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miércoles, 16 de julio de 2025

«RETRATOS» de TRUMAN CAPOTE: DISECCIONANDO CELEBRIDADES A «CORAZÓN ABIERTO»

En tiempos en que ni tan siquiera se podría vaticinar que los habitantes de nuestro planeta viviríamos interconectados verbigracia de las denominadas redes sociales operativas en internet, a mediados del siglo pasado Truman Capote (1924-1984) había creado su particular red social que se extendía por ámbitos geográficos muy diversos. En su condición de viajero impenitente, Capote ya podía presumir cubiertos los primeros treinta años de su existencia de su condición de celebrity, sobre todo a partir de la publicación de Desayuno en Tiffany's (1955), cuyas ventas se dispararon a las pocas semanas de su salida al mercado. Para un país exento de lo que podríamos denominar aristocracia —desde el prisma del viejo continente—, lo más parecido a la misma es la que representaban en el siglo XX (multi)millonarios, algunos de los cuales hicieron fortuna gracias a sus desempeños en el sector audiovisual. Cronista de su tiempo y envuelto de una aureola de distinción merced a sus afilados escritos publicados en revistas de pedigrí —preferentemente con domicilio fiscal en la ciudad de Nueva York—, Truman Capote se aproximaría a figuras pertenecientes a esta (seudo)aristocracia estadounidense, aunque fuesen, como en el caso de Marlon Brando, en contra de su voluntad. Bajo el caparazón del título genérico Retratos —editado por el sello Anagrama dentro de su colección Compactos, «Biblioteca Truman Capote»— habitan semblanzas de personalidades que Capote conoció en persona, algunas de manera tangencial y otras tantas haciendo gala de una amistad que permitía extraer confesiones aptas para alimentar chismorreos o asuntos de poco calibre a nivel intelectual. De todos estos «retratos», pues, el que parece guiado más por el sentido de la confidencia es el que sirve de pórtico de entrada de este volumen de algo más de ciento cincuenta páginas, el que lleva por título «El duque de sus dominios», en alusión a Marlon Brando, «representante» díscolo de una (seudo)aristocracia que deja al descubierto una fragilidad emocional cuyo origen nace en un entorno familiar, cuanto menos, escindido tras el divorcio de sus padres. En el texto de este primer capítulo Capote deja caer alguna que otra maldad —«desde el 3 de abril de 1924 Marlon Brandon no ha leído un libro»— mientras traza círculos concéntricos alrededor de su coetáneo y compatriota en aras a tocar las teclas precisas sobre una figura al que no parece importarle desnudarse emocionalmente. Con todo, el «misterio Brando» está allí, como tantas otras personalidades que desfilan por las páginas de este exquisito «Retratos» y que nos ayudan a deshacer algunos tópicos. Lo es de manera singular en el caso de Elizabeth Taylor, una voraz lectora —contraviniendo su imagen afectada de frivolidad— y mucho más conservadora de lo que podríamos imaginar en materia de relaciones de pareja, a pesar de arrastrar consigo la carga de diversos matrimonios fracasados. Capote abordó a Liz Taylor cuando convivía con el cantante Eddie Fisher, quien se aburría soberanamente con la lectura de Matar un ruiseñor (1960), en contraposición al entusiasmo mostrado por su partenaire. Ello da pie a una suculenta anécdota cuando Taylor se queda perpleja al conocer que uno de los personajes de la novela —Dill— era él, y que Harper Lee, su autora, había sido su amiga de la infancia. Óbviamente, estas revelaciones susurradas al oído no tendrían recorrido en la era de internet, en un mundo dominado por la inmediatez, que requiere, en forma de «antídoto», de la necesidad de reservar tiempo para degustar textos como el que nos ocupa, dejando que algunas de las celebridades de la pasada centuria —el fotógrafo Cecil Beaton, la escritora y viajera Sally Bowles o el pintor Pablo Picasso, entre otros— desfilen por sus páginas con la convicción de sentir el latido de un escritor que elevó a los altares el valor de la escritura, a veces profunda e hiriente, en otras juguetona, pero en definitiva presidida por una exquisita calidad.          


martes, 11 de enero de 2022

«MAESTRAS DEL ENGAÑO» (2019) de Tori Telfer: VIDAS AL LÍMITE

 

