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jueves, 17 de mayo de 2018

LA ELECCIÓN DE QUIM TORRA: «JAQUE MATE» A LA INDEPENDENCIA DE CATALUNYA


En la previa a la convocatoria del pleno del Parlament de Catalunya para investir en segunda vuelta a Quim Torra i Plà, los equipos de Ciutadans, PPC, En Comú Podem y PSC hicieron horas extras con el ánimo de buscar en el erial de internet todas aquellas declaraciones y/o reflexiones del que iba a ser nombrado 131 President de la Generalitat de Catalunya, en que dejara constancia por escrito de un sesgo escorado hacia un radicalismo que raya lo paranoico. Cumplido el trámite, con la CUP jugando una vez más a favor de obra del independentismo sin reparar en los "daños colaterales", el pasado lunes día 14 de mayo Mònica Terribas entrevistaba a Quim Torra en su programa matinal de Catalunya Ràdio. A la pregunta de qué pensaba de los españoles, Torra no eludió la respuesta y dejó impresa la siguiente frase: «Estimo els espanyols. Estimo el poble espanyol». Desde hacía unas horas Torra había entrado por la puerta grande de la política y ya lucía el disfraz de la mentira para camuflar un pensamiento que, en su caso, ha ido larvando a golpe de lecturas casi desde su tierna adolescencia. A modo de arma arrojadiza, Inés Arrimadas (C’s), Xavier Domènech (En Comú Podem), Xavier Albiol (PPC) y Miquel Iceta (PSC) sacaron a la luz el contenido de unos tuits firmados por Torra en 2012 y posteriormente eliminados de la red. En ciernes de convertirse en President electo por un margen ínfimo de votos entonó el mea culpa, y parafraseando al otrora Rey de España, Juan Carlos I, en su versión catalana apostilló «no tornarà a passar». De una manera sibilina, Carles Puigdemont, operando en la sombra en su destierro berlinés, se sacó un as en la manga en forma de candidato para ser investido tras una serie de tentativas frustradas. El reloj corría y los equipos de trabajo de los susodichos grupos parlamentarios no tuvieron tiempo material para recopilar infinidad de escritos, a modo de artículos y/o ensayos con la rúbrica de Quim Torra que escarban en su perfil supremacista, etnicista, racista y xenófobo.
   En su particular pulso sostenido con el Estado español, Puigdemont, a mi entender, con la elección de su coetáneo Torra (apenas les separan unas horas en sus respectivas partidas de nacimiento; el uno nacido el día de los inocentes de 1962 y el cabeza visible de Junts per Catalunya al día siguiente) se ha pegado un tiro en el pie y, por ende, la agrupación política que lidera. La perdición del movimiento independentista —entendido conforme a un movimiento transversal, que precisa ensanchar sus bases para crecer y rebasar así ese techo de cristal que le otorgaría la mayoría de votos a nivel del territorio catalán— se llama Quim Torra. Las simpatías que podría generar en sectores más progresistas del viejo continente se irán diluyendo al albur del conocimiento del pensamiento de un personaje siniestro como Torra, quien ha ido construyendo un relato emocional sobre un sentimiento identitario que apela a cuestiones de raza y aplica principios eugenésicos para interpretar los rasgos diferenciales entre la población catalana y la española. Bien es cierto que en pocos meses conoceremos la valoración de los líderes políticos catalanes y quedará constancia del apoyo que procura un sector de la población a Quim Torra, aquellos fanatizados con la idea de romper con el estado español cueste lo que cueste y que tienen en este abogado gerundense reciclado a editor y político alguien a quien aferrarse. Poco les incomoda su semblante xenófobo y supremacista porque se sienten reflejados en el espejo de la vida. En su ensayo Els últims 100 metres: el full de ruta per guanyar la República catalana  (2016, Angle Editorial), con prólogo (of course) de Carles Puigdemont —por aquel entonces ejerciendo de President de la Generalitat de Catalunya—, Quim Torra colocaba el objetivo a conseguir en un plazo de dieciséis meses. Está claro que Torra adolece de carácter visionario, pero insistirá en su empeño aunque esos 100 metros se conviertan, al fin y al cabo, en una distancia pareja a la de una maratón. En ese primer avituallamiento Torra y su equipo se darán de bruces con la realidad, al tiempo que la imagen del independentismo catalán mostrará esa cara menos amable, aquella que representa su líder emocional e intelectual, con Puigdemont actuando de “doctor Mabuse” de un procés que deviene una auténtica entelequia. La «Reina» Puigdemont ha articulado un movimiento en el tablero de la política contando con la «Torra» de apoyo para hacer el jaque mate al «Rey Felipe VI». Una jugada maestra para derrocar a la monarquía borbónica e inaugurar un ideal de República. Pero ha calculado mal la estrategia. La «Torra» solo puede realizar movimientos horizontales, y no transversales como demanda ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) para ampliar la base social que legitime la posibilidad de un referéndum para la Independencia. En esta dialéctica Sergi Cebrià se esforzaba en recalcar en su turno de palabra, apelando con el contacto visual a Domènech, en representación de En Comú podem, mientras los hiperventilados —con Eduard Pujol a la cabeza— de Junts per Catalunya quitaban hierro a los “pecados de juventud y madurez” de Quim Torra, a propósito de unos escritos que cualquier persona guiada por un sentimiento humanista le debe provocar repugnancia. Más que jaque mate a la Monarquía, la elección de Torra constituye un punto de inflexión para casi la mitad de los adscritos al independentismo (la mayoría sobrevenidos en los últimos meses) con los que no va el liderazgo de un supremacista y etnicista de tomo y lomo, un George Wallace natural de Blanes, y naturalizado independentista galopante que mira una y otra vez sobre la biografía de los prohombres de la primera mitad del siglo XX, en ese espacio fundacional que sirve para construir un relato maniqueo, en que el Estado español más allá de los tiempos oscuros del franquismo sigue siendo observado como el enemigo a desterrar en forma de segregación.        

