Pieza
de (ultra)coleccionista, a mediados los años ochenta los Países Bajos
registraban la grabación en LP de siete pulgadas un single en que aparecen en portada los rostros de Willie Nelson (n.
1933) y Neil Young. Mientras en la cara «A» queda impreso el tema obra del canadiense Are There Any More Cowboys en la cara «B» luce grabada la leyenda
I’m a Memory, pieza compuesta por el
músico texano adscrito al country-rock.
Se trata, pues, del único álbum en que ambos músicos coindicieron en la edición
de un disco, descontadas las participaciones de Willie Nelson en las jornadas a
mayor gloria del Farm Aids que desde esas lejanas fechas de los años ochenta
Neil Young ha convocado con fines altruistas para una causa benéfica en favor
de familias de enfermos con severas discapacidades psicomotoras, como su hijo
Zeke. Una sequía de colaboraciones que, empero, no ha impedido que se siga
manteniendo la llama de una amistad, redoblada si acaso cuando a principios de
la presente década entró en escena Lukas Nelson (n. 1988) con el ánimo de
formalizar la confección de su propia banda en la costa Oeste de los Estados
Unidos. De la procesión de bandas y solistas que han pasado por Farms Aids a lo
largo de su ya dilatada historia Neil Young reparó de manera especial en 2014
en Promise of the Real, la banda integrada, además de su frontman Lukas Nelson, por Anthony Logerfo —batería al que había
conocido por primera vez precisamente en el marco de un concierto del astro
canadiense—, Merlyn Kelly (bajista) y Tato Melgar (percusionista). Fruto de
una serie de circunstancias, entre éstas la certeza de que la banda Crazy Horse
entraba en vía muerta en los primeros compases de la segunda década del siglo
XXI, Neil Young debió capitular por aquel entonces y la intuición le llevó a
encontrar un “recambio” en Promise of the Real. Pronto, Young entendió que su
asociación con la formación angelina le procuraba seguir apostando por su
perenne necesidad de “renovarse”, rodeado de músicos que bien hubieran podido
ser sus hijos. En ese impulso juvenil
tan carácterístico del multidisciplinar norteamericano, a la par que daba
rienda suelta a su veta de escritor —herencia directa de su progenitor Scott
Young— formalizaba la grabación de su primer disco junto a Promise of the Real,
The Monsanto Years (2015), en que se
sumaba la participación de otro hijo varón del legendario Willie Nelson, Micah Nelson.
Un soplo de aire fresco, pues, a una trayectoria musical, la de Young, que
había incurrido en el “mal” de muchos artistas que, al llegar a determinadas
edades, echan mano de la fórmula del disco de versiones para capear el temporal.
En ese disco de debut Promise of the Real y Neil Young trabajaban en una misma
onda a efectos de un discurso netamente combativo, preñado de un ecologismo que
sigue mostrando sus garras en Earth (2016) –de cuya gira europea mi
mujer Esther Solías y un servidor pudimos levantar testimonio por partida doble—
y The Visitor (2017). En este tercer
disco en estudio lo hace preferentemente a través de los temas “Stand Tall” y “Children
of Destiny” de los diez que jalonan The
Visitor. En las postrimerías de 2017 en que se enmarca la publicación de The Visitor —concretamente, el primer día del
último mes del calendario— todo parece dispuesto para el anuncio de una gira que
esperemos pase por el estado español. Si fuera así podría saborear en directo
de buena parte de los temas que integran esta nueva apuesta discográfica, en
que, a buen seguro, no faltará en el set
list “Almost Always” —con una estructura armónica y ciertas resoluciones a
la guitarra, a modo de “interludios”, parejos a la canción “An Unknown Legend”,
contenido en el álbum Harvest Moon (1992)—,
“Change of Heart” —orientando sus antenas hacia el folk-rock evaluado con tiempos medios— y la citada “Children of
Destiny”, en que Young vuelve a experimentar con el acompañamiento de las voces
corales de infantes que ya había repercutido en anteriores discos recientes del
autor canadiense. Mención aparte merece el tema “Carnival”, en que la voz de
Neil Young se contorsiona de tal modo
que asistimos a pasajes habitados por esos timbres nasales característicos a
ritmo de vals, alternando con esas voces de “ultratumba” a coro —incluidas las
del canadiense— que podrían tener acomodo en un festival musical azteca “el día de
muertos” allén de las fronteras de los Estados Unidos con México. A propósito
del muro que pretende construir la Aministración Trump, Neil Young manda un recado en forma de velada crítica en el
tema de apertura del disco, “Already Great”, entre cuyas estrofas podemos leer “No
Wall / No Hate / No Fascist USA”. Ya en la gira de Earth se coló algún que otro
improperio a Donald Trump, que para la ocasión queda atenuado en el contenido
de un disco que representa un canto a la esperanza, sin que por ello pierda
fuelle su vena crítica en materia ecológica, social y de derechos sociales. De
ahí que en las imágenes contenidas en el CD procesado en formato cartón
aparezcan los seis músicos luciendo cada uno de ellos un cartel con el nombre
de un color. Más que un homenaje a Reservoir
Dogs (1992) en el cumplimiento de su veinticinco aniversario responde a una
necesidad por expresar que la diversidad (racial, cultural, étnica) representa
un valor añadido, en sentido contrario al que ha querido adoptar en los Estados
Unidos Donald Trump a lo largo de su (prácticamente) primer año de legislatura.
