Mostrando entradas con la etiqueta JOHN HURT. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JOHN HURT. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de febrero de 2017

JOHN HURT (1940-2017) IN MEMORIAM: EL ADIÓS A UN MAESTRO DE LA INTERPRETACIÓN

«Por unos instantes, Ephraim se mesó su larga cabellera desde la frente hasta la parte superior sin dejar de perder la forma unas ondulaciones que le daban un aire juvenil a una cara afilada surcada por unas marcadas arrugas en su frente. Se observaba una extraña simetría añadida en su rostro fruto de una edad que le situaba próximo a la setentena: sus cejas poco pobladas y enarcadas parecían proyectar un reflejo, una sombra en las bolsas de unos ojos diminutos punteados por una mancha de color azul marino. La línea de su lacio cabello simulaba otro efecto simétrico en relación a un bigote poblado con caída a ambos lados de una boca que conservaba la integridad de sus piezas dentales». Esta descripción física sobre Ephraim Samsteen el científico que lidera una secta dedicada a la clonación humana en mi novela El enigma Haldane (2011) se inspiró en John Hurt. Se trata del único personaje de esta ficción literaria que toma el molde de un personaje real, el propio de uno de los actores que desde mi primer encuentro en la gran pantalla con El hombre elefante (1980) más me han fascinado y que desde entonces he situado en un imaginario pedestal. No cabe duda que mi sueño hubiera sido que Hurt fuera el Ephraim Samsteen en una hipotética adaptación al cine de El enigma Haldane. Así lo consideré una vez completada la novela, elaborando un guión cinematográfico a renglón seguido que espero algún día tenga traducción en imágenes. En cualquier caso, este proyecto no contaría con la participación de Hurt, fallecido el pasado 25 de enero, víctima de un cáncer. Hurt llegó a cumplir setenta y siete años, la mayor parte de los cuales dedicados a su gran pasión: la interpretación.
    Para alguien que inicia el tránsito de la infancia a la adolescencia, la visión en una sala oscura, compartida con desconocidos, de El hombre elefante —en versión doblada al catalán al amparo de la nueva Política Lingüística impulsada por la Generalitat de Catalunya— no podía por menos que quedar impregnada a fuego en la memoria. Bajo esa “máscara” de John Merrick «el hombre elefante» se encontraba su tocayo Hurt, asumiendo un reto que la inmensa mayoría de sus colegas de profesión hubieran rechazado excudándose que no querían someterse a una auténtica “tortura” en los preliminares de cada jornada de rodaje, fruto de las necesidades de un maquillaje cortesía de Christopher Tucker que debía ser convincente en aras a representar a un auténtico monstruo en pantalla. Pero el reto resultaba doble: en John Merrick debía aflorar un perfume de humanidad que percibiera el olfato del espectador, al punto que al final de la función las mejillas se impregnaran de lágrimas. El hombre elefante no nació para ser degustada exclusivamente por un público selecto, avisado del carácter iconoclasta de su director, David Lynch, a raíz de la puesta de largo de su opera prima Cabeza borradora (1976). El hombre elefante nació para activar las emociones del espectador, aquellas aptas para conmovernos y hacernos recordar que lo monstruoso puede mostrarnos su lado humano. Por ello, John Hurt hizo de su interpretación una auténtica proeza que no pasó inadvertida entre directores y guionistas de diversas partes del mundo, fiados a la idea que alguien capaz de echarse a sus espaldas un personaje de las características de John Merrick cualquier reto por complicado que pudiera parecer estaría dispuesto a asumirlo.
    Gracias, en parte, a John Hurt y El hombre elefante extraje la idea desde temprana edad que el cine deviene un medio al que debemos conceder una gran importancia sobre los aspectos técnicos (ambientación, maquillaje, fotografía, sonido, composición musical), pero la interpretación es el fuego principal que suministra calor... un calor humano real, “palpable” que obra el milagro de conmovernos en torno a una historia que se proyecta sobre una superficie blanca a veinticuatro imágenes por segundo. Ese calor humano lo he sentido tan cercano —quizás sin la intensidad de El hombre elefante, una película que visito regularmente— cuando ha asomado en infinidad de ocasiones en pantalla John Hurt, que desde principios de los ochenta ha convertido el asistir a ver una producción cinematográfica con el actor inglés entre su reparto como si se tratara de una suerte de ritual. Ciertamente, algunas películas no llegarían a estrenarse en salas comerciales de nuestro país, pero me he ocupado de estar atento al mercado videográfico y en formato digital para ir completando un mosaico interpretativo que, por lo general, inflexiona en personajes que operan fuera de la ortodoxia (el preso Max en El expreso de medianoche, Winston Smith en 1984, el multimillonario S. R. Hadden en Contact, La «condesa» en Ellas también se deprimen, Jellon Lamb en La propuesta, Mr. Summers en Todos los animales pequeños y un largo etcétera). Sin duda, Ephraim Samsteen hubiera tenido encaje en esa galería de personajes interpretados por Hurt tallados por una percepción de la vida alejada de los convencionalismos, de las reglas impuestas; personajes que se revelan contra su época y su tiempo. Descontada la imposibilidad de escribir un libro sobre John Hurt —veo misión imposible que las editoriales de nuestro país se avengan a una operación de riesgo de semejantes características—, a modo de tributo del gran actor británico me gustaría regresar, cuanto menos una vez al año sobre una de las películas interpretadas por él. Emulando a Jim Jarmusch —su director en Dead Man (1995) y Solo los amantes sobreviven (2013), sendas propuestas situadas en los arrabales del Sistema—, me agradaría formar parte de una especie de sociedad “semisecreta” denominada «Los hijos de John Hurt». La condición para la adimisión en dicha sociedad sería la de haber heredado algún rasgo de John Hurt. Me gustaría creer que en mi caso fuera la humanidad que ha destilado en tantas ocasiones en la gran pantalla para el que considero sigue valorando conforme a uno de los más grandes actores de la Historia del cine. Gracias John. Rest in peace.  

