miércoles, 2 de julio de 2014

«HUIDA DEL CORREDOR DE LA MUERTE» (2014) de Edward Bunker: «AL MARGEN» DE LA VIDA

En este mismo espacio concluía hace algo más de un año un escrito harto elogioso sobre Little Boy Blue (2012) (ir a enlace), de Edward Bunker, destacando sobremanera la capacidad de equilibrar un texto en que parece converger lo áspero y el valor de la nostalgia, la dureza y el aliento de esperanza. Un efecto dual que apenas tiene recorrido en Huida del corredor de la muerte (2014), una de las obras póstumas de Bunker ya que con anterioridad Sajalín, en su colección Al Margen, había publicado Stark (2010), que permaneció inédita en vida del escritor. Posiblemente, el título escogido para la edición en castellano de Death Row Breakout and Other Stories (la italiana, la primera de las llevado a cabo, está fechada en 2010) juegue al despiste porque no se trata de un único relato sino de un compendio de varios que Bunker guardaba en la recámara a la espera que alguno tuviera viera visos de alcanzar la categoría de novela. Su fallecimiento, empero, truncó semejante opción, siendo los depositarios de sus bienes artísticos los que dieron luz verde a la publicación de una amalgama de textos susceptibles de mejora, quedando unas cuantas de sus historias de ámbito carcelario sostenidas por unos pilares literarios un tanto endebles en su entramado narrativo, no así en esa capacidad para hilvanar diálogos extraídos de la matriz de una realidad penitenciaria de la que fue (a la fuerza) un gran conocedor. Ante la disyuntiva de editarlos o no, Sajalín pareció dispuesta a jugar la carta del “completismo” a modo de justificación de una obra que rebaja ostensiblemente el nivel de calidad de títulos anteriores publicados por el sello barcelonés. El propio Edward Bunker deja entrever sus dudas sobre el material en cuestión en una carta enviada a su editor Nat Sobel, “albacea” de una obra literaria que ha ido ganando adeptos en los últimos lustros a pasos gigantesos, y que ha significado un auténtico descubrimiento en nuestro país verbigracia de la pericia y del buen olfato de Sajalín. El contenido de esta misiva sirve para abrir el fuego de la presente edición, en que a lo largo de seis relatos, a saber, La justicia de Los Ángeles, 1927, Entra en la Casa de Drácula, Mía es la venganza, Muerte de un soplón, Huída del corredor de la muerte y La vida por delante, el escritor angelino traza una panorámica sobre la realidad de recintos penitenciarios norteamericanos distantes de cualquier ideal sobre el carácter redentivo de los mismos para sus moradores condenados por penas de distinta gradación.

   Implacable en ese dibujo humano que trata de explorar en la conciencia de individuos out-system, sojuzgados por el color de su piel en numerosos casos (el racismo aflora de manera pertinente en el título de cabecera y en La vida por delante) y/o por una adolescencia y juventud en que un desliz en forma de hurto o agresión les conduce hacia una espiral de odio retroalimentado por el dolor y el desapego familiar, en Huida del corredor de la muerte (traducida por Zulema Couso) Bunker habla desde la distancia de la tercera persona pero, al mismo tiempo, desde la cercanía de un submundo donde forjaría su carácter a golpe de aprender lecciones. Esas lecciones vitales que le impelieron a escribir conforme a una tabla de salvación cuando la desesperación estuvo a punto de hacer mella en su persona. Entre punzada y punzada de dolor, Bunker arrancaría páginas de un brillo muy especial, desgarros emocionales perfectamente canalizados merced a ingentes horas dedicadas a la lectura. Como el grupo de presos que tratan de escapar de la prisión de San Quintín, Edward Bunker hizo de las huídas una especialización, lográndolo en pocas ocasiones, las suficientes, en todo caso, para dar fe de la dificultad de la empresa. En esta obra “de despedida” el lector encontrará referencias a figuras históricas como Sacco e Vanzetti La justicia de Los Ángeles, 1927 o Huey Newton, cofundador del Partido Pantera NegraMía es la venganzay criminales del espectro demoníaco que marcarían sus propias reglas en el seno de una comunidad carcelaria donde la homosexualidad, el racismo y la radicalización ideológica solían llamar a la puerta de una realidad opaca al conocimiento de la inmensa mayoría de nosotros. Cierto que el cinematógrafo y la televisión han explorado estos submundos con especial atención, pero también la letra impresa puede hablarnos al oído de una existencia infrahumana, tal como expresa Edward Bunker en este cierre, en forma de coda, de una obra literaria de una extraordinaria calidad en su conjunto.

