lunes, 25 de abril de 2011

CADÁVERES EXQUISITOS, EDITORES «NECRÓFAGOS»

En pocos lugares del planeta se da una fiesta que, contra viento, lluvia y marea, se ha mantenido incólume su celebración el día de Sant Jordi, el 23 de abril, en Catalunya. Un modelo, el de regalar rosas y libros, que ha tratado de exportarse en países como Japón, pero que evidentemente con la situación actual vivida en aquellas latitudes no están para demasiados fastos. Realmente, me parece un motivo de orgullo de que esa tradición haya arraigado con fuerza en la tierra que un servidor ha nacido, pero detrás del oropel, de esa apuesta por la cultura se esconden no pocas prácticas, maniobras o subterfugios que escapan al buen nombre de una festividad que reivindica un espacio propio para la lectura en cada uno de nosotros. Una vez más, un bosque copado de mediáticos no ha dejado ver la realidad de escritores de tronío agazapados en los matorrales de pequeñas, modestas, minúsculas editoriales, pero también han quedado fuera del alcance —en este caso, por suerte— esos árboles que agitan sus ramas sacudidas por parte de editores (sic) «necrófagos» con el afán de reclamar su cuota de atención. Me refiero, en concreto, a la publicación de Cadáveres exquisitos (2011, Ed. Península) de Thomas T. Noguchi, que ejemplifica hasta qué punto la desesperación por vender en mayúsculas conduce a que editores desprovistos de escrúpulos se lancen al ruedo con una novedad que concite el revuelo mediático. Echando mano del refranero español, podríamos aplicar aquello de «A río revuelto, ganancia de pescadores». Esos pescadores, revestidos de editores, que tratan de asomarse a los caladeros de los bestsellers o longsellers verbigracia de la publicación de un título que aplica el principio de todo-vale a costa de la dimensión pública de unas personalidades que murieron, en su mayoría, jóvenes según los cánones de longevidad aplicables hoy en día. No puedo esconder que esta apuesta editorial a cargo de Península haya tenido un capítulo añadido para la indignación al ver escrito en portada el nombre de dos personalidades por las que siento verdadera admiración —los hermanos John F. y Robert F. Kennedy— y el hecho de constatar que ese «ángel caído» —relacionado con el primero más allá de su presencia para un happy birthday con fragancia a Channel Nº 5—, Marilyn Monroe, ya solo la falta que se publique su genoma humano para deleite de fetichistas ad nauseum. El mercadeo editorial sobre la figura de Monroe ya ultrapasa los límites del paroxismo para sumirse en ese ejercicio de necrofagia que representa Cadáveres exquisitos, que para mayor INRI apuesta por una portada provocativa, en contraposición con la original escrita en lengua inglesa Coroner— en 1983. Nada, pues, supongo que las cabezas pensantes de Península ya habrían realizado sus estudios de mercado, habiendo llegado a la conclusión, al fin y al cabo, que existen lectores «necrófagos», capaces de escarbar, escudriñar en los datos facilitados por el doctor Noguchi con temas tan apasionantes del estilo de si a Sharon Tate la rajaron por el vientre por tres puntos distintos los secuaces de Charles Manson o Albert Dekker —al que ya me referí en este blog (ir a enlace) sobre su azarosa vida, sin colocar, eso sí, el bisturí en los detalles de su fallecmiento— conservaba la posición fetal una vez practicado un ejercicio de sadomasoquismo con final trágico. De la ética profesional de este médico forense de origen nipón mejor correr un tupido velo. Ya poco recorrido le debe quedar para seguir beneficiándose de los réditos de sus publicaciones en el campo literario que han debido convocar al sonrojo de infinidad de colegas de profesión. En cuanto a la editorial Península, como diría un castizo, adelante con los faroles y con presentaciones «fantasmas» como las que se anunciaban, en forma de videonoticia, en las páginas dedicadas al Sant Jordi en La Vanguardia (Ir a enlace). La provocación representa un argumento de venta que deben tener sus responsables entre ceja y ceja, porque lo que es coherencia editorial, en el ánimo de Península, brilla por su ausencia. Que convivan en el catálogo de una misma editorial autores como César Vidal y Gerard Piqué (en su «apasionante» relato biográfico) ya es ilustrativo de que los de Península disparan perdigonazos para a ver si aciertan en el blanco. Pero ahora ya no tan sólo apuntan al cielo si no que lo hacen dirigiéndose al subsuelo donde descansan… esos cadáveres exquisitos.
A propósito de todo lo dicho, una coda final. Para orillar suspicacias, nunca he enviado un solo escrito mío a Península, y visto lo visto, no tengo interés alguno en hacerlo in ilo tempore. Por el buen nombre y la memoria de Marilyn Monroe, John F. Kennedy, Robert F. Kennedy, Janis Joplin, Sharon Tate, John Belushi, Albert Dekker, William Holden y algunos más me he decidido a escribir este post, aun a riesgo que entre a formar parte de Las listas negras —como el título del ensayo que se encuentra en el catálogo del sello madrileño— de ese cajón de sastre, sin orden ni concierto, que es Editorial Península. Por fortuna, en este bendito país sigue provisto de grandes, pequeñas o medianas editoriales como Nørdica, Miscelánea, Los libros del Asteroide, Anagrama o Impedimenta, entre otros, contribuyendo al desarrollo sostenido de una cultura sin perder la cara que uno de sus objetivos es que sus respectivas empresas resulten, cuanto menos, rentables. Y en la coherencia, la constancia y la dedicación, tarde o temprano, recogerán, si no lo han hecho ya, sus frutos. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de Península, en cuyo ejercicio de «necropsia» editorial llamado Cadáveres exquisitos tenía todos los números para haber sido un trending toppic en Twitter para solaz vergüenza de aquellos que se sienten parte de un gremio tan antiguo como respetado, tan castigado como necesario.

