«Solo el sinsonte canta en la linde de un bosque»
Al reparar en el título original de la novela de
Walter Tevis (1928-1984) recientemente editada por el sello Impedimenta puede
despertar ciertas dudas la conveniencia de la traducción de «Sinsonte». Así pues, para aquellos escasamente
familiarizados con el detalle de los nombres en inglés de los pájaros, Mockingbird —el título original de la
novela que nos ocupa— equivaldría a «ruiseñor» en virtud del conocimiento de la obra de Harper Lee y de su asimismo célebre adaptación cinematográfica a cargo de Robert
Mulligan. Semejante confusión proviene precisamente de la acertada decisión de
los traductores de la editorial española a la hora de “traducir” Mockingbird por ruiseñor, dando así carta de naturaleza a un propósito alegórico al
equiparar los valores de la integridad y de la nobleza que anidan en el abogado
Atticus Finch —y que trata de inculcar a sus vástagos— con dicha especie de ave.
En cambio, Jon Bilbao —sobre todo conocido por sus novelas publicadas
precisamente en Impedimenta— atina al decantarse por el vocablo «Sinsonte» a partir del original «Mockingbird», ya que esta especie de pájaro tiene como
principal característica la capacidad de imitar el sonido o el timbre de voz de
aquellos humanos prestos a ser identificados conforme a supuestos agresores. Si
vamos al fondo del contenido de la novela de Tevis, a las primeras de cambio
atendemos a la realidad de unos robots que “imitan” el comportamiento de la
especie humana, en peligro de extinción a la altura del siglo XXV debido a unos
índices de natalidad situados en niveles alarmantes.
Coetáneo de Philip K. Dick, el
californiano Walter Stone Tevis construyó, a caballo de la década de los
setenta y ochenta, una obra adscrita a la ciencia-ficción con inequívocas
trazas a ¿Sueñan los androides con ovejas
eléctricas? (1968), en que intervienen en su corpus literario cuestiones de cariz metafísico, filosófico, social
a la hora de conformar su particular distopía. Por cuestiones insondables, Mockingbird ha permanecido inédita en lengua
castellana hasta la primavera de 2022, en la estación del año en que el canto
del sinsonte se hace sentir con más intensidad sobre todo en los bosques de
América del Norte de donde es oriunda su especie. A su rescarte ha ido
Impedimenta para quedar integrado para siempre en su distinguida colección. Más
allá del «planeta Stanislaw Lem» no abundan en la misma novelas abonadas a la
noción de distopía nacida, en el caso de Sinsonte,
del desinterés mostrado por sus alumnos cuando Tevis impartía clases de
Literatura en la Universidad de Ohio, en Athens. A tal efecto, en ese escenario
de futuro (lejano) la lectura deviene una práctica perseguida y penalizada por
las autoridades gubernamentales, fiscalizadoras
de los actos llevados a cabo por una población —contradiciendo las distopías de
autores como Harry Harrison— cuyo número va menguando de forma drástica a causa
de las elevadas tasas de infertilidad. El detalle nominal de esta “hipoblación”
(por ejemplo, el continente africano prácticamente carece de habitantes) queda
reflejado en el diario narrado a tres voces,
las que se van alternando los robots Spofforth, Bentley y Mary Lou. Presumiblemente,
Jon Bilbao evita emplear la expresión «androide» en detrimento de «robot» para no alimentar
si cabe aún más las analogías existentes entre la celebérrima novela de Dick
(más conocida por el título de su adaptación cinematográfica Blade Runner) y Sinsonte, una propuesta sugerente también en su componente
visionario no tan solo ceñido al escenario a futuro de marginalidad que dibuja
sobre el ejercicio de la lectura sino también al hacer referencia a uno de los
principales recursos fósiles que exploto por el ser humano cuya carestía deriva
en la creación de una generación de robots que proveen a los de nuestra especie
de la piedra rosetta para su subsistencia: «Cuando la
gasolina se volvió más cara que el whisky y la mayoría de la gente decidió no
salir de casa. Aquella fue la Muerte del Petróleo. Sucedió en lo que entonces
se conocía como el siglo XXI. A continuación vinieron las Guerras Energéticas.
Y se fabricó a Solange. Él fue el primer Máquina Nueve, que estaba fuertemente
programada, no como yo, para dar a la humanidad lo que esta deseaba. Solange
inventó la pila nuclear. Fusión controlada; segura, límpia e inagotable.
Aprendió a alimentar su propio cuerpo de ese modo, y los Máquina Nueve
fabricados con posterioridad funcionaron con energía nuclear» (pág. 218).
De lectura “obligada” para los amantes de los relatos distópicos con un inequívoco sentido de la reflexión sobre el futuro que compromete a nuestra especie, la publicaciónd de Sinsonte coincide en el tiempo con la emisión de la producción televisiva El hombre que cayó a la tierra (2022) —dividida en dos episodios— y de la exitosa miniserie Gambito de dama (2021), a través de las plataformas Showtime y Netflix, respectivamente. Sendas piezas corresponden a adaptaciones de novelas escritas por Walter Tevis, quien a pesar de su relativa corta existencia —falleció a los cincuenta y seis años— su hijo Jamie Griggs Tevis tuvo material suficiente para acomodar una biografía —My Life with the Hustler (2003)— en que hace referencia explícita a la novela que le puso en el mapa de los escritores norteamericanos susceptibles de escuchar los cantos de sirena de Hollywood, como así fue. Otros cantos, los propios del sinsonte computan en esta modélica y, a la par, singular novela que redobla el culto hacia la obra de Walter Tevis por estos lares cuando llevamos camino de cubrir el primer cuarto del siglo XXI.
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