domingo, 7 de enero de 2018

PASAPORTE A TABARNIA: CATALUNYA BAJO EL «REINADO» DE LA EALING

Presumiblemente, para la práctica totalidad de los residentes en la Ciudad Condal pasó desapercibida la noticia que los Cines Verdi proyectaban un ciclo bajo el genérico So British! en el verano de 2015. Ocioso de poder contemplar en la gran pantalla uno de esos títulos caros a “perpetuarse” en el cargo de clásico por razones que van más allá de lo estrictamente cinematográfico, acudí a la cita de la proyección de Passport to Pimlico (1948), incluido en el miniciclo compuesto por otros títulos más conocidos por parte del aficionado al Séptimo Arte y del cine británico en particular. A la salida de la proyección recorrí las estrechas calles de Gràcia mientras daba rienda suelta a la imaginación en torno a la posibilidad que el popular barrio barcelonés —a imagen y semejanza de lo que ocurre en la cinta auspiciada por la Ealing— se segregara del resto de la Ciudad Condal una vez encontrado en uno de sus refugios —creados a tal efecto durante la Guerra Civil Española— un tesoro que revelara su pertenencia a un ducado europeo que se remontara al periodo medieval. Meses después de asistir a aquella proyección el espejismo que se había dibujado en mi mente parecía depositarse sobre la realidad de mis conciudadanos, pero ampliando el foco geográfico verbigracia de una renovada ofensiva (en fase creciente) del independentismo catalán por segregarse del estado español con motivo de las elecciones autonómicas celebradas en diciembre de ese mismo año. A las puertas de la formación de un nuevo gobierno, el rey Artur Mas sería destronado por imperativo de un partido anticapitalista —la CUP— con especial arraigo en el barrio de Gràcia que prestaría sus votos a Junts Pel Sí (la suma de CIU y Esquerra Republicana de Catalunya) en la investidura con la condición sine qua non de que fuera elegido President de la Generalitat un candidato libre de polvo y paja de cualquier asunto de corrupción y que diera un perfil netamente independentista. De aquel (semi)desconocido para muchos de nosotros para ocupar el máximo cargo institucional de Catalunya en poco más de dos años ha pasado a ser una de las figuras políticas más populares del territorio español y asimismo de distintas plazas europeas, sobre todo Bélgica. Su nombre: Carles Puigdemont, de cuya peripecia por llegar a la capital belga en la madrugada del día 19 de octubre no se ocuparán los libros de Historia sino que podría formar parte perfectamente de esa crónica del escapismo hispano de personajes con el hábito puesto de político, de confidente o de director de la Benemérita, entre otras nobles profesiones. En el trayecto realizado probablemente en automóvil o automóviles que cubre la distancia entre una localidad cercana a Girona —Sant Julià de Ramis, residencia habitual de los Puigdemont— y Bruselas, hubiera podido pasar por Dijon, la capital de la Borgoña, otrora ducado al que la fértil imaginación de T. B. E. Clarke —el guionista de Passport to Pimlico— recurrió para elaborar la premisa en que el barrio londinense, fruto del tesoro encontrado en su subsuelo tras explosionar una bomba, activa la maquinaria jurídica para segregarse del resto de Londres.
    Cumplido un par de años de aquella cita electoral con aroma de plebiscito a favor de la convocatoria de un referéndum por la independencia de Catalunya —así lo planteó el conglomerado Junts pel Sí de común acuerdo con la CUP—, ha empezado a arraigar la construcción de una nueva nación, Tabarnia (neologismo surgido a partir de los nombres de Tarragona y Barcelona, el extenso territorio al que pertenecen algunas de las comarcas más ricas e industrializadas) a modo de réplica y/o antídoto a las ínfulas de la confección de una República sustentada por los votos registrados en las urnas el pasado 21 de diciembre de 2017 pertenecientes a PdeCat —la antigua CIU tutelada por Carles Puigdemont en su destierro belga—, ERC y la CUP. Desde que la propuesta empezó a prender por las redes sociales, algunos tertulianos han querido trazar paralelismos con el concepto "berlangiano" al referirse a Tabarnia. Pero para un servidor el rescate de Tabarnia me devuelve al pensamiento el contenido de la cinta dirigida por Henry Cornelius, que reserva sus primeros fotogramas a la visión de Pimlico bajo unas condiciones metereológicas que invitan a tomar el sol en las terrazas a sus lugareños. Una vez cubierto la casi totalidad de su metraje —cercano a la hora y media—, el barrio de marras se viste del gris habitual de la ciudad londinense, a modo de alegoría en torno a ese anhelo independentista de la mayoría de habitantes de Pimlico que no llega a cristalizar. Siguiendo el hilo de ese juego alegórico, tras esa Catalunya sometida a los rigores del verano en 2017, en que muchos independentistas parecían advertir con mayor nitidez el efecto de una sonrisa marcada en sus rostros ante la posibilidad de acariciar un anhelo soberanista, los nubarrones se ciernen sobre el cielo del Noreste del estado español con la llegada del invierno. Una estación que ahuyenta a la convocatoria masiva de manifestaciones y sobre todo encuentra en Tabarnia (una iniciativa por recuperar las antiguas reivindicaciones del condado de Barcelona en aras a crear una nueva autonomía integrada en el estado español) una genialidad que coloca frente al espejo el grueso del argumentario por el que los independentistas quieren segregarse del estado español. Lo hace, como diría Joan Tardà  —destacado miembro de la cúpula dirigente de ERC—, a modo de letanía, «de manera tranquila, pacífica y democrática», pero con el añadido de un sesgo humorístico con domicilio fiscal en otro barrio londinense, el de Ealing. Un ejemplo paradigmático de como a veces la inventiva sirve mejor al propósito para combatir determinados argumentarios. Solo hace falta acudir a los libros de Historia y esgrimir una dialéctica que coloque contra las cuerdas esos razonamientos independentistas que se han ido nutriendo en sus filas a conversos debido a una política errática de represión por parte del gobierno que preside (para nuestra desgracia) Mariano Rajoy y Brey.  


