domingo, 2 de diciembre de 2012

«COSAS TRANSPARENTES» de Vladimir Nabokov: ÚLTIMO CAPÍTULO... COMPLETO


«El tiempo actúa sobre las relaciones efímeras
y un nuevo aroma se añade al recuerdo»

Vladimir Nabokov (Cosas transparentes)


En el mundo del arte, el término «completista» suele asociarse a aquellos aficionados al cine o a la música, celosos de conocer hasta el último detalle la obra de un determinado director, cantante o grupo a través del coleccionismo de cada una de las piezas que conforman la misma. Los cada vez más contados aficionados a la literatura, en cambio, difícilmente nos invade esa pulsión completista, salvo honrosas excepciones. Para un servidor, Vladimir Nabokov (1899-1977) es de esos autores que invitan el sentir completista por la sencilla razón que tiene pocos “competidores” cuando su prosa se envenena de un estilo que parece rimar a cada página. No extrañaría, pues, que Vladimir Nabokov cultivara la poesía al tiempo que el ejercicio en prosa le procuraba prestigio literario. No en vano, Pálido fuego (1962) se revela un arabesco de trescientas veinte páginas sostenidas sobre un imaginario de novela pero pergeñada con la métrica propia de un poemario. Para alguien que busque el puro placer de la escritura, Nabokov sin duda es una apuesta segura.
   Cierto que un servidor comulga con el propósito de enmienda de ir cubriendo todos los flancos de lectura que provee la suerte de la edición de un autor de la dimensión y de la relevancia de Vladimir Nabokov, pero existe un límite, una frontera que cada uno debe escoger dónde la sitúa. Más allá de esa frontera localizo El original de Laura (2010, Editorial Anagrama), una obra inacabada que el propio Nabokov ordenaría su destrucción una vez falleciera. Lo hizo en 1977, siendo su viuda Vera Nabokov la que velaría para que se preservara la decisión de Vladimir Nabokov. A la muerte de ésta, acaecida en 1991, Dimitri, el hijo de la pareja, después de dar vueltas sobre el asunto infinidad de veces decidió «desenterrar» El original de Laura, un manuscrito que había descansado treinta años en un depósito de un banco suizo, poniéndolo en conocimiento del editor jefe de McGraw-Hill. Nada más caer en sus manos, se activaría la maquinaria editorial, presentándolo a los ojos de los “nabokonianos” —si se me permite la expresión— la considerada última novela escrita por el autor de origien ruso... pero a todas luces inconclusa. No es el primer ejemplo de tamaño “atrevimiento” editorial, actuando a espaldas de la voluntad del propio autor. Baste reparar en lo ocurrido con F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway y sus respectivas obras El último magnate y La isla del adiós. Por razones personales, si se quiere tomado como una forma de expresar el respeto que siento por la obra de Nabokov, decidí evitar la tentación de exumar ese “cadáver” literario de una pieza que remite de soslayo a la masterpiece del autor, Lolita (1955), a través del personaje de Flora. No ha sido el caso de su penúltima novela, Cosas transparentes, “cursada” a nivel editorial por primera vez en 1972 y que en el otoño de 2012 Anagrama ha lanzado al mercado en lengua castellana con traducción de Jordi Fibla. Este profesional se estrena dentro del catálogo de novelas y relatos traducidos de Navokov para Anagrama, el sello poseedor en exclusiva del fondo literario en lengua castellana del excelso escritor y entomólogo.     
   Cosas transparentes comprende un total de ciento cincuenta y cuatro páginas que rezuman el estilo característico de Navokov, inmaculado en su propuesta arbolada de figuras literarias con los adornos propios en francés y algún que otro timbre en italiano. El polo de atracción de Cosas transparentes queda cautivo de esa finura literaria que nos sorprende, nos descoloca porque, como bien señala Peter Aykroyd en la contraportada «Ha dominado todos los trucos técnicos de la novela y ha inventado unos cuantos más de cosecha propia». Nabokov fue un gigante a la hora de moldear el lenguaje y transformarlo en un arte imperecedero, derivándolo hacia lo lírico incluso cuando el personaje central de la historia —Hugh Person— se enfrenta a los miedos más recónditos de su ser al viajar hacia el pasado. Person regresa a Suiza para dar cuenta de un tiempo pretérito que ve desaparecer a sus pies, el espacio geográfico que serviría de refugio para el propio Nabokov, en compañía de su esposa Vera, a la que dedicaría (no sería la primera vez) una nouvelle. Transparent Things no sería la más bella ni inspirada de su autor, pero sí la última (en términos “absolutos”) elevada en forma de coda de una obra profunda y sensible, evocadora y majestuosa como pocas que puedan encontrarse dentro de la literatura universal.  

