Mi
primera cita con la literatura de Norman Mailer (1923-2007) fue a los veintiún
años con la novela que le granjeó el Premio Pulitzer, La canción del verdugo (1979). No recuerdo con exactitud si el
interés por la voluminosa obra de Mailer surgió a raíz de haber visto la
película para televisión –curiosamente, se programó en la Filmoteca de la
Generalitat de Catalunya por aquel entonces con sede en la Travesera de Gràcia—
protagonizada por Tommy Lee Jones o porque ya tenía en lista de espera abordar
la lectura de autores que computaban en lo más alto del ránking de novelistas y
ensayistas contemporáneos del ámbito anglosajón. Sea como fuere, quedé atrapado
en la lectura de una obra próxima a las seiscientas páginas con un cuerpo de
letra pequeño para los estándares manjeados por la editorial que lo había
publicado, el sello Anagrama, en su colección Panorama de Narrativas. Presumiblemente,
debido a que Tommy Lee Jones —dicho sea de paso, compañero de instituto de Bill
Clinton— aún no había alcanzado la popularidad que le convirtió en uno de los
actores estadounidenses mejor pagados a finales del siglo pasado, Anagrama
desestimó que su imagen —la correspondiente al sociópata Gary Gilmore—luciera en
la portada de la edición de La canción
del verdugo, y optaran por reproducir una ilustración a cargo de Marshall
Arisman que había sido utilizada para un número de la edición de la revista
Playboy en que se puede leer un extracto de una de las Opus magna de Mailer. En relación a la contraportada, además de un briefing de la novela de marras, encontramos
subrayados de las reseñas críticas aparecidas en magazines o periódicos de los Estados Unidos, una de las cuales
lleva la rúbrica de Walter Karp (1934-1989). Fallecido prematuramente a los
cincuenta y cinco años de edad, Karp sentencia en su escrito para Esquire:
«Por fin, Mailer ha
utilizado su tremenda fuerza narrativa, ese verdadero don divino, para lo que
debía utilizarla: para contar una historia que no habla de él mismo». Sin duda, al escribir
la preceptiva reseña para la prestigiosa revista neoyorquina Karp tuvo en mente,
entre otros textos de Mailer, Los
ejércitos de la noche (1968), en que el escritor de Nueva Jersey asume el
protagonismo sin seudónimo que valga de una historia que pivota sobre el
acontecimiento histórico vivido en las cercanías del Pentágono cuando decenas
de miles de personas llevaron a cabo una marcha pacífica como acto de protesta
por la Guerra del Vietnam. Para alguien como Karp especialmente interesado en
las conexiones existentes entre el poder político y el militar —sobre las
mismas escribió diversos ensayos—, las constantes referencias de Mailer a su
realidad personal y familiar vertidas en el papel al calor de la escritura de The Armies of the Night debió generarle
un sentimiento ambivalente al concluir la lectura de una obra que nada en distintas aguas genéricas, ya sea el ensayo periodístico, la autobiografía o
el relato de cariz historicias. Desde la admiración que profeso por la obra de
Mailer, un sentimiento parejo al que hubiese podido experimentar Karp se manifiesta
en mi persona al pasar la última página —la número 391, amén de La canción del verdugo, bastante por
debajo de los que comprende su opera prima Los
desnudos y los muertos (1948) y a infinita
distancia de El fantasma de Harlot
(1991), cuya lectura ha quedado aparcada sine die— de Los ejércitos de la noche, en su edición de enero de 2020 para la
Colección Compactos de Anagrama. Motivos sencillos —la imagen en blanco y negro
recortada de un hippie sosteniendo una flora de grandes dimensiones: todo un
símbolo del flower power— computan en
la portada de tonos azulados de un volumen que representa una muestra del
magisterio de Mailer en su condición de privilegiada pluma, aquella capaz de
sacar punta hasta el más nimio incidente o detalle extraído de la cotidianidad
y transformarla en una bella expresión —léase párrafo, frase o verso— arbolado de ingenio,
inteligencia y un sentido del humor no exento de espinas en sus bordes. Ciertamente, Mailer hizo del combate contra
el stablishment uno de sus credos,
dejando constancia escrita en Los
ejércitos de la noche que su militancia pacifista debía tener un cierto
grado de exposición aun a riesgo de ser detenido por los marshals que custodiaban el Pentágono —símbolo del poder militar
hermanado con las instituciones políticas— y pasar unas (interminables) horas
por la cárcel antes de ser devuelto a
la vida civil. De aquella experiencias kafkiana vivida en una celda descrita
con una capacidad de detalle abrumadora —a veces, excesivamente abrumadora— Mailer
tomaría buena nota a la hora de ir consolidando los fundamentos de una historia
bigger than life, la que convirtió a
Gary Gilmore en una de sus criaturas literarias más fascinantes y, al mismo
tiempo, controvertidas. Años antes, Mailer había sido diseccionado por Mailer
en una propuesta literaria de indudable valor historicista que anticipaba, en
cierta medida, su disposición a escribir —resiguiendo el itinerario marcado
por su coetáneo Truman Capote en A sangre
fría (1965)— una obra que transcurre, en buena parte, tras los muros de una
prisión federal de los Estados Unidos. La canción
del verdugo, pues, empezada a resonar en los oídos de aquel «joven» de cuarenta y cuatro años
que, en un arranque de bravura, marchó hacia el Pentágono con la doble función
de observador y militante progresista que abjuraba de la política de Lyndon B.