Un presidente que, sin duda, seguirá dando juego a un septuagenario Neil Young
a la hora de articular el contenido de nuevas canciones. No en vano, en tantos aspectos ese visitante procedente de Canadá representa su antítesis.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
domingo, 3 de diciembre de 2017
«THE VISITOR» (2017) de Neil Young + Promise of the Real: LEVANTANDO MUROS DE ESPERANZA
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«JIM Y ANDY: THE GREAT BEYOND» (2017): IMITACIÓN A LA VIDA
Amigo de los mensajes
encriptados contenidos en las letras de sus canciones, Michael Stipe armó el
tema Man on the Moon en los albores de la década de los noventa,
convirtiéndose en el primer single escogido del álbum Automatic for
the People (1992). Con ello R. E. M. daba carta de naturaleza a uno de sus
grandes obras, siendo a partir de entonces Man on the Moon una canción
imprescindible del set list de los conciertos celebrados por la banda de
Athens a escala planetaria, al punto que era la que cerraba cada uno de los
mismos. Su popularidad cruzó fronteras y, a la altura del final de esa década
prodigiosa para R. E. M., una película llevaría el título del buque insignia de
una obra pluscuamperfecta llamada Automatic for the People. La razón de
todo ello: Andy Kaufman (1949-1984). En su adolescencia, Michael Stipe, siempre atento a
dejarse seducir por la voz de los out-system, reparó en un cómico
irreverente que hizo del non sense su tarjeta de visita en los platós
televisivos y en los locales nocturnos donde actuaba. En algún rincón de su geografía
mental quedaría sellada la imagen de Andy Kaufman enfundado en el traje de
lucha libre enfrentándose a profesionales de este deporte y a féminas que
aparecían en el cuadrilátero para defenderse de insultos de signo machista
procurados por el “anti-cómico” de marras. Al poder de la misma no podía
sustraerse la película finisecular formulada a modo de homenaje, a título
póstumo de Andy Kaufman, en que Milos
Forman, acostumbrado a lidiar con actores de fuerte temperamento —Jack
Nicholson (Alguien voló sobre el nido del cuco), James Cagney (Ragtime), Woody Harrelson (El
escándalo Larry Flynt), etc.— debió bregar con el canadiense Jim Carrey hasta
límites insospechados. Al calor del estreno de Man on the Moon (1999)
las especulaciones en torno a la dificultad de dirigir a un actor desbocado
encarnando a Andy Kaufman se irían sucediendo, sin que los desmentidos o las
aprobaciones llegaran a aclarar determinados extremos. Custodiado bajo llave
por el propio Jim Carrey durante veinte años, el actor canadiense decidió de
motu proprio sacar a la luz imágenes relativas al rodaje de Man On the Moon,
veladas hasta entonces al conocimiento del aficionado. A partir de ese diamante
en bruto, Carrey confió a Chris Smith (artífice de Collapse, centrada en
un oficial de policía reciclado a reportero que predijo la crisis financiera
mundial) la dirección de Jim & Andy: The Great Beyond (2017), un
documental que el paso del tiempo puede servir de salvoconducto para
aproximarnos a una personalidad tan excepcional como controvertida, la de ese hombre
en la luna oriundo de Newmarket, en el estado de Ontario. Jim &
Andy: The Great Beyond razona hasta qué punto resulta imperceptible la
línea que separa al intérprete del personaje y viceversa. Imágenes que, puestas
en perspectiva, dibujan el grado de dificultad al que se enfrentó Milos Forman,
cuyo carácter sosegado y su alma
de negociador hizo posible lo imposible: concluir el rodaje sin
menoscabar su sique pero con el
juramento interior de no volver a contar con la participación de Carrey
para otro film. Sin un metteur en scene con los atributos de Forman, el
plató de Man on the Moon se
hubiera convertido en un barrizal, en que Carrey, “abducido” por la
personalidad de Andy Kaufman desde ese great beyond (título de la
fabulosa canción creada ex profeso por
R. E. M.) campaba a sus anchas. Una manera de acercar si cabe aún más al personaje
sería la admisión de distintos miembros de la familia Kaufman en el plató —su
novia Lynne Margulies, sus progenitores Janice y Stanley, y su hermano Michael—,
además de aquellos que habían compartido espacio televisivo en la serie “Taxi”
(1978-1983) —Judd Hirsch y Danny DeVito, entre otros—, en que uno de los alter egos de Andy,
Latka Gravas, provocó un auténtico cisma para solaz desesperación de los productores
de la misma. No obstante, el alter ego de Andy Kaufman que tuvo más recorrido y
daría mayor juego, Tony Clifton, protagoniza algunos de los momentos más
hilarantes de este documental. Uno de ellos nos sitúa en la mansión de Hugh
Hefner, el propietario de la franquicia Playboy, donde Clifton llega
envuelto de su manto de provocador para acabar rodeado de bellas chicas.
Algunos de los asistentes parecen dudar si en realidad no es Jim Carrey quien
ha acudido a la residencia de lujo… algo que desmiente las posteriores imágenes
cuando el canadiense aparece vestido de paisano sin máscara alguna. En
contrapartida a este tipo de secuencias, las reflexiones a cámara de
Carrey, envejecido verbigracia de una poblada
barba cana y una mirada que ha perdido parte de su brillo, sirven para medir
la temperatura del estado emocional de un actor cuya recreación de Andy Kaufman
le cambió la vida o, cuando menos, su percepción de la misma. En su momento se
especuló que Andy Kaufman no había muerto a mediados los años ochenta. Al
tiempo que la kaufmanía iba creciendo, no hubo evidencias de su regreso
al mundo de los mortales, aunque una vez visionado este espléndido documental
podemos acertar a decir que se había “reencarnado” en Jim Carrey nacido en
idéntico día del año, un 17 de enero. Por si acaso, el 16 de mayo —fecha de
defunción de Andy Kaufman— debería ser arrancado del calendario personal de
Carrey para evitar tentaciones, máxime
cuando de un tiempo a esta parte la depresión cabalga a lomos de este canadiense errante que abrazó la gloria con sus intervenciones
en Man on the Moon y El show de Truman (1998), otro de los títulos que merecen
un espacio para la reflexión en Jim & Andy: The Great Beyond con un
subtítulo, a modo de añadido –Featuring a Very Special, Contractually
Obligated Mention of Tony Clifton-- que inflexiona sobre su vena más irónica.
