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jueves, 21 de diciembre de 2017

«LA TORRE DE ÉBANO» (1974) de John Fowles: EL RETORNO DEL «MAGO» DE LAS PALABRAS

En un ya lejano pase televisivo, dentro del espacio Sesión de noche emitido un sábado por la noche en la primera cadena de TVE descubrí por primera vez El coleccionista (1965). Era una de aquellas películas que vistas en la adolescencia o en la primera juventud difícilmente se olvidan. Desde entonces traté de buscar infructuosamente la novela de partida obra de John Fowles (1926-2005). A lo largo de los últimos diez años he tenido la oportunidad, empero, de leer buena parte del patrimonio literario de Fowles, llegando a la conclusión que su enorme talento, su condición de erudito, puesto al servicio de un rosario de novelas, ensayos, relatos cortos y poesía, no ha sido lo suficientemente valorado por estos lares. En realidad, Fowles ha sido un autor que ha tenido mal encaje dentro de las corrientes literarias anglosajonas surgidas en el siglo XX. Más que un escritor al uso, Fowles devino un pensador que trató de reflexionar sobre el periodo que le tocó vivir, estableciendo una peculiar dialéctica que atravesaba indistintamente el corazón de la filosofía, la política, la educación o el arte, entre otros asuntos. Juicios a menudo medidos desde el escepticismo que se iría acrecentando a medida que iba cubriéndose el último tramo de la centuria pasada. No por casualidad, algunas de sus propuestas narrativas juega con el “enfrentamiento” entre individuos que pertenecen, por lo general, a esferas sociales, intelectuales y generacionales disímiles. Un planteamiento narrativo que Fowles dio carta de naturaleza en El coleccionista (1963) y El mago (1965), y que encontramos en otras piezas literarias, como es el caso de La torre de ébano y El pobre Koko, contenidas en la colección de textos manufacturados por el autor inglés que Impedimenta ha sacado al mercado en el último trimestre de 2017. Editada por primera vez por Plaza & Janés en 1976, el sello madrileño recupera esta serie de cuatro relatos y la novela corta que da nombre a la colección, fundamentales para calibrar el alcance de una pluma tan vigilante en el cuidado del lenguaje, en ocasiones afinada hacia un sarcasmo “heredado” de su admirado Thomas Love Peacock (1785-1866), coetáneo y amigo de Percy B. Shelley. De hecho, Peacock se cuela por la puerta de atrás del relato El pobre Koko, en el que Fowles puso negro sobre blanco un episodio verídico que experimentó en sus propias carnes. Al leer esta gema literaria con fruición desviaba un pensamiento hacia La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess –modélicamente trasladada a la gran pantalla por Stanley Kubrick–, concretamente en aquel pasaje donde Alex DeLarge irrumpe en el caserón del profesor Alexander en horario nocturno. Pero asimismo me retrotraía a la memoria ese “duelo” librado entre el aristócrata taimado Andrew Wike y el peluquero cockney Milo Tindle en La huella, la pieza teatral servida por Anthony Shaffer que tuvo una pluscuamperfecta traducción en pantalla manejada tras las cámaras por Joseph L. Mankiewicz y con Michael Caine y Sir Laurence Olivier como pareja protagonista. Curiosamente, sendos intérpretes vinculados, de una manera indirecta o directa al patrimonio literario del propio Fowles; el uno (Caine) a través de su participación en la adaptación cinética de El mago –en el papel del joven Nicholas–, rodada parcialmente en el refugio estival del escritor inglés, Mallorca, y el otro (Olivier) procurando una de sus postreras apariciones en la hacienda televisiva con una versión de la novela corta La torre de ébano. Se trata de una delicada pieza literaria enquistada en esa dialéctica que nos ayuda a definir el pensamiento crítico de su autor a través de la contraposición de caracteres tomando como eje temático la observación del arte y del uso que hacemos del mismo. Ni por asomo el septuagenario Olivier se correspondía con la imagen abstracta que debió hacerse Fowles al insuflar vida al profesor de arte Henry Breasley, en cierta forma una extensión del propio pensamiento del escritor británico que pasaría largas temporadas entre las Islas Baleares, alternando con su estancia en el condado de Dorset, cuna de Mr. Peacock.
    Más allá de La torre de ébano y El pobre Koko, otros tres textos –Eliduc (un bello cuento que recupera mitos y leyendas bretones que rivaliza, en cierta manera con el mito artúrico pero despojado de su alcance a escala planetaria), El enigma (direccionado hacia el espacio de la intriga que compromete al futuro de un parlamentario supuestamente secuestrado) y La nube (con un propósito coral que, a mi juicio, desdibuja el juego psicológico pretendido) jalonan esta colección que viste nuevamente de elegancia, exquisitez y savoir faire el itinerario literario que desde hace casi diez años nos reserva el sello Impedimenta con parada obligada en la hacienda británica. Allí donde nació y creció John Robert Fowles antes de ampliar su formación intelectual en plazas como Francia o Grecia. Sería precisamente el país heleno el que acomodaría para su parque audiovisual el documental I epistrofi tou mago (2000), uno de los escasos testimonios a cámara de un Fowles que por aquel entonces trataba de librar batalla a la apoplejía que sufría. Al cabo de un lustro John Fowles falleció, siendo enterrado en el municipio de Lyme Regis, en Dorset, envuelto de un manto de naturaleza. A partir de entonces, se ha sucedido la publicación de la obra de Fowles en lengua castellana en distintas editoriales, tomando últimamente el testigo Impedimenta con la impresión del relato corto El árbol (1979) y La torre de ébano (1974).  

