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miércoles, 16 de julio de 2025

«RETRATOS» de TRUMAN CAPOTE: DISECCIONANDO CELEBRIDADES A «CORAZÓN ABIERTO»

En tiempos en que ni tan siquiera se podría vaticinar que los habitantes de nuestro planeta viviríamos interconectados verbigracia de las denominadas redes sociales operativas en internet, a mediados del siglo pasado Truman Capote (1924-1984) había creado su particular red social que se extendía por ámbitos geográficos muy diversos. En su condición de viajero impenitente, Capote ya podía presumir cubiertos los primeros treinta años de su existencia de su condición de celebrity, sobre todo a partir de la publicación de Desayuno en Tiffany's (1955), cuyas ventas se dispararon a las pocas semanas de su salida al mercado. Para un país exento de lo que podríamos denominar aristocracia —desde el prisma del viejo continente—, lo más parecido a la misma es la que representaban en el siglo XX (multi)millonarios, algunos de los cuales hicieron fortuna gracias a sus desempeños en el sector audiovisual. Cronista de su tiempo y envuelto de una aureola de distinción merced a sus afilados escritos publicados en revistas de pedigrí —preferentemente con domicilio fiscal en la ciudad de Nueva York—, Truman Capote se aproximaría a figuras pertenecientes a esta (seudo)aristocracia estadounidense, aunque fuesen, como en el caso de Marlon Brando, en contra de su voluntad. Bajo el caparazón del título genérico Retratos —editado por el sello Anagrama dentro de su colección Compactos, «Biblioteca Truman Capote»— habitan semblanzas de personalidades que Capote conoció en persona, algunas de manera tangencial y otras tantas haciendo gala de una amistad que permitía extraer confesiones aptas para alimentar chismorreos o asuntos de poco calibre a nivel intelectual. De todos estos «retratos», pues, el que parece guiado más por el sentido de la confidencia es el que sirve de pórtico de entrada de este volumen de algo más de ciento cincuenta páginas, el que lleva por título «El duque de sus dominios», en alusión a Marlon Brando, «representante» díscolo de una (seudo)aristocracia que deja al descubierto una fragilidad emocional cuyo origen nace en un entorno familiar, cuanto menos, escindido tras el divorcio de sus padres. En el texto de este primer capítulo Capote deja caer alguna que otra maldad —«desde el 3 de abril de 1924 Marlon Brandon no ha leído un libro»— mientras traza círculos concéntricos alrededor de su coetáneo y compatriota en aras a tocar las teclas precisas sobre una figura al que no parece importarle desnudarse emocionalmente. Con todo, el «misterio Brando» está allí, como tantas otras personalidades que desfilan por las páginas de este exquisito «Retratos» y que nos ayudan a deshacer algunos tópicos. Lo es de manera singular en el caso de Elizabeth Taylor, una voraz lectora —contraviniendo su imagen afectada de frivolidad— y mucho más conservadora de lo que podríamos imaginar en materia de relaciones de pareja, a pesar de arrastrar consigo la carga de diversos matrimonios fracasados. Capote abordó a Liz Taylor cuando convivía con el cantante Eddie Fisher, quien se aburría soberanamente con la lectura de Matar un ruiseñor (1960), en contraposición al entusiasmo mostrado por su partenaire. Ello da pie a una suculenta anécdota cuando Taylor se queda perpleja al conocer que uno de los personajes de la novela —Dill— era él, y que Harper Lee, su autora, había sido su amiga de la infancia. Óbviamente, estas revelaciones susurradas al oído no tendrían recorrido en la era de internet, en un mundo dominado por la inmediatez, que requiere, en forma de «antídoto», de la necesidad de reservar tiempo para degustar textos como el que nos ocupa, dejando que algunas de las celebridades de la pasada centuria —el fotógrafo Cecil Beaton, la escritora y viajera Sally Bowles o el pintor Pablo Picasso, entre otros— desfilen por sus páginas con la convicción de sentir el latido de un escritor que elevó a los altares el valor de la escritura, a veces profunda e hiriente, en otras juguetona, pero en definitiva presidida por una exquisita calidad.          