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martes, 21 de noviembre de 2017
«EL DESERTOR» (1952): LA JOYA «OCULTA» DE SIEGFRIED LENZ
En la
década de los veinte nacieron algunos de los escritores que dieron carta de
naturaleza a obras que han servido para cartografiar
un particular mapa del ser humano
vinculado a su relación con la guerra con una orientación netamente crítica, al
albur de uno de los episodios más cruentos vividos durante la centuria pasada. La
mayor parte de estos autores proceden del continente norteamericano, caso de Norman
Mailer (1923-1997) —Los desnudos y los
muertos (1949)—, William Wharton (1925-2008) —A Midnight Clear (1982)—, Joseph Heller (1923-1999) —Trampa 22 (1961)— o Kurt Vonnegut Jr
(1922-2007) —Matadero Cinco: o la cruzada
de los niños (1969)—, siendo el medio cinematográfico el que contribuiría
a popularizar sendos textos. Este escenario, en cambio, no ha podido darse con El desertor (1952), la segunda novela
escrita por Siegfried Lenz (1926-2014), pero que no sería publicada hasta el
año pasado en Alemania y, en lengua castellana y catalana en el año en curso.
Bien es cierto que Lenz hubiera podido plegarse a las sugerencias de su editor
de Hoffman & Campe, Rudolf
Soelter, quien a su vez había contratado los servicios de Otto Görner para
someter a revisión el manuscrito librado por el emergente escritor de origen
prusiano. No obstante, tal como se detalla en las últimas páginas de la edición
en castellano a cargo de impedimenta, Lenz se mantuvo firme en su propósito de
sacar adelante su propia visión de una historia que le había convocado
infinidad de horas frente al papel, escribiendo a mano para luego su esposa
Liselotte proceder a mecanografiarlo. Sometido al ejercicio de revisionar lo
escrito y ampliar determinadas partes del libro en ciernes, Lenz confiaría en
su talento a la hora de armar un relato del que sentía especialmente
satisfecho, pero que no dudaría a renunciar a su publicación si ello comportaba
una modificación sustancial de su sustrato literario y de lo que, a la postre,
serviría para que se alineara en su espíritu crítico para con la guerra con las
piezas escritas por los citados de Mailer, Wharton, Heller y Vonnegut.
Sesenta y cuatro años después de haber sido
entregada una segunda versión de Oberläufer —traducible por El desertor, aunque inicialmente
había previsto el título …da gibst’s ein
Wiederseben / Habrá un reencuentro,
tomado de una estrofa de una popular canción teutona—, la misma editorial a la
que Lenz fue fiel hasta el último aliento, Hoffman
& Campe, se avino a publicar la segunda de las novelas completadas por
un autor que en vida recibió multitud de distinciones y reconocimientos en
Alemania, pero asimismo en distintos puntos de la geografía mundial. Presumiblemente
sin merecer en nuestro país la consideración de sus compatriotas Heinrich Böll o
Günther Grass, empero, de un tiempo a esta parte la obra de Lenz ha ido ganando
terreno al conocimiento de los lectores a través de la publicación de una parte
significativa de sus novelas y de sus relatos cortos. A la determinación de los
sellos Tusquets —Campo de maniobras
(1988), El usurpador (1990), La prueba acústica (1993)—, Akal —El legado de Arne (2002), Duelo con la sombra (2006), Objetos perdidos (2008)—, Maeva —Minuto de silencio (2009), El teatro de la vida (2011)— y Ediciones
del Viento —Qué tierno era Suleyken
(2008)— se ha sumado Impedimenta con la publicación de El barco faro (2014), Lección
de alemán (2016) y El desertor
(2017), esta última con traducción a cargo de Consuelo Rubio Alcover. Ciertamente, se trata de tres piezas que dan fe de las hechuras de
excelente escritor de Lenz, para quien su opera prima Es waren Habitche in der Luft (Azores
en el aire) serviría de salvoconducto para lograr su meta: dedicación plena
a su profesión. Solo así entendía que su talento innato —vitaminado con su
formación como Filólogo en Lengua Inglesa— llegara a buen puerto en la
adecuación, por ejemplo, de un relato —El
desertor— que parece navegar entre dos aguas; el de una reconstrucción sumamente
realista —el detallismo a la hora de describir escenarios y personajes devino
una de sus principales bazas— y, a la par, dotada de un aliento de ficción. En
este último plano es donde descansan los puntos
de fuga de la existencia del soldado prusiano Walter Proska, hilo conductor
de un relato evocador de un mundo en que asistimos a la radiografía de las miserias del ser humano en el campo de batalla
en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. A imagen y semejanza de la
pieza literaria librada por Kurt Vonnegut a finales de los años sesenta, El desertor infunde, además de un componente poético, un soterrado humor
que opera por debajo de esa capa de realidad que trata de anular la capacidad
de decisión individual frente al valor hegemónico de lo colectivo. Proska
decide, por su cuenta y riesgo, salirse de ese marco de represión y
sometimiendo, algo que iría en contra de los principios que aún seguían
rigiendo en la Alemania de postguerra en ciertas instancias de ámbito cultural —léase
editoriales—, incluso en aquellas regladas para dar cobertura a los
librepensadores como Lenz, luego alineado con el asentamiento de la
socialdemocracia en el país germano. A tres años del deceso de Lenz, pues, cabe
celebrar la llegada a las librerías de El
desertor, una pieza profundamente humanista que contribuye a ampliar el
conocimiento sobre uno de los más insignes escritores alemanes de la segunda
mitad del siglo XX.
