algún aparcamiento cercano de unas multisalas del extrarradio para degustar —acompañados de palomitas, faltaría plus— la última producción gore con sus correspondientes números romanos a modo de rúbrica para un título bien llamativo.  

domingo, 11 de julio de 2010

«DREAM THEATER»: EL ESTADIO DEL ROCK PROGRESIVO... CON PARADA Y FONDA EN EL «METAL».

Parece haber cierto consenso entre los analistas e historiadores musicales que la extinción de los «dinosaurios» del rock sinfónico o progresivo se debió, entre otras consideraciones, a la expansión del fenómeno de las radio-fórmulas —léase Los 40 principales, como paradigma de la misma— que no encontraban acomodo en sus parillas de programación herzianas temas que sobrepasaran los 3 ó 4 minutos. Al entrar en el periodo de la «glaciación» musical creativa en tantos sentidos —y que, en cierta manera, perdura—, Yes, Genesis, King Crimson, Pink Floyd y Emerson, Lake & Palmer, entre otros, iban quedando progresivamente fuera de la onda a los oídos de las nuevas generaciones que observaban el fenómeno sinfónico como un efecto residual, un vestigio del pasado arrinconado por Los 40 principales y sucedáneos. Como suele suceder en estos casos, la alternativa al conocimiento de estos grupos y de sus legítimos continuadores se debía más a una labor de arqueología por parte de aquellos aficionados que huían de la dictadura de las modas y mataban el tiempo buscando y rebuscando en las tiendas especializadas, preferentemente los viernes y los sábados por la tarde. Hoy en día ese ejercicio que comportaba su particular liturgia ya no tiene lugar en la era de las descargas por internet o las visitas a los vídeos de Youtube. El valor de «jugártela» con la adquisición de un determinado disco es pura entelequia al correr de los tiempos. No acierto a recordar si alguna vez me quedé frente a una portada de alguno de los CD’s de Dream Theater y tuve la tentación de apostar por destapar el tarro de las esencias o abjurar de mi mala elección al reproducirlo en la cadena. Pero, sea como fuere, lamento mi tardanza en el descubrimiento de una banda de la que tenía vagas referencias, y que mi recelo seguramente procedía de su militancia en el sector metalero, del que por prescripción médica (los decibelios a tropemil casan poco con tener una buena puesta a punto del oído medio para percibir toda la gama de sonidos posible que procura la madre naturaleza) me he abstenido. La prospección estos últimos meses por el sinfónico jurásico me ha llevado hasta unos grupos de nacimiento más cercanos en el tiempo, en las que ese terceto de antiguos estudiantes de Berkeley parecían llamados a disputar el cetro del rock progresivo a los escoceses Marillion toda vez que Genesis, Yes y Cia habían entrado en barrena por distintos motivos.
A punto de cumplir sus bodas de plata, Dream Theater pueden vanagloriarse de haber dado cabida a una decena de álbumes en estudio, una cifra nada baladí si tenemos en cuenta que los neoyorquinos han conquistado a un público disperso por medio planeta sin perder la perspectiva de una calidad digna de todo encomio en las grabaciones y una necesidad imperiosa por abandonar cualquier reducto de complacencia en la modalidad de repetir una fórmula que les resultara exitosa en el pasado. Definitivamente, Dream Theater es un grupo que me ha ganado en esas propuestas más melódicas sin dejar de enarbolar la bandera del sinfónico con resabios de Pink Floyd y mostrando vasos comunicantes con los Marillion lideados por Mr. Hogarth. Piezas con las que voy construyendo ese particular museo de los sueños acústicos, apuntalada en los últimos tiempos por esa vertiente del progresivo en su derivación metalera que Dream Theater define con majestuosidad. Las agendas para un servidor estarán libres cuando los de New York decidan escoger Barcelona o cercanías para su próximo tour europeo, aquel que presumible les lleve nuevamente por el viejo continente para conmemorar su 25 aniversario. Allí estaremos para dejarnos seducir por esos generosos conciertos de más de tres horas. Hasta entonces tiempo habrá para «bucear» en ese «océano» sonoro donde habitan en el fondo marino  «perlas» como Thorough My Words, Anna Lee o The Silent Man, y donde podemos dar las vueltas precisas a esa llave de la sensibilidad vocal e instrumental que abra el cofre de su masterpiece Train of Thought (2002). Luego vendría una cierta fase experimental que ensombrencería los hallazgos de antaño pero, al cabo James LaBrie, sigue manejando con firmeza el timón de la nave Dream Theatre sin abandonar sus raíces del rock progresivo, si bien haciendo gala de algún que otro abordaje a un barco (con bandera pirata, of course) bañado de  «metal» pesado. En estos paréntesis musicales con prospección a un género que no tengo el honor de cultivar habrá que atender al enunciado de su quinto álbum de estudio y mantenerse a Seis grados de la oculta turbulencia... de un heavy que parece no ser de ese mundo, de ese «teatro de los sueños» cuando la misma voz, arropado a los teclados por Jordan Rudess (con un look cruce Peter Gabriel post-Up y Mark Kelly de Marillion), por la batería y la percusión de Mike Portnoy y por las guitarras de John Myung y John Petrucci, se encomienda a trazar versos musicales de una sensibilidad exquisita.