martes, 1 de octubre de 2024

«EL ARPA DE HIERBA» (1951): EL ÁRBOL DE LA VIDA

Cuando pensamos en un lugar idílico donde reclinarnos para leer un libro nos sobreviene la imagen de un árbol que luce esplendoroso en un entorno natural, ya sea por ejemplo en el claro de un bosque o en el lateral de un campo perfectamente perimetrado merced a la superficie cultivada. El árbol como símbolo estático integrado al conjunto de la naturaleza ha inspirado una notable lista de piezas literarias indistintamente en formato de novela o de relato corto. Además de ello, ha servido de improvisado habitáculo para personajes de ficción que hacen acto de presencia en obras literarias, particularmente en las novelas publicadas en los años cincuenta El arpa de hierba (1951) y El barón rampante (1957), segundo de los tres volúmenes que conforman la trilogía del «Nuestros antepasados» (1952-1959) de Italo Calvino. Buen conocedor de la literatura de Truman Capote, no debería extrañar que el escritor italiano tomara nota —aunque fuese a nivel del subconsciente— del contenido de la novela de Capote, en especial por lo que atañe a los pasajes en que el personaje de Collin Fenwick —alter ego del precoz escritor sureño— motu proprio decide instalarse en una cabaña situada en lo alto de un majestuoso árbol. Una muestra de rebeldía que funciona a modo de oposición a los convencionalismos, al orden establecido por los que se rige una localidad rural del estado de Alabama, persiguiendo un sentido metafórico que seis años más tarde plasmaría en una de sus novelas más celebradas el escritor oriundo de Cuba Italo Calvino. Pero, a diferencia de Cosimo di Rondò, Collin Fenwick forma parte de una pequeña «comunidad» integrada por su tía Dolly Talbo, la criada Catherine y su amigo Riley Henderson. Todos ellos acabarán enfrentados a las fuerzas vivas de una comunidad rural de la que la tía Verena —antítesis de su hermana Molly— atiende al perfil de señora rica, aposentada en su particular «Shanadú». Allí ocupará plaza temporalmente Colin, cuya descripción física, condición de huérfano y edad concuerda con el el propio escritor, salvo en su estatura. De algún modo, Capote quiso alterar la realidad concediendo a su imaginación la imagen de un adolescente de un metro y setenta centímetros, casi un palmo más de su estatura. Se trata de uno de los trazos físicos distintivos de Truman Capote, quien combatió toda suerte de complejos con una proverbial capacidad para la escritura fruto, entre otras consideraciones, de sus (afiladas) dotes de observador del entorno que le tocó vivir durante sus años de adolescencia. Para la segunda de las novelas que llegó a publicar Capote —dejando al margen sus cuentos— ofrece un pormenorizado retrato de un microcosmos rural vitaminado a partir de su conocimiento de primera mano de aquellas existencias de personajes sojuzgados por la hipocresía inherente a esos «universos cerrados», en el que apenas trascienden noticias del exterior, más aún si cabe provenientes allén de las fronteras de los Estados Unidos. Conforme se ha ido reeditando por parte del sello Anagrama —contabilizando un total de diez hasta la fecha, para la ocasión dentro de la colección Compactos— El arpa de hierba sigue acumulando méritos para que su entrañable historia, no exenta de episodios (tragi)cómicos, traspase los muros de los Estados Unidos y pase a ser lectura «obligada» a las escuelas de países como el nuestro, a la estela de novelas cargadas de humanismo como Matar un ruiseñor (1960), de Harper Lee (amiga de infancia del menudo escritor) o El barón rampante, de Calvino, quien había imaginado el sur de los Estados Unidos a través de las lecturas de textos, entre otros, de Truman Capote, antes de viajar a Norteamérica.              


jueves, 5 de mayo de 2022

«SINSONTE» (1980), de Walter Tevis: ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON LECTURAS ECLÉCTICAS?

 

«Solo el sinsonte canta en la linde de un bosque»

 