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miércoles, 8 de noviembre de 2017
«GLORIA» (1932) de VLADIMIR NABOKOV: EL PERIPLO DE MARTIN EDELWEISS
Este pasado verano se cumplía cuarenta años
de la desaparición de Vladimir Nabokov (1899-1977), considerado uno de los
grandes escritores del siglo XX. En el tramo final de su trayectoria vital
Nabokov compaginó su pasión por cazar mariposas –presumía de una colección de
coleópteros de incalculable valor que acabaría quedando a resguardo de la
Universidad de Harvard y de Lausana, la ciudad donde pereció— con la confección
de ensayos críticos, la elaboración de novelas (cuyas ediciones se dilataban
más en el tiempo) y en la revisión de textos con arreglo a ser publicados en
lengua inglesa. Entre éstos figura Podvig
(1932), la última de una serie de nueve escritas en su lengua materna (el ruso)
y que demandaban tener su correspondiente traducción en la lengua de John
Milton. Podría interpretarse que los casi cuarenta años que separan la
publicación en inglés de Podvig en
relación a la salida al mercado de su original en ruso se debe a que el propio
Nabokov podría mostrar un cierto desdén en torno a una «obra de
juventud» que pivota sobre el personaje de Martin Edelweiss, con pasaporte
ruso pero con un apellido de una fonética netamente centroeuropea y que, a su vez, remite al nombre alternativo de la mariposa llamada «La flor de las nieves» o Leontopodium alpinum. Consumadas
las ediciones de sus “obras mayores” quedaba, pues, que un sexagenario Nabokov aceptara de buen grado sacar a la luz un material desconocido incluso
para aquellos seguidores y/o admiradores de su prosa ubicados en suelo
norteamericano o en Gran Bretaña. Para los que sostenemos que Vladimir Nabokov
poseía un don a la hora de escribir mayoritariamente en prosa, el hecho que a la
conclusión de sus treinta y tres años de vida acumulara un total de nueve
novelas publicadas deviene un síntoma que en ese “curso acelerado” de escritura
que le llevó a ir puliendo un estilo intransferible a lo largo de una docena de
años, lo que contaba era dejar constancia de una agilidad mental que maniobraba
para acometer obras armadas más desde conceptos, ideas que desde una sólida estructura
narrativa bien trabada a través del desarrollo de una serie de personajes y
situaciones. Ciertamente, a renglón seguido de la elaboración de Soglyadatay («El ojo») (1931)
Vladimir Nabokov anduvo resuelto a formular otra de esas piezas con el brillo propio
de un lenguaje que desobedece el marco de una ortodoxia narrativa que abominaba
y persigue un ejercicio de abstracción. La forma, pues, importa sobremanera en
la literatura de Nabokov, empeñado de manera sistemática en que buena parte de
los personajes en danza en Podvig —Gloria para su traducción en castellana
a cargo de Anagrama, aunque otro título hubiera podido ser el de "orgullo", desde una perspectiva patriótica y/o de realización personal— sean “interpelados” por esa mirada entre refinada,
displicente e irónica de su autor. Destellos de una personalidad propia que
recorre la espina dorsal del (anti)héroe de la función, Martin Edelweiss, cuyo
periplo europeo permanece salpimentado por toda clase de situaciones, algunas
de ellas rocambolescas y otras tantas adueñadas de una acerada crítica sobre
los modos y costumbres de determinados habitantes del corazón del viejo continente. En su búsqueda de un amor que se
proyecta en el cuerpo y alma de
Sonia, Martin se enfrenta a sus propias contradicciones que le conducen a
sentir nostalgia de su país de nacimiento y, al mismo tiempo exhibir una
actitud crítica para con esa Rusia pre-revolucionaria. Una vez más, a cuenta de
una galería de personajes pintorescos, Nabokov hace gala de su exquisita
precisión en el uso del lenguaje, arremolinado en su voluntad porque la lectura
de cada página merezca un sentimiento íntimo de júbilo en el receptor de un
aficionado no necesariamente asistido por un interés primario en el seguimiento
de una determinada trama. Haciendo un símil con una de sus prácticas
predilectas, Nabokov caza al vuelo expresiones preferentemente en francés, prestas a formar parte de una colección de especies literarias sojuzgados por un
porcentaje elevado de críticos de obras en peligro de extinción. Lo es merced
al uso de un lenguaje que debía ser procesado en la destilaría de la familia Nabokov con una disribución de funciones
perfectamente delimitada: mientras su hijo Dmitri iba sentando los pilares de
una eventual traducción al inglés, el padre Vladimir remataba la faena
recubriendo las paredes de un edificio de altura media (el equivalente a unas
doscientas treinta páginas, descontadas las páginas introductorias escritas por
el propio autor) con esa gracia innata a la hora de armonizar un texto en cuya
prescripción se recomienda ser leído en ese marco de tranquilidad y calma
necesaria para que cada expresión, cada nota de humor y timbre crítico pase
como una fragancia cerca de nuestras fosas nasales. Hay libros que deben ser
leídos con el sentido del tacto (el papel), la vista (sobre el papel) y el
olfato (alrededor del papel) perfectamente alineados. Este es uno de ellos.