domingo, 17 de abril de 2011

JOHN BRAINE (1922-1986): UN LUGAR EN LA CUMBRE… LITERARIA


En función de la admiración que sigo sintiendo por la corta pero sugerente obra de Jack Clayton, desde hace tiempo quise leer la novela Un lugar en la cumbre (1957) que dio pie a la opera prima del director y productor británico. Semanas atrás he podido cumplir este modesto propósito merced a la edición que Impedimenta sacó al mercado hace tres años y que pasó un tanto desapercibida por las librerías de nuestro país. Su lectura lo ha hecho para quedarse grabada en mi memoria por tiempo indefinido, en una nueva muestra de que una opera prima —en correspondencia con el texto fílmico de Clayton— puede ser sinónimo de una elevada calidad en el uso del lenguaje, de la sintaxis gramatical y del buen oficio de relatar una historia con una diáfana mirada sobre unos personajes y un contexto social determinado. John Braine (1922-1986) consiguió publicarla a los treinta y cinco años, casi por la puerta de atrás una vez superado el obstáculo del rechazo de algunas editoriales y viendo un resquicio a la esperanza en una empresa que confiaría en las virtudes literarias de Room at the Top. En buen lid, del personaje central de Joe Lampton (en la pantalla, Laurence Harvey, el hombre de los perfiles a cámara) se intuyen trazos biográficos del propio Braine, quien anduvo resuelto a ocupar plaza de empleado en una tienda, en una fábrica y de bibliotecario, espacio que daría cabida a su pulsión lectora luego ampliada al espectro de la escritura de novelas de ficción, relatos cortos y ensayos. En su particular cuaderno de bitácora, Braine tomaría apuntes del natural de esa cruda realidad de postguerra que alentaría aún más esa falla existente entre la working class y las clases privilegiadas de Inglaterra. En paralelo, Braine echaría mano de sus propias experiencias personales en el ámbito de las relaciones sentimentales para ir cuadrando una historia titulada Un lugar en la cumbre, expresión que deja al descubierto ese runrún de fondo temático, el del arribismo, que se encuentra en multitud de piezas literarias provenientes de las Islas Británicas. Pero, a diferencia del grueso de las mismas, Braine abona el relato hacia una ficción orwelliana en que la sociedad está ligada a unas relaciones humanas de conveniencia en función del puesto —grados— que ocupen en la misma. No existe un determinismo eugenésico si no más bien la confección de una sociedad que atienda a relaciones de pareja en justa correspondencia a unos parámetros que inviolablemente tengan en el factor económico su punta de lanza. En ese microcosmos marcado por los intereses pecuniarios habita Alice (no pudo tener mejor traducción en pantalla que Simone Signoret), esa clase de mujer que corta el aliento a Joe y hace replantear a éste su vida en común con Susan. En ese juego de equilibrios emocionales reside uno de los mayores atractivos de la primera novela de John Braine, pero sin perder la perspectiva de ese retrato de un tiempo y de una época en que se iban apagando los ecos de una tradición literaria abocada al romanticismo desaforado para dar fuelle a ficciones confeccionadas por los representantes de los angry young men. Casi coincidiendo con el bautizo del free cinema, Un lugar en la cumbre pasaría de un lacerante anonimato a situarse en el box-office de los libros mejor vendidos de Inglaterra. Pero ese longseller quedaría como un fenómeno fundamentalmente anglosajón. Por fortuna, Impedimenta ha logrado rescatar este tesoro literario que se coloca, en determinados pasajes, en el umbral de la excelencia narrativa. Y no es casualidad que haya sido este sello madrileño capaz de desenterrar del olvido el texto de Braine, ya que Enrique Redel, su editor, lleva tiempo porfiado en dar a conocer al lector en castellano obras que han quedado arrinconadas, a pie de playa fruto de un naufragio literario provocado por un fuerte oleaje en un mar poblado de obras que se imprimen para crear artificiales necesidades en un mercado acomodado a las modas de principio, fin o de entretemporada. Seguramente, Redel ya habrá visitado el catálogo de House of Stratus para proseguir su enmienda a sacar del ostracismo a autores como John Braine. Queda en el tintero de la edición en suelo español la plana mayor de la obra de Braine, compuesta en su globalidad por una docena de novelas —entre las cuales figura Una vida en la cumbre (1962), continuación de las andanzas del arribista Joe Lampton—, un retrato biográfico sobre J. B. Priestley y Writing a Novel (1974), ensayo colectivo en el que ofrece su experiencia a la hora de urdir la obra por la que sería conocido y reconocido en su Inglaterra natal. Seguramente, Redel lo tendrá en cola de publicación una vez haya dado cancha a otros autores —Stella Gibbons, Stanislaw Lem, Muriel Spark, etc.— que van vistiendo una de las editoriales que mejor lucen en las librerías de nuestro bendito país. El tacto áspero, rugoso de las portadas de Impedimenta ya nos invita a deslizar nuestros dedos por sus páginas y abandonarnos a una suerte de territorio soñado, imaginado o deseado nacido del talento de creadores de distinta nacionalidad que ha ido agrupando para la dicha de aficionados a la literatura con letras mayúsculas. Un lugar en la cumbre cumple con creces este propósito a lo largo de sus trescientas setenta páginas alineadas con pulso firme por ese hombre sencillo que después de su pieza bautismal empezaría a descender por la ladera de la montaña haciendo bueno (o malo) el aforismo que reza que un autor va ligado a una sola obra. Gracias Enrique y personal de Impedimenta por darnos a conocer esta y tantas obras de un catálogo que empieza a provocar vértigo por la suma de talentos que lo jalonan.