domingo, 8 de junio de 2014

«WHO I AM: MEMORIAS» de Pete Townshend: A CORAZÓN ABIERTO

Dos títulos. Dos únicos títulos versados sobre el mundo de la música que Malpaso Ediciones ha puesto en circulación en el corto espacio de unos meses y que llevan en su título un denominador común, el de «Memorias». Las de Neil Young más bien responden al efecto de un impulso de escritor que apelara al duende de su difunta figura paterna, pero que inapelablemente redundaría en un trabajo con muchas aristas sin pulir, un borrador presto a una corrección y/o revisión que nunca llegaría, derivando en una primera tentativa literaria acorde a ese espíritu libre incapaz de obedecer a una normativa, someterse a una estructura correlativa con el propio sentido cronológico. Mas, en el otro libro de Memorias publicado por Malpaso, Pete Townshend, uno de los principales motores creativos de The Who, ha elaborado un manual de peso más de quinientas cincuenta páginas lo contemplanpero extraordinariamente liviano por lo que atañe a lo fácil que resulta su lectura. Nacidos ambos en 1945, Neil Young y Pete Townshend comparten asimismo una similar fidelidad-devoción por la música y una tragedia localizada en sus fases primarias las relativas a la infanciaque marcarían un punto de inflexión en sus respectivas existencias, quedando impregnados para siempre de unas secuelas difíciles de soslayar. Si en el caso del artista canadiense la polio que se le diagnosticó al cumplir los cinco años acarrearía problemas de por vida, con esos fantasmas del pasado que sobrevolaban en su interior en los momentos de aflicción y derivados de un agotamiento físico, el genio británico Pete Townshend arrastraría para el resto de sus vidas el haber sido víctima de abusos infantiles por parte de un eventual padre sustituto, Denny. En uno de los pasajes más lúcidos de Who I Am: Memorias (2014) Pete Townshend comparte con el lector una honda reflexión que persigue una consideración de raíz sociológica: «En aquella época no tenía ni idea de cuántas personas debían lidiar con sentimientos parecidos. En los años de la inmediata posguerra en Gran Bretaña había tantos críos que habían experimentado traumas terribles que resultaba habitual cruzarse con jóvenes tremendamente confundidos. La vergüenza conducía al secretismo; el secretismo, a la alineación. De todos esos sentimientos brotaba en mí la convicción de que los daños colaterales inflingidos a los que crecimos en la posguerra debían confrontarse y expresarse a través de todas las formas populares del arte; no sólo de la literatura, de la poesía o del Guernica de Picasso. También de la música. En el camino hacia la verdad, el buen arte no puede más que desbaratar la negación»
    De manera fortuita, a lo largo del primer semestre de 2014 he tenido una doble “cita” con The Who. En primera instancia, accedí al visionado de Amazing Journey: The Story of the Who (2007), en que al margen de las habituales featuretes que corresponden por “definición” a la edición en formato digital en torno a un grupo o un solista, presté atención al detalle del contenido de un documental servido con un poso historiográfico nada desdeñable. Al cabo, la agradable sorpresa que ha comportado la publicación de la obra de Townshend en lengua castellana, ha servido para despejar algunas incógnitas o malentendidos en torno a un personaje tan poliédrico como Neil Young, presto a pasar a la posteridad por una serie de trabajos labrados entre finales de los sesenta y mediados de los setenta, en especial Tommy (1969) y Quadrophenia (1973). En todo caso, el balance global me reafirma en el pensamiento que Pete Towshend puede haber trascendido cara al aficionado a la música por este par de obras magnas guiadas por un sentido conceptual, pero su importancia en cuanto a su personalidad artística, creativa va mucho más allá, involucrando de una forma absolutamente diáfana su faceta de escritor. Un escritor self made man cuando su profesor de la Escuela de Arte supo que cobraba menos que aquel advenedizo músico,  tuvo la convicción que podía ir por el buen camino, al menos desde un prisma crematísticoque cubriría contra todo pronóstico el cargo de editor adjunto de Faber & Faber, procurando bajo su tutela dar salida a ediciones en inglés de textos de Jean Genet... e incluso una autobiografía de Pau Casals (¡). Lejos que su vertiente de editor le situara en un espacio de placentera estabilidad emocional y/o creativa, Pete Towshend ha vivido instalado en un perenne tobogán fruto de sus excesos con sustancias psicotrópicas (LSD, heroína, cocaína, etc.) y el alcohol que me han recordado de soslayo la biografía personal de Dan Fante hijo del notable escritor John Fante publicada en Sajalín hace un par de años. Con todo, Pete Townshend ha sabido sortear toda clase de contratiempos, siendo el fallecimiento de sus compañeros de grupo Keith Moon y John Entwistle celoso de una privacidad que impediría en vida poner en conocimiento de su gran amigo su filiación a una orden masónicapuntos capitales en el desarrollo de un relato personal preñado de sinceridad, en que convive el logro de la conquista de los objetivos fijados por ese adolescente de figura desgarbada, pero también el de la derrota, más patente si cabe cuando ataca al flanco de los sentimientos excelente la narración de ese episodio de amor no correspondido con la actriz Theresa Russell, a la que acabaría dedicando una canción que cuando queda apeado de toda clase de proyectos de índole musical, sabedor que la capacidad de reciclar material obra “milagros”. Especialmente pertinente al respecto deviene la transformación sufrida por el proyecto de The Iron Man que pasaría a denominarse The Giant Man bajo el manto protector de la Disney comandada en su aparato de dirección por un emergente Brad Bird. Peor suerte tuvo Lifehouse, una pieza propia de un visionario el concepto de internet parecía trazada en su fecunda imaginaciónque se situaría a primeros de los años sesenta, a través del grupo Detours,  al pie de una cima que parecía impensable de escalar. De aquel embrión nacería a mediados de esa misma década The Who, situándose al poco de su creación en ese campamento base que daría acceso a ollar la cumbre del éxito comercial y artístico cumplido el cambio de década. Una vez conquistada la cumbre, Keith Moon pronto acabaría precipitándose al vacío, absorto por una vida sin freno. Su muerte dejaría una situación de desamparo a una formación británica adjetivada de mítica cumplido apenas un lustro de su existencia. Pese a la baja de Moon y más tarde la de Entwistle, Townshend y Roger Daltrey no han querido despegarse del significado de mantener viva la llama de The Who, en honor a una banda que marcaría un antes y después en la Historia del rock. En cierto sentido, Who I Am rinde honores a ese legado musical cultivado con mimo a lo largo de las décadas, el que ha dado crédito para que el nombre de Pete Townshend se eleve al conocimiento de aficionados de la música de distintas generaciones. Pero asomarse a este volumen de memorias representa un encuentro con los aspectos más ocultos de una personalidad que persigue en los últimos capítulos de Who I Am un enfoque sobre todo reflexivo, que parece ir acompañado de las lecciones aprendidas merced a su mentor espiritual Meher Baba, junto a Roger Daltrey y su esposa Karen durante tantos años, el más citado en una obra franca a ocupar un espacio preferente en las bibliotecas de los buenos aficionados al rock. Con permiso de Bob Dylan, sin duda Pete Townshend es el que ha demostrado un mayor background literario, dispuesto a jugar a favor de los intereses de armar un libro de memorias de una extraordinaria calidad a todos los niveles. En su largo proceso de maduración Who I Am encontramos presumiblemente la clave de que Townshend haya aquilatado el peso de lo anecdótico con la sustancia propia de un relato narrado en primera persona expresado a corazón abierto por un ser culto, amén de un superdotado de la música. Malpaso, pues, anota un acierto más en su política editorial de ir al encuentro de textos que nos ayuden a configurar con mayor precisión el cosmos personal y profesional de leyendas forjadas en el espacio del rock de los años sesenta. El de Who I Am representa uno de esos textos para enmarcar, con una soberbia traducción de Miquel Izquierdo, cuyo medio millar de páginas pasan conforme a un suspiro merced a ese vendaval de sapiencia llamado Pete Townshend, de oficio genio y figura hasta una sepultura que esperemos tarde mucho tiempo en llegar. De tal suerte, podrá seguir cultivando su vena de escritor.  