domingo, 29 de noviembre de 2015

«EL ÁRBOL» (1979), de JOHN FOWLES: DESHOJANDO AL NATURALISTA

John Fowles (1926-2005) vivió hasta los setenta y nueve años, pero puede decirse que tan sólo fueron unos veinticinco los que pudo desarrollar una actividad plena en el ejercicio profesional de la escritura. El éxito de su novela de debut, El coleccionista (1963), acompañado por su proverbial adaptación cinematográfica un par de años más tarde, propiciaría que el inglés Fowles asumiera el mando de su futuro en el campo de las letras, destinando innumerables horas a perfeccionar una técnica literaria extraordinariamente refinada al final de esa misma década. En ese periodo alumbraría La mujer del teniente francés (1969), cuya traslación en imágenes a cargo del angry young man Karel Reisz —teórico del free cinema— no llegaría hasta los inicios de la década de los ochenta. En este intervalo temporal Fowles consignaría la escritura de un ensayo sobre la naturaleza titulado de manera escueta The Tree (1979). Haciendo un alto en su “tradición” por publicar piezas literarias, el sello Impedimenta ha acomodado a su excelente catálogo el ensayo El árbol coincidiendo con el cumplimiento del décimo año de la muerte de Fowles, afectado de apoplejía en los que, a la postre, serían los últimos dieciocho años de su vida.
    A falta de certificar una autobiografía —a buen seguro, la enfermedad cerebrovascular que padeció laminaría cualquier tentativa viable en este sentido— El árbol (con una impecable traducción al castellano de la también escritora Pilar Adón) deja filtrar en ese suelo donde se asienta su celebrado ensayo aspectos vitales referidos al propio Fowles, abonando así la idea que su dedicación literaria tuvo su germen en las veleidades artísticas de su progenitor. Unas inclinaciones creativas de la figura paterna que salieron a la luz precisamente cuando John Fowles recibió elevados emolumentos por las ventas de El coleccionista, una cuestión que reclamaría la atención del primero por encima de la calidad de la escritura que atesorara esta pieza de debut. Así, al calor del éxito comercial de The Collector, Mr. Fowles, dedicado a un negocio de tabaco que iría languideciendo con el paso de los años, hizo entrega a su hijo de un manuscrito novelado sobre su experiencia en la Primera Guerra Mundial, un entorno bélico con un fondo romanticista que el incipiente escritor utilizaría alguno de sus pasajes para incorporarlo al corpus literario de su ambiciosa El mago (1966).  Una manera de “premiar” un texto que, según el prisma de John Fowles, no tenía los márgenes de calidad necesarios para ser considerado ni tan siquiera por un editor para su eventual publicación. En virtud de este juicio severo, John Fowles trataría de disuadir a su padre de que albergara cualquier esperanza porque le siguiera los pasos profesionales. Esos pasos que condujeron a John Fowles hacia una senda inexplorada por el autor de The Magus, la de un ensayo sobre la naturaleza que amaga por derroteros autobiográficos (con algún que otro apunte curioso, como su devoción, compartida por su colega Vladimir Nabokov, por la caza de mariposas para coleccionarlas, elemento inspirador de su opera prima) pero que, al cubrir la lectura de sus primeras páginas, reconduce el texto hacia un propósito inicial. Éste recibió el respaldo de una erudición nacida de ingentes lecturas relativas a un sinfín de temáticas (algo que le permitió vincular las obras literarias primerizas de la Historia con una de sus constantes, la ubicación de las mismas en espacios boscosos), pero también de la observación de esa fiel compañera durante su exilio de la realidad urbana: la naturaleza. En cierto sentido, más que en un ensayo, El árbol muda a un follaje de distinto color, el correspondiente a una especie de manifiesto en favor de la preservación de una naturaleza salvaje fruto de una pulsión ecologista que había arraigado a finales de la década de los setenta, con movimientos impulsados por la sociedad civil que cuestionaban la seguridad de centrales nucleares, tal como ocurrió por las fechas de la publicación de esta pequeña obra con el accidente registrado en la central Three Mile Island, en Harrisburg (Estados Unidos). Entre líneas podemos leer una conciencia ecológica por parte de John Fowles que amplía la visión de un humanista dedicado en cuerpo y alma al estudio desde su refugio espiritual, una granja de Dorset, confiando que semejante entorno privilegiado le guiara hacia la inspiración, aunque su producción literaria fuera relativamente baja en comparativa con otros escritores coetáneos. Con todo, cada página (del centenar que contiene el total) de El árbol vale su peso en oro por la lucidez de su razonamiento, avanzado en tantos aspectos a su tiempo, proponiendo que ese propósito taxonómico que embarga al naturalista (semi)aficionado quede en segundo plano, imponiéndose una observación medida casi con un enfoque espiritual y dejando constancia que sigue siendo uno de los bienes más preciados del que la humanidad puede beneficiarse. Una temática nada baladí en tiempos donde el cambio climático puede causar estragos que, de no poner coto de manera proactiva entre todos, resultaría irreversible. Bajo la luz de la realidad actual del siglo XXI, las palabras de John Fowles plasmadas en El árbol encierran una orientación de carácter profético que hace aún si cabe más recomendable su lectura. Se lee en un suspiro, pero las lecciones que podemos extraer de la misma se antojan imperecederas. 