Johnson, a quien colocaría en la diana de sus aceradas crítica en una obra más
que certera para entender la Historia de los Estados Unidos del segundo tercio
del siglo XX desde el prisma de un privilegiado intelectual «de izquierdas» norteamericano de la
condición humana.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
sábado, 29 de febrero de 2020
«LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE» (1968), de Norman Mailer: CONFESIONES DE UN ANTIMILITARISTA
viernes, 20 de diciembre de 2019
«CUENTOS DE BRUJAS DE ESCRITORAS VICTORIANAS (1839-1920)»: FÉMINAS BAJO EL INFLUJO DE LO SOBRENATURAL
Tierra provisionada de algunos de los escritores más ilustres que ha
dado la literatura universal en los últimos doscientos años, el Reino Unido,
empero, no escapó durante parte de este periodo acotado en el tiempo de una
dinámica que se dio en otras latitudes, aquellas ociosas de ocultar la autoría
de una mujer bajo el disfraz de un
nombre de pila masculino. Un ejemplo paradigmático de ello lo encontramos en la
persona de Mary Ann Evans (1819-1880), del que se acaba de cumplir el
bicentenario de su nacimiento. Mary Ann Edwards debió emplear el seudónimo de
George Elliot para intentar prosperar en el campo de la literatura y de la
poesía. A fe que lo consiguió con la publicación de El molino del Floss (1860), Silas
Marner (1861) o Middlemarch
(1872), entre otros escritos que en lengua castellana tiene en el sello
barcelonés Alba Editorial su ángel
custodio. No debe extrañar la inclusión de algunas de las piezas literarias
más destacadas de Mary Ann Edwards AKA George Elliot en el catálogo de un sello
que sigue poniendo el acento en la literatura británica ligada a la época
victoriana con la reciente publicación de Cuentos
de brujas de escritoras victorianas (2019). Se trata de un texto fechado en
origen (en Inglaterra) en 1971, en que el editor de la New England Library, Peter Haining (1940-2017), recopiló relatos
breves de casi una veintena de autoras fruto de una labor que obtuvo su
recompensa al cabo de varios años de investigación. Por regla general, la
publicación de los mismos no requirió del subterfugio de utilizar álias o
seudónimos masculinos, pero sí en las primeras etapas de la época victoriana la
identificación de un determinado texto ligado a temáticas esotéricas,
sobrenaturales y/o invadidas de misticismo no llevaban rúbrica alguna o bien quedaba
consignado únicamente las iniciales del nombre de pila y del apellido. Este
sería el caso del relato que apenas ocupa cuatro páginas titulado El anillo
mágico (1839) —firmado con las iniciales
H. L., al parecer las correspondientes a la esposa de un médico del condado de
Essex— que sirve de pórtico de entrada a la segunda parte de la monografía Cuentos de brujas de escritoras victorianas,
aquella consagrada a reproducir en el papel un total de una docena de relatos.
Cada pieza literataria viene acompañada de un párrafo introductorio sobre la
escritora de turno, que sirve al lector de toma de contacto con una dama cuyo
nombre no despierta ningún sentimiento de familiaridad, salvo para aquellos
bregados en el profundo conocimiento de la literatura fantástica de la época
victoriana y, en particular, de la brujería, una rama de un género troncal que
sería cultivado en el Reino Unido de manera mayoritaria por féminas. Previo a
la lectura de este bloque es aconsejable dejarse seducir por el contenido de la Primera Parte, en que concurre un póquer
de escritos de carácter historicista segmentados por territorios —Inglaterra,
Escocia, Irlanda y Gales— y, a renglón seguido, un relato denominado Poseídos por demonios de Catherine Crowe
(1800-1870), que documenta un episodio de posesión demoníaca incluido en su
momento en el libro The Night Side of
Nature (1848). Un relato, en esencia, que nos sirve para empezar a
sumergirnos en historias trenzadas en ocasiones con cierto tono burlón, en
otras a la búsqueda de un potente efecto dramático que trata de sobrecogernos y
en la mayoría de las ocasiones con una voluntad por sacar a la palestra
temáticas que la moralidad de la época sojuzgaba perniciosas, tan solo
recomendables conforme a elementos de distracción, pero alejadas a la hora de
medirse con los grandes obras literarios de un periodo de más de ochenta años.
En los estertores de este largo periodo encontramos el relato La bruja del agua (1920) de H(enrietta) D(orothea) Everett —incluido en la antología The
Death Mask and Other Ghosts—, que sirve de cierre a un volumen que desde
su fecha de edición –octubre de 2019— debería ser bendecido por bibliófilos como un tesoro al que volver sobre sus
páginas cuando cae la noche, a poder ser, a la luz de una vela que sirva para
iluminar nuestros pensamientos y hacer volar nuestra imaginación con
invocaciones, entre otras, a las Brujas de Salem que encuentran asidero en el
breve relato principe du siècle La pequeña doncella de Salem (1901) de Pauline Mackie (1859-1919).