domingo, 1 de junio de 2014

STEVE HACKETT Y SU «GENESIS EXTENDED 2014 WORLD TOUR» EN BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL ROCK SINFÓNICO (III)

Pimlico es un barrio situado en la zona de Westminster, en el corazón de la capital inglesa, que en los últimos compases de los cuarenta —una década en la que Londres estuvo a merced de los bombardeos aéreos, sufriendo con especial crueldad los estragos de la Segunda Guerra Mundial— vio proyectado su nombre a las esferas de la popularidad procurada por el cinematógrafo verbigracia del estreno de un título surgido de la factoría Ealing. Al poco de la puesta de largo de Passport to Pimlico (1949) nacía en ese mismo rincón de Gran Bretaña Steve Richard Hackett. Cumplidos los veinte años de existencia, Steve Hackett, tras su paso por una formación afroinglesa llamada Heath Brothers, recalaría en otra hermandad musical, la integrada por Peter Gabriel, Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks. La voz cantante de Genesis, que así se llamaba la formación, la llevaría Gabriel, al punto que Steve Hackett ilustraría un sentimiento más o menos compartido por los otros miembros, el de una «orquesta en el foso» mientras el carisma del artista proclive al disfraz se elevaba sobre el escenario. Pese a ese reino de taifas en el que acabaría convirtiéndose Genesis, Steve Hackett parecía no tener cabida una vez Phil Collins tomó el mando de la situación ante la salida de Peter Gabriel llamado por los cantos de sirena del cinematógrafo, el guitarrista nativo de Pimlico expediría un pasaporte a esa libertad creativa capaz de asegurarle una plaza entre los artistas de culto cara a diversas generaciones. Pese a su extraordinaria amalgama de discos que brindaría a partir de su álbum de debut en solitario, Voyage of the Acolyte (1975), Steve Hackett ha puesto en valor su etapa al servicio de Genesis, sabedor que en la misma había contribuido a escribir algunas de las páginas más brillantes de la Historia de la música contemporánea del último tercio del siglo XX. Faltaba, empero, la perspectiva necesaria para que Mr. Hackett calibrara la importancia de ese proyecto desarrollado en común por un repóker de músicos de talento de veintitantos años, para proceder, al cabo, a la recuperación del Genesis de la primera mitad de la década de los 70 para los escenarios de medio mundo. En ese empeño iría trabajando a lo largo de los años, de manera simultánea con diversos proyectos personales y colectivos. A las puertas de la edad de jubilación, Hackett lleva recorrido un amplio camino desde entonces colocando el foco sobre su etapa en Genesis. Para el que ha denominado «Genesis Extended 2014 World Tour» Hackett se ha visto arropado por un line-up que saca lustre a la esencia musical de Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972), Selling England By the Pound (1973) y The Lamb Lies Down On Broadway (1974). El pasado día 28 de mayo pude asistir al magisterio de Hackett y su banda en el Barcelona Teatre Musical, enclave localizado en las faldas de la Montaña de Monjuich, desde cuyo punto más elevado podría observarse el caos que reinaba en la principal arteria del barrio de Sants, en que la violencia campaba a sus anchas para vengar la tentativa de derribar (a medias) un espacio de autogestión cultural, el de Can Vies. De nuevo, los medios de comunicación se ocuparían de la crónica de una mala noticia mientras que la buenanueva de la actuación en el Barcelona Teatre Musical en la noche de ese miércoles de ceniza (consecuencia de esos contenedores y mobiliario urbano que ardió por la ira de unos pocos) quedaría mayoritariamente silenciada. Lógicamente, para los casi dos millares de espectadores que acudimos a una cita con la historia musical, la realidad fue otra muy distinta. Dos horas y media de concierto dejaron a las claras que Steve Hackett lograría el efecto buscado. El efecto de una música que invita a la ensoñación a través de un mecanismo perfectamente engrasado, en que Hackett, situado en el centro del escenario guitarra en ristre, se siente envuelto, arropado por un conjunto de músicos que adoptan su rol sin necesidad de tener la impresión que operan «en el foso» mientras el maestro de ceremonias hace gala de un protagonismo excesivo.
   Fue la primera vez que veía actuar en directo a Steve Hackett, para la ocasión, en compañía de Sir Eduardo Martin y Álex Lema, situándonos en el anfiteatro de un Barcelona Teatre Musical prácticamente abarrotado. Desde esa posición teníamos una perfecta panorámica del funcionamiento de ese mecanismo de relojería, de ese tic tac sincronizado al compás de los acordes de Hackett y del bajista Nick Beggs (su figura filiforme y su larga melena rubia y lacia creaban cierta confusión desde la distancia), de la parte de percusión a cargo de Gary O’Toole (tocado por un sombrero de hongo cuando empezaba a anunciarse el fin de fiesta), de los teclados de Roger King, de la voz de Nad Sylvan y de la aportación del multiinstrumentista Rob Townsend. Este último nos deleitó con el uso de la flauta mágica que contribuiría sobremanera a robustecer el carácter bucólico, pastoral, de piezas como “The Fountain of Salmacis”, “The Musical Box” o “Supper’s Ready” (superlativa su ejecución) extraídos de los álbumes que jalonan esa Edad de Oro del rock sinfónico o progresivo en sus múltiples variantes, y de Genesis en singular. Al final del magisterio de Hackett y su banda, con la propina de “Los Endos”, leí en los rostros de algunos de los asistentes a ese evento la idea de felicidad atrapada en ese túnel del tiempo que viajaría hacia los años de excelencia creativa de la etapa de Genesis de Peter Gabriel, pero también de Steve Hackett. La salida de ambos provocaría un cisma creativo, provocando que el fiel de la balanza se decantara hacia ese paisaje pop-rock que llevaba la marca de Phil Collins. Cualquier tentativa de reunificación de Genesis pasa por la aprobación del batería y voz del grupo durante muchos años. Pero su distanciamiento con Hackett invita a creer que la resolución de la ecuación se complica. Mientras tanto, Hackett concluye la gira por el continente europeo de Genesis Extended 2014 World Tour en Portugal. Allí, a buen seguro, le aguardará Joanna Lehmann, su esposa con que quien recientemente se casó y que ha fortalecido su espíritu juvenil y su ilusión por una música encofrada de múltiples estilos, pero con una seña de identidad bien definida en esos horizons descritos en el libro del Genesis de la Biblia del Rock Sinfónico, en que el arcangel Gabriel se dejaría secundar por músicos del tronío de Mr. Hackett, cuyo primer pasaporte se expediría en Pimlico el 12 de enero de 1950. Ahora, a sus sesenta y cuatro años, su regreso a la época de Genesis le ha rejuvenecido en todos los sentidos para la dicha de los que seguimos creyendo con más firmeza que nunca que el rock sinfónico lleva inscrito el valor de la reivindicación en un ejercicio de acto de justicia para con la Historia musical del pasado siglo.