Al reparar en el título original de la novela de Walter Tevis (1928-1984) recientemente editada por el sello Impedimenta puede despertar ciertas dudas la conveniencia de la traducción de «Sinsonte». Así pues, para aquellos escasamente familiarizados con el detalle de los nombres en inglés de los pájaros, Mockingbird —el título original de la novela que nos ocupa— equivaldría a «ruiseñor» en virtud del conocimiento de la obra de Harper Lee y de su asimismo célebre adaptación cinematográfica a cargo de Robert Mulligan. Semejante confusión proviene precisamente de la acertada decisión de los traductores de la editorial española a la hora de “traducir” Mockingbird por ruiseñor, dando así carta de naturaleza a un propósito alegórico al equiparar los valores de la integridad y de la nobleza que anidan en el abogado Atticus Finch —y que trata de inculcar a sus vástagos— con dicha especie de ave. En cambio, Jon Bilbao —sobre todo conocido por sus novelas publicadas precisamente en Impedimenta— atina al decantarse por el vocablo «Sinsonte» a partir del original «Mockingbird», ya que esta especie de pájaro tiene como principal característica la capacidad de imitar el sonido o el timbre de voz de aquellos humanos prestos a ser identificados conforme a supuestos agresores. Si vamos al fondo del contenido de la novela de Tevis, a las primeras de cambio atendemos a la realidad de unos robots que “imitan” el comportamiento de la especie humana, en peligro de extinción a la altura del siglo XXV debido a unos índices de natalidad situados en niveles alarmantes.

Coetáneo de Philip K. Dick, el californiano Walter Stone Tevis construyó, a caballo de la década de los setenta y ochenta, una obra adscrita a la ciencia-ficción con inequívocas trazas a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), en que intervienen en su corpus literario cuestiones de cariz metafísico, filosófico, social a la hora de conformar su particular distopía. Por cuestiones insondables, Mockingbird ha permanecido inédita en lengua castellana hasta la primavera de 2022, en la estación del año en que el canto del sinsonte se hace sentir con más intensidad sobre todo en los bosques de América del Norte de donde es oriunda su especie. A su rescarte ha ido Impedimenta para quedar integrado para siempre en su distinguida colección. Más allá del «planeta Stanislaw Lem» no abundan en la misma novelas abonadas a la noción de distopía nacida, en el caso de Sinsonte, del desinterés mostrado por sus alumnos cuando Tevis impartía clases de Literatura en la Universidad de Ohio, en Athens. A tal efecto, en ese escenario de futuro (lejano) la lectura deviene una práctica perseguida y penalizada por las autoridades gubernamentales, fiscalizadoras de los actos llevados a cabo por una población —contradiciendo las distopías de autores como Harry Harrison— cuyo número va menguando de forma drástica a causa de las elevadas tasas de infertilidad. El detalle nominal de esta “hipoblación” (por ejemplo, el continente africano prácticamente carece de habitantes) queda reflejado en el diario narrado a tres voces, las que se van alternando los robots Spofforth, Bentley y Mary Lou. Presumiblemente, Jon Bilbao evita emplear la expresión «androide» en detrimento de «robot» para no alimentar si cabe aún más las analogías existentes entre la celebérrima novela de Dick (más conocida por el título de su adaptación cinematográfica Blade Runner) y Sinsonte, una propuesta sugerente también en su componente visionario no tan solo ceñido al escenario a futuro de marginalidad que dibuja sobre el ejercicio de la lectura sino también al hacer referencia a uno de los principales recursos fósiles que exploto por el ser humano cuya carestía deriva en la creación de una generación de robots que proveen a los de nuestra especie de la piedra rosetta para su subsistencia: «Cuando la gasolina se volvió más cara que el whisky y la mayoría de la gente decidió no salir de casa. Aquella fue la Muerte del Petróleo. Sucedió en lo que entonces se conocía como el siglo XXI. A continuación vinieron las Guerras Energéticas. Y se fabricó a Solange. Él fue el primer Máquina Nueve, que estaba fuertemente programada, no como yo, para dar a la humanidad lo que esta deseaba. Solange inventó la pila nuclear. Fusión controlada; segura, límpia e inagotable. Aprendió a alimentar su propio cuerpo de ese modo, y los Máquina Nueve fabricados con posterioridad funcionaron con energía nuclear» (pág. 218).

De lectura “obligada” para los amantes de los relatos distópicos con un inequívoco sentido de la reflexión sobre el futuro que compromete a nuestra especie, la publicaciónd de Sinsonte coincide en el tiempo con la emisión de la producción televisiva El hombre que cayó a la tierra (2022) —dividida en dos episodios— y de la exitosa miniserie Gambito de dama (2021), a través de las plataformas Showtime y Netflix, respectivamente. Sendas piezas corresponden a adaptaciones de novelas escritas por Walter Tevis, quien a pesar de su relativa corta existencia —falleció a los cincuenta y seis años— su hijo Jamie Griggs Tevis tuvo material suficiente para acomodar una biografía —My Life with the Hustler (2003)— en que hace referencia explícita a la novela que le puso en el mapa de los escritores norteamericanos susceptibles de escuchar los cantos de sirena de Hollywood, como así fue. Otros cantos, los propios del sinsonte computan en esta modélica y, a la par, singular novela que redobla el culto hacia la obra de Walter Tevis por estos lares cuando llevamos camino de cubrir el primer cuarto del siglo XXI.                   