Una de tantas escritoras que ha sacado del anonimato —para los lectores en
castellano— esta obra encuadernada en tapa dura con el exquisito gusto al que
nos tiene acostumbrados el sello Alba.
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martes, 3 de diciembre de 2019
«DAMAS ASESINAS» (2019) de Tori Telfer: HISTORIAS CRIMINALES EN FEMENINO
No nos debería extrañar que al cierre de 2019, cumplida una docena de
años en el mercado editorial, el sello Impedimenta publique dos novelas que
llevan la rúbrica de sendas mujeres, a saber, Iris Murdoch (Monjas y soldados) y Tori Telfer (Damas asesinas; mujeres letales de la historia). Más que esperada
deviene la edición en castellano de la voluminosa novela escrita por Murdoch ya
superada la cincuentena precisamente en el año de la celebración del centenario
de su natalicio. Por el contrario, a priori la obra de Telfer hubiese podido encajar
en otro perfil de editorial, pero una vez más Impedimenta, haciendo acopio de
una voluntad por escapar de la clasificación de «sello elitista» se aviene a que el lector descubra una nueva voz de la literatura en femenino que razona sobre una
temática muy poco tratada, incluso dentro del campo de los ensayos en torno a
la actividad criminal de mujeres a lo de la historia. Los siete años
transcurridos desde que Tori Telfer presentó su proyecto de post-grado hasta la
publicación en inglés de Lady Killers
Deadly Women Throrough History (2017) dan fe de la complejidad de un
proyecto que sumió a le periodista y escritora en infinidad de lecturas
mientras escuchaba música de Henry Purcell, Gregorio Allegri, Leonard Cohen, Jay Hawkins, The Cure o Jimmi Hendrix.
Una variopinta selección de temas musicales —así se detalla al final del
presente volumen— que sirvieron para digerir mejor el proceso de investigación
de la vida y obra (sic) de féminas que, por distintos motivos, se dedicaron a
una actividad criminal presta a competir con las atrocidades cometidas incluso por
celebrities varones. A buen seguro,
Telfer hubiese podido concebir un volumen similar en número de páginas —algo más
de trescientas— en torno al proceso de escritura de Damas asesinas: mujeres letales de la historia (2019), reservando
unos cuantos capítulos a dejar constancia de la existencia de mujeres de
distintas nacionalidades del sur de Europa, de México, Japón o Tailandia, por
citar algunos países, que por un factor idiomático y/o por la parca información
sobre las mismas llegó a la conclusión de dejar en suspenso. De ahí que la
selección final tenga su razón de ser en personajes suficientemente
documentados a través del acceso, entre otras fuentes, a diarios personales,
recortes de prensa, ensayos y extractos judiciales. Esta última fuente, por
ejemplo, sirvió a la causa de la parte dedicada a Okum-El-Hassen apodada «El ruiseñor», acusada de diversos crímenes y
sentada en el banquillo en un juicio que conmocionó a la sociedad marroquí de
los años 30, llegando incluso a presenciar el mismo la famosa escritora Colette.
Inmediatamente antes de proceder a la lectura de esta parte del libro servido
en un contexto de cierto exotismo, di cumplida cuenta del capítulo dedicado a
Anna Marie Hahn —conocida con el álias de «Anna Témpano de hielo»—, un
sobrecogedor relato en que el personaje en cuestión transiciona de la bondad a
la maldad a consecuencia de un desengaño amoroso. Al calor de la conmoción que
la provocó su primera frustración de calado a nivel sentimental, Anna Marie
Hahn viajó hasta los Estados Unidos, llegando a sus costas en barco
prácticamente coincidiendo con el crack
del 29, en que la bolsa de Nueva York registró un desplome sin precedentes
hasta entonces. Hahn tuvo casi diez años por delante para conquistar el corazón de hombres atraídos por sus
armas de seducción y que todos ellos corrieron idéntica suerte al morir
envenenados. Anna Marie Hahn representa un ejemplo paradigmático de la tesis
que sostiene la autora del presente ensayo de corte periodístico (abordado, en
ocasiones, con un cierto tono desenfadado) sobre el temor que experimentan
mujeres capaces de cometer auténticas atrocidades ante la perspectiva de morir.
Hahn acabó siendo ejecutada en la silla eléctrica en 1938, y en el último
párrafo de este segmento del libro Telfer remata
(valga la expresión) el escrito: «El alacaide comentó que, en toda la historia de la prisión,
no había habido ningún convicto que se mostrara tan aterrado como Anna Hahn
cuando se enfrentó a la silla eléctrica».
Bien es cierto que el hecho de ser norteamericana y moverse por el territorio
facultó a Telfer para referirse quizás con mayor detalle a la historia criminal
de (siniestros) personajes como la citada Hahn (aunque de origen teutón) o Kate
Bender —el arma ejecutora de un siniestro clan familiar conocida con el sobrenombre de «La bella rebanadora de pescuezos»—,
coprotagonista de una aterradora historia circunscrito al territorio de Kansas que hubiese podido servir de
referencia a Robert Bloch para su novela Psicosis.