jueves, 19 de octubre de 2017

EL PRESIDENT PUIGDEMONT Y LA «RASPUTINA» MARCELA EN EL «TEATRO DEL ABSURDO»

Superado el ecuador del siglo XXI presumo que los nuevos volúmenes consagrados a la Historia del estado español reservarán un generoso espacio a trazar una panorámica sobre lo acontecido en la segunda década de esta centuria en el noreste del país, concretamente en Catalunya. En ese recorrido cronológico no faltará el detalle de lo ocurrido en octubre de 2017, un mes que arrancó con un seudoreferéndum y concluyó con la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española como antídoto a la decisión del Govern de la Generalitat de Catalunya de proclamar la DUI, esto es, la Declaración Unilateral de Independencia de Catalunya. Condenada al fracaso desde su fecha de nacimiento al no haber obtenido el beneplácito de las cancillerías europeas y de prácticamente la totalidad del resto del mundo, la DUI representaría un órdago al Estado español impulsada por un govern liderado por Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, sendos máximos mandatarios de PDeCat (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), respectivamente. La suma de ambos partidos arroja como resultado de la ecuación Junts pel Sí, un proyecto surgido con el objetivo de alcanzar la independencia con el inestimable apoyo de la CUP, formación de carácter asambleario e instalado en la noción del anticapitalismo. En diversas ocasiones he tratado de razonar el porqué de esa precipitación al lanzarse al vacío en un proyecto suicida, con el Estado español evitando que no se quiebre el status quo. Al cabo, la explicación la encuentro tras varias lecturas reveladoras de un hecho determinante: para tirar adelante un proyecto de tamaña envergadura cabía tener al frente personajes desligados de un sentido de la realidad que, a buen seguro, les hubiera comportado frenar sus impulsos primarios. El uno (Junqueras), creyente acérrimo del catolicismo, apelando a cuestiones divinas buscando en su bondad y de quién les rodea un escudo protector frente a toda suerte de críticas; el otro (Puigdemont) imbuido de una mística que ya había cultivado durante sus años de adolescencia y juventud en su localidad natal de Amer (un pequeño municipio de la comarca de la Selva envuelto de un manto de naturaleza), reactivado exponencialmente al conocer a la que hoy en día sigue siendo su esposa, Marcela Topor. Sin parentesco alguno con el artista pluridisciplinar Roland Topor, la rumana Marcela padeció las calamidades inherentes a la dictadura de Nicolae Ceaucescu y encontró refugio en el teatro para dibujar ventanas de esperanza de cara al futuro. La representación escénica de piezas de su coetáneo Eugène Ionesco —figura capital de la cultura en su país de nacimiento— llevaron a Marcela Topor a participar en uno de los festivales de teatro que se programan anualmente en Girona. A partir de asistir a la representación de la pieza El rey se ha muerto —cuyo protagonista curiosamente se llama Berenguer, apellido enrraizado a la propia Historia de Catalunya a través de una nissaga de poder— Marcela y Carles Puigdemont cruzaron sus destinos, procurando que sus aficiones comunes sirvieran para ir apuntalando una relación de pareja.
   La celebridad de Ionesco viene determinada por haber sido el impulsor de lo que se dio en llamar «El teatro del absurdo». Desde el plano del subconsciente el título de El rey se ha muerto debió seducir a Puigdemont antes de asistir a la representación de la obra de Ionesco en un teatro gerundense a finales del siglo pasado cuando ocupaba el cargo de director del Centre de Cultura de Girona. Allí, sobre los escenarios, lucía la figura de Marcela, quien poco más tarde asumiría la condición de rasputina en el contexto de ese «teatro del absurdo» en el que se ha convertido la política en Catalunya a partir de que la CUP “destronara” al Rey Artur(o) Mas sopena de amenaza de convocatoria de nuevos comicios electorales de ámbito autonómico (sic) en 2016. Para la inmensa mayoría de los habitantes con derecho a voto de Catalunya, el sustituto de Mas resultaba ser un auténtico desconocido con la salvedad de haber sido edil en el ayuntamiento de Girona con el cambio de milenio. Pronto salieron a relucir detalles sueltos de su biografía fuera de la esfera política. Por razones óbvias reparé en aquellos gustos musicales que le llevaron a ejercer de bajista en una banda denominada Zénit. Me llamó la curiosidad su afición por Motörhead. Luego entendí el porqué: la conexión con el satanismo y la brujería que había sido una de sus pasiones de adolescencia. Ya instalado en la cuarentena, la entrada en contacto con Marcela avivó esa llama semiapagada por esos temas esotéricos. En esa dimensión sobrenatural a la que acuden representaciones provenientes de la tradición pagana de Centroeuropa es donde su ubica el hoy president de la Generalitat de Catalunya Carles Puigdemont, cuya decisión de hacerse fuerte en el Palau de la Generalitat, pasando a residir allí sine die (la amenaza de una hipotética detención planea sobre el nido del cuco), abunda sobre algo que hace meses he meditado: no solo trata de escapar de la legalidad sino de la realidad. Entretanto, la rasputina sigue tratando de hacer vida normal en Girona. La conexión entre ambos no tan solo viaja por skype o por línea telefónica, sino por vía espiritual. En una de las escasas entrevistas que ha concedido Marcela Topor manifestó que «no le importaba salir de la Unión Europea con tal que Catalunya se independizara de España». En manos de una conversa con aspiraciones de rasputina y un fanático mórbido del independentismo (en sus años de juventud llegó a utilizar un falso DNI catalán para identificarse en distintas plazas hoteleras de Europa) se encuentra el destino de Catalunya, a los ojos de aquellos que no dudarían en aclamarlo como el President de la República del nou Estat. Óbviamente, el Estado español se verá impelido a aplicar el artículo 155 de la Carta Magna y de no deponer su actitud Puigdemont le espera un horizonte judicial sumamente complicado. Me aventuro a creer que el destierro de los Cárpatos no resultaría un mal destino para alguien que quiso llevar a Catalunya al zenit del independentismo, impelido por esa conexión de tintes esotéricos con su consorte Marcela. Ella que había nacido para educarse en el infierno, que diría el finado Lemmy Kilmister, el líder espiritual de Motörhead, banda de cabecera de alguien como Carles Puigdemont, a quien no deseo ver en prisión; más bien intuyo que puede acabar en algún otro tipo de espacio con paredes bien acolchadas por si le sobreviene un mal pensamiento.    