sábado, 6 de junio de 2020

«VE Y PON UN CENTINELA» (2015), de Harper Lee: REGRESO A MAYCOMB

«No sé nada de Nelle, aunque leí en una revista que “se había retirado” a escribir su segunda novela». Este párrafo extraído del contenido de una carta fechada el 5 de mayo de 1962 y escrita por Truman Capote en su destierro voluntario en el municipio de Palamós, en la Costa Brava, razona sobre las verdaderas intenciones de la autora de Matar un ruiseñor (1960) por querer emprender la actividad artística que le dio relevancia a escala internacional. La misiva en cuestión tuvo como destinatario el matrimonio formado por Alvin y Marie Dewey, y puede leerse en el volumen Un placer fugaz: Correspondencia (2006, Ed. Lumen) junto al contenido de centenares de cartas que conservaría como oro en paño Truman Capote hasta el fin de sus días. Empero, ninguna de estas tienen a «Nelle» Harper Lee (1926-2016) por expreso deseo de ésta, quien quiso preservar su privacidad, máxime a partir de ser distinguida con el premio Pulitzer al año siguiente de la publicación de To Kill a Mockingbird. No cabe duda que esta postura alimentaría el mito sobre una escritora que había forjado una sólida amistad con Truman Capote a lo largo de la infancia de ambos en Monroeville, la pequeña localidad del estado de Alabama que sirvió de fuente de inspiración para el «escenario» natural (el contado de Maycomb) que habilita el relato de Matar un ruiseñor. Poco debió importar a Capote que el personaje secundario en la «ficción» literaria de la opera prima de Lee llamado Dill encontrara su molde en aquella figura enjuta y resabiada que acompañaba a todas horas en el periodo estival a Scout y/o Jem, los hijos del abogado local Atticus Finch. De algún modo, Lee le devolvió la «moneda» tras atender a la lectura de Otras voces, otros ámbitos (1948), en que una de las gemelas del debut literario del precoz Capote —Idabel— había sido ideado sobre los trazos más volubles de la personalidad de su amiga del alma en tiempos en que el futuro autor de Desayuno en Tiffany’s era observado bajo la lupa de los lugareños de Monroeville conforme a un «cuerpo extraño». Truman Capote nunca negó que Otras voces, otros ámbitos obedeciera a una pieza literaria de diáfano calado autobiográfico. En cambio, la negativa sistemática de Harper Lee a conceder entrevistas (sobre todo aquellas con cierta carga de profundidad) dejó en suspenso que cobraran carta de naturaleza paralelismos entre la realidad y la ficción con la salvedad del personaje de Dill. Así pues, la clave para descrifrar el «enigma Harper Lee» podía provenir del propio Capote, quien en otra de sus misivas contenidas en el volumen Un placer fugaz: Correspondencia no dudó en subrayar que los personajes de la novela Matar un ruiseñor hicieron su prospección por la realidad. Abundando en esta tesis, Gregory Peck, una vez escogido para encarnar a Atticus Finch en la versión cinematográfica de To Kill a Mockingbird, mantuvo largas conversaciones con Amasa Coleman Lee, el padre de Nelle. Poco margen para la duda cabe, pues, a la hora de emparentar a A. C. Lee con su traducción literaria, la de Atticus Finch, epítome de honestidad en el contexto de un entorno rural en que quedaba al descubierto un racismo latente en la sociedad estadounidense aún hoy en día.