sábado, 2 de julio de 2011

LA VIDA SECRETA DE LAS PALABRAS DE ARTHUR CREW INMAN (1895-1963)

Supongo que para algunos cibernautas del espectro mundial seguir determinados blogs se ha convertido más que en un puro entretenimiento o en pozo de conocimiento sobre determinada(s) materia(s) en un ejercicio que precisa una cierta (re)programación de horarios. Lo digo por la frecuencia y la extensión de los posts con los que obsequian algunos blogeros a sus fieles. No sería de extrañar que tal caudal de textos escritos se debiera, en algunos casos, a esa enfermedad que aún no tiene entrada en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la hipergrafía, que se podría definir como una necesidad compulsiva por escribir. Esta enfermedad sigue siendo muy poco conocida ya que, a menudo ha pasado desapercibida, por ejemplo, entre la clase periodística o en determinados ambientes intelectuales en razón de la imperiosa necesidad de algunos profesionales por alcanzar unos umbrales de trabajo —esto es, textos escritos— con el propósito de cubrir unas determinadas necesidades económicas. No parece haber un origen común que ligue los casos de hipergrafía, pero a mediados los años setenta, los estudios llevados a cabo por Waxman y Geschwind arrojaron cierta luz que explicara, desde razonamientos científicos, el porqué un porcentaje (irrelevante) de la población mostraba una tendencia voraz por escribir a toda hora y en cualquier lugar. Curiosamente, ese porcentaje de afectados de hipergrafía aumentaba de forma significativa entre los que sufrían epilepsia de lóbulo temporal. Por aquel entonces, el caso de Ellen G. White (1827-1915) era el que concitaba un mayor interés dado lo prolífico de su obra escrita a mano. Para hacernos una idea de todo ello, White llegaría a escribir una obra que consta de más de cien mil páginas, el equivalente a haber escrito la friolera de quinientos libros de doscientas páginas de media. O dicho de otro modo, escribir tres páginas y media cada día desde el mismo día que nació (1827) hasta el que murió (1915). Cualquiera que se haya enfrentado al noble arte de escribir prosa o poesía tres páginas y media equivale a tener un día inspirado. La inspiración, empero, no guió la vida de Mrs. White sino más bien una enfermedad de diagnóstico desconocido en aquella época y, por descontado, su devoción religiosa que se tradujo en dar cabida a la creación de la Iglesia  Adventista del Séptimo Día
   Llegados a este punto, se podría favorecer la idea de que Ellen G. White ha debido conservar este record guinness de escritura non stop, pero tuvo en Arthur Crew Inman (1895-1963) un rival de altura. Natural de Atlanta, Inman confeccionaría un diario personal en que computaría un total de… 17 millones de palabras. Si atendemos, por ejemplo, que mi novela El enigma Haldane consta de unas 72.000 palabras (traducible a unas 288 páginas en formato de libro estándart), Inman hubiera podido convertir su diario en 236 libros. Cuarenta y cuatro años volcado en la labor de escribir sin desmayo sobre sus propias experiencias arrojaron en la persona de Inman un cuadro psicológico con tendencia al suicidio. Al cabo del tiempo trascendería que este estadounidense con veleidades de poeta se le trató de epilepsia de lóbulo frontal. Un brote de dicha enfermedad pudo haber sido el detonante de su suicidio registrado la mañana del 12 de diciembre de 1963 en la localidad Brookline, en el estado de Massachussets. Su vida, a la que se le colocaría el