domingo, 1 de octubre de 2017

LA NOCHE MÁS OSCURA: LEVANTANDO ACTA DEL 1-0 DE 2017

Días antes de la celebración de un referéndum convocado por el Govern de la Generalitat de Catalunya el 1-O, contraviniendo toda lógica dictada por el sentido común, asistí a la proyección de Detroit (2017). Ciertamente, el tema de los disturbios que tuvieron lugar en la ciudad más poblada del estado de Michigan en el verano en el año que nací —en el marco de lo que se dio en llamar «The Long Hot Summer of 1967», jugando con el título de la popular película filmada nueve años antes, a su vez inspirada en una serie de relatos escritor por William Faulkner— hasta entonces no había sido tratado de una forma directa en la gran pantalla, a pesar que hubiera sido un material propicio de abordar por realizadores como John Singleton , el "otro" Steve McQueen y sobre todo Spike Lee. Focalizada de manera especial en lo que ocurrió en el interior del Algiers Motel, donde el cantante de The Dramatist, una banda emergente de R&B, se ve envuelto en unos trágicos acontecimientos, con fuerzas militares y la Guardia Nacional provocando una auténtica barbarie al saberse atacados por un snipper («francotirador»), Detroit me dejó un gusto agridulce, pero con la creencia que directora (Kathryn Bigelow) y guionista (Mark Bolan) habían contribuido decisivamente a sacar a la palestra uno de esos episodios de la crónica negra de los Estados Unidos del siglo XX que invitan a tomar la temperatura del grado de racismo que tuvo lugar hace medio siglo y que, por desgracia, anda lejos de ser eliminado de raíz. Con todo, poco podía imaginar que días después Catalunya, mi amada Catalunya, se convertiría en campo abonado para la represión policial fruto de la locura y el despropósito de unos y otros. Seguramente, muchos de los habitantes de Catalunya tardarán meses, acaso años a la hora de pasar página de uno de los días más funestos de su historia reciente. Un día con su correspondiente noche. Parafraseando el título de la película anterior a Detroit concebida por la dupla Bigelow-Bolan, esta noche más oscura en la que, al filo del amanecer escribo estas líneas tratando de mantener el ánimo sereno y el pulso firme. Ni por asomo un referéndum ilegal merece que más de ochocientos de mis hermanos catalanes hayan sufrido heridas de distinta consideración, pero todas ellas con el denominador común que trabaja asimismo desde un plano psicológico del que resultará más complejo si cabe recuperarse. Me duele en el alma la desproporción con la que han actuado cuerpos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional desplazados desde distintos puntos de la geografía española para cumplir un mandato dictado desde las altas esferas judiciales con hilo (in)directo con el gobierno del Estado. Decidí no ir a votar al considerar que no había ninguna garantía legal en relación a una convocatoria camuflada de referéndum. Pero entendí que esas personas prestas a ir a votar debían hacerlo con plena libertad. Una vez celebrado ese acto festivo-reivindicativo a favor del independentismo, tocaría saldar cuentas con aquellos dirigentes políticos obcecados en poner a los pies de los caballos a ediles, personal de centros públicos y a una ciudadanía que, vistos los resultados, creían que la violencia policial practicada por los nuevos centuriones formaba parte intrínseca de otras realidades geográficas como la estadounidense, con el conflicto racial aún latente. Obviamente, a toda represión policial cabe una respuesta de contraataque por parte de grupos o grupúsculos de personas violentadas por la situación creada. El campo de batalla estaba servido en algunos puntos de la geografía catalana, en que una mezcla de odio por saberse “traicionados” por la policía local —los Mossos d’Escuadra—, presión acumulada durante días y el desconocimiento del territorio, sirvió de reactivo para que Policía Nacional y Guardia Civil enloquecieran, atacando indiscriminadamente a todas aquellas personas de bien (equivocadas o no al hacer suyo un referéndum con más sombras que luces) que trataban de defender su derecho a voto y, porqué no, acariciar con las yemas de los dedos un ideal de independencia. No hay que privar de alcanzar sus sueños a nadie. La imagen de cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estados trepando por una valla como si fueran a asaltar la madriguera de terroristas de Al Queda o ISIS, quedará grabada para siempre en mi memoria. Iban a por esas urnas que, a la postre, han resultado el MacGuffin en este relato en negro que debería cubrir de vergüenza al  PP (Partido Popular) con su nefasto Presidente del Gobierno Mariano Rajoy al frente. Ni una sola traza de humanidad se pudo leer en sus labios al omitir a las más de ochocientas víctimas de la población civil cuando hizo acto de presencia en esta, la noche más oscura donde actuaron a sus anchas uniformados en tierra hostil, algunos de los cuales solo les faltaba lucir en sus cascos la leyenda «Born to Kill»mientran blandían sus porras.
  Aún con los ojos humedecidos solo quiero expresar mi convicción que existe la esperanza de volver a reconstruir esos puentes que han tratado de dinamitar auténticos descerebrados. Ante la historia Mariano Rajoy quedará como el máximo responsable de una de las peores decisiones que ha conocido nuestro país. La llave que puede abrir una eventual solución se llama PSOE (Partido Socialista Obrero Español), dando por descontado que Unidos Podemos demostrará una vez más su visión de estado y acierto en el diagnóstico de situación. Lo dice un catalán que les seguirá votando, aún con el corazón compungido y con la certeza que asimismo Carles Puigdemont y Oriol Junqueras deben rendir cuentas con la Historia, a pesar que sean convertidos en mártires por una significativa porción de mis conciudadanos. En la irresponsabilidad de ambos por crear un espejismo en forma de referéndum ilegal en el oasis catalán radica una de las razones del porqué de la situación creada en nuestro territorio. El tiempo, dicen, lo cura todo. Habrá, pues, que poner pronto el contador a cero para volver a dinámicas de antaño, en que iguales podrían discrepar ideológicamente, pero la convivencia en paz se presumía como una de las principales conquistas tras la dictadura franquista, aquella en la que en el imaginario de algunos sigue bien presente.   

