Mostrando entradas con la etiqueta PHIL COLLINS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PHIL COLLINS. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de junio de 2014

STEVE HACKETT Y SU «GENESIS EXTENDED 2014 WORLD TOUR» EN BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL ROCK SINFÓNICO (III)

Pimlico es un barrio situado en la zona de Westminster, en el corazón de la capital inglesa, que en los últimos compases de los cuarenta —una década en la que Londres estuvo a merced de los bombardeos aéreos, sufriendo con especial crueldad los estragos de la Segunda Guerra Mundial— vio proyectado su nombre a las esferas de la popularidad procurada por el cinematógrafo verbigracia del estreno de un título surgido de la factoría Ealing. Al poco de la puesta de largo de Passport to Pimlico (1949) nacía en ese mismo rincón de Gran Bretaña Steve Richard Hackett. Cumplidos los veinte años de existencia, Steve Hackett, tras su paso por una formación afroinglesa llamada Heath Brothers, recalaría en otra hermandad musical, la integrada por Peter Gabriel, Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks. La voz cantante de Genesis, que así se llamaba la formación, la llevaría Gabriel, al punto que Steve Hackett ilustraría un sentimiento más o menos compartido por los otros miembros, el de una «orquesta en el foso» mientras el carisma del artista proclive al disfraz se elevaba sobre el escenario. Pese a ese reino de taifas en el que acabaría convirtiéndose Genesis, Steve Hackett parecía no tener cabida una vez Phil Collins tomó el mando de la situación ante la salida de Peter Gabriel llamado por los cantos de sirena del cinematógrafo, el guitarrista nativo de Pimlico expediría un pasaporte a esa libertad creativa capaz de asegurarle una plaza entre los artistas de culto cara a diversas generaciones. Pese a su extraordinaria amalgama de discos que brindaría a partir de su álbum de debut en solitario, Voyage of the Acolyte (1975), Steve Hackett ha puesto en valor su etapa al servicio de Genesis, sabedor que en la misma había contribuido a escribir algunas de las páginas más brillantes de la Historia de la música contemporánea del último tercio del siglo XX. Faltaba, empero, la perspectiva necesaria para que Mr. Hackett calibrara la importancia de ese proyecto desarrollado en común por un repóker de músicos de talento de veintitantos años, para proceder, al cabo, a la recuperación del Genesis de la primera mitad de la década de los 70 para los escenarios de medio mundo. En ese empeño iría trabajando a lo largo de los años, de manera simultánea con diversos proyectos personales y colectivos. A las puertas de la edad de jubilación, Hackett lleva recorrido un amplio camino desde entonces colocando el foco sobre su etapa en Genesis. Para el que ha denominado «Genesis Extended 2014 World Tour» Hackett se ha visto arropado por un line-up que saca lustre a la esencia musical de Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972), Selling England By the Pound (1973) y The Lamb Lies Down On Broadway (1974). El pasado día 28 de mayo pude asistir al magisterio de Hackett y su banda en el Barcelona Teatre Musical, enclave localizado en las faldas de la Montaña de Monjuich, desde cuyo punto más elevado podría observarse el caos que reinaba en la principal arteria del barrio de Sants, en que la violencia campaba a sus anchas para vengar la tentativa de derribar (a medias) un espacio de autogestión cultural, el de Can Vies. De nuevo, los medios de comunicación se ocuparían de la crónica de una mala noticia mientras que la buenanueva de la actuación en el Barcelona Teatre Musical en la noche de ese miércoles de ceniza (consecuencia de esos contenedores y mobiliario urbano que ardió por la ira de unos pocos) quedaría mayoritariamente silenciada. Lógicamente, para los casi dos millares de espectadores que acudimos a una cita con la historia musical, la realidad fue otra muy distinta. Dos horas y media de concierto dejaron a las claras que Steve Hackett lograría el efecto buscado. El efecto de una música que invita a la ensoñación a través de un mecanismo perfectamente engrasado, en que Hackett, situado en el centro del escenario guitarra en ristre, se siente envuelto, arropado por un conjunto de músicos que adoptan su rol sin necesidad de tener la impresión que operan «en el foso» mientras el maestro de ceremonias hace gala de un protagonismo excesivo.