En su prospección por las historias que atañen a asesinas de distintos periodos y latitudes y que, a la postre, dieron cuerpo a su libro de debut, presumiblemente Tori Talfer dejara aparcado en un cajón féminas susceptible de estar relacionadas con algún acto homicida. No obstante, éstas escaparon de la carga probatoria de un delito de sangre y “tan solo” pesaría una pena por “delitos menores”, tales como la estafa o la usurpación de personalidad. De ahí que, a rebujo del éxito de Damas asesinas (2017) —publicada dos años más tarde por Impedimenta—, Telfer ya tuviera cubierto parte del trabajo de campo para su siguiente volumen, el que responde al genérico Maestras del engaño (2019), igualmente publicado por el sello madrileño en el último trimestre del segundo año «pandémico».

Siguiendo el mismo esquema de su monografía precedente —incluido el detalle de las notas de pie de página situadas en las últimas páginas del volumen, toda una rara avis dentro de los parámetros de edición de Impedimenta—, Maestras del engaño: estafadoras, timadoras y embaucadoras de la historia asiste a no menos de una veintena de relatos de otras tantas mujeres, algunas de las cuales quedan bajo el paraguas de las etiquetas «Las espiritistas» o «Las anastasias». Sobre estas últimas razona uno de los pasajes más estimulantes de la presente obra, en que Tori Telfer se explaya en mostrar al lector un grupo de féminas con el denominador común de haber sido (auto)proclamadas Anastasia, una de las tres hijas de Nicolás II y Alejandra. Con el asesinato de éstos se puso el punto final a la dinastía de los Románov. Particularmente impactante resulta el relato de una de estas «Anastasia», Franciska Schanzkowska, quien llegó a perder el juicio (mental) y, al parecer, sufrió del síndrome de Diógenes, llegando a contabilizar una sesentena de gatos (¡!) en un inmueble con unas condiciones higiénicas y de salubridad deplorables. La parte final del capítulo de «Las anastasias» eleva una conclusión con marchamo de sentencia en el siguiente párrafo: «La larga y tortuosa cuestión del destino de los Románov se resolvió de forma definitiva en 2009. Los dos últimos cuerpos aparecieron al fin en una segunda tumba no muy alejada de la primera, y el ADN confirmó que esos eran los huesos de Alexéi y de la hermana que faltaba. Ya era oficial: nadie había sobrevivido a los eventos del sótano de la Casa Ipátiev. Ninguna de las mujeres que iban por el mundo afirmando que eran Anastasia decía la verdad. La primera solo había vivido hasta los diecisiete años». Menos taxativa se muestra Telfer en el pliego de conclusiones que encuentran acomodo en el grueso de los pasajes de Maestras el engaño, en que el arco de estafas y de timos deviene amplio y variopinto, con mención especial para Bonny Lee Bakely, en el que podríamos destacar conforme a uno de los capítulos más hilarantes, salpimentado de un jugoso anecdotario, en que queda convocado uno de los actores de A sangre fría (1967), Robert Blake. Intérprete precoz —aparece de manera episódica, a los once años, en El tesoro de Sierra Madre (1948)—, Blake contrajo matrimonio con Bonny Lee, en una decisión que no tardó en lamentar. Al llevar al altar al menudo actor Bonny Lee vio cumplido su deseo de casarse con un famoso después de haber perseguido infructuosamente a Jerry Lee Lewis durante diez años (¡!), hacer creer a su círculo de amistades que había sido novia de Elvis Presley o de haberse carteado con el primogénito de Marlon Brando —Christian—, mientras éste cumplía pena de prisión por asesinato. Con todo, para el capítulo final de esta serie de relatos Telfer reserva el recorrido por la historia de Sante Kimes (1934-2014) —al que se la otorgan una infinidad de álias y/o seudónimos—, de largo el personaje más abyecto y vil, capaz de «esclavizar» a sus criadas sopena de devolverlas a sus respectivos lugares de origen. Lugares habitados de miseria y penurias de distintas índole, caldo de cultivo propicio para que buena parte de estas féminas que desfilan por la presente monografía abracen un ideal de felicidad en que el dinero representa un salvoconducto indispensable. Para ello se recurre a las armas de mujer, en que la apariencia representa el primer mandamiento para captar la atención de varones con una cuenta corriente generosa que, de la noche a la mañana, pueden desaparecer sus fondos o, cuanto menos, menguar de manera ostensible. La lectura, pues, de Maestras del engaño tiene un sentido de crescendo en cuanto a la intensidad de sus últimos episodios, llevándose la palma Sante Kimes, situada en esa frontera del crimen y, por consiguiente, con un pie puesto en la otra parte del díptico, el de Damas asesinas, la pieza bautismal de la escritora norteamericana atrapada durante años en la telaraña del «Mal» con su interminable escala de grises.                        