No obstante, el presente volumen ha sabido mostrar otras realidades más allá de
las fronteras estadounidenses merced a un extraordinario ejercicio de
investigación que nos ha llevado por los confines del Londres de mediados del
siglo XIX, el París de la segunda mitad del siglo XVII —Marie-Madeleine,
Marquesa de Brinvilliers («La reina de las envenenadoras»), a la que la autora
pone rostro en el Q&A (en la
parte de apéndices del libro), el de Marion Cotillard, en una hipotética
adaptación cinematográfica)— o en la Irlanda rural de las postrimerías del
siglo XIII —Alice Kyetler, «la hechicera de Kilknenny»— en que la brujería sirve
de caldo de cultivo para llevarse a cabo actos horripilantes que tienen en los
varones sus víctimas propiciatorias. En definitiva, asistimos a la lectura de
una obra exenta del peso de lo solemne, pero detallista en su voluntad por
recrear episodios diseminados a lo largo de un extenso periodo temporal y en distintos
ámbitos geográficos, sobre todo localizados en el hemisferio norte. Historias
para no dormir que activan en el lector el hemisferio derecho de nuestro
cerebro, aquel que despierta el sentido de la imaginación al recrear en nuestros
subconscientes actos más propios de varones con pedigrí de serial killers. La historia (esta vez criminal), nuevamente puede
reescribirse a través de los libros y, a fuer de ser sinceros, Tori Telfer ha
contribuido a ello con su espléndida pieza bautismal, a la espera de ser
saludada algún día con los honores propios de su colega Iris Murdoch.
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domingo, 20 de octubre de 2019
«HISTORIAS DE NUEVA YORK» (1906) de O. Henry: EL SENTIDO DE UN (BUEN) FINAL
La primera vez que tuve conocimiento de la
existencia de un escritor llamado con el peculiar nombre O. Henry. fue en los
años noventa, a resultas del visionado por televisión de Cuatro páginas en la vida (1952), cuyo título original —O. Henry Full House— razona sobre la
popularidad que en el ecuador del siglo XX aún seguía arrastrando quien había
sido juzgado por un hurto a una entidad bancaria en su etapa de empleado y
luego enviado a prisión por espacio de tres años. Una quinta de las páginas —correspondiente al episodio
rodado por Howard Hawks— sería arrancada
para su estreno comercial. De ahí que la distribuidora española jugara con el
número de episodios que se conservaron —tres de los cuales dirigidos por
cineastas con el nombre de pila Henry, a saber Hathaway, King y Koster; el
cuarto corresponde a Jean Negulesco— para armar
el título de estreno en nuestro país, en detrimento de hacer cualquier alusión
a O. Henry, un escritor poco (re)conocido por estos lares. Dada la dificultad
en encontrar ediciones en castellano de relatos escritos por O. Henry AKA
William Sidney Porter (1862-1910) abandoné cualquier tentativa de leer parte de
su prolífica obra.
Ya
situado en los estertores de la segunda década del siglo XXI doy cobertura a
una vieja promesa, la de satisfacer
la lectura de un escritor que hizo de su paso por la cárcel su particular
escuela a la hora de ir moldeando una formación que, a la postre, se convirtió
en la profesión presta a ofrecerle proyección internacional. Huelga decir que
el cinematógrafo, en su periodo silente, se benefició sobremanera de sus short stories, el género que cultivó con
mayor asiduidad. Los lectores empezaban a tomar la medida de sus escritos,
llegando a popularizarse la expresión «un final a lo O. Henry». De éstos levanta acta
la selección de relatos cortos de O. Henry publicados por el sello Nørdica, siguiendo así la
estela de la recuperación de autores estadounidenses —una de sus diversas
líneas de actuación— integrados en un selecto catálogo. Diecisiete «cápsulas literarias» que nacen de una de las
colecciones de relatos de O. Henry clásicos por antonomasia, The Four Million (1911), un título que
alude al número (en cifras redondas) de habitantes que contaba la ciudad de
Nueva York a principios de la pasada centuria. En realidad, la antología
original constaba de veinticinco historias cortas, llevando a cabo Nørdica un cribaje y un cambio de orden de las
mismas. Ello no debería restar interés por un volumen titulado Historias de Nueva York, que encuentra a
mi juicio en Después de veinte años y
Una historia sin un final un par de
delicatessen ilustrativas de ese don para que en las últimas líneas vire el relato hacia un espacio que crea
desconcierto y/o sorprende al lector. Textos amueblados con un uso preciosista
del lenguaje en su afán descriptivo de individuos y situaciones en el marco de
la que vino a denominarse andando los años la «Ciudad de los Rascacielos». Algunas de estas «cápsulas» favorecen a pensar que O.