  

miércoles, 5 de julio de 2017

«EL VIENTO Y EL LEÓN»: EN EL «CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS» DEL INDEPENDENTISMO CATALÁN

Presumiblemente, para todos aquellos desconocedores de las peculiaridades de Catalunya se pueden llegar a formar la imagen mental que algo más de la mitad de sus habitantes con mayoría de edad se mira frente al espejo cada día del año con el deseo expreso que, a partir de la fecha fijada para un eventual referéndum a celebrar el 1 de octubre de 2017, el anhelo independentista se cumplirá y con ello atravesaremos esa línea de sombra, la correspondiente a una nación oprimida por el estado español que suelta amarras y crea su ideal de república equiparable en su fundamento orgánico a una democracia moderna propia del siglo XXI, similar a la de países del continente europeo (elevando la mirada hacia el norte) como Dinamarca, Holanda o Suecia. Desde la lejanía, sin haber pisado el territorio y conocer a sus gentes más que para cubrir un periodo vacacional, se puede tener la presunción que esa mitad de la población catalana que daría apoyo a la independencia en las urnas hablan y piensan en catalán, asisten a aplecs de cultura popular, en la lista de selecciones musicales de plataformas como spotify no para de sonar Sopa de cabra, Els Pets, Glaucs o Antònia Font, consumen literatura de Salvador Espriu, Julià de Jòdar  o Ausiàs March, o escogen sistemáticamente la versión en catalán frente al castellano cuando acuden a ver una película en salas comerciales. Empero, con conocimiento de causa un servidor podría argumentar que nada más lejos de la realidad de la existencia de este mundo ideal se corrige al noreste de la península ibérica haciendo frontera con Francia y bañada la integridad de su costa por el Mar Mediterráneo. Para nada Catalunya representa un oasis de excepcionalidad en muchas materias (incluida la cultural más allá de lo netamente folclórico) dentro del contexto de la realidad del estado español. Ahora bien, la maquinaria independentista sigue siendo capaz de fabricar un relato que lleva a la creencia que todos los males que padecemos tendrán su preceptiva panacea al bañarnos en las aguas cristalinas de un ideal de república ya liberada del yugo opresor del estado español. En esa corriente de opinión bombarbeada por tierra, mar y aire por medios de comunicación afines, arrecia con fuerza el viento de tramontana proveniente de Girona, a todas luces, el feudo de ese independentismo mórbido que ha encontrado en Carles Puigdemont –ex edil de la capital gerundense— una especie de figura mesiánica que ruge como un león cuando exhorta a sus audiencias con sus discursos en que trata de dibujar en el aire la imagen de ese enemigo llamado estado español. Así pues, el PP (Partido Popular) alojado en el gobierno desde 2012 con algún que otro “contratiempo” deviene el combustible perfecto para retroalimentar a las hordas independentistas. Sin ese fuelle en forma de visualización del Mal, del enemigo con el rostro carcomido por la corrupción del PP, saben de puertas para adentro la cúpula de Junts pel Sí (la suma del Pdcat y ERC) que la fortaleza de su discurso se resquebrejaría por todos lados. Solo así se entiende que el Pdcat (Partido Demócrata de Catalunya) pague con su abstención o su voto favorable en el Congreso de los Diputados en asuntos como el techo de gasto presupuestario o el CETA la continuidad del PP al frente del gobierno. Mientras tanto, en un gesto de pura hipocresía, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) se coloca de perfil y acepta pulpo (esto es, Pdcat) como animal de compañía.  