jueves, 29 de mayo de 2014

«PERIODISMO GANZO»: DE LAS TRINCHERAS DE CINEXILIO A SOFILM… SO BEAUTIFUL TO BEAR WELL (Sofilm demasiado bonito para ser duradero)

A menudo realizo mi particular circuito por tiendas del centro de Barcelona recorriendo de manera natural la calle Tallers hasta morir  en el FNAC de Plaça Catalunya. Recuerdo para mi sorpresa que en el FNAC más céntrico de la Ciudad Condal encontré una revista de cine de la que no había oído hablar hasta entonces. Ojeé su contenido y en un acto de fe la adquirí. Su nombre: Sofilm. Llevaban varios números en el mercado y la propuesta va dirigida a un público heterodoxo, con un contenido iconoclasta que sigue teniendo en las entrevistas “a tumba abierta” uno de sus puntos fuertes. A partir de entonces, me he hecho asiduo a la adquisición de la revista, una franquicia de la revista Madre francesa nacida en 2012. Sencillamente, tengo la convicción que las entrevistas a John Carpenter, Brian De Palma, Michael Cimino o John Landis son de las mejores que ha leído en castellano en formato revista. Sabedores que todos están fuera de la Industria, no disfrazan las respuestas echando mano de formulario-tipo ni eluden las preguntas que no demasiado tiempo atrás les hubieran resultado comprometidas. Las entrevistas son un género periodístico en sí mismo que no siempre deviene satisfactorio, dependiendo quién formule las preguntas y sepa "contraatacar" con la siguiente en función de lo que el entrevistado haya contestado. Desde mi época como director de Seqüències de cinema (1995-1996) cultivé este género periodístico (Arthur Penn, Alan Parker , John Schlesinger y Jean-Jacques Annaud, entre otros, fueron algunos de los entrevistados) y me apetecía volver sobre el mismo. Por ello, me puse en contacto con el staf técnico de Sofilm.es para abrir la posibilidad a la hora de realizar una serie de propuestas y, de paso, dar mi opinión desde la experiencia sobre nuevos campos a explorar en el ámbito de esta revista de reciente publicación. A través de la primera conversación que sostuve con Alberto Lechuga, uno de sus redactores, de trato amable y cortés, estuvimos planteando diversos temas y, al calor de la actualidad, se abrió la posibilidad de publicar un artículo de Neil Young en el cine. Daba por concluida la lectura de su libro de memorias un tanto sui generis y, siguiendo el modelo Sofilm, extraje de una serie de declaraciones del mismo con la intención de ir componiendo un texto franco a ocupar inicialmente cuatro páginas de la revista. Más tarde la cosa quedaría en un par de páginas del texto fruto de su encaje en la escaleta de la revista, cuyo destino acabaría siendo lo que denominan “cuaderno crítico”. Luego vino la “letra pequeña”: el artículo se cobraba si también se hacía para la edición francesa. De esta forma se desestimó el artículo, encargando a un redactor bregado en “urgencias” de Sofilm para que reconstruyera el artículo. Con este gesto Sofilm se librara de liquidar una cantidad, favoreciendo la cuenta de resultados de la revista.