   Fue la primera vez que veía actuar en directo a Steve Hackett, para la ocasión, en compañía de Sir Eduardo Martin y Álex Lema, situándonos en el anfiteatro de un Barcelona Teatre Musical prácticamente abarrotado. Desde esa posición teníamos una perfecta panorámica del funcionamiento de ese mecanismo de relojería, de ese tic tac sincronizado al compás de los acordes de Hackett y del bajista Nick Beggs (su figura filiforme y su larga melena rubia y lacia creaban cierta confusión desde la distancia), de la parte de percusión a cargo de Gary O’Toole (tocado por un sombrero de hongo cuando empezaba a anunciarse el fin de fiesta), de los teclados de Roger King, de la voz de Nad Sylvan y de la aportación del multiinstrumentista Rob Townsend. Este último nos deleitó con el uso de la flauta mágica que contribuiría sobremanera a robustecer el carácter bucólico, pastoral, de piezas como “The Fountain of Salmacis”, “The Musical Box” o “Supper’s Ready” (superlativa su ejecución) extraídos de los álbumes que jalonan esa Edad de Oro del rock sinfónico o progresivo en sus múltiples variantes, y de Genesis en singular. Al final del magisterio de Hackett y su banda, con la propina de “Los Endos”, leí en los rostros de algunos de los asistentes a ese evento la idea de felicidad atrapada en ese túnel del tiempo que viajaría hacia los años de excelencia creativa de la etapa de Genesis de Peter Gabriel, pero también de Steve Hackett. La salida de ambos provocaría un cisma creativo, provocando que el fiel de la balanza se decantara hacia ese paisaje pop-rock que llevaba la marca de Phil Collins. Cualquier tentativa de reunificación de Genesis pasa por la aprobación del batería y voz del grupo durante muchos años. Pero su distanciamiento con Hackett invita a creer que la resolución de la ecuación se complica. Mientras tanto, Hackett concluye la gira por el continente europeo de Genesis Extended 2014 World Tour en Portugal. Allí, a buen seguro, le aguardará Joanna Lehmann, su esposa con que quien recientemente se casó y que ha fortalecido su espíritu juvenil y su ilusión por una música encofrada de múltiples estilos, pero con una seña de identidad bien definida en esos horizons descritos en el libro del Genesis de la Biblia del Rock Sinfónico, en que el arcangel Gabriel se dejaría secundar por músicos del tronío de Mr. Hackett, cuyo primer pasaporte se expediría en Pimlico el 12 de enero de 1950. Ahora, a sus sesenta y cuatro años, su regreso a la época de Genesis le ha rejuvenecido en todos los sentidos para la dicha de los que seguimos creyendo con más firmeza que nunca que el rock sinfónico lleva inscrito el valor de la reivindicación en un ejercicio de acto de justicia para con la Historia musical del pasado siglo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

EL DISCRETO DESENCANTO DE LA «BURGUESÍA» DEL ROCK-SINFÓNICO

En el número 28 de Scifiworld, en una de sus últimas páginas  se reproduce un cuestionario al cineasta Mick Garris (un fiel y prolijo adaptador del universo literario de Stephen King) —avanzadilla a la excelente entrevista que se publicaría en el número posterior, el correspondiente a julio de 2010— en que presumo muchos de los lectores de la revista debían fruncir el ceño. A la pregunta «¿Qué música escuchas habitualmente?» Garris respondía: «rock sinfónico». ¿rock sinfónico? Algunos volverían a mirar la foto de Garris y se debían interrogar para sí mismos: pues no parece tan mayor como para escuchar una música que, a los oídos de la plana mayor de la progenie fanatizada por el fantastique de curso legal, esto es, el macerado con dosis de gore a golpe de Heavy o Trash-Metal, sería sinónimo de música de hace un millón de años y para un buen número de ellos les debía sobrevenir un enorme interrogante en forma de «¿qué diantres es eso?»