Henry serviría de fuente de inspiración para posteriores generaciones, caso de
Ray Bradbury, con expresiones del tipo «Y en la cara de la
señora de James Williams estaba registrada toda una biblioteca en tres
volúmenes de los mejores pensamientos del mundo», inegrados en el relato
Hermanas del círculo dorado. No en
vano, se trata de un título de resonancias bradburianas,
las mismas que se dejan sentir en el último párrafo de la historia de marras: «Así conoce una hermana de la banda del aro-dorado de boda a
otra que se encuentra bajo la luz encantada que brilla solo una vez y
brevemente para las dos. Por el arroz y los lazos de raso cobran conciencia los
simples hombres de las bodas. Pero la novia conoce a la novia con solo una
mirada. Y entre ellas se transmiten rápidamente, un un idioma que el hombre y
las viudad ignoran, comprensión y consuelo». Amén de su conexión con otro cuentista de
tronío como Bradbury, O. Henry deja constancia con estas breves líneas de su
profundo conocimiento del alma humana
femenina, protagonista de varios de los cuentos que jalonan estas Historias de Nueva York, una lectura para
ser degustada, a poder ser, más allá de
medianoche.
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viernes, 4 de octubre de 2019
«UN PLAN SANGRIENTO» (2015) de Graeme Macrae Burnet: LA TRAGEDIA DE CULDUIE
Coincidiendo en el tiempo con la apuesta de Gonzalo Heralde por crear el
sello barcelonés Anagrama, en 1969 su homóloga Booker McConnell Ltd quiso dar
carta de naturaleza a unos premios literarios que, al cabo, siguen siendo uno
de los más prestigiosos en el ámbito cultural europeo. A lo largo de su medio
siglo de historia los Booker Awards —ya desposeído del anexo McConnell— han
contabilizado entre sus obras distinguidas con auténticos longsellers, caso de En la
orilla (1979), de Penelope Fitzgerald —publicado por primera vez en lengua
castellana por Impedimenta—, La lista de
Schindler (1981) de Thomas Kenneally, El
paciente inglés (1991) de Michael Ondaatje, Los naufragios del día (1989) de Kazuo Ishiguro, Amsterdam (1997) de Ian McEwan o El sentido de un final (2010) de Julian
Barnes, estas tres últimas publicadas en la lengua de Dámaso Alonso precisamente
por parte de Anagrama. A tres años vista de que se cumpliera el 50 aniversario
de los Booker Awards, por primera vez la obra de un escritor escocés —Graeme Macrae
Burnet (n. 1967)— parecía en disposición de conquistar la preciada distinción, pero a la
postre fue a parar a manos del estadounidense Paul Beatty por su novela
satírica The Sellout (2015). Una
pieza literaria situada en la órbita del planeta Kurt Vonnegut Jr. mientras que la
obra con la que «rivalizaba» en los Booker Awards persigue
un fundamento literario indefectiblemente adscrito a la seminal A sangre fría (1965) de Truman Capote. Sendas
piezas finalistas, eso sí, desarrollan parte de su narración en estamentos
judiciales; mientras que The Sellout
persigue una orientación satírica —el personaje central del relato llamado «Me» se enfrenta a los
Estados Unidos de América (sic) en un caso que reabre el tema de la esclavitud
y la segregación racial—, Un plan
sangriento (2015) reserva su parte final para reproducir el diario de sesiones de
un juicio sumarísimo que sienta en el banquillo a Roderick John Macrae acusado
de un triple asesinato. El ardid de Grame Macrae Burnet estriba en vestir de realidad un relato que recorre
el territorio de la ficción sin que el lector se aperciba de ello dada la
minuciosidad y el rigor con el que se procura el escritor afincado en Glasgow
durante hace varios años. Tomando como «centro de operaciones» la segunda ciudad de
Escocia, Macrae iría cimentando ese falso relato empleando las herramientos
propias de quien se sabe (auto)embestido heredero literario de In Cold Blood, una novela bautizada en
su momento con el apelativo de «no-ficción». Así pues, los Clutter ceden el testigo a los McKenzie, concretamente a tres miembros de una familia de
la aldea de Culduie —situado en un rincón del condado de Ross-shire, en las
Tierras Altas de Escocia— asesinados a manos de un joven de diecisiete años de
edad, Roderick John Maccrea el 10 de agosto de 1869. Noventa años después de lo "acontecido" en Escocia se produjo el cuádruple asesinato de miembros de la familia de los
Clutter, registrado en una localidad del estado de Kansas a mediados del siglo
XX. Los ejecutores de asesinatos de estas características en pocas ocasiones quedan liberados de cumplir
su condena en un recinto penitenciario al serles diagnosticado un trastorno
mental que debe ser verificado por médicos especialistas en sede judicial. No
sería el caso de Roderick Macrae, quien pese a no llegar a la mayoría de edad exhibe una madurez
en su comportamiento y un intelecto —aquel capaz de escribir con una excelente
calidad literaria su propio relato en forma de diario personal que cubre buena
parte del contenido del libro publicado por Impedimenta con traducción a cargo
de Alicia Frieyro— que lo alejan de ser catalogado de sufrir «trastorno o desequilibro
psíquico». Una vez vista para
sentencia el caso Roderick Macrae, el asesino múltiple confeso busca abrigo en
una celda de reducidas dimensiones, a la espera de ser ejecutado. Una vez más,
pues, se refuerzan los paralelismos para con A sangre fría, la novela que a buen seguro Graeme Macrae Burnet
tuvo en la mesilla de noche, junto a numerosos ensayos historiográficos sobre
las Tierras Altas de Escocia y piezas literarias prestas a recomponer el mosaico
de una época y de un lugar remoto —en una visión propia de un mundo feudal del
que una de las víctimas, Lachlan McKenzie, ejercía de autoridad local con ciertas dosis
de tiranía. Todo ello le valió para conformar su segunda novela, aquella capaz
de apuntalar una trayectoria en calidad de escritor que se adivina se adivina
sembrada de éxitos por el dominio del lenguaje del que hace gala, su proverbial
capacidad descriptiva y un sentido del ritmo narrativo que nos atrapa desde la
primera hasta la última página. Casi cuatrocientas páginas de alta literatura
que no desentona en modo alguno en el catálogo de un sello editorial que parece
imparable a la hora de descubrirnos nuevos autores.
