Mostrando entradas con la etiqueta GREGORY PECK. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GREGORY PECK. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de junio de 2020

«VE Y PON UN CENTINELA» (2015), de Harper Lee: REGRESO A MAYCOMB

«No sé nada de Nelle, aunque leí en una revista que “se había retirado” a escribir su segunda novela». Este párrafo extraído del contenido de una carta fechada el 5 de mayo de 1962 y escrita por Truman Capote en su destierro voluntario en el municipio de Palamós, en la Costa Brava, razona sobre las verdaderas intenciones de la autora de Matar un ruiseñor (1960) por querer emprender la actividad artística que le dio relevancia a escala internacional. La misiva en cuestión tuvo como destinatario el matrimonio formado por Alvin y Marie Dewey, y puede leerse en el volumen Un placer fugaz: Correspondencia (2006, Ed. Lumen) junto al contenido de centenares de cartas que conservaría como oro en paño Truman Capote hasta el fin de sus días. Empero, ninguna de estas tienen a «Nelle» Harper Lee (1926-2016) por expreso deseo de ésta, quien quiso preservar su privacidad, máxime a partir de ser distinguida con el premio Pulitzer al año siguiente de la publicación de To Kill a Mockingbird. No cabe duda que esta postura alimentaría el mito sobre una escritora que había forjado una sólida amistad con Truman Capote a lo largo de la infancia de ambos en Monroeville, la pequeña localidad del estado de Alabama que sirvió de fuente de inspiración para el «escenario» natural (el contado de Maycomb) que habilita el relato de Matar un ruiseñor. Poco debió importar a Capote que el personaje secundario en la «ficción» literaria de la opera prima de Lee llamado Dill encontrara su molde en aquella figura enjuta y resabiada que acompañaba a todas horas en el periodo estival a Scout y/o Jem, los hijos del abogado local Atticus Finch. De algún modo, Lee le devolvió la «moneda» tras atender a la lectura de Otras voces, otros ámbitos (1948), en que una de las gemelas del debut literario del precoz Capote —Idabel— había sido ideado sobre los trazos más volubles de la personalidad de su amiga del alma en tiempos en que el futuro autor de Desayuno en Tiffany’s era observado bajo la lupa de los lugareños de Monroeville conforme a un «cuerpo extraño». Truman Capote nunca negó que Otras voces, otros ámbitos obedeciera a una pieza literaria de diáfano calado autobiográfico. En cambio, la negativa sistemática de Harper Lee a conceder entrevistas (sobre todo aquellas con cierta carga de profundidad) dejó en suspenso que cobraran carta de naturaleza paralelismos entre la realidad y la ficción con la salvedad del personaje de Dill. Así pues, la clave para descrifrar el «enigma Harper Lee» podía provenir del propio Capote, quien en otra de sus misivas contenidas en el volumen Un placer fugaz: Correspondencia no dudó en subrayar que los personajes de la novela Matar un ruiseñor hicieron su prospección por la realidad. Abundando en esta tesis, Gregory Peck, una vez escogido para encarnar a Atticus Finch en la versión cinematográfica de To Kill a Mockingbird, mantuvo largas conversaciones con Amasa Coleman Lee, el padre de Nelle. Poco margen para la duda cabe, pues, a la hora de emparentar a A. C. Lee con su traducción literaria, la de Atticus Finch, epítome de honestidad en el contexto de un entorno rural en que quedaba al descubierto un racismo latente en la sociedad estadounidense aún hoy en día.