domingo, 18 de noviembre de 2012

LACINIA, «GENERACIÓN DEL 67»: DÍAS DEL LEJANO PASADO


Por «imperativo» biológico, en el ecuador de nuestras vidas empezamos a tomar plena conciencia, a palpar que nuestra presencia en el planeta tierra tiene fecha de caducidad. Esos padres a los que adjudicamos la cualidad mitológica de la eternidad, empezamos a dudar si nos acompañaran hasta el fin de nuestros ciclos vitales. Nos llegan noticias de los fallecimientos de los progenitores de amigos de esa infancia que nos enseñaba el camino hacia la adolescencia. Sabemos, más que nunca, medir los tiempos en términos finitos y nos hace pensar que, a la conclusión del ciclo vital de cada uno de nosotros, queramos o no, la nostalgia nos embargará, llevándonos de la mano hacia la infancia que expide billetes hacia el destino que nos tiene reservado un futuro tan incierto como fascinante. Convertidos en hombres y mujeres de cuarenta y tantos años hacemos un alto en el camino, aliviamos el dolor de espalda al aparcar ni que fuera durante un suspiro la mochila que cada uno de nosotros llevamos y echamos la mirada hacia atrás. Una mirada que se pierde en la inmensidad mientras resuenan los ecos de nuestra querida infancia. Un haz luminoso invade la misma; sabemos distinguir con claridad los rostros de nuestros compañeros con los que compartíamos pupitre, juegos y deportes, excursiones y visitas culturales. Nos asalta, como una ráfaga, una línea de diálogo, una expresión, una jugada maestra o una viñeta cómica en ese «teatro de los sueños» contenido en una escuela que el recuerdo engrandece pero que la realidad la reduce al tamaño de una superficie más bien modesta. Allí se forjarían esas amistades que el tiempo jamás podrá borrar. Las conservamos en nuestra memoria como oro en paño, encofrada en lo más profundo de nuestro ser, aquel capaz de razonar sobre nuestra verdadera naturaleza. Quizás, solo quizás, en algún periodo de nuestras vidas negábamos o no reparamos en su existencia, pero tarde o temprano sale a la superficie para proyectarse en un primer plano cuando hacemos el ejercicio de reconocer que la semilla de todo lo que somos o quisimos ser se encuentra en esa infancia observada a través del filtro de la nostalgia y de la melancolía. Entonces, creamos esos bocetos de vida que muchos años más tarde adquiere las formas perfectamente definidas en esos lienzos recubiertos de colores intensos, pero asimismo de una paleta de grises en un rincón del cuadro que conforma cada una de nuestras existencias.
   Me alegré reconocer ese sábado del mes de octubre de 2012, en ese enclave privilegiado de la Costa Mediterránea, que Luis sigue siendo the entertainer; Agustí el perfecto relaciones públicas dotado de una descomunal humanidad y una sonrisa inquebrantable; Pedro destilando nobleza a raudales; Víctor haciendo de la discreción un sello inconfundible, o Jaume mostrando una franqueza conforme a un valor inviolable... Y Mª Àngels, Sergio (“uno de los nuestros”, aunque fuera un curso por debajo)... y todos los de la Generación del 67 de Lacinia que no estuvieron allí en el plano físico pero sí en nuestro recuerdo al rememorar pasajes que conservamos con arreglo a perpetuarse. Para ellos y los profesores (Alfonso, Eusebio, Josep, Andrés...) que velaron por la mejor educación posible, solo tengo palabras de gratitud y espero que esa amistad retomada no se pierda en una nube de disculpas en forma de «pasé página» y otras tantas frases hechas en el devenir de una vida que algún día cesará. Entonces si que habremos pasado página... definitivamente.

domingo, 28 de octubre de 2012

«EL LAGARTO ASTRONAUTA» de Kenneth Cook: GUÍA ANIMALESCA DE UN ESCRITOR «GALÁCTICO»