    A modo de sugerencia, para todos aquellos que elevan a los altares del liderazgo político –eclipsando incluso a su predecesor Artur Mas— de Carles Puigdemont un título de carácter alegórico para un hipotético documental presto a glosar su importancia en el contexto sociopolítico que vivimos en la actualidad, podría ser el de El viento y el león, calcado al utilizado por John Milius para una de sus piezas maestras. El cineasta oriundo de Missouri emplazaría la cámara (parcialmente) en el sur de España para rodar una producción estadounidense cuyo estreno en nuestras carteleras se dio cita en la antesala del fallecimiento del caudillo Francisco Franco. Muerto el dictador, muerta la dictadura. Estos días se cumplen cuarenta años desde las primeras elecciones legislativas en el estado español. En esa frontera temporal se sitúa el denominado “desafío independentista catalán”. Siguiendo el hilo de los títulos que pueblan la filmografía de John Milius (indistintamente en su faceta de director y guionista), Junts pel Sí y la CUP (el contrapeso en forma de partido “antisistema”) se conjuran para decir Adiós al rey (Felipe VI de España) y aguardan a El gran miércoles (el día 4 de octubre) para proclamar la independencia de Catalunya de manera unilateral (faltaría más) si las urnas emiten un sí rotundo o incluso con matices. Pero más bien me temo que ese escenario no se dará el 1 de octubre de 2017 y los radicales de la CUP se empeñarán en inflamar las calles para dejar constancia de la posibilidad de un amanecer rojo. Ante la opresión del estado que hace valer la legalidad, cabe un Apocalypse Now pensarán para sus adentros el sector más radicalizado de la CUP que desoye las consignas de Junts pel Sí, más focalizados en una noción de performance sin atisbo de actos vandálicos. Milius encontró inspiración en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad para dar forma al guión de Apocalypse Now. En ese corazón de las tinieblas (alegórico) es donde habita Carles Puigdemont enfundado en el traje del coronel Kurtz, viviendo su particular matrix, ajeno a una realidad mundial que dibuja un panorama de retos de primer orden, entre otros, el del cambio climático, el inexorable avance del yihadismo (a modo de hidra del Mal) o la pervivencia de los paraísos fiscales, puerta de entrada (trasera) del lavado de dinero negro o de asuntos que competen a la corrupción y/o al crimen organizado. Al lado de Puigdemont se ubica Oriol Junqueras, cuya sonrisa bobalicona muestra mientras hace aspavientos con las manos para dar cuerda a su discurso que solo conoce de cifras (la pela és la pela), me recuerda a la encarnación en pantalla del fotoperiodista con los rasgos propios de Dennis Hopper en la libérrima versión del clásico de Conrad. La cara amable de esa corte en cuyo santuario resuenan en sus paredes interiores un grito seco con acento de Girona, en que se repite casi como una letanía: «¡el horror!, ¡el horror!». En la mente de Puigdemont parece visualizarse la entrada de tanques por la avinguda Diagonal de la Ciudad Condal con María Dolores de Cospedal, ataviada de uniforme color caqui, presidiendo esas maniobras en la víspera del 1-O, el “día D” para un frente independentista que definitivamente desde hace tiempo ha entrado en un cul-de-sac. Para buscar la salida quizás mejor apelar al seny (que para un servidor se corresponde con un amplio sector de Catalunya Sí que es Pot; algún día espero que Xavier Domènech sea President de la Generalitat de Catalunya) más que la rauxa.   