martes, 12 de abril de 2011

SIDNEY LUMET (1924-2011): LARGA JORNADA HACIA LA ETERNIDAD


Sidney Lumet secundado por Àlex Carrilero (izda.) y
Christian Aguilera (dcha.)
Corría septiembre de 1993. Sidney Lumet (Filadelfia 1924- Nueva York 2011) visitaba la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya con motivo de un ciclo que se le ofrecía en torno a su vasta obra que no colocaría el cierre sino más bien tomaba renovados impulsos hasta el punto que llegaría a filmar un par de trabajos que se sitúan entre lo más granado de su director: La noche cae sobre Manhattan (1996) y Antes que el diablo sepa que has muerto (2007). Por aquel entonces empezaba a dar forma a mi primera monografía, La generació de la televisió: la consciencia liberal del cinema americà, que tendría dos «vidas» editoriales, la primera en catalán (1994) y una posterior —revisada y corregida, en castellano (2000)— y la presencia de Lumet en la Ciudad Condal era agua de mayo para alguien persuadido de que la aportación de los directores objeto de estudio representaría un factor que ayudaría a dar cuerpo a la propuesta. Previa cita convenida, me acerqué con mi amigo Àlex Carrilero al hall del Hotel Calderón —lugar de pernoctación otrora obligatorio para futbolistas de la Primera División en vísperas de un partido de liga o de Copa del Rey— y allí estaba Lumet, quien después de una breve conversación con los responsables de la Filmoteca, dio el visto bueno para que aprovecháramos un recorrido en limousine por Barcelona con el fin de efectuar la entrevista pensada... y soñada. Recuerdo el detalle de que Lumet cogió el mamotreto ciclostilado que hacía las veces de galeradas del libro en ciernes y señaló que una de las fotos de la improvisada portada a color presidida por los seis principales miembros de la Generación de la televisión, la de Robert Mulligan estaba extraída de una imagen captada de la pequeña pantalla. Así fue. Para él no había secretos sobre las técnicas fotográficas aplicadas al cine. Àlex y yo vivimos una de esas horas que guardaremos para siempre en nuestros particulares baúles de los recuerdos. Una vez la limousine se situó frente a los estudios de Catalunya Ràdio, Lumet aguardó un instante para que nos fotografiáramos con él. Aquel «joven» que vestía camiseta y pantalones tejanos, próximo a la sesentena, nos acompañó en la propuesta de sonreír a cámara y con ello rubricar un día inolvidable.
   La intuición es uno de los elementos que siempre me han guiado a la hora de interesarme por la carrera de uno u otro director, de un escritor, de un músico, etc. No me van las actitudes gregarias al albur de las modas o de las tendencias, y a los veintitantos supe cuán injusto resultaba ser catalogar sin más a Lumet de mero artesano, un yes man al estilo americano. El tiempo acaba colocando a cada uno en su sitio y me complace pensar que esa defensa acérrima (pero matizada) sobre el cine de Lumet y de otros directores de su generación hoy en día tiene una aceptación más que razonable y extendida. Para aquellos persuadidos en un enrrocamiento atroz, negando el pan y la sal al cine de Lumet —cada vez menos, cabe decirlo— suelen quedar en evidencia cuando sustentan su discurso crítico sobre la base del conocimiento de una docena —a lo sumo— de una filmografía compuesta por cuarenta y pocos largometrajes. Quedan, por tanto, fuera de visión ese iceberg situado bajo la superficie donde sitúo buena parte de los logros de la obra de Lumet, desde el riesgo que comportaría la modélica adaptación de la novela homónima de E. L. DoctorowDaniel (1983): ¿para cuándo una edición en DVD que saque a relucir las virtudes de esa compleja historia trufada de flashbbacks y flashforwards, en sintonía con el planteamiento narrativo de su última película?— hasta esa inspirada pieza de cámara llamada Un lugar en ninguna parte (1988) que define las emociones con la precisión de un cirujano —no puede dejar de conmoverme cuando suena el Fire and Rain de James Taylor en una celebración de cumpleaños donde los regalos tienen un único sentido simbólico—, pasando por La ofensa (1973), El príncipe de la ciudad (1981), la magistral Distrito 34: corrupción total (1990)... Pero entre la abundancia de aciertos sé reconocer esas naderías que Lumet se apresuró a rodar, a veces con un sentido prosaico, otras con la necesidad de ganar confianza en algunos de los aspectos que competen a la dirección —es el caso de Llamada para el muerto (1967), después de haber perfilado una primera etapa en blanco y negro en la trascripción de una realidad que tendría en el operador Boris Kaufman su socio más perspicaz—. Puntos débiles de una filmografía que supo, en cualquier caso, radiografiar infinidad de microcosmos, por lo general, ubicados en la cosmópolis de  Nueva York. Espero perderme algún día por las calles de Nueva York y dibujar una sonrisa plena de satisfacción cuando una de ellas lleve el nombre de Sidney Lumet. Paseando por sus aceras, a buen seguro, me asaltarán las melodías helénicas que Mikis Theodorakis escribió para Sérpico (1974), contemplaré a Al Pacino apelando voz en grito a Ática ante su improvisada audiencia que circunda una entidad bancaria, o convocando a Peter Finch frente a otras audiencias, las catódicas, en uno de esos títulos proféticos que encierra la filmografía de Lumet, Network, un mundo implacable (1976). Y al final de la calle, me sentaré en un banco para recrearme en fragmentos de esa tragedia griega que obedece al nombre de Antes que el diablo sepa que has muerto. Padres e hijos, culpas y perdones. Esa es, en esencia el cine de Lumet, el que apela al individuo en primera instancia. Esperemos que las nuevas generaciones de aficionados, antes que el diablo de la tecnología digital que todo-lo-puede, sepa que haya muerto un cineasta de la categoría de Lumet y se atrevan a ir buceando en una filmografía donde se encuentran todos los colores primarios... del ser humano. Si se hace con el acompañamiento de su espléndido manual Making Movies (1995), el broche de oro  está servido. Gracias, Sidney, por tu cine con sus defectos y enormes virtudes, tu constancia y persuasión, tu talento y dedicación. Y, en definitiva, por ennoblecer ese arte que tanto y tantos amamos. Descanse en paz.