lunes, 23 de octubre de 2017
«RUMBO AL MAR BLANCO», LA OBRA INACABADA DE MALCOLM LOWRY, RESURGE DE LAS «CENIZAS»
En cada
viaje al extranjero me acompaña la lectura de una novela que, al cabo, la
relaciono con la estancia en un determinado país. En el caso del viaje a Gales
a principios de septiembre del año en curso la obra escogida fue Rumbo al Mar Blanco, escrita por alguien
como Malcolm Lowry (1909-1957), quien hizo precisamente de la aventura de
viajar uno de los principales alicientes de su agitada y, a la par, turbulenta
existencia. Al regresar de Gales concluí la novela de marras pero
definitivamente decidí releer varios pasajes para tener una perspectiva más
certera sobre su contenido. He dejado un considerable margen de tiempo para reposar
y meditar la valoración que me merece una obra inconclusa, cuya rocambolesca
historia queda glosada en la nota editorial que acompaña a Rumbo al Mar Blanco. Entonces, por mi parte se abre una ventana a
la intuición en el sentido que la obra Rumbo
al Mar Blanco tal como la conocemos en su edición a cargo del sello Malpaso
apunta que hubiera podido ser un texto de incalculable valor intelectual,
quedando alineada entre los más granado servido por la Literatura Universal en
la primera mitad del siglo XX. Por ello debemos lamentarnos que Lowry,
dipsómano contumaz, no llegara ni tan siquiera a apuntalar un manuscrito con el
que albergaba serias esperanzas de situarlo entre las grandes plumas de la
pasada centuria. De entrada, cabe agradecer el arrojo de Malpaso en ofrecer a
la comunidad de entusiastas de la Literatura la traducción a la lengua de
Dámaso Alonso de esta pieza inconclusa, subrayando el ímprobo trabajo llevado a
cabo por Ignacio Villaro. Sobre este traductor descansa la tarea suplementaria
de colocar infinidad de notas a pie de página referidas a personajes, citas,
alusiones, referencias veladas, ejercicios tautológicos a los que era tan
aficionado Lowry. En cierta forma estas ingentes notas que se suceden en la
inmensa mayoría de las páginas (unas trescientas setenta) ralentizan el
cometido de una lectura que, a juzgar por la experiencia propia, camina con un
sentimiento de ambivalencia. Por una parte, la erudición de la que hace gala el
escritor inglés sirve para entender la profundidad de un texto nacido con un
propósito de trascender a la propia
Historia de la Literatura, pero por otra desdibuja el fin último de una narración
que debe tratar de acercarse a la orilla del pensamiento de un público lector
adulto. En ese ejercicio de releer fragmentos de una obra de una complejidad
laberíntica, he podido descifrar algunas de las claves que se me pasaron por
alto en una primera lectura, pero aun así queda mucho por explorar sobre las
intenciones reales de Lowry sobre ese texto más que sin pulir, fragmentado e
incluso pendiente de ser aprobada una estructura narrativa lo suficientemente
sólida para resistir las embestidas
del paso del tiempo y, por consiguiente, de obtener el beneplácito de varias
generaciones de lectores. Llegados a este punto, cabe reboninar sobre lo
ocurrido el 7 de junio de 1944, en que una cabaña situada en la Columbia
Británica ardió como una tea. Malcolm Lowry se encontraba a las puertas de
cumplir su treinta y cinco aniversario cuando el incendio declarado en su
refugio alejado del mundanal ruido marcó un nuevo punto de inflexión en su
existencia. Si bien pudo rescatar a tiempo el manuscrito Bajo el volcán (1947), que tres años más tarde se editó con una buena
acogida entre aficionados a la Literatura, Lowry se sintió presa de la
desesperación al recuperar tan solo entre las llamas unas decenas de páginas de
un manuscrito que llevaría por título In
Ballast in the White Sea. Lo paradójico del asunto es que el propio Lowry
había depositado en 1936 una copia en papel carbón del manuscrito en la
residencia neoyorquina de su suegra, la madre de su primera mujer, Jan Gabrial.
En este lapso de tiempo de seis años Lowry se dedicó en cuerpo y alma a la
escritura de Under the Volcano, pero
iría dejando espacio en su privilegiada mente para cavilar sobre aspectos de
una novela que pretendía más ambiciosa que su precedente. Una novela de madurez
que interpela a clásicos
incuestionables como Moby Dick de
Herman Melville, o piezas pertenecientes al ámbito creativo de Joseph Conrad, en ese viaje homérico al que se pliegan los hermanos Tor i
Sibjorn, hijos de un armador escandinavo. Diversas lenguas hacen acto de
presencia en un texto que persigue un propósito de excelencia en su narrativa,
pero afectada de su condición de obra mostrada en alfileres y, por
consiguiente, un traje que precisaría de una mayor elaboración. Con todo, en
contra de algunas voces que puedan cuestionar su edición, Rumbo al Mar Blanco es otra herramienta que nos permite seguir
reconstruyendo el talento de un escritor de conocimientos enciclopédicos, que
vivió más que bajo el volcán, en el
interior de un volcán en erupción, el propio de alguien que se sintió tocado
por los Dioses pero se dejó seducir en exceso por los aromas etílicos prestos a
convocarle a una vida desordenada y definitivamente corta. Su certificado de
defunción se dio el 26 de junio de 1957, en su país natal. Trece años antes,
empero, de que su razón para vivir quedara seriamente dañada tras el fatídico incendio
de la que levantaría acta su segunda esposa, Margerie Bonner. Ella le sobrevivió, como también esta edición en el haber de Malpaso con el habitual sello de calidad de este sello barcelonés.
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jueves, 19 de octubre de 2017
EL PRESIDENT PUIGDEMONT Y LA «RASPUTINA» MARCELA EN EL «TEATRO DEL ABSURDO»
Superado el ecuador del siglo XXI presumo que los nuevos volúmenes consagrados a la
Historia del estado español reservarán un generoso espacio a trazar una
panorámica sobre lo acontecido en la segunda década de esta centuria en el
noreste del país, concretamente en Catalunya. En ese recorrido cronológico no
faltará el detalle de lo ocurrido en octubre de 2017, un mes que arrancó con un seudoreferéndum y concluyó con la aplicación del artículo 155 de la Constitución
Española como antídoto a la decisión del Govern de la Generalitat de Catalunya
de proclamar la DUI, esto es, la Declaración Unilateral de Independencia de Catalunya.