     Mientras he ido siguiendo el dictado de la actualidad con el enésimo episodio de racismo en los Estados Unidos —cuyo detonante fue el asesinato del ciudadano de raza negra George Floyd por asfixia debido a las malas prácticas de la policía local del estado de Minnesota— me he consagrado a la lectura de Ve y pon un centinela (2015), aquella segunda novela que Harper Lee había ido moldeando a renglón seguido de obtener el premio Pulitzer. Presumiblemente, en el fuero interno de Lee pesaba el hecho que su opera prima llegara a una cuotas de aceptación que jamás hubiese imaginado con el respaldo de una adaptación cinética que respetaba el «espíritu» de la misma y cuyo «antihéroe» Atticus Finch no podía tener un mejor huésped que Gregory Peck, merecidamente acreedor de un Oscar por su excelsa intepretación. A raíz del estreno del film en los Estados Unidos a las puertas de las navidades de 1962, el personaje de Atticus Finch ha aparecido en la cabecera de las listas de hombres garantes en la gran pantalla de los valores propios de la integridad y —como he señalado— y la honestidad, en defensa de aquellos más desfavorecidos. Un personaje capriano en toda regla que Harper Lee iría esculpiendo a partir de la figura de su progenitor —asimismo abogado—, siendo uno de los mayores «hallazgos» de una novela que he vuelto a releer en los días de (post)confinamiento con el objetivo de fijar un criterio más certero sobre el contenido y el «continente» de Ve y pon un centinela. Sin lugar a dudas, lejos de la especulación, a todas luces infundada, que Go Set a Watchman hubiese sido un borrador de To Kill a Mockingbird, la segunda novela de Lee  —descubierta bien entrado el siglo XXI entre los textos manuscritos de Lee— atiende a la condición de continuación. Lee recupera, a modo de flashbacks, algunos de esos espacios cautivos de la infancia de Scout, Jem y Dill, pero la historia gira en torno a las visicitudes de una joven de veintiséis años afincada en Nueva York llamada Jean Louise (AKA Scout) a su regreso temporal a los dominios de Monroeville. Un hiato de unos dieciocho años sirve de pórtico de entrada para tomar la temperatura de unos personajes que siguen anclados, en cierta manera, en el pasado. En buena lid, la novela en cuestión puede sorprender al lector familiarizado con Matar un ruiseñor por cuanto despoja de esa imagen icónica de humanista a Atticus Finch, descubriendo algunos aspectos de su pasado —en especial, su vinculación fugaz con el Ku Klux Klan, aunque fuese para satisfacer su curiosidad sobre la identidad de sus integrantes— que entran en franca contradicción con su inmaculado comportamiento en tiempos de reclamación de derechos civiles e individuales para con la comunidad afroamericana. Harper Lee hace acopio de infinidad de citas cultas —muchas de ellas referidas a personalidades circunscritas a la realidad del Sur de los Estados Unidos, desde clérigos hasta militares, escritores o políticos— para salpimentar un relato que compromete su clímax al enfrentamiento entre Jean Louise y un renqueante Atticus Finch —a sus setenta y dos años— en el terreno ideológico, pero no lo suficientemente consistente para romper unos vínculos afectivos larvados desde que la madre y esposa (Jean Graham) desapareciera casi de improviso, a consecuencia de un ataque cardíaco, tal como se detalla en una página de un libro que fue publicado sin la necesidad de ser sometido a un ejercicio de revisión. Sea como fuere, Ve y pon una vela deja al descubierto que Harper Lee parecía más que capaz para armar una carrera literaria de indudable interés, sumándose a las «voces sureñas» que expresan cuestiones que competen al ámbito de la fragilidad humana y que encontraría (por duplicado) en Jean Louise Finch AKA Scout un reflejo de su propia personalidad, aquella presta a preservar las lecciones dictadas a través de la conciencia de su progenitor. Esa conciencia que equivale al centinela que actúa de sustantivo del título de la novela cuya puesta de largo se dio un año antes del deceso de Nelle Harper Lee, a pocos meses de alcanzar la condición de octogenaria.                
     