lunes, 12 de octubre de 2015

«LOST SOUL: THE DOOMED JOURNEY OF RICHARD STANLEY’S ISLAND OF DR. MOREAU» (2014): «DE CREADOR A PERRO»

La lógica dictaba que en el marco de la 29 edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges la tercera versión cinematográfica del clásico literario La isla del doctor Moreau (1896) se proyectara en su sesión inaugural, dentro de la sección a competición o fuera de concurso. Semejante puesta de largo hubiera podido ir acompañada de una exposición dedicada a H. G. Wells (1866-1946), quien había fallecido medio siglo atrás dejando un legado literario que inauguraba, en cierta manera, la denominada fantaciencia. Pero durante aquel verano de 1996 las noticias provenientes de Norteamérica no auguraban perspectivas halagüeñas para el desembarco comercial de La isla del doctor Moreau, una producción que a punto estuvo de quedar suspendida pocas fechas después que el director titular, Richard Stanley —uno de los múltiples “cineastas-prodigio” descubiertos cara al aficionado a raíz del paso por Sitges, en su caso, de Hardware: programado para matar (1990)—, fuera expulsado de su rodaje en un lugar remoto de Australia, concretamente en Queen Island. Justo el mismo día que empezaba a andar la 29 edición del certámen catalán —cuyo alumbramiento coincide con el año de nacimiento de un servidor—, la distribuidora Líder Films estrenaba La isla del doctor Moreau (1996), presumiendo que el atractivo de ver en la gran pantalla a Marlon Brando y Val Kilmer —un actor en alza en aquel periodo— sería suficiente argumento para la asistencia masiva de espectadores. Pero nada de ello sucedió. Atendiendo a mi interés para con el cine de John Frankenheimer —el realizador que tomaría el relevo de Stanley—, asistí a una de las primeras proyecciones del film en la Ciudad Condal, creo recordar con alguna vaga idea de la “leyenda negra” que había acompañado a su fase de (pre)producción. Al finalizar la proyección tuve la sensación que algo fallaba si lo mejor se concentraba en sus primeros minutos, los correspondientes a los títulos de crédito cortesía de Kyle Cooper. Un prodigio de originalidad que ofrece un severo contraste con el resto de una cinta donde Brando y Kilmer parecían campar a sus anchas, sin orden ni concierto. Por aquellas fechas debí cavilar el porqué diantres Frankenheimer había aceptado un proyecto de esas características, sin las garantías suficientes de que rigieran unos mínimos estándares de calidad que se le conceden por derecho propio a un director de su talento. Casi veinte años más tarde, en el que hubiera sido el marco natural para una suerte de premiére europea de The Island of Doctor Moreau, muchos de los interrogantes que se cernían sobre la particular historia del antepenúltimo largometraje dirigido por Frankenheimer quedarían despejados para un servidor al concluir la proyección del documental The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Doctor Moreau (2014).
    De un tiempo a esta parte, mi presencia en el Festival de Sitges se ha convertido en meramente testimonial entendiendo que contemplar infinidad de películas en un corto espacio de tiempo no forma parte del ideal de un servidor. Eso sí, cada año intento afinar en la elección de algún título que me atraiga de manera especial o que tenga la certidumbre de que nunca más podré tener oportunidad de verlo. Este último supuesto es el que me hizo decidir por desplazarme hasta la Blanca Subur el sábado 10 de octubre para ver el documental de marras. Al entrar en la sala del Cine El Prado —conserva su encanto retro con el patrio de butacas tallado en madera sin revestimiento alguno en sus laterales— Richard Stanley hizo los honores de maestro de ceremonias, presentando un documental del que deviene el máximo protagonista en su primera parte. Recordaba haberlo visto en fotografías. Algo más entrado en carnes, pero ataviado con un sombrero similar, tocado por una pluma, y luciendo una melena negra, Stanley parecía agradecido de la asistencia de bastante