   Después de este capítulo hice tabula rasa disculpando al redactor jefe Fernando Ganzo porque esa letra pequeña no se me explicó por parte de su subordinado. Entendí, pues, que el canal de comunicación debía ser a partir de entonces Ganzo. En mi voluntad por seguir retormando ese género periodístico que había descuidado durante tanto tiempo (la persistencia no siempre es buena consejera, como evidencia en este caso), ofrecía la posiblidad a Ganzo por concertar un par de entrevistas con Tobe Hooper y con Volker Schlöndorff. El silencio se impuso durante un tiempo hasta que al tercer email Ganzo respiró en forma de doble disculpa: por la tardanza en la respuesta y por la idea que ellos ya cubrirían la entrevista con el cineasta texano, el autor de la seminal La matanza de Texas (1974). Entonces tuve la certeza que Sofilm es una propuesta editorial que cabalga a los lomos de un sentido profundamente endogámico. Ya han establecido lo que denominan el concepto “Sofim” en el que tienen cabida un determinado círculo de personas, seguramente algunos de ellos salidos de las trincheras de Cinexilio, del que el propio Fernando Ganzo no reniega haber formado parte antes de su salto para hacerse con las riendas, de forma “mancomunada”, de la revista Lumiére, luego reconvertida en publicación digital. Por eso entiendo los largos silencios de Fernando Ganzo y el porqué da pábulo a entrevistas como la de Gérard Depardieu en el número 12 (mayo 2014) (si bien se pueden extraer cosas excelentes conforme, por ejemplo, a la proverbial vena lectora del actor rusófobo, su sentido de la moralidad deja mucho que desear). Para alguien acostumbrado a actuar bajo seudónimo como Fernando “rajando” a diestro y siniestro de compañeros de profesión (los redactores de Dirigido por… solían ser uno de los blancos fáciles), en ese tono condescente, sobrado propio de los tipos resabiados, es lógico que administre esos silencios… hasta que amaine el temporal. Creo que es bueno poner en conocimiento que el redactor jefe de Sofilm.es fue en su día de enfant terrible alguien que se escondía con seudónimo o nick presto a darle con un tirachinas en el ojo crítico a algún colega por muy distintos y algunos espúreos motivos, en especial a Dirigido por… Pero lo que sí debo decir que, a diferencia de la revista con sede en Barcelona que ha cumplido con creces los cuarenta años de existencia, vaticino que el proyecto Sofilm.es acabará naufragando a un par de años vista o bien “reinventándose” en el éter digital, de donde provenían Fernando Ganzo y su tropa en esa ignominia denominada Cinexilio, que me temo muchos de ellos se han hecho twiteros contumaces para proseguir dándole al insulto a modo de forma de expresión más acorde con su línea de pensamiento. Ese naufragio (y así se lo hice saber vía email a Fernando Ganzo) de la edición español se deberá al carácter endogámico practicado y que he podido percibir a las claras, y la necesidad imperiosa por encadenar nombres ilustres para una determinada generación de cinéfilos (John Carpenter, Brian De Palma, Joe Dante, John Landis, etc.) sin prever que la lista no es demasiado extensa en este sentido. Dosificar estas entrevistas, intercalando segundas espadas o nombres propios de otros campos (no solo el cine son directores e intérpretes; este mensaje lo ha ido captando Dirigido por de un tiempo a esta parte) en algunos números favorecería a la longevidad de la revista. Pero si siguen esta dinámica, la pregunta pertinente sería: ¿alguien comprará un ejemplar de Sofilm por la entrevista-estrella a Abert Serra (jugando a empresario de Sofilm.es desde su funación) en función del estreno de una película longer than life o a Xavier Dolan cuanto éste cumpla veinticinco años y ya acumule muchas más películas que algunos directores veteranos de nuestro bendito país? Pues creo que solo lo harán hypsters, inconoclastas irredentos y fashion victims que van de guaisiers y se abren a las tendencias del cine “moderno” para epatar con algunos nombres de cineastas a su parroquia. Serán entonces cuando un servidor diga basta, y pase de largo en mi cita mensual con el quiosco del FNAC de Plaça Catalunya. El «periodismo Ganzo» llamará entonces a las puertas de la inmolación

martes, 27 de mayo de 2014

«EL FRAGOR DEL DÍA» de Elizabeth Bowen: EL RIESGO DE LA TRAICIÓN

«Una novela sobre el tiempo, la identidad y la libertad que explora los lazos de unión entre lo personal y lo político. Un noir que podría haber firmado Graham Greene pero también Virginia Woolf». De esta manera se destaca en la contraportada de El fragor del día (1948) por parte de los responsables del sello Impedimenta de lo que podría considerarse una frase orientativa cara al lector en torno a la séptima novela escrita por Elizabeth Bowen (1899-1973). Mas, desde mi perspectiva The Heat of the Day podría resultar un híbrido entre la literatura de Graham Greene y la de Virginia Woolf, un texto que pivota sobre un personaje situado en el frontispicio de la fatalidad pero que se resiste a desprenderse de aquellos elementos que configuran la esencia de su propia persona, la de una soñadora convencida de la existencia del elixir del amor. Es cierto que si tratamos de permutar el personaje femenino de Stella Rodney por uno masculino acorde a la elección que hubiera merecido por parte de Greene rara vez los protagonistas de sus novelas son féminas, el tejido narrativo de una novela de la clase de El fragor del día se resentiría sobremanera, no así una estructura que aquilata el contexto histórico y político donde se desenvuelve el Londres de la Segunda Guerra Mundial bajo una incesante lluvia de bombas que causan estragos en la población civil, a la par que redoblan el espíritu patriótico y solidario entre sus conciudadanoscon el estudio de caracteres definidos bajo la luz de la agudeza propia de una autora con una capacidad de observación descomunal.
    En mi segundo acercamiento a la prosa de Elizabeth Bowen (tras la lectura de La muerte del corazón, de cuyo contenido di cuenta en este mismo blog y que puede consultarse a través de este enlace) vuelvo a reparar en esa apropiación de un lenguaje hilvanado con suprema maestría por parte de Bowen, destilado de un sentido descriptivo que no interrumpe en modo alguno el tránsito de unos personajes por la trastienda de una guerra que levanta barricadas frente a la idea de un amor perdurable, imperecedero. Vacua ilusión que sigue latiendo en el corazón de Stella, esa «antiheroína» que camina sostenida por un brazo de Greene y por el otro de Woolf, aquel presto a dominar el flanco en que converge el pensamiento femenino proyectado hacia un espacio de libertad, de desmembramiento de la doctrina tradicional en materia de diferencia entre sexos. Algo más de trescientas páginas que Bowen destina a hacer aflorar, a través del personaje de Stella, un pensamiento avanzado para su época, descrito con un puntillismo que nos aferra la consideración de la excelencia narrativa al alcance de unos contados privilegiados. Solo en determinadas ocasiones esa excelencia se quiebra en la repetición de expresiones o vocablos que quizás persiguieran una intencionalidad por parte de la escritora oriunda de Irlanda.  Lo que sí no parece admitir dudas es que Bowen tuvo en mente antes de la redacción del texto la necesidad de que el contexto social y político descrito no acabara sepultando la matriz de un relato que invoca a la necesidad de amar o, en su defecto, a la pérdida de amor, peaje insoslayable para el aprendizaje y posterior proceso de maduración al que se de abocado el personaje de Stella, estableciendo un particular triángulo sentimental con Robert Kelway y Harrison, escurridizo personaje, a imagen y semejanza del Harry Lime de la novela de Greene El tercer hombre, de la que Carol Reed extrajo un film homónimo perdurable en la memoria de un sinfín de aficionados. A buen seguro Reed hubiera podido extraer un enorme partido de la pieza literaria de Bowen en sus tiempos de esplendor creativo, pero las convenciones de la época, marcadas sobre patrones masculinos, dejaron sin efecto cualquier tipo de tentativa. Reed abandonaría la práctica cinematográfica en 1973, el mismo año que se conocería el fallecimiento de Mrs. Owen, cuyas penurias económicas concentradas en los últimos lustros de su existencia harían mella en su matrimonio, en la frecuencia de sus escritos y en su propia salud. Una quincena de años más tarde, casi de manera consecutiva, Granada Televisión produjo The Heat of the Heart (1987) y En el calor del día (1989), a partir de sendas novelas escritas por la pluma de Bowen y con la participación en ambos casos de Michael Gambon antes que su nombre traspasara fronteras. Harold Pinter firmaría el libreto de esta última, apropiándose de un texto que permitía dar rienda suelta a su fijación por plasmar las tensiones derivadas de las diferencias entre clases sociales (en ese mismo alambre narrativo se mueve El sirviente, a partir de la novela de Robin Maugham). Material, por tanto, reservado a ese principio clasista que define a la sociedad británica que Pinter trataría de acomodar al formato de producción televisiva servido para una historia, la de Bowen, que hubiera podido llamarse El riesgo de la traición, el título de estreno en nuestro país de una producción inglesa de principios de los años 80. Un espacio temporal aún poco maduro para que el árbol del conocimiento de la prosa de Elizabeth Bowen diera sus frutos en forma de publicaciones traducidas a la lengua cervantina. Éstos llegarían, una vez más, gracias a la empresa editorial comandada por Enrique Redel, pero sin descuidar la contribución de los sellos Pre-texto La casa en París (2008) y el ensayo Siete inviernos: memorias de una infancia en Dublín (2008)y AcantiladoEl último septiembre (2013)—. 