Para una legión de rockeros aussies amarrados a la bandera de AC/DC, Fremantle representa un lugar de peregrinaje obligado para rendir honores al vocal hero Bon Scott, quien estuvo en la banda de los hermanos Angus y Malcolm Young durante un lustro. Pero para Kenneth Cook (1929-1987) su presencia en este enclave situado al oeste de Australia tuvo un propósito bien distinto cuando devino el punto de partida de un periplo ciclista que le llevaría a reseguir la línea de costa hasta ir a morir nuevamente a Fremantle. En el curso de la ruta cicloturista, Cook tuvo tiempo de recrearse en el paisaje... y la fauna autóctona que, al cabo, le proveería de material para uno de los episodios más hilarantes reproducidos en El lagarto astronauta (1987), segunda parte de una trilogía «flanqueda» por El koala asesino (1986) —editada por Sajalín  en 2011— y El canguro alcohólico (1987). Material que podría ajustarse perfectamente a las tiras de un cómic o adaptarse al cine de animación con un paisaje exótico conforme a servir de reclamo añadido, Cook desarrolla en el capítulo «El quokka asesino» un viaje a lo desternillante y al non sense cuando una extraña clase de mamífero («es un pequeño ualabí, no mucho mayor que un gatito o que una rata grande», en palabras del autor del libro impreso por Sajalín Editores dentro de su colección Al margen) va reptando por la espalda provisionada de una mochila del ciclista amateur mientras su bibicleta va zizagueando por una carretera, a más de cien kilómetros de velocidad, aguardándole al final de la recta una curva que se intuye el punto final de su trayecto  y el de su eventual “compañero”. Cook juega a la perfección los elementos que tiene a sus disposición, inclusive un suspense que alimenta un clímax mucho más liviano de lo esperado. Al final de esa curva le aguarda un “precipicio” de cinco metros de altura, situando a nuestro “héroe” en la orilla del mar, a la par que el quokka se muestra impasible en la arena con la mirada perdida en el horizonte. Sin abandonar las analogías para con el medio cinematográfico en el que Cook cultivaría una relación más bien discreta —Despertar en el infierno (1971) y Stockade (1971) nacen de sendas novelas suyas—, otros capítulos de El lagarto astronauta (en especial «Con agallas se consigue ópalo» y «Cómo evadir impuestos») y se presumen piezas sueltas extraídas del western australiano, un género que choca con la realidad de los hechos: su nula difusión fuera de los dominios del vasto país oceánico. O ya metidos en arena de psyco-thriller visualizado por angostas carreteras desérticas a la luz de la luna austral, en «Un especímen peligroso» descansa el carácter cinético en un relato en que nuestro héroe se pierde en conjeturas sobre la verdadera naturaleza de un tipo apuesto que se hace llamar Charles Green transitando por la Gibb River Road con un jeep en que su parte trasera se encuentran enjaulados un cocodrilo vivo de considerables proporciones y un canguro muerto. Un marsupial que protagoniza el segundo de los capítulos de la novela en cuestión, con un título indicativo —«Nunca intentes ayudar a un canguro»— de la intención de El lagarto astronauta por abrirse en el mercado editorial hispano en forma de guía práctica sobre los peligros a los que uno se enfrenta si visita el Outback, infestado de animales de apariencia inofensiva pero que en su interior late un asesino potencial. El alto valor calórico de El lagarto astronauta se debe a esa habilidad de Cook por describir la fauna australiana susceptible de ser sometida a cuarentena —por el peligro que entraña— con apremio a que se tratara de seres humanos, tocados de unos rasgos que les hacen muy cercanos a extraer conclusiones sobre sus reacciones. Al referirse al quoakka, Cook añade a la descripción anterior, «Tiene una cara mezquina y viciosa, y unos ojos pequeños, malvados y faltos de compasión. Como todos los ualabíes, salta a la manera del canguro y lleva a las crías en el marsupio. Por el trasero arrastra una larga cola del tipo rata».  El diablo se viste de quokka en este pasaje desbordante de ingenio descriptivo que raya a una altura superior a la media de relatos contenidos en El lagarto astronauta, acompañados por ilustraciones de Güido Sender Montes para esta cuidada edición de Sajalín, provisionando a los lectores de una nueva novela tallada por lo irreverente y con la convicción que lo alternativo tiene una cuota de mercado cada vez mayor. A la espera de la publicación del título que cierra la trilogía de Cook, El canguro alcohólico solo cabe volver sobre esos capítulos que han despertado en cada uno de nosotros instantes de verdadero deleite, tratando de descodificar un humor que mueve a la extrañeza para alguien que no sea un militante aussie como Kenneth Cook, afincado en lo absurdo desde que decidiera escapar de la disciplina escolar y situarse en una caprichosa realidad minada de peligros con apariencia humana o semihumana. Un private pleasure en tiempos en que los vendavales económico-financieros-sociales están a la orden del día.