sábado, 30 de julio de 2016

EL «SACRIFICIO» FRENTE A LA RUI-NA: ADIÓS AL INDEPENDENTISMO «EXPRESS» DE CATALUNYA

En el tablero del análisis político en el estado español las interpretaciones están al cabo del día, pero sí que ha merecido cierto consenso que el Brexit tuvo una incidencia (mucho) mayor en los comicios electorales del pasado de junio pasado, siendo claramente perjudicado Unidos Podemos en su tentativa por realizar un sorpasso al PSOE (Partido Socialista Obrero Español) tal como apuntaban numerosas encuestas que no habían medido el alcance de dicho factor. De tal suerte, el miedo se apoderó de millones de potenciales votantes, apostando en esta ocasión por el «valor-refugio» que supone un partido de “orden” como el PP (Partido Popular) en aras a combatir o contrarrestar todo aquello relativo a erosionar el sentido de unidad de la nación española con la convocatoria de referéndums auspiciados por fuerzas recién llegadas al arco parlamentario, caso de Unidos Podemos y sus confluencias. Ya en las elecciones de finales del año pasado, las del 20-D, Podemos (aún sin su alianza con Izquierda Unida), se mostró firme en la defensa por la celebración de un referéndum en Catalunya pactado con el estado español, al punto que ese fue el principal argumento para que el PSOE declinara la “invitación” del partido liderado por Pablo Iglesias para formar un eventual gobierno de izquierdas, a modo de alternativa a un PP en que Mariano Rajoy se postulaba por segunda vez a ocupar plaza en la Moncloa por un periodo de cuatro años.
    Generalmente, llegamos a conclusiones erróneas cuando solo nos quedamos con el titular de una determinada noticia, máxime en el campo de la política en que el matiz posee un valor incalculable. Así pues, el matiz que cabría hacer al estancamiento de Unidos Podemos del 26-J en relación el 20-D mira inevitablemente hacia la realidad catalana. En mi tierra, En comú Podem (digamos la “franquicia” catalana de Unidos Podemos) obtuvo un incremento considerable de votos que se tradujo en escaños (un total de quince), unos resultados altamente satisfactorios pero que quedaron eclipsados al no haberse cumplido las expectativas que vaticinaban las encuestas en el resto del estado español. La extinta Convergència i Unió, i ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) tomaron buena nota de ello, decidiendo que cabía apretar el acelerador de la “desconexión” del estado español para crear un nuevo país bajo la bandera de una Catalunya independiente y republicana. Siendo conscientes o no de lo temerario de sus actos, la Convergència Democrática refundada bajo las siglas PDC (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC han decidido emprender una huida hacia adelante, aprovechando la debilidad del estado español (aún sin formar gobierno) y de un Parlament de Cataluna presidido por Carme Forcadell, anteriormente cabeza visible de la ANC (Assamblea Nacional de Catalunya, uno de los grupos de presión más poderosos que trabaja a favor de la independencia de Catalunya), perfecta aliada en la deriva nacionalista emprendida por los hombres y mujeres liderados por Carles Puigdemont (PDC) y Oriol Junqueras (ERC). Moviéndose en ese virtual alambre que representa no haber obtenido mayoría de votos a favor de la causa independentista pero sí una mayoría de escaños (un total de setenta y uno si sumamos a la CUP, partido antisistema por definición), Junts Pel Sí (la suma de PDC i ERC) dieron por iniciado el pasado 21 de julio en el Parlament el proceso de “desconexión” con España a través de una votación que provocó la estampida al unísono de PPC i Ciutadans, no dando validez a la misma. El PSC (Partit Socialista de Catalunya) optó por permanecer en el hemiciclo pero sin ejercer el derecho a voto, y Catalunya Sí que es Pot (en representación de la "marca" Podemos pero con las particularidades que da pertenecer a un determinado territorio) participó con un voto de signo negativo. En total, once votos en contra (los de Catalunya Sí que es Pot) frente a los setenta y uno a favor para que Catalunya inicie un eventual proceso de "desconexión" que debería culminar, según el full de ruta de Junts Pel Sí, en diciembre de 2017. Ese gesto, el de participar de la votación por parte de Catalunya Sí que es pot, no resulta baladí a los ojos de muchos catalanes que apostamos por el dret a decidir (el derecho a decidir), aunque no estemos por la labor de que fructifique una Catalunya Independent.    
    Es evidente que en los próximos dieciocho meses pasarán muchas cosas que comprometerán directa o indirectamente a las aspiraciones independentistas de un importante sector de la población catalana que confían el voto en las urnas a Junts Pel Sí y a la CUP. No es menos cierto que el “sacrificio” de Unidos Podemos por seguir perseverando en la celebración de un referéndum pactado con el estado español, a costa de perder por el camino un caladero de votos que les hubiera resultado imprescindibles para superar en votos y quizás escaños al PSOE, tiene su contrapartida en el inexorable avance de Catalunya Sí que es Pot. En este punto reside la clave del porqué la RUI (Referèndum Unilateral d' Indepèndencia) fracasará en su tentativa al ser observada por buena parte de la población catalana conforme a una maniobra ejecutada “a la desesperada” articulada por Junts pel Sí y la CUP, sabedores ambos partidos o congloremado de partidos que en los próximos comicios electorales a celebrar en Catalunya, la formación que lidera Lluís Rabell, a unos meses vista, estaría en situación de aproximarse a los veinte escaños en el Parlament, (casi) doblando los once escaños con los que cuentan en la actualidad. Por consiguiente, la balanza se decantaría claramente por una mayoría no independentista en el Parlament de Catalunya en escaños y en votos. La paradoja de todo ello es que para los que proclaman a los cuatro vientos lo pernicioso de Unidos Podemos para el bien de la unidad de España será la clave, a través de su “franquicia” Catalunya Sí que es pot para desbaratar el independentismo. Precisamente, los que más siguen atacando a Unidos Podemos por dinamitar la unidad de España, esto es el Partido Popular y Ciudadanos, han sido los que más han contribuido a un crecimiento de un independentismo con los pies de barro, en que a sus máximos impulsores se les ha visto el plumero al querer apretar el acelerador sabedores que por el retrovisor se postulaba un partido, Catalunya Sí que es pot, que apuesta más por el seny que por la rauxa. No me cabe duda, que Junts Pel Sí y la CUP lanzarán en los próximos meses dardos envenenados a  Catalunya Sí que es Pot, pero el saber estar de sus dirigentes resultará un valor añadido para que una parte de la población catalana deje de abrazar una quimera y apueste por una vía presidida por la sensatez y la cordura. Solo así, no sé si dentro de veinte, treinta o cuarenta años, habrá un referéndum acordado con el estado español, signo inequívoco que éste alcanzaría una madurez democrática pareja a la demostrada por Gran Bretaña o Canadá.  