sábado, 2 de abril de 2011

«COLLAPSE INTO NOW» (2011) de R. E. M.: «JACK EL NAVAJA» EN LA «CORTE» DE MR. STIPE

Han pasado tres años desde que comenté en este mismo blog Accelerate (2008) —el primer post, para ser más precisos—, haciéndome eco de la decepción que me había provocado la escucha del CD número catorce de R. E. M. en estudio. Con la llegada de la primavera de 2011, la banda de Athens vuelve a ofrecernos una nueva entrega de la que está llamada a convertirse en una de las obras discográficas del pop-rock de los últimos decenios que más objeto de estudio despertarán en un futuro más o menos lejano, más o menos remoto, en un punto indeterminado del siglo XXI en que el rock será un valor residual. Y en este procesamiento del legado de R. E. M., intuyo, no faltarán las voces que reparen en la importancia de los productores o arrreglistas que han trabajado con el cuarteto, luego reformulado en un terceto de excelente músicos. Lo fue cuando John Paul Jones se encomendó a un lavado de imagen sónico de R. E. M. para Automatic for the People (1992), el disco que les transportó a una galaxia donde brillan las estrellas del firmamento pop-rock, abandonando esa etiqueta de cult group que habían cultivado por espacio de una década de la mano del productor musical de  la escena alternativa estadounidense Scott Litt. Cumplida con creces su misión el ex Led Zeppelin, Pat McCarthy pasaría a ser el indisociable colaborador de los R. E. M. durante un periodo de claroscuros en que, pese a la baja de Bill Berry, el «núcleo duro» creativo no se resintió. De ello daría fe Up (1998) y Around the Sun (2004), primorosos trabajos de estudio que penetraban en nuevos espacios estilísticos sin menoscabo a perder identidad entre sus legiones de fans.
Desconozco cuáles han sido los motivos reales de la decisión del porqué los caminos de McCarthy y los R. E. M. se bifurcaron (del productor llegó a decir el propio Michael Stipe que era el «cuarto» componente de la banda) después de haber dado vueltas por el planeta solar. Pero no cabe duda que McCarthy debió intuir signos de debilidad, de agotamiento entre los tres vértices que sostienen el «proyecto R. E. M.» desde inicio de los años ochenta. Con el clima un tanto enrarecido, pero con un contrato millonario bajo el brazo de una Warner resabiada que se aseguraba para los tiempos contar en su catálogo con una banda de primer orden —en la abundancia debían nadar los que se rasgan las vestiduras en la era donde la música parece ser patrimonio mundial… de las descargas—, Stipe, Mike Mills y Peter Buck capitularon, y decidieron reclutar al productor irlandés Garret «Jacknife» Lee para la causa. Cambio de cromos que ha tenido, después de haber despejado la incógnita de Accelerate en forma de Collapse into Now, unos réditos que invitan, cuanto menos, a la reflexión.
Vaya por delante que amo la música de R. E. M. No me imaginaría este mundo acelerado sin la posibilidad de sintonizar algún tema de los georgianos —los de USA, of course— al cabo de arrancar la hoja del calendario. De un tiempo a esta parte con R. E. M. me ocurre que, escuchados una y cien veces sus trabajos postreros, la decepción provoca un replegamiento sobre las esencias de una banda que alcanzaría su zénit con Automatic for the People. Vuelvo a pasar las páginas de los primeros capítulos de la historia sonora y sentida de esa banda norteamericana marcada a fuego por ese instrumento de infinidad de matices que representa la voz de Stipe. Por un efecto osmótico tanto en Accelerate como Collapse into Now se han filtrado parte de esas esencias que dieron cuerpo y alma al grupo de Athens, pero con la llegada de Garret Lee a la corte de Mr. Stipe todo parece cobrar un sentido de revival, de dejà vú. Lo que hubieran sido outakes de discos de la solvencia creativa de Out of Time (1989) o el susodicho Automatic for the People, se erigen en el timón de proa de un CD que dispara en distintas direcciones, pero sin afinar el objetivo. Cuarenta minutos que viajan hacia el pasado en no pocas ocasiones buscando afianzar un discurso melódico e instrumental que mixtura lo electrónico con lo acústico. Ecos de un pasado glorioso que se refunde en esta pieza grabada, en parte, en Berlín con un total de doce temas que orbitan en estilos dispares sin solución de continuidad salvo el detalle sutil de coincidir el final de Blue con el principio de Discoverer, como si fuera el uno la prolongación del otro. No faltan, eso sí, las reverbaciones vocales de Stipe (un auténtico contorsionista de la voz), los desgarros guitarreros de Buck & Mills, las aportaciones, en plan guest stars, de Patti Smith (again) o de Eddie Vedder (líder de Pearl Jam)… Y tampoco ese tema que enseñe una vez más al mundo del porqué en las últimas fases de la glaciación del rock R. E. M. alumbraría canciones con marchamo de alcanzar la eternidad. Para Collapse into Now el escogido no es otro que Überlin, obra maestra que mide los tiempos de una forma proverbial con unas letras que apelan a la habitual vena alegórica de Stipe. Algunos objetarán que the song remains the same. Pero un servidor prefiere esos requiebros melódicos con la mandolina mostrándose como un instrumento de eficacia probada en el abecedario de R. E. M. que esas sacudidas electrónicas de vacuo contenido que parecen complacer el ánimo de Lee. Meras comparsas frente a ese Überlin que se muestra exultante en la última entrega de los R. E. M., situándose incluso a distancia —a nivel de preferencias— de ese Me… Marlon Brando Brando and I arbolado de mensajes cifrados al más allá —al mito del celuloide, amante de las causas perdidas— y al más acá —Neil, el genuino Neil Young, devolviendo acuse de recibo de ese tema integrado en Le noise (2010) con aromas provenientes de la fértil tierra de Athens— y, no por casualidad, nuevamente recorrida por la mandolina ejecutada con destreza por Buck. Habrá que esperar, pues, al próximo compacto de R. E. M. para dar crédito a que las horas bajas de la estelar e indivisible formación —tres es un número primo— guardan estrecha relación con la personalidad de un productor que, lejos de espolearlos, parece perpetuarlos en una autocomplacencia. Bendita autocomplacencia, en todo caso, para los tiempos que corren en el patio del rock.
PD: Este post está dedicado a la autoridad en materia R. E. M., Mr. Álex Martín.

Invitación a escuchar mi tema favorito de Collapse Into Now, Überlin en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=ZITh-XIikgI


sábado, 26 de marzo de 2011

LAS RAZONES DEL INDEPENDIENTE: ENTREVISTA A CHRISTIAN AGUILERA (PARTE I)

Soy poco amigo de las entrevista que traten de hablar sobre uno mismo. Entiendo que para algunos hablar de uno mismo sea uno de sus temas favoritos, pero no es mi caso. Pero en esta ocasión la forma cómo planteaba el tema Adrián Sánchez me hizo pensar que podría reflexionar o simplemente rememorar sobre algunos aspectos que me impelieron a tomar determinadas decisiones, a hacer un balance de situación con la presunción que tan sólo estoy al principio del camino de un viaje que espero depare en el futuro agradables y nutritivas sorpresas. Aprovecho desde aquí mi agradecimiento a Adrián Sánchez por la labor que desempeña a través de su blog, http://esbilla.wordpress.com/, punto de referencia del ciberespacio en materia cinematográfica. Reproduzco un extracto de la primera parte de la entrevista, que al final del texto tiene un enlace con el blog de Adrián para, aquellos que lo consideren menester, leerla entera. Para la segunda parte daré cabida, entre otras cosas, a hablar de la génesis de El enigma Haldane (2011), ya con el libro a las puertas de visitar las librerías del estado español. 