Condenada al fracaso desde su fecha de nacimiento al no haber obtenido el
beneplácito de las cancillerías europeas y de prácticamente la totalidad del
resto del mundo, la DUI representaría un órdago al Estado español impulsada por
un govern liderado por Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, sendos máximos mandatarios de PDeCat (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), respectivamente. La suma
de ambos partidos arroja como resultado de la ecuación Junts pel Sí, un
proyecto surgido con el objetivo de alcanzar la independencia con el inestimable
apoyo de la CUP, formación de carácter asambleario e instalado en la noción
del anticapitalismo. En diversas ocasiones he tratado de razonar el porqué de
esa precipitación al lanzarse al vacío en un proyecto suicida, con el Estado
español evitando que no se quiebre el status
quo. Al cabo, la explicación la encuentro tras varias lecturas reveladoras
de un hecho determinante: para tirar adelante un proyecto de tamaña envergadura
cabía tener al frente personajes desligados de un sentido de la realidad que, a
buen seguro, les hubiera comportado frenar sus impulsos primarios. El uno (Junqueras), creyente acérrimo del catolicismo, apelando a cuestiones divinas buscando en su bondad y de quién les rodea un
escudo protector frente a toda suerte de críticas; el otro (Puigdemont) imbuido
de una mística que ya había cultivado durante sus años de adolescencia y
juventud en su localidad natal de Amer (un pequeño municipio de la comarca de
la Selva envuelto de un manto de naturaleza), reactivado exponencialmente al
conocer a la que hoy en día sigue siendo su esposa, Marcela Topor. Sin
parentesco alguno con el artista pluridisciplinar Roland Topor, la rumana Marcela
padeció las calamidades inherentes a la dictadura de Nicolae Ceaucescu y encontró refugio
en el teatro para dibujar ventanas de esperanza de cara al futuro. La
representación escénica de piezas de su coetáneo Eugène Ionesco —figura capital
de la cultura en su país de nacimiento— llevaron a Marcela Topor a participar
en uno de los festivales de teatro que se programan anualmente en Girona. A
partir de asistir a la representación de la pieza El rey se ha muerto —cuyo protagonista curiosamente se llama
Berenguer, apellido enrraizado a la propia Historia de Catalunya a través de
una nissaga de poder— Marcela y Carles
Puigdemont cruzaron sus destinos, procurando que sus aficiones comunes
sirvieran para ir apuntalando una relación de pareja.
La celebridad de Ionesco viene determinada
por haber sido el impulsor de lo que se dio en llamar «El teatro
del absurdo». Desde el plano del subconsciente el título de El rey se ha muerto debió seducir a Puigdemont antes de asistir a
la representación de la obra de Ionesco en un teatro gerundense a finales del
siglo pasado cuando ocupaba el cargo de director del Centre de Cultura de
Girona. Allí, sobre los escenarios, lucía la figura de Marcela, quien poco más
tarde asumiría la condición de rasputina
en el contexto de ese «teatro del absurdo» en el que se ha convertido la
política en Catalunya a partir de que la CUP “destronara” al Rey Artur(o) Mas sopena de amenaza de convocatoria de nuevos comicios electorales de ámbito autonómico (sic) en 2016. Para la inmensa
mayoría de los habitantes con derecho a voto de Catalunya, el sustituto de Mas resultaba
ser un auténtico desconocido con la salvedad de haber sido edil en el
ayuntamiento de Girona con el cambio de milenio. Pronto salieron a relucir
detalles sueltos de su biografía fuera de la esfera política. Por razones
óbvias reparé en aquellos gustos musicales que le llevaron a ejercer de bajista
en una banda denominada Zénit. Me llamó la curiosidad su afición por Motörhead.
Luego entendí el porqué: la conexión con el satanismo y la brujería que había
sido una de sus pasiones de adolescencia. Ya instalado en la cuarentena, la
entrada en contacto con Marcela avivó esa llama semiapagada por esos temas
esotéricos. En esa dimensión sobrenatural a la que acuden representaciones
provenientes de la tradición pagana de Centroeuropa es donde su ubica el hoy
president de la Generalitat de Catalunya Carles Puigdemont, cuya decisión de
hacerse fuerte en el Palau de la Generalitat, pasando a residir allí sine die (la amenaza de una hipotética detención planea sobre el nido del cuco), abunda
sobre algo que hace meses he meditado: no solo trata de escapar
de la legalidad sino de la realidad. Entretanto, la rasputina sigue tratando de hacer vida normal en Girona. La conexión entre ambos no tan solo viaja por skype
o por línea telefónica, sino por vía espiritual. En una de las escasas
entrevistas que ha concedido Marcela Topor manifestó que «no le importaba
salir de la Unión Europea con tal que Catalunya se independizara de España». En manos
de una conversa con aspiraciones de rasputina y un fanático mórbido del
independentismo (en sus años de juventud llegó a utilizar un falso DNI
catalán para identificarse en distintas plazas hoteleras de Europa) se
encuentra el destino de Catalunya, a los ojos de aquellos que no dudarían en
aclamarlo como el President de la República del nou Estat. Óbviamente, el Estado
español se verá impelido a aplicar el artículo 155 de la Carta Magna y de no
deponer su actitud Puigdemont le espera un horizonte judicial sumamente
complicado. Me aventuro a creer que el destierro de los Cárpatos no resultaría un
mal destino para alguien que quiso llevar a Catalunya al zenit del independentismo, impelido por esa conexión de tintes esotéricos
con su consorte Marcela. Ella que había nacido
para educarse en el infierno, que diría el finado Lemmy Kilmister, el líder
espiritual de Motörhead, banda de cabecera de alguien como Carles Puigdemont, a quien no
deseo ver en prisión; más bien intuyo que puede acabar en algún otro tipo de espacio con paredes bien
acolchadas por si le sobreviene un mal pensamiento.