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A SANGRE FRÍA,
ALICIA FRIEYRO,
EDITORIAL ANAGRAMA,
EDITORIAL IMPEDIMENTA,
GONZALO HERRALDE,
GRAEME MACRAE BURNET,
PAUL BEATTY,
THE SELLOUT,
TRUMAN CAPOTE,
UN PLAN SANGRIENTO
martes, 24 de septiembre de 2019
«LA INESPERADA VERDAD SOBRE LOS ANIMALES» (2017) de Lucy Cooke: DESMONTANDO EL «REINADO» DE LOS PREJUICIOS
«Tenemos mucho que aprender de nuestra
experiencia de siglos y siglos de malentendidos con respecto a los animales. A
los historiadores de la ciencia les gusta celebrar nuestros éxitos, pero creo
que es igualmente importante examinar nuestros fracasos, especialmente cuando
consideramos por qué la verdad puede resultarnos tan absolutamente inesperada». Así se expresa la
zoóloga británica Lucy Cooke en el primer párrafo en su pliego de conclusiones
que coloca, a mi entender, el broche de oro a un ensayo de divulgación
científica que hace acopio de un notable gusto literario y que trata de rebatir
numerosos prejuicios en torno al reino animal. Sin duda, Cooke, alumna aventajada de Richard Dawkins en la Universidad de Oxford, representa una rara avis dentro de la «especie» de los divulgadores
científicos, haciendo gala de la combinación de didactismo, sentido del humor y
de rigor documental, acudiendo a fuentes bibliográficas que se remontan a los
tiempos en que hicieron fortuna los bestiarios y a un conocimiento de campo en
torno a la temática a tratar. Al cierre de la lectura de La inesperada verdad sobre los animales (2017), editado en lengua castellana por el sello Anagrama, un servidor tiene la
convicción que las enseñanzas de Mrs.
Cooke mueven a la reflexión a la hora de poner en tela de juicio ciertos
apriorismos modulados a partir de una visión antopomórfica de la vida.
Necesariamente, debemos llegar a la conclusión que lo válido para la especie
del Homo sapiens no equivale a que
sea aplicable para el reino animal. De ahí que Lucy Cooke haya escogido una
docena de especies distintas, creando un capítulo para cada uno de ellos en que
debemos abandonar el armazón de los
convencionalismos y los lugares comunes en aras a sumergirnos en un conocimiento derivado de prácticas de campo adoptados
por la propia zoóloga, por colegas, por científicos de otras disciplinas o
simplemente por personal de un centro dedicado al cuidado de especies en vías
de extinción o de conservacionistas de un determinado enclave (remoto) del
planeta tierra. Entre una veintena y una treintena de páginas oscila el espacio
dedicado a cada capítulo del libro, en que la autora trata de poner en contexto
la razón de ser de especies que, en la plana mayor de los casos, arrastran
consigo una fama inmerecida, ya sea por el rechazo social —los buites, las
hienas, los murciélagos—, la indiferencia —los perezosos, de los que Cooke
tiene a gala ser fundadora de la «Asociación de Amigos del Perezoso» (sic)— e incluso la
veneración social ligada a ser un canje con «bandeja diplomática —el panda—.
Huelga decir que la lectura de La
inesperada verdad sobre los animales ahonda en la percepción que una
persona con un cierto conocimiento sobre la materia había tenido en torno a los
escritos sobre Historia natural anteriores al siglo XVIII, cuya autoría recayó en aristócratas con veleidades visionarias, expedicionarios de distinto pelaje y conquistadores con ínfulas intelectuales, en un
acercamiento a la realidad situada a años luz de lo que hoy en día podríamos
calibrar fruto de una observación medida desde el rigor científico. Así pues,
en el nombre de la ciencia se hicieron auténticas atrocidades, como el de
tratar de demostrar que los buitres son animales esencialmente olfativos que
apenas utilizan la visión para marcar
a sus presas. Cooke desmonta cada uno de estos apriorismos recurriendo en
inumerables ocasiones al «comodín» de un humor nacido de
un «conocimiento transversal» en numerosas materias,
llegando incluso a hacer referencia a un actor porno o al acento inglés del
cineasta bávaro Werner Herzog. Asimismo, no faltan las citas a un amplio
muestrario de obras literarias, una de las cuales —Drácula de Bram Stoker— dio pávulo a la creencia que los
murciélagos (uno de los capítulos más estimulantes y reveladores del presente
volumen) son «chupasangre» cuando la realidad lo
desmiente: solo tres de las mil quinientas censadas, a fecha de hoy, tienen inclinaciones vampíricas. En el caso de los chimpancés —la especie filogenéticamente más cercana
al ser humano— la literatura y el audiovisual ha ido alimentando con el devenir
de los años una imagen un tanto tergiversada, formando parte de programas de
estudios (seudo)académicos sobre todo a partir de los años sesenta que perseguían
un ejercicio perenne de asociación con la especie humana. La mirada «antropomórfica» que descuida, una vez
más, la singularidad de cada especie, aquella capaz de preservar un equilibrio
con su hábitat natural. Modelos de supervivencia que encuentran en el perezoso
una de sus especies más fascinantes y de la que Cooke conoce con mejor detalle,
al calor de la escritura de un triple ensayo científico sobre tan curioso «personaje» sinónimo de holgazán, anterior al de la publicación
de La inesperada verdad sobre los animales, camino de convertirse en un clásico
en su «género». Al tiempo.