Como el propio Christian Aguilera me dijo al comienzo de este viaje, “diez años dan para mucho” y si nos remontamos para más todavía. Dividida en dos partes esta charla recorrerá, de paseo, sin correr, desde mediados de los 90 hasta hoy mismo, desde los inicios catalanes en proyectos tan suicidas como la edición profesional de una revista propia, Sequencies de Cinema, hasta el establecimiento como autor constante y prolífico de estudios y monografías, de Kubrick a Mankiewicz, de la Generación de la Televisión a Milos Forman con incursión rockista en la vida y obra del gran Neil Young, de alguna manera todos ellos unidos por un hilo invisible que, a su vez, los ata a su autor: son clásicos contra el clasicismo, independientes en el ojo de la industria, son los que está a la vez dentro y fuera. Quizás Christian Aguilera no sea una figurón de la crítica nacional y muchos hasta le desconozcáis, aunque probablemente hayáis visto más de un libro suyo en librerías y bibliotecas, quizás. Será entonces un autor a leer, por constancia, por esfuerzo y por algo que aprecio personalmente como es la honestidad. Escritor sin alardes, analista concienzudo, estudioso al por menor, sus libros son consistentes y sobrios, amenos y nutritivos. No se desvía en lo anecdótico e intenta agarrar lo sustantivo, ni desprecia lo biográfico, ni adora lo interpretativo sobre todas las cosas. Le gusta ver y le gusta contar.
También, pesa, claro, su labor como mente pensante (y trabajante) tras el portal cinearchivo (donde un buen día tuvo a bien invitarme a colaborar), un proyecto en perpetua expansión que ha superado su naturaleza fría de base de datos para convertirse en una cálida revista mensual con memoria incorporada. Y si este es un empeño personal convertido en esfuerzo colectivo, más allá de lo personal está su (pen)último empeño, nada menos que una nueva vida como novelista alumbrada con la inminente publicación de una novela de anticipación, de ficción-científica (¿he olvidado decir que es además biólogo?) y alma de entretenimiento inteligente titulada El enigma Haldane. Pero de ese libro, y de otras cuestiones tan íntimas como su propio blog, El mundo de Haldane, se hablará en la segunda parte, al igual que de los guitarrazos de Neil Young, las batallas contra Hollywood de Joseph Leo Mankiewicz o la vida herrante de Milos Forman. En esta primera nos centraremos en los inicios sentimentales y laborales, en proyectos editoriales propios, en cinearchivo, la crítica y su ejercicio (en Internet y en papel), su pasión por la música de cine y, por supuesto, sus dos primeros libros, La generació de la televisió: la consciència liberal del cinema americà y la monografía sobre Stanley Kubrick que publicó para Dirigido por… ¿Y qué quedará al final? Pues la idea de la independencia, la carrera del independiente.
Por lo demás aquí empieza para el que quiera entrar, a los escritores, como a los cineastas, se les conoce leyéndolos o viéndolos:

Lo primero, bienvenido y gracias por prestarte a lo que venga

Gracias a ti.

Las cosas hay que empezarlas por el principio, así que vamos a ello. ¿Cómo y cuándo comienza esta fiebre por el cine? ¿Cuáles son esos primeros recuerdos, esas marcas indelebles?

Mi padre Josep siempre ha sido un buen aficionado al cine. Él participaba de la organización de un cine-club en L’Hospitalet de Llobregat, una ciudad muy densamente poblada limítrofe con Barcelona. Los viernes por la noche asistía con mis hermanos a los pases de películas en 16 m/m donde, por lo general, se cortaban a mitad de proyección. Allí vi películas en blanco y negro como El jovencito Frankenstein (1974) o Luna de papel (1973), que después de sus estrenos comerciales tenían una «segunda vida» en los cine-clubs. Digamos que esa fue la semilla, sobre todo por el hecho de contemplar el cine en toda su extensión, sin repudiar las películas en blanco y negro, por ejemplo.

Estudias y te licencias nada menos que en biología. Muy alejado, al menos en principio, del cine y las letras, que son tus ocupaciones.

Cuando acabé el bachillerato, pensé que estudiaría una carrera que me gustara. Nunca he pensado demasiado en términos de practicidad y, por tanto, me dije que si me pasaba un lustro estudiando al menos que disfrutara. Fue un periodo del que guardo sentimientos encontrados, pero pienso que, en cierta manera, todo lo que hice después, lo de ir creando una base de datos de cine guarda relación directa con el estudio de una carrera tan “taxonómica”, es decir, que vas moldeando una mente muy estructurada, compartimentada a nivel de información y documentación. Muchos conceptos aprendidos o asimilados en relativamente poco tiempo precisan de un cierto ordenamiento mental.

Ya en el año 1995, hace la friolera de 16 años, fundas en compañía de tu hermano Alex -autor d el libro Directores Del Género Fantástico 1904-2004 (2004)- la revista Seqüències de Cinema. La cual es además la primera estrictamente en catalán del mercado. ¿Cómo fue el parto y qué te impulsó a lanzarte?

La inconsciencia me debió llevar a ello. Por aquel entonces debía tener unos veintisiete años. Un año antes había publicado La generació de la televisió: la consciencia liberal del cinema americà (1994), mi primer libro, y nos aventuramos con Àlex a editar una revista de cine en catalán. Pensábamos, hablo un poco de memoria, que la coincidencia de la celebración del centenario de cine contribuiría a respaldar una propuesta de este tipo. Era la época del boom de las revista de cine (habían ocho o nueve en castellano) y la nuestra la única editada en catalán. Un elemento diferencial, pero no el único, según mi parecer. Dábamos un enfoque global del cine, por ejemplo, diferente a Dirigido por…en que se centraba y se sigue centrando casi en exclusiva en la figura del director.

¿Existía entonces en Cataluña una coyuntura favorable a proyectos de este tipo? ¿Sería posible algo similar en el estado actual de las cosas?

Existía y sigue existiendo una asociación de revistas en catalán que tiene un fuerte respaldo institucional. En calidad de director de Seqüències de cinema asistí a diversas reuniones de la asociación y posiblemente hubiéramos durado mucho más tiempo (al final la cosa quedó en dos años) de haber trabajado más los aspectos institucionales, ya sabes, contactar con determinado lobby político-financiero o representantes de Política Lingüística, pero nunca me he movido bien en estos ambientes. Hubo una tentativa de comprar la cabecera de la revista, pero cuando intuí que Seqüències de cinema quedaría desnaturalizada, plegándose a algo tan absurdo e inexistente como el «star system catalán», dije que ahí acababa el tema. Se puede decir que ha quedado como una revista de culto porque tenía contenidos muy diversos e interesantes, como te decía, con una visión muy amplia sobre cine. Podías encontrar un perfil de un actor secundario, un estudio sobre los guionistas, una entrevista con el compositor George Fenton, una entrevista con el director Jean-Jacques Annaud… Aprendí muchas cosas en ella etapa de mi vida y lamento el no haber dedicado a posteriori más espacio para hacer entrevistas, un género que no me disgusta en absoluto si tienes delante personas como John Schlesinger o el propio Annaud.