martes, 6 de mayo de 2014

JORGE MORAGAS: MISERIAS DE UN «MOCHILERO» SIN IDENTIDAD

Hace pocas fechas el editorial del Financial Times reincide en sus críticas al gobierno del PP y más concretamente a su presidente Mariano Rajoy de “esconderse” tras la Constitución para no tender puentes de diálogo con el Govern de la Generalitat de Catalunya de Artur Mas. El prestigioso e influyente rotativo británico aboga por buscar una solución intermedia, una tercera vía que evite cualquier escenario de separación entre Catalunya y el resto del estado español. En este punto del relato, a medio año de que se pueda realizar una consulta popular (al parecer, no vinculante), el presidente del gobierno podría mover ficha, teniendo además un catalán como su brazo derecho, el Jefe del Gabinete de Presidencia y Diputado del PP Jorge Moragas (Barcelona, 1965), para facilitar esos puentes necesarios a los que alude el Financial Times. Pero Moragas ha demostrado por activa y por pasiva que hace frente común con el enrrocamiento propio de un mandatario incapaz de salirse de su hoja de ruta, aquella destinada a pasar a la historia como un reformista y gestor de un país sumido en una crisis galopante desde el principio de la legislatura. Él es la sombra de Mariano Rajoy allá dónde vaya el político gallego. Más que la cautela y la prudencia, lo que define a Moragas es su condición de «hombre-sin-rostro», el pelota del jefe  que no se sale ni un milímetro del plan que le ha reservado Rajoy hasta el final de su mandato de Presidente del Gobierno. Moragas ha quedado “abducido” por el poder, mostrándose un personaje alejado de aquel joven diputado dispuesto a dejarse “seducir” por los “encantos” de la avispada reportera Thais Villas —también catalana— de la Sexta, a pie de moto mientras se escuchaba de fondo otro rugido, el de los leones que custodian el Congreso de los Diputados. Con la llegada al Gobierno de Rajoy, Moragas ha pisado el acelerador y se ha consagrado a llevar la agenda del Presidente del PP, colocándose esas “orejas de burro” dispuestas para no ver más allá en el camino la realidad que les interesa, la de las cifras macroeconómicas para repetir, cuál mantra, las bondades de las políticas reformistas adoptadas. Muestra inequívoca que Jorge Moragas se ha transformado en un “accesorio” de Mariano Rajoy, cada vez con menor capacidad para razonar por sí mismo y de (de)mostrar que tiene criterio propio se dio en el curso del programa Salvados que abordaba el tema de la realidad del sector de discapacitados físicos y psíquicos que han sufrido los estragos de los recortes sociales hasta el extremo de dejarlos en una situación franca a la desesperación. Un tema ciertamente sensible cuya principal voz a lo largo del programa sería la de Jaume Martorell, parapléjico alicantino cuya minusvalía no le impide mostrarse activo en la defensa de una lucha que toda persona de bien debe entender justa. A tal efecto, en junio de 2012 Martorell envió una carta a la Presidencia del Gobierno formulada sobre el auténtico despropósito que comportaba los recortes sociales en un sector necesitado de estos recursos simplemente por una cuestión de supervivencia. La respuesta distaba de ser la que le hubiera gustado leer Martorell y el resto de personas que se encuentran en una situación parecida. Dado el cargo que Moragas ostenta desde 2012 parecía “ajustada a derecho” la petición de Jordi Évole, conductor y presentador de Salvados, para que ofreciera su parecer sobre el asunto, máxime cuando los políticos se suelen llenar la boca al intentar sentirse próximos a los problemas de la calle para tratar de contrarrestar su mala imagen cara a la sociedad. Las tentativas de los responsables del programa resultaron infructuosas en este sentido, pero Évole se guardaría un as en la manga y procedía, vía iphone, a contactar con Jorge Moragas, quien desde el primer instante se mostró “fuera de sitio”, runruneando más que manteniendo una conversación. Al cabo, Évole conminó a Moragas que escuchara la propia petición de Martorell, pero éste escurrió el bultó y decidió colgar, no sin antes recriminar al atribulado periodista que no hubiera resuelto las cosas de una mejor manera. Évole se justificó que tuvieron el silencio por respuesta para que el PP expresara su opinión o su punto de vista sobre un tema candente en la sociedad, más cuando afecta a uno de los sectores que mayor desamparo sufren.
Han pasado días, semanas desde aquel lamentable episodio, pero ese fontanero del Gobierno del PP sigue sin disculparse. Él sabrá las razones porqué no lo hace; todo parece medido en su agenda. Quizás sea consciente que una muestra pública de disculpas sea interpretada como un signo de debilidad por su mandamás Rajoy y, por consiguiente, “munición” para los adversarios políticos. Él (Moragas) calla. Ambos callan. Se tapan sus vergüenzas y siguen paseándose (el uno la sombra del otro) por medio mundo con la miras puestas en querer salvar al país. Moragas tuvo la oportunidad en ese programa de Salvados por comportarse conforme a persona con calidad humana, al menos en apariencia con una voluntad por dar amparo a los más necesitados. Pero Moragas operaría en sentido contrario, mostrándose el individuo que desde la atalaya del poder ha perdido contacto con la plebe. Seguro que Moragas (dicen de él  que es un gran cinéfilo), se cuela antes en una sala para contemplar historias de superheroes (con la factoría Marvel a pleno rendimiento tiene dónde escoger en los últimos años) que las cautivas de un tratamiento de la realidad social que coloca a diario la soga a infinidad de familias. El cine de Ken Loach, Stephen Frears o Mike Leigh le debe dar grima. Como tantos superheroes se coloca la coraza para repeler cualquier tipo de ataques. Pero para los ciudadanos que nos miramos los unos a los otros desde el mismo plano tenemos el derecho a “réplica”, a levantar la voz (no en el sentido literal) para dejar en evidencia los comportamientos de ciertos políticos de la catadura moral de Jorge Moragas, a quien su negativa por disculparse frente a Jaume Martorell le pesará como una losa en sus, intuyo, aspiraciones de alcanzar mayores cuotas de poder en el PP, escalando posiciones para quién sabe si algún día tomar el relevo del que ha sido su sombra estos años de agitada agenda. Ya se sabe que las cosas negativas suelen pesar mucho más que las positivas a la hora de pasar balance de una vida. Y allí estarán las heremotecas, Youtube y otras ventanas de la información de la era digital para levantar acta de las “miserias” de Jorge Moragas, alguien que sigue recibiendo clases en la Escuela Privada del «Padre» Mariano Rajoy y Brey con domicilio en la calle Génova.