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domingo, 15 de septiembre de 2019
«LOS PARAÍSOS PERDIDOS»: A LA MEMORIA DE PEDRO HERNÁNDEZ AGUILERA
Presumiblemente, una de las etapas más críticas
en el ciclo vital del ser humano sea la que se da cita al cruzar el umbral del
medio siglo de existencia. En este periodo confluyen tres cuestiones que nos
mueven a una reflexión medida desde la experiencia. En primera instancia,
tomamos conciencia de una vida sojuzgada por el sentimiento de lo que
aspirábamos a convertirnos pero la realidad nos ha llevado por otros
derroteros. Un amago de frustración envuelve nuestros pensamientos cuando queda
patente que el recorrido para conquistar nuestros anhelos ha quedado varado en el territorio de la
resignación o, cuanto menos, del conformismo o del posibilismo. Asimismo, en
ese cruce de caminos imaginario que asoma de manera inusitada al empezar a
cubrir la quinta década de nuestras existencias la fatalidad de la pérdida de
las personas que te dieron la vida deviene moneda de cambio común salvo
excepciones. Los menos tenemos el privilegio de contar aún con la opción de
compartir tiempo con nuestros progenitores, en una suerte de prórroga “divina” concebida
bajo el manto de unos recuerdos
cincelados de una emotividad que se dibuja en las miradas y en un esbozo de
sonrisa franca. A todo ello cabe sumar un tercer elemento que emerge en el
territorio de nuestros pensamientos y sentimientos al ir quemando etapas: la
noción de la muerte. Tomamos conciencia que nuestra presencia (terrenal) tiene
fecha de caducidad, máxime cuando nos asomamos al frontispicio de una realidad
que se ha llevado por delante la vida de uno de nuestros amigos.
Tradición obliga, mediados de septiembre sigue siendo el periodo del año
en que se da inicio el curso escolar. El 15 de septiembre de 2019 regresábamos
a la escuela de la Educación General
Básica (EGB) varias de las personas de la «Generación del 67» (con alguna excepción, la de Carlos Ibáñez) que
pasamos buena parte de nuestras infancias y los primeros estadíos de la
adolescencia en les Escoles Lacinia, sito en el barrio de Santa Eulàlia de
L’Hospitalet de Llobregat. Lo hicimos de una manera espontánea, inconsciente
con el ánimo de honrar la memoria de nuestro querido Pedro Hernández Aguilera. El
recuerdo por los tiempos vividos en aquellos años se activó a medida que nos
íbamos sumando a un improvisado corrillo, en una especie de mecanismo
(auto)protector que trataba de reprimir un sentimiento de dolor propio de
personas que han experimentado en periodos más o menos recientes la pérdida de
seres queridos. A buen seguro, Pedro hubiese querido que aquella jornada
dominical donde el dolor era el sentimiento común para cada uno de nosotros, abrir
de par en par la ventana del recuerdo
de aquellos tiempos remotos, dejando
filtrar una brisa de inocencia, camaradería y una amistad tallada sobre hierro.
En ese «paraíso perdido» que se corresponde con
la infancia reside para un servidor el genuino ideal de felicidad. El «plan divino» del ciclo vital
registra en las fases primigenias del ser humano los mayores picos de felicidad
al albur de un aprendizaje constante, el anhelo del descubrimiento a cada día
vencido —incluído el enamoramiento bañado de inocencia— y el fortalecimiento de
unos lazos de amistad que valen para una eternidad.