A Schlesinger no le tengo demasiado aprecio como director, la verdad. En cambio Annaud casi siempre me parece interesante y desde luego arriesgado. Parece, además, un personaje de los más entusiasta.

Si, es uno de los directores que he entrevistado que sentí transmitían una gran energía. Lo que me maravilla de Annaud es que tiene entre ceja y ceja un proyecto y que, por muy difícil que resulte llevarlo a cabo se empeña hasta el final. No exagero si te digo que El oso debió ser uno de los rodajes más complicados que se hayan filmado en los últimos tiempos. El resultado habla por sí solo, todo parece transcurrir en progresión, de una manera natural cuando no fue así ni mucho menos. Annaud es fundamentalmente un humanista.

Esta revista además la lanzáis desde vuestra propia editorial, Editorial 2001, la cual no solo recoge el libro ya mencionado de tú hermano sino también dos volúmenes tuyos de similares características, Los actores de los oscar del siglo XX (reeditado en 2003) y Los directores de cine del siglo XX, ambos firmados en compañía de Nuria Días. Son libros muy laboriosos, compilaciones biofilmográficas en primer lugar, es decir obras de consulta, pero que no están exentas del gusto personal.

La verdad es que estos dos libros que citas tuvieron un episodio previo en la confección de un CD-Rom sobre los Oscar. Aquello no tuvo un final feliz por un tema de derechos en la reproducción del material fotográfico, pero con Núria aprovechamos ese material para luego publicar Los actores de los Oscar del siglo XX y posteriormente Los directores de cine del siglo XX. Ese último en La Vanguardia fue seleccionado como uno de los mejores libros de temática cinematográfica de 1999. Quizás no signifique mucho, pero siendo una editorial pequeña y sin ser conocidos sus autores, la verdad que me reconfortó. Algunos piensan que es mi mejor libro. No lo sé si es así, pero fue un trabajo bárbaro. Se agotó muy rápido, pero luego no se reeditó. Algunas veces di vueltas sobre una reedición ampliada, aunque ya entrado en la era de Internet las dudas se generaron solas (Enlace para seguir leyendo la entrevista)

domingo, 20 de marzo de 2011

EL «EFECTO ABIDAL»: CAMINO DE LA GLORIA DEPORTIVA… Y HUMANA

Luis Aragonés, el «sabio de Hortaleza», insistía over and over que el campeonato liguero balompédico se dilucidaba en las últimas diez-doce jornadas. Llegada a esa altura de la competición ya no queda margen de maniobra. A la estela de lo sucedido el pasado campeonato con el chileno Manuel Pellegrini (un auténtico gentleman) sentado en el banquillo del equipo merengue, se puede dar la paradoja que frisando un récord absoluto de puntos en el campeonato, el Real Madrid se quede a las puertas de la conquista de la Liga BBVA 2010-2011. La diferencia de puntos existente con su «eterno rival», el FC Barcelona, no es insalvable, máxime cuando queda un partido por disputar en el Santiago Bernabeu, el estadio que está siendo un fortín para el conjunto blanco en lo que llevamos de temporada. El Barcelona, por su parte, sigue demostrando su poderío y no parece que la curva en sentido descendente se vislumbre en un futuro cercano. El acostumbrarse a la victoria puede llegar a provocar un cierto agotamiento o colapso, pero ha habido un par de situaciones en un corto espacio de tiempo que me llevan al convencimiento que en el tramo final de la Liga el Barça no fallará y saldrá nuevamente campeón. Por tierramar y aire desde distintos medios de comunicación se ha querido buscar algún resquicio, alguna grieta en el cascarón de esa nave blaugrana que comanda de manera majestuosa Josep Guardiola. Una vía de agua que tan sólo parece anidar en la mente de algunos (pseudos)periodistas dispuestos, a toda costa, a variar el rumbo de ese navío azulgrana con la intención de que quede varado en algún punto indeterminado del océano balompédico y, por consiguiente, dejar el camino expedito para el barco con bandera blanca, no la que simboliza la rendición, sino la reivindicación de ese equipo ganador que ondeaba en el pasado. La calumnia se cobraba, pues, esta semana, una nueva alianza en forma de velada alusión a que el conjunto blaugrana podría valerse del dopaje como revitalizante ante tanto hastío de victorias. A renglón seguido, el desmentido de la COPE —que tiraba la piedra y escondía la mano: el Madrid, al parecer, había filtrado semejante infundio— se solapaba con la noticia de la operación de urgencia a la que se debía someter el defensa Eric Abidal, al que le debían estirpar un tumor localizado en su hígado.
   He visto reconocer estos días en las miradas de los pesos pesados del vestuario azulgrana la indignación por esas palabras proferidas desde las ondas con acuse de recibo, pero al mismo tiempo la ilusión por contribuir a que la mejora de Abidal tenga el calor necesario que le procuran sus compañeros de vestuario y sobre el terreno de juego. Esa doble motivación gestionada desde distintos ámbitos del alma culé, harán imbatible a este equipo que si en el terreno de juego brindó algunas de las mejores páginas de fútbol de la historia de la pasada década siguen teniendo en su calidad humana un factor que les hace más cercanos al corazón del aficionado, incluso aquellos que no profesan la fe azulgrana. Del feed-back creado para con el seguidor blaugrana habla por sí solo esa muestra de cariño expresada en forma de ovación en el minuto 22 —si, el de Antonio Puertas y el de Daniel Jarque— en el partido que enfrentaba al FC Barcelona y al Getafe de Michel en el Camp Nou. Una muestra de cuán grande puede ser ese fútbol que une lazos entre lo humano y lo deportivo. Allí estuvo el Madrid para levantar acta de esa señorío que tantas veces ha perdido en las salas de prensa —con un Jose Mourinho ensimismado en un protagonismo que tiene mucho de teatro… del absurdo (lo de sus trifulcas con el calendario de los partidos está en relación con la obra de Ionescu)— y en los terrenos de juego cuando Ramos y Pepe sacan la motosierra a pasear, dejando en mantillas algún que otro cruce de cables del, por otra parte, genial Dani Alves.  En el videomarcador del coliseum blanco lucía la imagen de Abidal y el público merengue estuvo presto a ovacionar en un gesto que les honra y dignifica. Espero que ese mismo público sepa rendirse una vez más al arte blaugrana cuando el equipo de Pep Guardiola acuda al Bernabeu y salga airoso del envite en forma de empate o victoria, pasaporte inexcusable para dar carta blanca a esos fastos que se preveen para el mes de mayo en la capital barcelonesa. Y ahí estará en el corazón de Víctor Valdés, Xavi, Piqué, Iniesta, Busquets, Pedro, Messi, Villa, Keita… el recuerdo perenne del compañero convaleciente de una operación que invita al respeto. Pasarán los años y recordaremos aquel grupo de futbolistas del FC Barcelona medidos desde la excepcionalidad, pero no tan sólo enfrentados a sus rivales en el terreno de juego sino desde una calidad humana que Pep Guardiolacum laude en esta y tantas otras materias— ha sabido inculcar, alimentar y potenciar con buen tino. El fútbol no deja de ser un deporte… practicado por seres humanos. Imagino al francés Eric Abidal recorriendo esa banda izquierda como un fondista keniano (de ahí su sobrenombre) en el Santiago Bernabeu, elevando la mirada al estilo de un mariscal de campo y, tras un precioso centro, brinda a Messi un gol en bandeja (en el minuto 22) que rubrica un campeonato. En las ausencias es cuando damos verdadero valor a determinadas personas. Eric lo ha sido para el vestidor blaugrana, sobre todo en las últimas temporadas, y como todo en la vida tiene retorno, allí estarán sus compañeros para dedicarle una victoria que cobra una dimensión humana que reconforta fuera de lo estrictamente deportivo.