jueves, 29 de marzo de 2012

TERRY SOUTHERN (1924-1995): LA SUBVERSIÓN DE LA PALABRA

A propósito del estreno de No habrá paz para los malvados (2011), leí una muy interesante entrevista a su director y coguionista Enrique Urbizu, publicada en internet (Ir a enlace), en que desvela la cantidad ingente de guiones que tiene pendientes ver la luz en la gran o la pequeña pantalla. En el curso de la misma, esta situación, lejos de llenarle de pesar, le servía de acicate para seguir evolucionando, mejorar en su calidad de guionista. Presumiblemente, ese empeño y constancia le ha valido cincelar una obra suprema con No habrá paz para los malvados. Desconozco si el volumen de guiones (en sus distintas fases de desarrollo) que va amontonando Urbizu va siendo equiparable al de los scripts manufacturados por Terry Southern (1924-1995) y que no encontraron salida por motivos disímiles. Conforme a la documentación que obra en poder de la Biblioteca Pública de Nueva York desde hace casi diez años, seguramente trasciendan en fechas venideras el detalle del cúmulo de proyectos que quedaron aparcados para solaz desesperación de Southern. Paradojas de la vida, el que sigue siendo distinguido icono de la contracultura norteamericana del siglo pasado, se llevaría consigo a la tumba infinidad de trabajos para el celuloide “silenciados” en los créditos de algunas producciones y otros tantos pendientes de nueva orden para ser abordados en la gran pantalla. Con muchísimo menos se han amueblado antologías de escritores del siglo XX, ya sea en su derivación epistolar o de ensayos críticos de dudosa categoría. Me pregunto, sin embargo, que hubiera sido de Southern a la hora de enjuiciar su aportación al medio cinematográfico de haberse consignado, por ejemplo, su participación en El coleccionista (1965) y La naranja mecánica (1971) o una parodia sobre el Festival de Cannes. Si a ello sumamos su presencia en los créditos de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), Los seres queridos (1965) —como acertadamente señala Pat McGilligan en Backstory 3, una producción pendiente aún de una “seria” revisión crítica— y Easy Rider / Buscando mi destino (1969) tomaríamos conciencia real de que Southern figuraría por derecho propio entre la elite de guionistas de la segunda mitad del siglo XX. Su presencia en cada una de estas producciones no resultó un puro formulismo, el cumplimiento de un mero encargo profesional. Así pues, el escritor tejano se revelaría en la personalidad clave para ese giro de 180º que precisaba una historia que aborda el tema del fin del mundo, enterrando el pronunciamiento esencialmente dramático del texto de Peter George para su Alerta Roja y deslizándose hacia esa mezcla de acidez, ironía y sátira cautiva del pensamiento de Southern, del que hacían acopio sus novelas Candy (1958) –coescrita con Mason Hoffenberg— y El cristiano mágico (1959) —editada este mismo mes por parte de una editorial señera como Impedimenta—.  