miércoles, 14 de septiembre de 2016

«RELATOS TEMPRANOS» (1935-1943) de TRUMAN CAPOTE. TRAS LA PISTA DEL GENIO PRECOZ DE NUEVA ORLÉANS

Truman Streckfus Persons, artísticamente Truman Capote (1924-1984), no llegó a cumplir los sesenta años por algo más de un mes. En los aledaños de haber alcanzado una cifra redonda que lo situara próximo a la edad de jubilación y con apenas tan solo cuatro novelas publicadas in strictu sensu podría colegirse que Capote fue un escritor tardío y/o extraordinariamente perfeccionista para que hubiera podido ser catalogado conforme a un escritor prolífico. Nada más lejos de la realidad. A los ocho años, desde el rincón de la marginalidad derivada de la falta de afecto maternal y de la ausencia del referente paternal, Truman Streckfus decidió ser escritor. Una pulsión infantil que adoptaría carta de naturaleza en una adolescencia en que el menudo Truman parecía plenamente consciente de su talento innato para la escritura, una forma de mitigar las punzadas de dolor soportadas por su corazón doliente, al albur de las intermitentes ausencias de su figura materna, dejándolo al cuidado de tres de sus tías, a las que homenajeó a su manera en una de sus contadas novelas, El arpa de hierba (1951).
    La condición de escritor precoz de Truman Capote, tocado por la “varita mágica” de un talento “sobrenatural”, queda refrendada plenamente en Relatos tempranos, que en marzo de 2016 sacaba a la venta el sello Anagrama dentro de la colección consagrada al genio de Nueva Orléans. Hubiera podido resultar un ejercicio un tanto prosaico o, cuanto menos ocioso, hacernos comulgar con la idea que textos literarios escritos por adolescentes con apenas decenas lecturas de clásicos en su haber (en el mejor de los casos) tuviera sentido su edición en forma de compendio de una docena larga de relatos. Algo que en la inmensa mayoría de los casos podríamos dar por bueno, pero cuando nos enfrentamos a un escritor llamado Truman Capote estamos ante la excepción que confirma la regla. Inequívocamente, la lectura atenta de Relatos tempranos levanta puentes con las obras “de madurez” de Capote, estableciendo así una invisible secuencia cronológica en que pasamos de esa fase primigenia en que ya advertimos su incipiente dominio de las figuras poéticas y metafóricas  (a modo de ejemplo, «El sol declinaba ya en el cielo veteado de escarlata y el calor se alzaba de la tierra seco y vibrante» y «se agarró a la oscuridad en busca de asidero», sendas frases y/o expresiones que cabalgan sobre el texto de “La señorita Belle Rankin”), y su decantación por lo lúgubre y lo siniestro al reflejar una realidad cotidiana que tuvo como denominador común un núcleo rural en los catorce relatos publicados en el presente volumen. No en vano, Truman pasó buena parte de su infancia y adolescencia en la localidad de Monroeville, en el estado de Alabama, donde fue vecino e íntimo amigo de Harper «Nelle» Lee (la autora de la novela Matar un ruiseñor), a quien parece invocar en la pieza “Si yo te olvidara” a través del personaje de la sureña Grace Lee. En este mismo relato, expresa a través de la voz de la protagonista de la función que «quizá vuelva a buscarme para llevarme a alguna urbe grande como Nueva Orléans o Chicago, o incluso Nueva York». Ya por aquel entonces, Truman Streckfus parecía presagiar cuál sería su destino, una ciudad invadida de rascacielos que lo acogería en calidad de meritorio en la revista “New Yorker” para, una vez instalado en la veintena, dar rienda suelta a una veta literaria tocada por un estilo propio, de escritura precisa y elegante, en que su capacidad de adaptabilidad a cualquier tipo de personaje (de razas, bagaje cultural, estratos sociales y edades disímiles) ya había tenido el campo abonado durante su fase (pre)adolescente, a cuenta de Hilda, Louise, y Lucy en los relatos epónimos, pero asimismo de personajes masculinos tales como Em (“La polilla en la llama”), Jep y Lemmie (“Terror en el pantano”) o Jamie (“Esto es para Jamie”), entre otros.  
     Para todos aquellos amantes de la literatura de Truman Capote estos Relatos tempranos favorecen al pensamiento que se requiere (casi) toda una vida para alcanzar el zénit creativo (él lo hizo con A sangre fría, asumiendo con ello un coste demasiado alto en lo personal), marcando así sobre un imaginario tablero la progresión que adopta una forma de curva ascendente sin apenas percibirse dientes de sierra. Un regalo, por consiguiente, difícil de substraernos para quienes consideramos a Truman Capote uno de los mayores talentos de su generación, sometido, como acertadamente señala en el epílogo la editora Amuschkas Roshani, al flagelo intermitente  del recuerdo de una infancia marchita por la ausencia de afecto materno, un anhelo que clamaría "venganza" en algunos de sus textos más afilados, con la punta de mordacidad e ironía perfectamente acondicionada para grabarse sobre el papel. Del olor del mismo, Truman Capote no se desprendió jamás, aunque otro olor, el del alcohol, que funcionó como “bálsamo” acabaría truncando su vida (mucho) antes de tiempo. Con todo, medio siglo dedicado a la literatura le colocaron en el Panteón de los elegidos de las Letras Americanas de todos los tiempos.