domingo, 7 de octubre de 2012

«CAÍDA Y AUGE DE REGINALD PERRIN» de DAVID NOBBS: ORDINARIA LOCURA


En su autobiografía, publicada por Arrow Books bajo el irónico título I Didn’t Get Where I am Today (2004) («no consigo saber donde estoy hoy») David Gordon Nobbs dedica, una vez salvado su periodo de aprendizaje final, además del motivo de portada el capítulo más extenso a The Fall and Rise of Reginald Perrin. Se trata de la obra literaria que le dio relieve artístico y cierta prestancia económica, y a la que dedica cuarenta páginas de sus memorias para ofrecer un relato fidedigno de cómo se coció una pieza de estas características. Bajo una fachada humorística se encuentra una despiadada lectura de la condición humana y más concretamente en el Homo sapiens británico, generador entre su “tribu” de brillantísimas figuras dentro de la música, de la ciencia o de la política, entre otras muchas disciplinas, pero asimismo de un perfil de individuos amparados en la mezquindad, en el sentimiento de superioridad (referida sobre todo a las capas sociales) y en una idea de la tradición familiar que se perpetua de generación en generación. Con su habitual sentido del olfato afinado cada vez en esas Islas Británicas rebosantes de talentos literarios aún por descubrir en nuestros lares, Impedimenta ha publicado Caída y auge de Reginald Perrin (1975), la primera de una serie de novelas escritas por Nobbs, focalizadas en un pintoresco personaje que evidencia su torpeza cuando intenta “reinventarse” bajo una nueva identidad, pero que al cabo computarán varias más. Trescientas cincuenta y siete páginas que se devoran con fruición al combinar su autor la sátira social —en otra muestra del valor de la tradición británica— y el relato humorístico con un lenguaje preñado de brillantez expresiva y, al mismo tiempo, de una vitriólica mirada sobre lo que envuelve la triste realidad de nuestro “antihéroe”. Desde el primer párrafo, Nobbs suelta amarras y deja caer un torbellino de frases delirantes: «Cuando Reginald Iolanthe Perrin se dispuso a salir para el trabajo aquella mañana de jueves, no entraba en sus planes llamar hipopótamo a su suegra. Nada más lejos de su pensamiento». Podemos abrir la novela por la mitad y encontramos a un lado la descripción del mundo de Reginald Perrin —vestido de tonalidades grises, en que millares de lectores británicos debieron reconocerse en el personaje que poco más tarde representaría Leonard Rossiter (una excelente elección) en una serie de veintiún episodios auspiciada por la BBC—, y el que da crédito a su nueva vida marcada por el punto de inflexión que representa su desaparición mar adentro. En el ecuador del relato nace la raíz de una leve intriga detectivesca que queda abortada por la incapacidad de un par de investigadores por sacar conclusión alguna sobre la hipotética identidad con la que actúa en la vida civil —de regreso de la “muerte”— el otrora empleado de una fábrica especializada en la producción y distribución de postres. De Felpudo Coco Perrin pasa a autodenominarse Charles Windsor, pero pronto la evidencia de su charada le conduce a hacerse pasar por sir o Lord Wensley Amburst, Jasper Flask y el signor Antonio Stifado. Los capítulos finales se reservan para un giro narrativo (que evidentemente no desvelaré) de puro delirio, en que las dobles lecturas ganan prestancia en esta notable propuesta literaria aferrada a un sustrato humorístico refinado con una proverbial facultad de Nobbs con combinar lo mundano, lo coloquial (abundan las expresiones de este sesgo que la traductora, Julia Osuna Aguilar, ha tenido que afinar para ofrecer una pátina de “modernidad” a los ojos de las generaciones de lectores más jóvenes) con un proverbial sentido descriptivo que no orilla el valor de una cierta carga poética.
   En esta nueva cita con la literatura británica, Caída y auge de Reginald de Perrin concuerda con su bien ganado prestigio de una obra de culto en suelo inglés, armada para que nos pueda privar inclusive de horas de sueño, a cambio de seguir encarando la vida con las dosis de humor necesarias para soportar el peso del Apocalipsis económico-financiero que se nos avecina, a tenor de los imputs recibidos a lo largo del día. Esperamos con fruición la línea sucesoria de andanzas de un atribulado Reginald Perrin de la mano de Impedimenta, que coloca un nuevo autor descubierto en nuestro país en su particular casillero de aciertos... Un autor más que sumar, pues, y un deseo expreso porque se multipliquen los lectores en el conocimiento de escritores de la categoría de Nobbs, un talento que aún sigue dando guerra, a propósito de su recientemente publicado It had to Be You (2011), ya despojado del inefable Reginald Iolanthe Perrin, al que enterraría hace tiempo haciendo “honor” a las siglas que conforman su nombre y apellido (R. I. P.)  