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domingo, 1 de octubre de 2017
LA NOCHE MÁS OSCURA: LEVANTANDO ACTA DEL 1-0 DE 2017
Días antes de la celebración de un referéndum
convocado por el Govern de la Generalitat de Catalunya el 1-O, contraviniendo toda lógica dictada por el sentido común, asistí a la proyección de Detroit
(2017). Ciertamente, el tema de los disturbios que tuvieron lugar en la ciudad más poblada del estado de Michigan en el verano en el año que nací —en el marco de lo que se dio en
llamar «The Long Hot
Summer of 1967», jugando con el título de la popular película filmada nueve años
antes, a su vez inspirada en una serie de relatos escritor por William Faulkner—
hasta entonces no había sido tratado de una forma directa en la gran pantalla,
a pesar que hubiera sido un material propicio de abordar por realizadores como
John Singleton , el "otro" Steve McQueen y sobre todo Spike Lee. Focalizada de manera especial en lo que
ocurrió en el interior del Algiers Motel, donde el cantante de The Dramatist, una
banda emergente de R&B, se ve
envuelto en unos trágicos acontecimientos, con fuerzas militares y la Guardia
Nacional provocando una auténtica barbarie al saberse atacados por un snipper («francotirador»), Detroit me dejó un gusto agridulce, pero
con la creencia que directora (Kathryn Bigelow) y guionista (Mark Bolan) habían
contribuido decisivamente a sacar a la palestra uno de esos episodios de la
crónica negra de los Estados Unidos del siglo XX que invitan a tomar la
temperatura del grado de racismo que tuvo lugar hace medio siglo y que, por
desgracia, anda lejos de ser eliminado de raíz. Con todo, poco podía imaginar que días
después Catalunya, mi amada Catalunya, se convertiría en campo abonado para la
represión policial fruto de la locura y el despropósito de unos y otros.
Seguramente, muchos de los habitantes de Catalunya tardarán meses, acaso años a
la hora de pasar página de uno de los días más funestos de su historia reciente.
Un día con su correspondiente noche. Parafraseando el título de la película
anterior a Detroit concebida por la
dupla Bigelow-Bolan, esta noche más
oscura en la que, al filo del amanecer escribo estas líneas tratando de
mantener el ánimo sereno y el pulso firme. Ni por asomo un referéndum ilegal
merece que más de ochocientos de mis hermanos
catalanes hayan sufrido heridas de distinta consideración, pero todas ellas con
el denominador común que trabaja asimismo desde un plano psicológico del que
resultará más complejo si cabe recuperarse. Me duele en el alma la
desproporción con la que han actuado cuerpos de la Guardia Civil y de la
Policía Nacional desplazados desde distintos puntos de la geografía española
para cumplir un mandato dictado desde las altas esferas judiciales con hilo (in)directo
con el gobierno del Estado. Decidí no ir a votar al considerar que no había
ninguna garantía legal en relación a una convocatoria camuflada de referéndum.
Pero entendí que esas personas prestas a ir a votar debían hacerlo con plena
libertad. Una vez celebrado ese acto festivo-reivindicativo a favor del
independentismo, tocaría saldar cuentas con aquellos dirigentes políticos obcecados en poner a los pies de los caballos a ediles, personal de centros
públicos y a una ciudadanía que, vistos los resultados, creían que la
violencia policial practicada por los nuevos centuriones formaba parte intrínseca de otras realidades geográficas como la
estadounidense, con el conflicto racial aún latente. Obviamente, a toda
represión policial cabe una respuesta de contraataque por parte de grupos o grupúsculos de personas
violentadas por la situación creada. El campo de batalla estaba servido en
algunos puntos de la geografía catalana, en que una mezcla de odio por saberse “traicionados”
por la policía local —los Mossos d’Escuadra—, presión acumulada durante días y
el desconocimiento del territorio, sirvió de reactivo para que Policía Nacional
y Guardia Civil enloquecieran,
atacando indiscriminadamente a todas aquellas personas de bien (equivocadas o
no al hacer suyo un referéndum con más sombras que luces) que trataban de
defender su derecho a voto y, porqué no, acariciar con las yemas de los dedos
un ideal de independencia. No hay que privar de alcanzar sus sueños a nadie. La imagen de cuerpos y fuerzas de Seguridad del
Estados trepando por una valla como si fueran a asaltar la madriguera de
terroristas de Al Queda o ISIS, quedará grabada para siempre en mi memoria.
Iban a por esas urnas que, a la postre, han resultado el MacGuffin en este relato en
negro que debería cubrir de vergüenza al PP (Partido Popular) con su nefasto
Presidente del Gobierno Mariano Rajoy al frente. Ni una sola traza de humanidad
se pudo leer en sus labios al omitir a las más de ochocientas víctimas de la población civil cuando hizo acto de presencia en esta, la noche más oscura donde actuaron a sus
anchas uniformados en tierra hostil,
algunos de los cuales solo les faltaba lucir en sus cascos la leyenda «Born to Kill»mientran blandían sus porras.