cierre a los sesenta y ocho años de edad, tan sólo se entendería al dictado de una tendencia mórbida a la escritura de su propio dietario, pero asimismo habilitando un espacio para dar salida a su vena estrictamente poética o novelística. A la vista de que la inmensa mayoría de sus textos no fueron publicados, Inman sintió el peso del fracaso, aunque no le impidió proseguir su deriva compulsiva por la escritura hasta el fin de sus días. Al rescate de una pequeña proporción de este elefantino dietario acudiría el profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana de Harvard Daniel Aaron, quien contribuiría decisivamente a la publicación de dos volúmenes (el uno fechado en 1985, el otro en 1996), a mayor honra de Arthur Crew Inman. Del primero de estos volúmenes tomaría conocimiento Lorenzo DeEstefano, evaluándose como la semilla de la obra teatral Camera obscura, que debutaría en la escena merced a un montaje cortesía del Seattle Repertory Theatre. La obsesión de este dramaturgo con reminiscencias —en su apellido— a un astro del balompié de grato recuerdo para el aficionado madridista y españolista por Inman no acabaría allí. Desde hace tiempo trabaja en el guión de Hipergrafia —previsto su rodaje para 2012—, en que John Hurt se prepara para su particular one man show. Al genial intérprete británico no le tocará lidiar con maratonianas sesiones de maquillaje como las que tuvo que enfrentarse a propósito del rodaje de El hombre elefante (1980). En breve, una vez DeEstefano haya logrado atar los temas de financiación —cosa nada fácil dado lo singular del proyecto—, John Hurt se aplicará a manejar su diestra con soltura. Un papel, sin duda, no apto para afectados de artritis. Presumiblemente, como en el caso de otras enfermedades —la narcolepsia (Mi Idaho privado), la ADL ó Adenoleucodistrofia (El aceite de la vida) o la propia neurofibromatosis quística (El hombre elefante), etc.— que habían permanecido opacas al conocimiento de la sociedad, la hipergrafía salga de su anonimato con el estreno del film de DeEstefano. Al menos un servidor estará presente en las fechas de la puesta de largo de la opera prima de DeEstafano por un triple motivo: conocer más aspectos sobre la poliédrica personalidad de Arthur Crew Inman; la propia particularidad que representa la hipergrafía corporizada en uno de sus casos extremos... y John Hurt. No por casualidad, la única persona que tuve claramente en mente a la hora de escribir El enigma Haldane —los otros son puras abstracciones o sumas de diversas personas, fruto de lecturas o conocimientos reales— fue John Hurt para la construcción literaria del genetista, líder de la secta EFESOS, Ephraim Samsteen. Quién sabe si el ya septuagenario actor inglés algún día lo llegará a representar en la gran pantalla. Por empeño no quedará. Entretanto, Hurt se consagrará en breve a uno de esos retos que miden la grandeza de un actor: recrear el último tramo de la vida del sinpar Arthur Crew Inman. Entiendo que después de haberse librado una obra teatral, operística  (The Inman Diaries) y sobre todo una cinematográfica, el interés por este curioso personaje  crecerá exponencialmente. Su bendición literaria llegaría si E. L. Doctorow se encomendara a crear otra de sus fábulas con trasfondo histórico (estilo la magistral Homer y Langley) resiguiendo el hilo de la vida y milagros de Arthur Crew Inman. Sería, sin duda, toda una enhorabuena para la literatura universal para este primer tramo del tercer milenio.