viernes, 11 de marzo de 2011

«A SERBIAN FILM»: REFLEXIONES AL FONDO DE UN DEBATE POLARIZADO

A raíz de la querella interpuesta por la Fiscalía de Barcelona (bajo la acusación de incitar a la pornografía infantil) y otro juzgado con sede en Vilanova i la Geltrú (localidad vecina y rival de Sitges, dicho sea de paso) por parte de asociaciones en pro de la defensa de los menores a la persona de Ángel Sala, como responsable máximo a la hora de programar A Serbian Film (2010), el revuelo ha sido mayúsculo creando una polémica que favorece a la formación de dos trincheras: aquellos que defienden a capa y espada al director del certamen catalán amparándose en la libertad de expresión, y los otros que apelan al «no todo vale», hay una legislación en defensa de la protección de los menores —obviando el propósito de ficción de la cinta de marras— que debe ser respetada. Todo ese tipo de polémicas, por consiguiente, se acaba polarizando pero creo que no se ataca el problema de fondo, el meollo de la cuestión. Digamos que la pregunta preceptiva a hacer si tratamos de distanciarnos de esta espiral crítica sin fin es ¿el porqué un director y el resto de su equipo de programadores de un festival con solera internacional tienen que echar mano de la programación de un film que saben les podrá generar una agria polémica? La respuesta, a mi juicio, tiene diversas explicaciones y me aventuro a compartirlas con todos vosotros.
En cualquier orden de la vida personal o profesional, las rutinas favorecen a buscar cambios, perseguir nuevos propósitos, porqué no, acudir al baúl de los «tesoros prohibidos» o los private pleasures. Es más que probable que un director de un festival de cine recién nombrado en el cargo en un solo año pueda ver desfilar por sus retinas del orden de trescientas-cuatrocientas películas al año en salas cinematográficas, sin contar aquellos títulos que visionan en la comodidad de sus hogares. Un porcentaje importante de estos visionados se deben a aquellos títulos de otros festivales subsceptibles de incluirse en la programación del suyo propio, y otros visionados proceden de otros canales, esa búsqueda de la aguja en el pajar con enmienda expresa a ser los primeros en dar a conocer al gran público el nombre de determinado diamante en bruto en forma de novel director. Esas personas que, al cabo de una semana, en sus respectivas adolescencias podían haber visto una o dos películas a la semana —como válvula de escape a los estudios que cursaban por aquel entonces— muchos años después, inmersos en la vorágine de asistencia a festivales y una vez entrada a formar parte de ese mundo —algunos con cargos óptimamente remunerados pero con la espada de Damocles de la temporalidad amenazando en el horizonte— se transforman en cinéfagos, capaces de devorarlo todo. Con este hartazgo de visionados se va apagando el buen gusto de antaño, aquel que les llamaba a seguir por su cuenta y riesgo la filmografía de un determinado director cuyo nombre figuraba en caracteres muy pequeños en el cartel de la película. Además, los interruptores de la sensibilidad, de la capacidad de emocionarse, de alentar al humanismo que reposa en cada uno de nosotros se bloquea, provocando que estos cinéfagos se muestren indiferentes ante un torrente de imágenes y situaciones escabrosas, de pésimo gusto y de peor catadura moral. Los controladores aéreos cobran auténticas fortunas, pero pagan sus peajes en forma de bajas laborales generadas por cuadros de estrés, además de lidiar con horarios que no favorecen ni al equilibrio personal ni familiar. Los programadores de películas de determinados festivales como el de Sitges pueden presumir de una buena remuneración, pero asimismo encuentran en la obligatoriedad —más o menos acentuada en función del sentido de la responsabilidad de cada uno de ellos— de ver decenas de producciones a la semana, centenares de films a lo largo de un año. A medida que se van acumulando los años y el cargo/responsabilidad sigue siendo el mismo, la ecuación resultante es que moverse por la mente de estos sufridos programadores se me antoja de diván. Ya no saben relacionar que con quién, quién con que… Puestos en la tesitura del programador, lo que el cuerpo mejor asimila es todo aquello que queda fuera del alcance de los clichés, de los lugares comunes. Comprendo la reacción inicial de Sala exculpándose de que no había visto A Serbian Film. Seguramente ni tan siquiera recordaba el detalle simulado de la violación a un bebé. En el momento que la vio (si fue así) hasta que declaró en el juzgado doscientas, doscientas cincuenta películas habían desfilado ante unos ojos que imploran colirio como una medicina reparadora. Me atrevería a poner la mano en el fuego que Ángel Sala, que distingue los veinte tonos de rojo sangre, del hammeriano al made in Paul Naschy —a imagen y semejanza de los esquimables que saben diferenciar veinte tipos de blanco—, nunca pensó en términos de moralidad a la hora de proponerla para su programación. Simplemente dio por bueno un film que debía satisfacer —esa es otra—a la parroquia de Sitges, aquella que mantiene en su gran mayoría los niveles de asistencia a las salas y que luego los políticos locales enfilados en los puestos de poder se ufanan a mostrar cifras frente a la oposición en los plenos del ayuntamiento o del patronato. A este público no les vengáis con sutilezas; demandan la sangre como si les fuera la vida en forma de transfusión intravenosa. Cuanto peor, mejor. Frente al televisor casero exhiben su insensibilidad cuando aparecen los signos evidentes de destrucción provocado, a modo de ejemplo, por un tsunami (algunos deben ver recreados sus experiencias virtuales con la consola); jalean los muertos en las que ellos consideran películas de risa-alagarabía; se sienten acompañados por la lectura de los cómics manga; se mueven por las redes sociales (sic) como por el pasillo de su casa, y lo de las historias-tipo «chico-encuentra-chica» les traen al pairo. Ángel Sala y su equipo no han hecho más que plegarse a los designios de esos fans de Sitges que buscan en la gran pantalla experiencias al límite. Sus deseos son órdenes. Programar películas de calidad ya es una entelequia en Sitges y en otros tantos festivales. Y claro está, por una cuestión de mera supervivencia, de no perder la oportunidad de seguir encaramado en una plaza tan codiciada como la de director de un certamen de renombre internacional, Ángel Sala seguirá dando la tanda de terror visceral, saguinario, de baja estofa al que por desgracia nos tienen acostumbrados desde hace años. Por mi parte, las visitas al festival de cine de Sitges, por prescripción médica, se limitan a unos pocos —dos, tres visionados— avisado que de ese empacho de que las películas maceradas en los estómagos de sus programadores no pueden salir precisamente gemas de diáfana luminosidad. Más bien se imponen las excrecencias que, por el hedor que desprenden, atraen a una gran cantidad de público que luego les preguntas por Mancini y les suena únicamente a entrenador de la Premier League.
Mi conclusión a todo ello es que tenemos los serbian films que el público afín a este tipo de festivales demanda. Ángel Sala no es más que un cabeza de turco de un status quo que se va rescabrajando por la base, provocando una falla del orden de 7-8 en la escala Richter. Claro que es ficción A Serbian Film (estos días he tenido ocasión de verla o padecerla, mejor dicho, para no hablar sin conocimiento de causa) y que lo de incriminar penalmente a Sala es un disparate. Sí, pero lo que no es ficción es lo otro: esos individuos existen, pasan cortas temporadas en la Blanca subur luciendo sus camisetas de Los Ramones (debe ser el grupo que ha vendido más T-Shirts que discos o compactos de toda la historia) y venden sus principios éticos y morales por el precio de un manga. Saben citar de corrillo la filmografía de Takashi Miike pero son incapaces de enumerar tres películas de Luchino Visconti. Pena, penita, pena. Con un público como este no me extraña que se hagan películas de ínfima calidad (Saw ya va por la VII) y puedan haber sentencias como las que pueda dictar dentro de unos meses los juzgados de Barcelona o Vilanova i la Geltrú.