domingo, 10 de enero de 2016

EL HUEVO DE LA SERPIENTE EN LA CATALUNYA DEL SIGLO XXI: UN NEOFASCISMO CAMUFLADO DE INDEPENDENTISMO

A mediados los años setenta, impelido por cuestiones de orden fiscal, Ingmar Bergman abandonaría temporalmente su país natal, Suecia —escenario de la treintena de largometrajes que había filmado hasta entonces—, para rodar Das Schlangenener / The Serpent’s Egg en la extinta Alemania del Este a partir de un guión propio. Presumiblemente no sea uno de los títulos más conocidos de la vasta filmografía de Bergman, pero a mi juicio sí uno de los más interesantes porque coloca el foco sobre la realidad de los años veinte en la Alemania de la República del Weimar, allí donde se fermentaría el caldo de cultivo del nazismo a través de una propuesta que, como lleva implícito su propio título, adopta un componente alegórico-metafórico de verdadero calado. Estrenada en nuestro país a las puertas de aprobarse la Constitución Española vía referéndum —julio de 1978—, su repercusión fue puntual y nunca llegó a adquirir el rango de clásico de la cinematografía europea por razones que se me escapan. Lo que sí parece fuera de toda duda es que la expresión metafórica «el huevo de la serpiente» hizo fortuna, siendo acuñada por la clase periodística para titular artículos en torno al auge de movimientos de sesgo totalitario preferentemente registrados en el viejo continente. Incluso la literatura adoptaría la expresión El huevo de la serpiente como título, por ejemplo, en la obra de Eugeni Xammar publicada por Editorial Acantilado en 2005, quien conocería de primera mano la realidad de la Alemania de los años veinte, coincidiendo en aquel periodo con Josep Pla en Berlín debido a su condición de corresponsal de La publicitat. Xammar y Pla constatarían que ese discurso desbocado hacia el totalitarismo en la voz de Adolf Hitler —a quien llegó a entrevistar el primero— tuvo en la asfixia económica producto de una inflación creciente uno de los principales argumentos para que infinidad de ciudadanos acabaran “comprándolo”.
    Transcurridos casi cuarenta años desde el estreno de El huevo de la serpiente, este término obtiene para un servidor una pertinente aplicación en la realidad de la Catalunya del siglo XXI, en razón de esa vena totalitarista que recorre el cuerpo de un independentismo que se sabe fuerte cuando identifica al enemigo. Pero ese enemigo ha dejado de ser en exclusiva el gobierno del Partido Popular (PP) incapaz de dar su brazo a torcer en relación a las demandas de carácter económico (léase recaudatorio) provenientes del gobierno catalán liderado por Artur Mas. Ahora, el enemigo está en todas partes y cabe combatirlo con la artillería propia de los que se sienten fuertes porque el independentismo es un valor en alza en esa bolsa imaginaria donde todo se mide en términos de dinero, de balances fiscales, de dividendos económicos, etc. El 9 de enero de 2016 será la fecha que quede grabada para muchos de los catalanes conforme a ese punto de inflexión que adopta la forma del huevo de la serpiente, aquel capaz de incendiar las redes sociales con insultos y descalificaciones por parte de ese sector independentista que se sabe victorioso porque en el Parlament tendrá una mayoría de representantes (léase diputados) a favor del proceso de “desconexión” del estado español. En esos escritos dictados con el corazón caliente sale el verdadero fascista que llevan dentro, proyectando insultos como el de “viejo” a aquel como Lluís Rabell —con una amplia trayectoria a sus espaldas en la lucha en defensa de las clases más desfavorecidas, y que fue candidato por Catalunya Sí que es pot en los pasados comicios autonómicos convertidos por la formación Junts pel sí en un plebiscito cuyo resultado no arrojaría una mayoría de votos a favor de la independencia— simplemente expresó una verdad como un puño: el nuevo President de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, es un “testaferro” de Artur Mas. Una decisión adoptada in extremis por Artur Mas, sabedor que si se convocaban elecciones en marzo de 2016 el independentismo sufriría un considerable retroceso, entre otros factores, merced a la irrupción de Podemos en el estado español —situada como tercera fuerza en las elecciones generales celebradas el 20 de diciembre de 2015, a escasa distancia en número de votos del segundo, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE)—, plasmando en su programa un referéndum a celebrar al corto plazo que desbarata los planes marcados en la hoja de ruta de Junts pel Sí, esto es, Convergència Democràtica (CD) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con el auxilio de las plataformas sociales que los arropan. Así pues, se daba por cumplida la finalidad de imbestir un Presidente que apueste por seguir la hoja de ruta del independentismo gracias a dos votos a favor de miembros de la CUP (un partido de sesgo asambleario, anticapitalista y que plantea en su programa la salida de Catalunya del Euro) después de tres meses de “negocaciones” más propias de un sainete o de un argumento de una película de Luis G. Berlanga (buen conocedor del territorio). Una maniobra que para esos totalitaristas con la piel de cordero de independentistas que se mueven como pez en el agua en el éter de internet ha sido poco menos que dar cumplimiento a una aspiración altamente deseada. Y en esa lectura, Mas ha sido el “sacrificado”, el Presidente que pasará a la historia por su acto “heroico”. Pero difícilmente Mas se resistirá a abandonar la política con apenas sesenta años cumplidos. Como expresa Richard Hughes en el título de la primera obra de su trilogía inconclusa, Mas es el zorro en el ático que aguardará su momento para ser saludado por muchos el referente inexcusable capaz de dar carta de naturaleza al independentismo en Catalunya. Será entonces cuando la serpiente rompa su frágil cascarón. Vacua ilusión a mi entender porque afortunadamente el seny se acabará imponiendo al totalitarismo disfrazado de independentismo, solo representativo de una parte de la sociedad catalana con sede en Girona, la ciudad donde ha ocupado en los últimos años el puesto de alcalde Carles Puigdemont. En virtud de su fugaz paso por la Presidencia de la Generalitat, la existencia de Puigdemont bien podría tildarse «De la vida de las marionetas»... precisamente el título de la segunda y última producción dirigida por Bergman alejado de los dominios de su Suecia natal.