lunes, 24 de septiembre de 2012

«CANIS LUPUS» (1973) de DARRYL WAY’S WOLF: POLÍTICA DE CANTERA

En un solo año se dieron cita en el floreciente panorama del rock sinfónico o progresivo algunas de las joyas sobre las que se edificaría el prestigio de este subgénero a escala mundial: Tales from the Topographic Oceans de Yes, Tubular Bells de Mike Oldfield, Selling England By the Pound de Genesis, The Dark Side of the Moon de Pink Floyd y Camel de Camel. Pero, además de todos estos títulos que aún pueden encontrarse en las tiendas físicas dentro de la sección de series medias —como bien señala el batería Alan White en el documental sobre la Historia de Yes, Tales sigue reponiéndose constantemente en el catálogo de la veteranísima banda— y obviamente a disposición del internauta en las virtuales, cabría hacer referencia, ni que fuera a pie de página, de aquellos títulos ubicados en los meandros del rock prog. Entre éstos localizaríamos a Canis lupus (1973), una pequeña joya de la banda Darryl Way’s Wolf, objeto de culto y veneración por parte de coineuseurs y/o coleccionistas de rarezas de real abolengo. La pieza bautismal de esta formación de vida efímera —Saturation Point (1973) y Morning Day (1974) se consignarían dentro de su corta discografía— presenta el aliciente añadido de que cada uno de sus jóvenes componentes abandonarían el nido de Darryl Way’s Wolf en aras a establecerse en otras bandas o por solitario, derivando que sus respectivas categorías profesionales fueran loadas. Para esta obra esquinada en lo experimental, el productor Ian MacDonald —uno de los pilares de King Crimson, brazo derecho de su líder, Robert Fripp— trabajaría con Darryl Wolf —el impulsor del proyecto tras su salida de Curved Air—, John Etheridge (futuro miembro de Soft Machine, la banda que había rivalizado en sus inicios en el espacio de la psicodelia con los Pink Floyd), Dek Messecar (luego bajista y vocalista de Caravan, fiel exponente del «sonido Cambridge») e Ian Mosley (batería titular de Marillion desde la salida de Mick Pointer). Política de cantera, en verdad, que visto el potencial de su cuarteto, deja a las claras que Canis Lupus contiene elementos de notable interés, enraizando una tradición de música clásica con arrestos folk con una expresividad rockera filtrada por desarrollos propios del jazz, en una definición “orgánica” que encajaría en la fecunda discografía de King Crimson. La opera prima de Darryl Way’s Wolf es una obra asimétrica en su concepción estilística, que dirige sus “tentáculos” hacia los pronunciamientos cautivos de la embrionaria new age de los 70 en el tema “McDonald’s Lament” (¿un private joke en relación a su productor?), en que Darryl Way se exhibe en la ejecución de un violín armado para activar distintas teclas de la sensibilidad humana; milita en los formas de un rock prog contorsionado en la heterodoxia a imagen y semejanza de King Crimson, con un Mosley mostrando músculo con las baquetas, en “Cadenza”; desenvolviéndose en conceptos más reglados al amparo de un rock de desarrollos melódicos que exploran en las fluctuaciones vocales de Messecar en “Wolf”, o dando cuartel a un folklorismo que acaba penetrando en los intersticios de un rock que parlamenta con la oscuridad, con nuestro interior… allí donde el hombre es un lobo para el hombre. Tanto en su parte instrumental —la cara «A» efectos de LP— como la que se conjuga una parte vocal —la correspondiente a su cara «B» — este Canis Lupus muestra el tarro de las esencias de un tipo de música encaminada, en primera instancia, a satisfacer la pulsión creativa de este grupo de talentos reclutados por Darryl Way con la idea de que fuera el principio de un largo camino. La cosa no prosperaría pero cabe anotar en esas agendas que circulan en paralelo, la que nos recuerdan en listados clasificados por películas, discos o libros, la necesidad (que no urgencia) de encontrar algún día esas gemas en algún rincón de una vieja tienda de viejo o en esos mercadillos afincados en la vía pública durante las jornadas dominicales. Allí donde acuden en procesión un reguero de aficionados a la búsqueda y captura de un incunable. Sin duda, Canis Lupus se alinea entre estos discos —empleando terminología cercana a la suerte que pueda correr la especie que se muestra en portada y que da nombre (en latín) al título— en vías de extinción.