miércoles, 9 de abril de 2014

«MALAS HIERBAS: HISTORIA DEL ROCK EXPERIMENTAL (1959-1979)»: GUÍA PRÁCTICA PARA AMANTES DE LA MÚSICA EN RETROSPECTIVA

Cádiz sigue siendo una de las provincias del estado español que mayor porcentaje de escritores ha dado por número de habitantes. Las razones de la proliferación de escritores gaditanos no obedece a un mayor índice de lectura concentrada en esas latitudes, sino que se debe a diversos factores, sin descuidar el principio de casualidad. A esa prolija lista de literatos, entre los que encontramos a Juan Bonilla, Elvira Lindo o Antonio y José Manuel Serrano Cueto, se une desde hace pocas fechas Óscar Carrera (1992, Jerez de la Frontera). Con tan solo veintidós años, Carrera lleva publicados un par de libros de muy distinto perfil, la antología de relatos La prisión evanescente  (2013, Producciones Flaca) y el ensayo musical Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979). Nacido el mismo año que una exposición universal colocaría a la capital hispalense en el mapa mundial, Óscar Carrera ha tenido en la participación de blogs (El yugo eléctrico de Alicia, Cómo conocí al de los Rivers, Desde el cadalso) un campo abonado para dar rienda suelta a su procaz vena de escritor, estimulado por una formación que no conoce fronteras, desde lo gastronómico hasta lo musical pasando por la novela. Esa misma hambre por publicar en papel que le ha llevado a cocinar esas malas hierbas formuladas bajo los parámetros del rock experimental circunscrito a la década de los sesenta y setenta. Allí donde florecieron infinidad de grupos que tratarían de revertir el orden natural de las cosas, a fuerza de exprimir el magín mientras se ingerían sustancias psicotrópicas, se procedían a lecturas perfiladas sobre lo místico, esotérico o mágico, y los ejercicios con los instrumentos obedecía a la gimnasia diaria, aparcando así los hábitos docentes en la inmensa mayoría de los casos. Dicho lo cuál, un libro de las características de Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979) parecería más lógico que hubiera llevado la rúbrica de un veterano musicólogo bregado en mil y una tiendas de segunda mano, a la caza y captura del vinilo raro, de esa pieza de coleccionista que colocar (another brick in the wall) a lo ancho de una pared de una habitación de un hogar, verbigracia de una esclava afición, convertido en santuario de la música contemporánea. Empero, la insultante juventud de su autor Óscar Carrera razona en la idea de que su provisión de fondo musical para tejer el relato, en forma de guía, de Malas hierbas, se encuentra más en esa "biblioteca de Alejandría del siglo XXI" llamada Youtube que en una extensísima colección de vinilos y CD’s, salvo que figurara beneficiario de una eventual herencia de plásticos y decibelios. Lo que sí parece incuestionable es que Carrera ha trabado una obra exhaustiva en su apartado expositivo, que le concede un conocimiento impropio de un joven de su edad, macerado a partir de un número infinito de audiciones concentradas en un relativo corto espacio de tiempo. De la excelencia a la pobredumbre musical (fiel exponente de ello, la banda The Shaggs, cuya génesis estaría envuelta en una suerte de epifanía dictada por el patriarca Austin Wiggin), el oído de Carrera ha trabajado a destajo para que la mente procesara una obra-guía que repercutiera en el papel un texto ágil, fluido, sin arabescos de por medio. En su conjunto, Malas hierbas representa uno de esos libros que, pese a la proliferación de juicios sobre el parecer de un determinado disco o grupo, no resulta molesto ni ofensivo. Más bien, refuerza su carácter de obra singular, siendo una nueva aproximación en torno a una época y un espacio de una música (con su epicentro en Gran Bretaña, pero sin descuidar el carácter transversal del fenómeno del rock) que encontraría arraigo en una generación que hizo de la misma (casi) un dogma de fe. Cualesquiera que se enfrente a la lectura del presente volumen llegará a la conclusión de que estamos ante una de las etapas de mayor fertilidad creativa de la Historia de la Música Contemporánea, con especial significación para el fenómeno del rock sinfónico al que Carrera atiende sobre todo en ese trienio dorado, el de 1971-1973. En este sentido, me congratula observar cómo tras la publicación de Historia del rock sinfónico (2012) escrita por un servidor, hasta la fecha un par de títulos han seguido su estela en el mismo sello editorial, esto es, Yes: Más allá del abismo (2013) y Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979). Obras complementarias al texto que vio la luz hace un par de años, escrita en el caso de esta última por un representante de una nueva generación de escritores al que es fácil adivinar una carrera prolífica, en consonancia con dos de los músicos citados en su primer ensayo, Rick Wakeman (el teclista de Yes) y Frank Zappa. Sendos compositores e instrumentistas que ocuparían lugar en las últimas hojas de un hipotético diccionario conformado por los centenares de nombres propios que se dan cita en las páginas de esas Malas hierbas, una obra que, a buen seguro ha arrancado horas de sueño de un calendario personal apto para pasar conforme a un ciclón en la vida de Óscar Carrera.