     Mientras he ido siguiendo el dictado de la actualidad con el enésimo episodio de racismo en los Estados Unidos —cuyo detonante fue el asesinato del ciudadano de raza negra George Floyd por asfixia debido a las malas prácticas de la policía local del estado de Minnesota— me he consagrado a la lectura de Ve y pon un centinela (2015), aquella segunda novela que Harper Lee había ido moldeando a renglón seguido de obtener el premio Pulitzer. Presumiblemente, en el fuero interno de Lee pesaba el hecho que su opera prima llegara a una cuotas de aceptación que jamás hubiese imaginado con el respaldo de una adaptación cinética que respetaba el «espíritu» de la misma y cuyo «antihéroe» Atticus Finch no podía tener un mejor huésped que Gregory Peck, merecidamente acreedor de un Oscar por su excelsa intepretación. A raíz del estreno del film en los Estados Unidos a las puertas de las navidades de 1962, el personaje de Atticus Finch ha aparecido en la cabecera de las listas de hombres garantes en la gran pantalla de los valores propios de la integridad y —como he señalado— y la honestidad, en defensa de aquellos más desfavorecidos. Un personaje capriano en toda regla que Harper Lee iría esculpiendo a partir de la figura de su progenitor —asimismo abogado—, siendo uno de los mayores «hallazgos» de una novela que he vuelto a releer en los días de (post)confinamiento con el objetivo de fijar un criterio más certero sobre el contenido y el «continente» de Ve y pon un centinela. Sin lugar a dudas, lejos de la especulación, a todas luces infundada, que Go Set a Watchman hubiese sido un borrador de To Kill a Mockingbird, la segunda novela de Lee  —descubierta bien entrado el siglo XXI entre los textos manuscritos de Lee— atiende a la condición de continuación. Lee recupera, a modo de flashbacks, algunos de esos espacios cautivos de la infancia de Scout, Jem y Dill, pero la historia gira en torno a las visicitudes de una joven de veintiséis años afincada en Nueva York llamada Jean Louise (AKA Scout) a su regreso temporal a los dominios de Monroeville. Un hiato de unos dieciocho años sirve de pórtico de entrada para tomar la temperatura de unos personajes que siguen anclados, en cierta manera, en el pasado. En buena lid, la novela en cuestión puede sorprender al lector familiarizado con Matar un ruiseñor por cuanto despoja de esa imagen icónica de humanista a Atticus Finch, descubriendo algunos aspectos de su pasado —en especial, su vinculación fugaz con el Ku Klux Klan, aunque fuese para satisfacer su curiosidad sobre la identidad de sus integrantes— que entran en franca contradicción con su inmaculado comportamiento en tiempos de reclamación de derechos civiles e individuales para con la comunidad afroamericana. Harper Lee hace acopio de infinidad de citas cultas —muchas de ellas referidas a personalidades circunscritas a la realidad del Sur de los Estados Unidos, desde clérigos hasta militares, escritores o políticos— para salpimentar un relato que compromete su clímax al enfrentamiento entre Jean Louise y un renqueante Atticus Finch —a sus setenta y dos años— en el terreno ideológico, pero no lo suficientemente consistente para romper unos vínculos afectivos larvados desde que la madre y esposa (Jean Graham) desapareciera casi de improviso, a consecuencia de un ataque cardíaco, tal como se detalla en una página de un libro que fue publicado sin la necesidad de ser sometido a un ejercicio de revisión. Sea como fuere, Ve y pon una vela deja al descubierto que Harper Lee parecía más que capaz para armar una carrera literaria de indudable interés, sumándose a las «voces sureñas» que expresan cuestiones que competen al ámbito de la fragilidad humana y que encontraría (por duplicado) en Jean Louise Finch AKA Scout un reflejo de su propia personalidad, aquella presta a preservar las lecciones dictadas a través de la conciencia de su progenitor. Esa conciencia que equivale al centinela que actúa de sustantivo del título de la novela cuya puesta de largo se dio un año antes del deceso de Nelle Harper Lee, a pocos meses de alcanzar la condición de octogenaria.                
     