Otro tanto de lo mismo puede decirse de Easy Rider / Buscando mi destino, del que Southern construyó toda la estructura narrativa y en particular creó el personaje del abogado encarnado en la pantalla por Jack Nicholson —a imagen y semejanza de Gavin Stevens, hombre de leyes que se pasea por las páginas de los libros de William Faulkner— pero que por la gracia de un Dios menor, los créditos en materia de guión se repartieron entre Dennis Hooper, Peter Fonda (artífices simplemente de la idea matriz) y el autor de The Magic Christian.
    Quedan, pues, en el tintero conocer el contenido de guiones del calado de La naranja mecánica, El almuerzo desnudo, El coleccionista (de lo que él mismo detallaría en una entrevista sostenida con McGilligan, el final difiere al del film dirigido por William Wyler, con un ardid similar al que procura la fuga a Frank Morris/Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz: una escultura "rupestre" que guarda las espaldas del preso/a). A la espera de ello, una manera de seguir la pista de la contribución artística de Southern se vehicula a través de ese par de obras publicadas en un corto espacio de tiempo en nuestro país —Una peli porno (2011, Ed. Valdemar) y la citada El cristiano mágico (2012, Ed. Impedimenta)—, sendos ejercicios que atacan al corazón del stablishment, prestos a demoler tabúes en materia sexual, institucional y de ese concepto del american way of life que se escribiría con renglones torcidos. Allí estuvieron autores como Gore Vidal, John Cheever, Richard Yates, Kurt Vonnegut o el propio Terry Southern (estos últimos, vasos comunicantes en la manera de construir relatos y personajes; urge un ensayo sobre esta dupla subversiva) para levantar acta de que, bajo esa apariencia de mundo feliz, hierven no pocos asuntos que comprometen a la naturaleza salvaje del ser humano. En tiempos de agitación social como los que vivimos, cuán importante es sentir cerca esas obras literarias, a modo de valor refugio, contundentes en su contenido crítico pero barnizadas de un sentido del humor que las hace mucho más digeribles y comprensibles sobre el absurdo y ruín, parámetros afincados en un planeta sobre cuyo eje gira la palabra Suprema: el dinero. Un dinero que derrocharía a mansalva el “antihéroe” de Un cristiano mágico, Guy Grand, para esta fantasía alegórica urdida por un Terry Southern que empezaba a situarse en la cresta de la ola crítica. Medio siglo después nos llega del otro lado Atlántico una botella que contiene el manuscrito de El cristiano mágico, con traducción de Enrique Gil-Delgado, y que nos puede servir para familiarizarnos con el “otro” Southern, el que presumo menos conocido por estos lares (en función de lo poco publicado en castellano hasta hace tan solo unos cuantos meses), el prosista “descolgado” del stablishment. Southern, por tanto, bien merece una misa literaria para esta Semana Santa que se avecina. 

Enlace a Editorial Impedimenta