Enlace al tema McDonald's Lament del álbum Canis lupus en Youtube 

domingo, 16 de septiembre de 2012

«AUGUSTUS CARP» de Henry Howarth Bashford: LA RECUPERACIÓN DE UN CLÁSICO DEL HUMOR BRITÁNICO


Contaba con cuarenta y cuatro años cuando Henry Howarth Bashford (1880-1961) vio publicada su primera y la que sería, a la postre, su única novela humorística. Pero tuvo la “prudencia” de que su prestigio profesional —ejerció de doctor a las órdenes del rey Jorge VI, además de ostentar el cargo de Asesor Médico del Tesoro de Su Majestad— no se viera mancillado merced a una vena literaria encarada hacia lo satírico. De ahí que optara por firmar bajo seudónimo, primero en su Inglaterra natal, y repitiendo idéntica disposición cuando su novela Augustus Carp (1924) se publicaría en los Estados Unidos. Transcurridos casi cuarenta años desde aquel bautizo editorial, a Bashford le sobrevino la muerte y con ello su anonimato oscureció para dar paso a un reconocimiento de su figura literaria. La curiosidad mórbida de Anthony Burgess propiciaría esta realidad tan ligada al oficio de escritor. Una tienda de viejo permitió al políglota novelista, ensayista y compositor británico ir al rescate de una edición de Augustus Carp, sepultada entre infinidad de libros. A partir de entonces, saldría a la luz el verdadero nombre del autor de este incunable, Henry Howarth Bashford, que Ático de los Libros, en una operación que entraña cierto riesgo, acaba de publicar por vez primera en lengua castellana, dando carta de naturaleza a una política de recuperación de textos inéditos preferentemente de ámbito anglosajón. Con el afán de rendir honores al verdadero descubridor de esta obra de cara a nuevas generaciones y, a la par, servir a la noble causa de la promoción, Ático de los Libros ha tenido la gentileza de bordar el nombre de Anthony Burgess en el margen inferior derecho de la portada, justo debajo de la frase que reza: «Una de las grandes novelas cómicas del siglo XX».
   A tenor de la sentencia que hizo suya el autor de La naranja mecánica, uno de los escritores con una mayor formación intelectual de los que tengo constancia, mi interés por Augustus Carp creció más allá de sus premisas argumentales. Al cabo, una vez leída la novela en cuestión, sorprende sobremanera que Bashford no hubiera seguido firme en su decisión de cultivar un género que cuenta con una legión de practicantes en el Reino Unido y que en los años de postguerra florecerían nombres de la importancia de P. D. Wodehouse, David Nobbs o Edmund Crispin, estos últimos recuperados por un sello so british como Impedimenta. Allí donde hubiera podido tener acomodo el nombre de Bashford, quien para Augustus Carp recupera ciertos modos y costumbres literarios de la novelística del siglo XVIII, tomando el modelo, por ejemplo, de Los viajes de Gulliver (1726). Al igual que en la novela de Jonathan Swift (1667-1745), en el encabezado de los capítulos de Augustus Carp se despachan en unas pocas líneas, de manera telegráfica, los acontecimientos que tienen lugar en la vida del protagonista. Lo contradictorio del personaje campa a sus anchas en un relato de vidriosa comicidad, al amparo de un sentido tragicómico por el que discurre cada una de las doscientas treinta páginas del presente volumen. Asimismo, la novelística del siglo XVII alcanza a esa intermitente interpelación que hace el autor a su público lector, buscando un amago de comprensión en esa alma objeto de mofa fruto de su alicaída figura. Pasajes de cierta hilaridad se combinan con un humor sutil, sibilino que, a veces, se cobra a cuenta de referirse a las Sagradas Escrituras: «El resto de la carta, de la cuál aún conservo copia, es quizá la denuncia más severa del carácter femenino que se haya escrito jamás, con la posible excepción de algunos pasajes del Apocalipsis (pág. 214)». En boca de un cristiano irreductible, este Augustus Carp, la frase muestra hasta qué punto lo irreverente iría ganando peso a medida que Bashford iba construyendo su relato.
    Para aquellos devotos de la literatura de calado humorístico británico, Augustus Carp deparará una velada de primera magnitud, dejando tras de sí el interrogante que hubiera sido de Bashford de haberse dedicado en cuerpo y alma a la gimnasia diaria de la escritura. Ciertamente, Augustus Carp hubiera sido el punto de arranque de una nueva vida profesional para Bashford pero prefirió tomar un camino acaso más seguro.  