http://www.ipetitions.com/petition/contralacensurasitges/

domingo, 6 de marzo de 2011

PRESENTACIÓN DE «EL ENIGMA HALDANE»: PRMERA PARADA, TECLA SALA DE L'H

Vista aérea del edificio de la Tecla Sala de L'Hospitalet.
Cuando inauguré este blog en mayo de 2008 pensé en distintos títulos para el mismo. Después de descartar varios me incliné por El mundo de Haldane, en alusión al libro que por aquel entonces estaba dando forma en mi ordenador, El enigma Haldane. Con esta elección quise dejar constancia que, sí, es cierto, en la pasada década el cine constituyó mi centro de gravedad profesional, pero nunca he dejado al margen mi interés por múltiples temas, uno de los cuales fue fundamental para la elaboración de mi primera novela: la genética. Sin este conocimiento previo adquirido durante la carrera de Ciencias Biológicas que cursé años a, me hubiera resultado un imposible crear esta ficción literaria sustentada sobre una base científica. Por fortuna, pienso que he logrado que este conocimiento científico esté al servicio de la historia y no a la inversa como suele suceder en este tipo de novelas.
   Tres años después de celebrarse —si se puede expresar de esta forma— el tercer aniversario de este blog aparecerá en el mercado El enigma Haldane. Semanas antes se harán una serie de presentaciones, la primera de la cuales tendrá lugar el próximo día 15 de marzo, a las 19 h 30 mn, en la sala de actos de la Mediateca de la Tecla Sala de L’Hospitalet de Llobregat. El emplazamiento tiene un sentido especial para un servidor porque en esta ciudad siguen viviendo mis padres, fue donde me crié y desarrollé mi actividad escolar hasta que la Universidad llamó a la puerta. Asimismo me alegro porque L’Hospitalet cuente con equipamientos culturales de primer nivel, imbricados en una red —esta sí, social— de bibliotecas y mediatecas bajo los auspicios de la Diputació de Barcelona (algún día pienso dedicar un post a esta labor modélica en muchos aspectos). Con todo ello, la presentación de mi novela vendrá acompañada de otro libro de trazo genérico distinto, Adja y la nostalgia, escrita por Jaume Carreras, que es una obra maestra de principio a fin.
   No soy demasiado amigo de desvelar cuestiones relativas al contenido de la novela porque es el lector quién debe volcarse en este ejercicio intelectual. Pero para ponernos en situación, El enigma Haldane se plantea, a nivel temático, como otra vuelta de tuerca, treinta y seis años después, de Los niños del Brasil (1976), esa estupenda fábula de la fantaciencia pergeñada por Ira Levin. En cambio, la estructura narrativa invita a pensar en El silencio de los inocentes (1988) de Thomas Harris, aunque desde una perspectiva temática no guarde relación alguna. Referentes literarios que marcan las pautas en torno a El enigma Haldane como novela apta para lectores de todo tipo, eso sí, decididos a viajar por tierras escocesas de la mano de sus protagonistas. He hecho numerosas veces ese viaje en mi mente y uno solo físicamente por los emplazamientos de El enigma Haldane y siempre llego al mismo punto. Para un servidor, de cuantos libros he escrito es mi obra más querida, más profundamente interiorizada y en la que convergen tres de las materias por las que desde hace largo tiempo más me han interesado: la literatura, la ciencia (en especial, la genética)… y el cine. Si, porque, Haldane tendrá una second live en la gran pantalla. Se publica una obra, por consiguiente, 100% adaptable al cine, aun siendo pura literatura. De momento, en ese largo trayecto que aguarda a El enigma Haldane —con el propósito de ser la primera parte de una trilogía— la primera parada se dará en breve en la Tecla Sala de L’Hospitalet de Llobregat. Allí se empezará a desvelar ese enigma oculto durante tres años.