Este post está dedicado a mi buen amigo Àlex Romano, un amante del rock como pocos. Su entusiasmo por la música es de las que motiva a seguir haciendo nuevos descubrimientos. Dream Theatre lo ha sido y en grado sumo.

Invitación a escuchar los temas Through Her Eyes y Anna Lee en YouTube:
http://www.youtube.com/watch?v=mcG0dpBz7tc
http://www.youtube.com/watch?v=qk_o87vRt-0

domingo, 25 de abril de 2010

«LAS 9 EDADES DEL ROCK»: NUEVO PROYECTO

Hago mía la frase-epitafio de Rainer W. Fassbinder que solía decir, ante el alud de proyectos a los que se enfrentaba a cada mes vencido, «ya descansaré cuando haya muerto». El sentido de la autocomplacencia nunca ha formado parte de mi ideario y no renuncio a creer que, como me comentaba el otro mi buen amigo Jaume Carreras, tan sólo estamos al principio del camino. La pasión divulgadora, eso sí, prevalece incólume en mi forma de ser con especial inclinación por la música de calidad que nos dejó el siglo XX. Tras Neil Young: una leyenda desconocida (2009), el paréntesis de un cierto sosiego no ha hecho más que ir madurando un proyecto que, si los hados son propicios, verá la luz en formato papel a principios de noviembre de 2010. Siempre he sido remiso a las obras corales, pero en este caso la justificación es total por cuanto Las 9 edades del rock (portada provisional) —el working title con visos a imponerse para su publicación— precisa del concurso de otras dos personas que contribuyan a trazar ese recorrido por el rock a lo largo de una sesentena de años. Y a fuer de ser sinceros, Daniel Ruiz y Jaime Sirvent representan una «bendición» dado que sus conocimientos enciclopédicos —del primero ya tuve constancia el año pasado al entrar en contacto con él para ir perfilando el libro de Mr. Young; del segundo no tardaría en descubrirlo—, y que trabajarán en buena parte de los capítulos de los que consta Las 9 edades del rock. Es evidente que existen obras de referencia en lengua castellana sobre la materia, pero una vez más la perspectiva del paso del tiempo nos debe facultar para saber leer la evolución de este género musical en función de unos criterios esencialmente artísticos. A partir del ecuador del siglo pasado formalizaría su ingreso en la nómina musical un fenómeno que ha cautivado a diversas generaciones. La obra tiene visos de servir de referente para algunos de las mismas, y por lo que concierne a mi contribución se circunscribirá a la escritura de un par de capítulos, además de hacer el trabajo de coordinación con la editorial, corrección de estilo y apéndices al texto madre. Uno de los trazos diferenciales de Las 9 edades del rock para con las obras que he consultado en este primer trimestre del mes es que abundan, por lo general, los lugares comunes, por ejemplo, del rock sinfónico, dedicándoles espacios muy reducidos que no se corresponden con la importancia que adquirió desde finales de los sesenta hasta principios de los ochenta esta corriente/fenómeno musical hoy en día pasto del olvido. De este capítulo me ocuparé en solitario, haciendo una introspección sobre el rock sinfónico que espero resulte didáctico para aquellos aficionados a la música de rock y que complete la visión de los que el conocimiento sobre el mismo se sitúe en un escalafón superior. Por consiguiente, Yes, Genesis, Marillion, Emerson Lake & Palmer y Pink Floyd, pero también grupos menos populares como Barclay James Harvest, Pendragon o Asia se ofrecerán a mis oídos en los sucesivos meses haciendo bueno el título del álbum de Jethro Tull, ese «grupo satélite» de tantos planetas musicales: Living with the past. Un pasado lejano que vuelve como un reflujo con la voluntad de hacer la mejor publicación posible sobre esa música rock evaluada en nueve «edades». Para ello doy por descontado que Jaime y Daniel afilarán sus oídos y se dejarán seducir por esa infinita paleta musical con reminiscencias folkie, de r&b y country. Primera «parada» en calidad de escritores de libros para ambos que, a buen seguro, tendrá continuidad en el futuro. Por mi parte, al final de ese camino musical —septiembre de 2010— se situará la escritura de la segunda parte de El enigma Haldane, perteneciente a la «trilogía Haldane». Por aquellas fechas, la primera parte podría aterrizar en las librerías. Pero todo ello no me hace perder de vista www.cinearchivo.com, más que nunca erigiéndose en ese Rosebud particular e instransferible... ese trineo cargado de tantas sensaciones encontradas pero con la fuerza de la ilusión aún intacta.