domingo, 9 de septiembre de 2012

UN NUEVO PASO PARA LA REVOLUCIÓN GENÓMICA DEL SIGLO XXI: LOS MISTERIOS DE UN ADN SIN «DESCODIFICAR»


Han transcurrido casi sesenta años desde que la biología marcara un punto de inflexión en el campo de la genética al anunciarse un modelo tridimensional para la estructura del ADN, en forma de doble hélice. Uno de los primeros científicos en asistir in situ a este hito de la biología moderna fue Leslie Orgel, recién licenciado en Ciencias Químicas, la disciplina en la que se especializaría Francis Crick, codescubridor “oficial”, junto a James D. Watson, de la estructura helicoidal del Ácido Desoxirribonucleico. A partir de entonces, el interés de Orgel por conocer los mecanismos implicados en la evolución de la especie humana a través del conocimiento de la denominada molécula de la vida, encontraría uno de sus principales campos de trabajo. Cierto que sus conocimientos sobre química aportaron a Orgel una base sobre la que ampararse para ir desgranando aspectos que quedaban fuera del alcance de las teorías que aún se manejaban en aquellos tiempos. Pero decididamente el científico Orgel buscaba respuestas en una evaluación más amplia, implicando aspectos que comprometían a la filosofía y la historia. Solo así lograría armar un obra del alcance de The Origins of Life: Molecules and Nature Selection (1973), en que daba las claves para entender la necesidad de crear modelos sostenibles para ir trazando el mapa de la evolución de una molécula de la complejidad del ADN. Orgel sostuvo una teoría que no tardaría en ser aceptada como válida, que el ARN (Ácido Ribonucleico) precedió a la estructura del ADN debido a que su nivel de complejidad era inferior. Ya situados en la década de los años ochenta, Orgel y Crick colaborarían en los laboratorios de Cold Spring Harbor, siendo una de las líneas de estudio esa parte del ADN a la que no se le asignaba una función específica. Estudios, en todo caso, preliminares que participaban más de la intuición que de demostraciones empíricas capaces de arrojar luz sobre el denominado «ADN basura» o «ADN noncoding». Fallecidos en la década pasada ambos científicos, a buen seguro la noticia que ha saltado a la primera plana de la actualidad científica y de la que se han hecho los medios de comunicación generalistas, hubiera sido acogida con ciertas dosis de entusiasmo, pero al mismo tiempo de cautela. A lo largo de estos treinta últimos años, la revolución tecnológica ha servido para catalizar un proceso de secuenciación del genoma humano que tuvo en James D. Watson al director de un proyecto sumamente ambicioso, pero que acabaría tomándole la delantera el equipo liderado por Craig Venter, sin necesidad de recurrir a los fondos públicos dispuestos por parte del Gobierno Federal de los Estados Unidos. A raíz de haberse completado la secuenciación del genoma humano hace unos años, diversos proyectos han ido creciendo atendiendo a este nuevo hito de la biología molecular. Entre éstos se situaría el proyecto Encode (acrónimo del inglés ENcylopedia of DNA Elements), cuyo objetivo fijado ha sido investigar en la función del «ADN noncoding». Para ello se unirían una cuarentena de laboratorios de todo el mundo, siendo a principios de septiembre de este 2012 que se han publicado en revistas de la categoría de Nature algunos avances significativos, prestos a concluir que la importancia de esta parte del ADN confirma las sospechas sobre la misma. Los científicos versados en este campo estaban más que nunca a la expectativa tras la sorpresa que había deparado el hecho de saber que tan solo unos 22.000 genes se hallaban en el genoma humano, echando por tierra la teoría de la existencia de más de 100.000 genes. Con este revelador dato, cabía esperar una noticia que desmontara ciertos apriorismos y caminara sobre conceptos que reforzaran la idea de la gran complejidad que envuelve a los procesos biológicos a escala molecular. Así pues, ese «ADN basura» (en la que no participan genes que sinteticen proteínas) no es tal sino que presenta una laberíntica red de interruptores que dinamitan esos modelos simples que trataban de imponerse en los sinposiums o congresos científicos no hace demasiado tiempo atrás. Como bien señala Rogelio González Sarmiento de la Universidad de Salamanca, después de este hallazgo, «el siguiente gran paso será potenciar el estudio del genoma gracias a la Bioinformática». Sin duda, la fascinante historia de la genética desde los tiempos de Johaness Mendel hasta la actualidad, se cobran un nuevo capítulo con esta línea de investigación a seguir, en la que han intervenido de forma activa algunos de los laboratorios del estado español, muestra inequívoca de que el desarrollo científico debería ser una asignatura de obligado cumplimiento en el programa electoral de aquellos partidos con opciones de regir los destinos de nuestro país.     