sábado, 5 de diciembre de 2009

«EL CLUB DE LOS SUICIDAS»: HIJOS DE «DIOSES» MENORES

Dos libros ocupan mi lectura estos días, en vísperas de Navidades: la magnífica —por bien documentada, de escritura amena y prolífica en el anecdotario, que nos ayuda a reconstruir con mejor precisión una personalidad poliédrica por definición— biografía sobre Paul Newman (1925-2008) firmada por Shawn Levy (Editorial Lumen, 2009), y los Cuentos completos de Robert Louis Stevenson (1850-1894) en una cuidada edición a cargo de Mondadori dentro de su imprescindible colección de «Grandes Clásicos» y con el valor añadido de unas ilustraciones a color en el debe de Alexander Jansson. Al tratarse de un personaje de la notoriedad de Newman, de la salida al mercado de este volumen inclusive se han hecho eco algunos canales de televisión en sus informativos, dejando entrever en su sucinta reseña, a vuela micrófono, que Levy desvela el «lado oscuro» del intérprete estadounidense. Haciendo gala del estilo que había impuesto años a publicaciones como Reader’s Digest, de la que la familia Newman (la de Ohio, no la de Newport, Connecticut, el fortín del rubio actor, automovilista y filántropo en sus años de madurez) era suscriptora, tal aseveración deviene un puro ejercicio de reduccionismo, a la caza y captura de un titular que justifique que un libro haya sido escogido para colarse de rondón entre las cuatro o cinco noticias que dan pie a la portada de un telediario. Claro que el redactor o redactora de turno que había realizado una lectura (muy) en diagonal para sacar un titular facilón podría calibrar que en el mismo saco del «lado oscuro» se situaba la desgracia de haber enterrado a su único hijo, Scott Newman, de una prole que sumaría un repóker de féminas nacidas de dos matrimonios. Ni Paul Newman ni su madre adoptiva, Joanne Woodward, ocultaron la verdadera razón del fallecimiento de Scott: la autopsia, con luz y taquígrafos, desvelaría que se trataba de una muerte provocada por la combinación de la ingesta de drogas, alcohol y algún que otro medicamento que, a priori, debía actuar como somnífero. Un cóctel fatal que arrebató la vida a ese angry young man llamado Scott —de raza le viene al galgo— y que sumió a Paul Newman en un doloroso proceso de autoinculpación por no haber sabido lidiar con sus compromisos paternales. Ya por aquel entonces, a finales de los años setenta —el deceso de Scott se certificó el 20 de noviembre de 1978—, la escritora Kathy Cronkite estaba realizando un trabajo de campo en torno a los hijos de famosos, explorando en la psique de unos seres privilegiados en lo económico pero que padecían carencias en el plano afectivo y/o bien en el desarrollo de su propia realización personal. Nell Newman, hermana del finado Scott, estuvo en la «agenda» de Cronkite, tal como relata Levy. Aunque de forma tardía, Nell pudo enderezar un rumbo que se intuía cercano al de Scott —coqueteó con las drogas— y, por suerte, quedaría fuera de la relación de nombres que el escritor judío enumera en una de las páginas de su voluminosa obra, a propósito de los hijos de celebridades vinculadas al audiovisual que perecieron, víctimas de suicidios, durante esa década y la anterior. Tan sólo en 1975 se registraron los suicidios de tres vástagos de famosos del celuloide o de la pequeña pantalla, a saber, Jonathan Peck —primogénito del gran Gregory Peck—, Jenny Lee Arness —hija del actor James Arness, que encarnaba al Marshall Matt Dillon en la popular serie Gunsmoke— y Dan Dailey III —heredero directo al trono familiar comandado por el intérprete versado en musicales de idéntico nombre y apellido—. Todo hacía pensar que ninguno de ellos pudo digerir «demasiado, demasiado pronto», como reza el libro autobiográfico que llegaría a ver publicado Diane Barrymore (retrato suyo a cargo de Spurgeon Tuker en el encabezamiento del post) antes de despedirse con una nota manuscrita —en 1960— de una vida cuya infancia había quedado arruinada a causa de la adicción a los estupefacientes del asimismo dipsómano John Barrymore, estrella del teatro y, a la sazón, hermano de Ethel y Lionel Barrymore, figuras que descollaban sobre los escenarios y en el celuloide. Padre e hija coincidieron en pantalla, pero encarnados por Dorothy Malone y Errol Flynn, en la que vino a ser una suerte de traslación de la obra autobiográfica de Diana Barrymore que se había ganado el favor de los lectores y con ello, el de los directivos de la Warner Bros. Dos años después del estreno del film se certificaba la «segunda» muerte de la hija de John Barrymore; su libro había servido, pues, para anticipar lo que parecía intuirse al corto o medio plazo. Para desgracia del buen nombre de una estirpe familiar repleta de artistas, Diana Barrymore inauguraría en los años sesenta la lista de ese «club de los suicidas», a la que sumarían nuevas víctimas en las sucesivas décadas con el denominador común de haber nacido en ambientes presididos por el lujo y el oropel, tan visibles como ese cinturón que les impedía levantar el vuelo sin tener la presunción que eran observados o comparados con sus respectivas celebridades paternales o maternales de la gran, pequeña o mediana pantalla. Cada una por separado representa historias recorridas por la tragedia al sesgarse vidas de jóvenes que, en algunos casos, apenas habían traspasado la frontera de la treintena. Poco que ver, por tanto, con la fina ironía que destila ese prosista militante de la Primera División de las Letras de Oro del siglo XIX llamado Robert Louis Stevenson, precisamente en cuentos como El club de los suicidas, que sirve de entrante de esa densa obra presta a ser degustada en su impecable edición en el haber del sello Mondadori.