público tratándose de un documental que debía haberse colado en una programación con una lista de títulos que parecía haberse multiplicado de manera exponencial en relación a la edición de aquel lejano 1996 donde James Woods había sido distinguido como mejor actor por su papel en Killer: A Journal of Murder (1996). Curiosamente, Woods, siguiendo el dictado del contenido del documental dirigido por el prolífico David Gregory, había sido uno de los intérpretes que figuraban en el proyecto en curso antes que New Line se decidiera por la contratación de Val Kilmer para dar cobertura al personaje de Montgomery. Excusa decirse que el testimonio de Woods brilla por su ausencia en el documental pero sí, en cambio, aceptarían el envite sus colegas Fairuza Balk —la principal “aliada” de Stanley—  y Marco Hofschneider, a quien cabe computar uno de los momentos más hilarantes de The Doomed Journey cuando relata que un día Brando se le acercó y se puso a hablar con él en “alemán” o que recibió una patada en las partes nobles por parte del «hombre más bajo del mundo» (el dominicano Nelson de la Rosa apenas alcanzaba los 70 cm de altura; pieza más con la que vestir el freakismo del que hace gala el film). El propio testmonio de Hofschneider se deja sentir tanto en la primera como en la segunda parte de este documental ya que fue uno de los pocos que estuvo de principio a fin del proyecto, atendiendo a las indicaciones del “indio” Stanley y luego a las de Frankenheimer, quien acabaría desquiciado con la actitud adoptada por el rubio actor de El santo (1997) al punto que manifestó alzando la voz ante una parte del equipo de rodaje que «si dirigiera una película llamada La vida de Val Kilmer ni siguiera contaría con él». Botón de muestra de lo que había derivado aquel proyecto soñado por Richard Stanley, quien expresa a cámara el descubrimiento de la novela de H. G. Wells a los cinco años, facilitada por su progenitor para que su vástago reparara en las ilustraciones que contenía en su interior una añeja edición de La isla del doctor Moreau. Una “foto-fija” que Stanley no olvidaría y que le predestinaría a uno de sus proyectos cinematográficos de su vida, cuidando hasta el último detalle a través de bocetos e storyboards que había ido preparando con diversos colaboradores. The Doomed Journey exhibe hasta qué punto la labor de tantos años puede caer en saco roto, mostrando la crueldad de esa maquinaria que atiende a impulsos no necesariamente creativos. Stanley conservaría su nombre en los créditos en el apartado de guionista —en esos menesteres quedarían convocados en distintas fases del proyecto Walon Green (Grupo Salvaje) y Michael Herr (autor de Despachos de guerra), entre otros—, pero su visión del relato de Wells quedaría eliminada. En el epílogo de esta sesión en El Prado, a preguntas de un servidor, Stanley revelaría que solo parte del maquillaje había quedado reflejado en la película de lo imaginado o ideado por él. Devastador balance para alguien que había sufrido en sus propias carnes los desaires de un sistema implacable y que para tratar de vengarse de tamaña humillación, Stanley, animado por un par de técnicos con una actitud escasamente servil al stablishment, se colocaría una máscara de perro y pulularía por el rodaje, llamando la atención en particular el productor Edward R. Pressman por lo extraño de su comportamiento (no se quitaba la máscara para no revelar su identidad). De manera lacónica, Richard Stanley sentencia en el tramo final del documental: «De creador a perro». A pesar de ello, el realizador inglés parece reservar aún una última bala por si los hados son propicios y obsequiarnos algún día con una cuarta versión —descontadas las “bastardas” fuera del alcance de los circuitos comerciales estándart—  de La isla del doctor Moreau tal como la había concebido. Solo así de esta forma parece dispuesto a abandonar temporalmente de su refugio en los Alpes franceses, allí donde arranca un soberbio  documental en su fondo y forma que difícilmente olvidaré.