Al cabo, cada uno de nosotros aprendimos a volar
fuera del nido. El guión de la vida nos ha llevado por
caminos disímiles, pero existen señales luminosas
en la cuneta que nos advierten de la
pérdida de seres queridos. Un alto en el camino en el que afloran sentimientos
encontrados. Acostumbrados a lidiar con los reproches, las falsas promesas, las envidias en el
entorno profesional, las presiones cotidianas inherentes al mundo de los
adultos, en esos puntos de encuentro que nos depara el río de la vida fruto de una amistad sin fecha de caducidad ni
condicionantes de ningún tipo el tiempo parece detenerse y volvemos a la escuela primaria. Allí donde Pedro
asumía el rol de «hermano mayor», dejándonos entrever la
puerta de una madurez que él ya había
conquistado con el físico propio de un gladiador y una voz rocosa que parecía
surgida del Averno. Una voz que seguirá resonando para siempre en el hueco de mi memoria y
de tantos amigos de la escuela que tuvieron el privilegio de conocer de primera
mano de su bondad, franqueza y honestidad. Descansa en paz, amigo del alma.
domingo, 25 de agosto de 2019
«OLGA» (2018) de Bernhard Schlink: AMORES SIN «CORRESPONDENCIA»
El arte la escritura lleva implícito un cierto
componente mágico, aquel capaz que al correr las páginas de un libro perviva el
sentimiento íntimo en el lector de asistir a un magisterio por parte del lector
a la hora de colocar la palabra exacta, la entonación
precisa en el empleo de una figura alegórica o el dibujo descriptivo de un paisaje que tratamos de reproducir en
nuestra mente a cada parpadeo. Por ello un elevado porcentaje de asiduos lectores
de obras literarias no creen factible que la escritura pueda llegar a convertirse
en profesión. Es un arte que, en definitiva, demanda precisión en las formas y
en el contenido, asumiendo el escritor que las palabras son las herramientas
que haciendo uso de infinitas combinaciones deben arrojar un resultado que nos
sitúe en los páramos de la
perfección, salvoconducto imprescindible para que una determinada obra sea
observada conforme a una pieza literaria presta a resistir las embestidas del paso del tiempo.
Presumiblemente Bernhard Schlink (n. 1944)
no se cuente entre los escritores que sometan de manera perenne a su intelecto
a la búsqueda de la palabra, de la entonación
más acorde para cada instante que quede sellado
en el papel. Ya sobrepasados los cincuenta años Schlink obtuvo la repercusión
mundial por una disciplina artística que hasta entonces no le había permitido
vivir de ella, cuanto menos con la holgura suficiente para alguien acostumbrado
al bienestar que le procuraba su cargo en altas instancias del poder judicial
en su Alemania natal. En cierta manera, el éxito de El lector (1995) enseñó el camino a seguir al autor germano en
relación a la importancia que adquirieron a partir de entonces en su literatura
las mujeres. No en vano, Schlink entendió que la piedra roseta de ese hallazgo
editorial pasaba por la complejidad del personaje de Hannah que había logrado
plasmar en su particular lienzo con
una delicadeza, un tacto de asombrosa sencillez en el empleo de un lenguaje.
Para alguien acostumbrado a lidiar a diario con un lenguaje técnico (el
jurídico) que, dicho sea de paso, sirvió a la causa para su serie de novelas policíacas con el denominador común
del personaje del private eye Gerhard Selby, el tipo de literatura que tuvo su pieza bautismal con El lector apostaba por una luz expositiva de formas sencillas, en
contraste con la plana mayor de los grandes nombres de la literatura germana
del siglo XX, entre otros, Thomas Mann, Heinrich Böll, Günther Grass o Siegdried Lenz. En mi cuarta lectura de una obra de Schlink, la correspondiente a Olga (2018), no hace más que constatar
el rol capital de la mujer en su literatura, en este caso en un personaje
epónimo que es observado bajo la luz de tres filtros distintos que equivalen a sendas partes de una novela en
que luce en su portada la reproducción del lienzo A Dark Pool de Laura Knight. En la misma observamos la figura de
una joven cuyo vestido se agita producto del viento que arrecia en una costa
rocosa, en una estampa que favorece al ejercicio de la reflexión por parte de
Olga. Desde un prisma metafórico con arreglo al fundamento de las cartas que
escribe a su amado Herbert, Olga parece haber lanzado al mar mensajes de una
botella sabedora que sus misivas escritas de puño y letra con el correr de los
meses, de los años ya no tendrán acuse de recibo. El espíritu aventurero de
Herbert —perteneciente a un escalafón social superior al de ella— acabará
resultando su propia tumba. Su retrato personal, minado de un ideal aventurero
y de explorador de territorios vírgenes para un Occidental en el amanecer del
siglo XX, ocupa buena parte del primer tercio de la novela, aquel que opera a
través de la voz de un narrador omniscente al que le toma el relevo un narrador
que recoge testimonio del devenir de Olga en los años cincuenta del siglo pasado en calidad de costurera en una casa
familiar de real abolengo. Schlink cierra su nueva novela editada por el sello Anagrama (fidelidad obliga) en lengua castellana con un propósito
epistolar, aquel capaz de dejar al descubierto aspectos de un personaje
femenino que se explica mejor a través de sus anhelos más que de sus propias
experiencias. Nuevamente aflora en la literatura de Schlink la dialéctica entre
el presente y el pasado (por regla general con el telón de fondo de un escenario bélico), en esa superposición de planos temporales que, como
había dejado constancia en la referida El
lector, El regreso (2006), se
revela en Olga uno de los pilares
para lograr una efectividad narrativa encofrada
de una pulsión lírica, poética que la hace tan atractiva para millones de
lectores que han accedido a su prosa por mediaciación de más de treinta
idiomas.
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