Aún con los ojos humedecidos solo quiero
expresar mi convicción que existe la esperanza de volver a reconstruir esos
puentes que han tratado de dinamitar auténticos descerebrados. Ante la historia
Mariano Rajoy quedará como el máximo responsable de una de las peores
decisiones que ha conocido nuestro país. La llave que puede abrir una eventual
solución se llama PSOE (Partido Socialista Obrero Español), dando por descontado que
Unidos Podemos demostrará una vez más su visión de estado y acierto en el
diagnóstico de situación. Lo dice un catalán que les seguirá votando, aún con
el corazón compungido y con la certeza que asimismo Carles Puigdemont y Oriol
Junqueras deben rendir cuentas con la Historia, a pesar que sean
convertidos en mártires por una significativa porción de mis conciudadanos. En
la irresponsabilidad de ambos por crear un espejismo
en forma de referéndum ilegal en el oasis
catalán radica una de las razones del porqué de la situación creada en nuestro
territorio. El tiempo, dicen, lo cura todo. Habrá, pues, que poner pronto el
contador a cero para volver a dinámicas de antaño, en que iguales podrían
discrepar ideológicamente, pero la convivencia en paz se presumía como una de
las principales conquistas tras la dictadura franquista, aquella en la que en
el imaginario de algunos sigue bien presente.
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lunes, 18 de septiembre de 2017
«EL CRIMEN DEL CONDE NEVILLE» (2015), A PROPÓSITO DE AMÉLIE NOTHOMB, UNA AUTORA «DE NOVELA»
Apenas obtuvo
repercusión en nuestro país el premio César concecido a Sylvie Testud por su
encarnación de una traductora francesa a su regreso a Japón en Stupeur et tremblements (2003). En
cambio, en el país vecino y sobre todo en Bélgica no pasaría desapercibida en
determinados círculos culturales esta producción dirigida por Alain Corneau
habida cuenta que Sylvie da vida al alter ego de Amélie Nothomb (n. 1966), una de las
escritoras más populares en sendos países cuya agitada existencia no gana a un
sinfín de anécdotas que la han convertido de facto en un personaje singular y un punto excéntrico.
Escritora convulsiva y lectora voraz, la belga Nothomb, como prueba la novela que sirvió
de base al film dirigido por Corneau (Estupor
y temblores), ha encontrado en su propio relato vital fuente de inspiración
para numerosos textos. Una cuestión que no atiende a la extrañeza pero sí, por el contrario, hábitos de conducta que razonan en su peculiar plan por abordar la
escritura de tres novelas al año para luego desechar dos de ellas (sic). En ese juego
del azar practicado desde que la literatura la procuró una estabilidad
económica y una repercusión internacional en forma de premios, Nothomb hubiera
podido desechar esa nouvelle llamada El
crimen del conde Neville (2015) o, cuanto menos, alojarla en algún cajón a
la espera de ser rescatada en periodos de sequía creativa. Pero difícilmente ese
escenario se de al corto o medio plazo habida cuenta que Nothomb parece tener
activos las veinticuatro horas del día esos mecanismos de la mente capaces de
clasificar-catalogar noticias, ideas o datos a la espera de quedar conectados con apremio
a transformarse en un relato (corto) o novela. Su escritura, pues, no nace fruto
de una metódica fórmula de rastreo de párrafos, frases o palabras con el
objetivo de ir encajando en una determinada historia. Nothomb procede a dejarse
ir por un caudal de sensaciones al dictado de una fértil imaginación, en una
muestra inequívoca que Nothomb pertenece a ese selecto grupo de escritores
tocados por la varita mágica de la genialidad. Su narrativa fluye, reservando
un espacio central para esos diálogos que procuran la confrontación de
pareceres entre personajes (buena parte de los cuales dotados con una cierta aureola esnob) y que dejan filtrar una mordacidad que, en
ocasiones, cabalga a los lomos de una ironía subordinada al conocimiento de
esos círculos aristocráticos que había tomado contacto a muy temprana edad, al
albur del puesto de Diplomático que ocupaba su progenitor. Ese humor que no
suele colocarse del lado de la sátira es el que debió degustar Sergi Pàmies,
artífice de la traducción de El crimen
del conde Neville a cargo del sello Anagrama, en su afán por convertirse en
la versión española del sello galo Albin Michel. No en vano, trece de sus
relatos y/o novelas servidos por la (afilada y perspicaz) pluma de Nothomb han
encontrado acomodo hasta la fecha en la editorial barcelonesa.
Leída en un suspiro, El crimen del conde Neville recuerda de soslayo la literatura de
Oscar Wilde, poblada de ingeniosas frases que han hecho fortuna en el acervo
popular. No por casualidad, Amélie Northomb encontraría inspiración en el
título de su vigésimo cuarta novela merced al relato de Wilde El crimen de Lord Arthur Saville, al que
cita sin rubor en el ecuador de una historia de poco más de cien páginas,
destinadas a hacer de la premisa de un eventual asesinato (el de Neville a su
propia hija menor Sérieuse) una propuesta de cariz humorístico que nos habla
sobre la miserabilidad del ser humano en sus afectos por el poder y la lujuria.
Además de habilitar el texto alusiones a otras obras de fuste como Antígona de Sofocles, Sérieuse, hace de
la lectura sin freno de los clásicos una barricada
frente a un mundo exterior que denigra al alcanzar la adolescencia para solaz
desesperación de su progenitor, persuadido en la idea que un eventual
enamoramiento con un joven apuesto la desalojará de su autoimpuesto cautiverio.
Vanas ilusiones al atender a un personaje díscolo y peculiar, tallado a imagen
y semejanza de la precoz miembro de la Academia de la Lengua y de la Literatura
Francesas de Bélgica, cuya obra a fecha de hoy lleva camino de quedar sepultada, cuanto menos nominalmente,
por piezas literarias que su febril imaginación proyecta en el horizonte de la
tercera década del siglo XXI y sucesivas.
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