miércoles, 2 de abril de 2014

«LA CASA Y EL CEREBRO» de Edward Bulwer-Lytton: MUNDO SOBRENATURAL EN LA ÉPOCA VICTORIANA

A lo largo de la segunda mitad del siglo pasado el mercado editorial español sería capaz de asimilar numerosas publicaciones de Los últimos días de Pompeia (1834) bajo distintos sellos. Al hilo de los datos que ofrece el Ministerio de Cultura, la última de las ediciones servidas en lengua castellana sobre la novela de mayor arraigo popular de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) data de 2003. Con el cambio de milenio se iría abriendo el abanico de obras confeccionadas por Bulwer-Lytton que trataban de buscar refugio fuera de la alargada sombra de Los últimos días de Pompeia que había escrito a los treinta y un años. A lo largo de los cuarenta años siguientes, el escritor británico daría acomodo a una extensa relación de narraciones cortas, novelas y ensayos, labor que compartiría con su quehacer político. En ambos frentes se movería Bulwer-Lytton mientras sus compromisos conyugales y familiares caminaban con suerte dispar. Así, a finales de la década de los 50 del siglo XIX el temperamental Bulwer-Lytton crearía un relato circunscrito en la época victoriana envuelta de espectros. Bautizada The Haunters and the Haunted, su título asimismo se conocería por The House and the Brain, cuya traducción directa arrojaría el de La casa y el cerebro (1859). Impedimenta confeccionaría a finales del pasado año otra vuelta de tuerca referida a su adscripción a la literatura anglosajona al publicar La casa y el cerebro, en una edición que apenas se contabilizan un centenar de páginas. Tamaño suficiente, en todo caso, para entender el porqué Bulwer-Lytton exhibía músculo narrativo en una plaza ciertamente distinguida de la época, la de un Londres arbolado de grandes talentos literarios entre los que se cuenta por derecho propio su coetáneo Charles Dickens (1812-1870). La amistad mantenida durante mucho tiempo entre Dickens y Bulwer-Lytton conllevaría que se intercambiaran sus propios manuscritos antes de ir a imprenta. De tal suerte, por ejemplo, el autor de Los últimos días de Pompeya sugirió a Dickens un final alternativo para Grandes esperanzas (1859). Lejos de mostrarse remiso a aceptar la sugerencia, Charles Dickens accedió de buen grado a rectificar un final que, según la plana mayor de analistas de la obra del famoso escritor, hacía justicia al desarrollo de la narración. Curiosamente, Bulwer-Lytton lidió con el final de su propio texto The House and the Brain, ya que si bien en su primera publicación en la "Blackwood’s Magazine" 1859se podía leer en su integridad, años más tarde aparecería en el mercado una versión sustancialmente reducida. La “línea de corte” la localizamos en el capítulo que arranca con un elocuente «Pero mi historia no ha terminado...». Al parecer, según indica en la introducción biográfica del personaje Arturo Agüero Herranz a la sazón traductor a la lengua de Dámaso Alonso de The House and the Brain, Bulwer-Lytton quiso evitar a toda cosa que se establecieran analogías entre este relato de fantasmas y A Strange Story (1862), a punto de ver la luz cuando su autor encaraba el cumplimiento de su sesenta aniversario. Afortunadamente, la edición que nos ocupa cuenta con la integridad del relato. Con todo, estamos ante un texto de poco más de ochenta páginas, francas a ser degustadas, parafraseando a Ray Bradbury, mucho después de medianoche, en un horario donde los miedos interiores alcanzan nuestro intelecto y nos dejamos abrazar por los dominios de lo sobrenatural... En este sentido, La casa y el cerebro cubre las expectativas, perfectamente encardinada en el concepto de ghost story sostenida sobre un discurso relativo a esa ciencia que busca respuestas sobre asuntos que escapan a la comprensión. Una fenomología sobrenatural que recorre de principio a fin un sustrato narrativo hilado con maestría por Bulwer-Lytton, sirviendo para Henry James de interesante muestra para que varias décadas más tarde el subgénero de fantasmas alcanzara uno de sus puntos culminantes con The Turn of the Screw (1898). Por aquel entonces, el que fuera Barón de Lytton seguía encadenado, a efectos de reconocimiento popular, a Los últimos días de Pompeya. Aún quedaba, pues, por ordenar su excelsa colección de textos, desde la novela de anticipación The Coming Race (1871), traducida como La raza futura constituida en todo un referente para una organización secreta alemana, gérmen del pensamiento (sic) ario hasta Zanoni, o el secreto de los inmortales (1842), un relato publicado por Valdemar en 2011. Una editorial que, a buen seguro, aspiraba a registrar The House and the Brain en alguna de sus antologías integradas en el fantástico. Nuevamente, Impedimenta anduvo diligente al incorporarla a un catálogo que ya sobrepasa los cien títulos en algo más de seis años de actividad frenética comandada con señorío por Enrique Redel. Todo un logro en tiempos de crisis.