Hubo un tiempo que, como los dinosaurios, el planeta musical anglosajón estaba dominado, en buena medida, por esas formaciones del rock-sinfónico. Cierto es que esa extinción ocasionada por un meteorito en forma de radio-fórmulas (temas de un cuarto de hora o veinte minutos con los que solían deleitar a la parroquia los del progresivo no tenían cabida en este formato herziano) que impactó sobre el planet music en las primeras estribaciones de los años ochenta, dejó tocado de muerte a muchas bandas del espectro sinfónico, cuando no hacía demasiados años atrás llenaban estadios con la misma facilidad que el Barça de Pep Guardiola lo hace en los últimos años, mal que les pese a esos videoblogeros de marca. Algunos de los grupos de esta índole supieron verlas venir y mutaron a otra especie que desplegaría sus alas sobre la esfera del pop-rock, más acorde con los vientos que empezaban a soplar —Genesis—; unos cuantos ya habían procedido a la muda con suficiente antelación como para que ni tan siquiera gran parte de sus fans repararan en sus orígenes —Queen—; y otros siguieron aferrados a unos «valores supremos» que han ido marcando un tránsito hacia la agonía hasta alcanzar su práctica desaparición —Yes, Pink Floyd, Camel, Emerson Lake & Palmer, King Crimson, etc. Como todo fenómeno de desaparición lleva implícito un efecto de resurgimiento, éste se dio en el entorno del rock sinfónico con Marillion, pivote de una nueva hornada de formaciones —Pendragon, Asia, etc.— que para no llamar a la suspicacia entre la remozada cúpula de promotores musicales, extendían sus tarjetas de visita figurando con riqueza tipográfica el de «practicantes de pop-rock de calidad». Ese camuflaje a menudo cobraba hechuras de realidad, y aquellos devotos del rock-sinfónico más primitivo acabaron por batirse en retirada, buscando un botón de anclaje con otros estilos, tales como la world music de la que Peter Gabriel (en la foto), padre espiritual de la mejor cosecha de Genesis —Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972) Selling England By the Pound (1973), The Lamb Lies Down On Broadway (1974): raro es el año que no vuelvo sobre esos pasajes que emanan creatividad y genialidad compositiva-acústica a raudales—, a través de su proyecto Real World, tripulaba con un horizonte tan incierto como estimulante.
La música, como el cine, en tanto que artes relativamente jóvenes, ha vivido periodos de una extraordinaria fertilidad creativa. Gabriel, un músico del que poco ha trascendido que su salida de Genesis tuvo mucho que ver con su interés por hacerse un nombre en calidad de director de cine, ha formado parte de dos de esas oleadas creativas de aupa, primero en el sinfónico, y luego en la World Music. Los que todavía tenemos la certidumbre de que una buena porción de la mejor música contemporánea —la reproducida fuera de las salas de concierto y/o de las cinematográficas— se dio en los años setenta y, en forma de destellos, en los años ochenta, debemos reparar en esa lenta agonía de aquellos forjadores de obras de indudable categoría que, como restos fosilizados, permanecen ocultos a los oídos de las nuevas generaciones. El ciclo natural empieza a cerrarse para personalidades como Peter Gabriel, que prorrogan su vigencia encima de los escenarios (cada vez más despoblados: cuatro mil almas en el recinto del Sant Jordi barcelonés en el pasado 23 de septiembre de 2010) sobre la base de versiones de temas de otros grupos o cantantes. Scratch My Back (2010) responde a ese acto-reflejo por buscar las respuestas musicales en el pasado en forma de versiones de temas de Paul Simon (Boy in the Bubble), Neil Young (Philadelphia) o Lou Reed (Power of the Heart), entre otros. En eso coincide con el músico que le reemplazó en el liderazgo de Genesis, Phil Collins, que con Goin Back (2010) rinde pleitesía al sonido Motown. Señales de humo visibles para la tribu de amantes del rock-sinfónico confinada en esas reservas de la espiritualidad musical en los tiempos en que los tambores de guerra se dejan sentir con fiereza desde los coches tuneados con un sonido atronadoramente... plano, buscando plaza en algún aparcamiento cercano de unas multisalas del extrarradio para degustar —acompañados de palomitas, faltaría plus— la última producción gore con sus correspondientes números romanos a modo de rúbrica para un título bien llamativo.