domingo, 2 de septiembre de 2012

«THE COVE» (2009): TAIJI, CAPITAL DE LA MATANZA DE DELFINES


Las estimaciones más certeras que se conocen hoy en día es que nuestro planeta se sitúa en los cuarenta mil millones de existencia. Al cabo de su historia, 99,9% de especies se han extinguido por muy distintos factores. En este siglo XXI llevamos camino de batir una nueva “plusmarca”, dejando para el siglo venidero un nuevo balance negativo en la cuenta de resultados de especies que definitivamente se extinguirán del orbe mundial. Existen razones poderosas para creer, datos en mano, que algunas de las especies de cetáceos corren un serio peligro su supervivencia en los océanos, cuanto menos en la cantidad que se estima idónea para el equilibrio del ecosistema marino. Sin remontarse demasiado en el tiempo, en 2010 en el archipiélago de las Islas Feroe —bajo el protectorado de Dinamarca—, bañadas por las aguas del Atlántico Norte, se computaron —según los cálculos barajados por la Sociedad Mundial para la Protección Animal (WSPA)— un total de 1.115 ballenas piloto o calderones asesinadas siguiendo un “ritual” de un salvajismo atroz en que el instinto más primitivo del ser humano sale a la superficie. Años a conocí esta lacerante realidad, a la que esa Unión Europea parece hacer caso omiso, a través de un documental proyectado en una suerte de ciclo auspiciado por el Museo de la Ciencia de La Caixa. Presto a seguir atento a esa realidad que se suele colar por las rendijas de la programación televisiva, tuve la oportunidad de contemplar The Cove (2009), un documental sobre tema ecológico que, a diferencia del que recuerdo referido a las Islas Feroe, se ampara en un tratamiento propio del thriller para que esa hora y media de metraje penetre con mayor intensidad si cabe en aquellos espectadores refractarios al tratamiento solemne del que hacen gala la mayoría de piezas integradas en este (sub)género cinematográfico. Ganador de un Oscar al Mejor Documental en 2010, sus impulsores creyeron firmemente en la capacidad de difusión de una obra de estas características para remover conciencias y, si se dan las condiciones adecuadas, variar las reglas del “juego”. Las reglas de un juego “macabro” que se cobran asesinatos de delfines por doquier en esa cala a la que alude el título del film, mientras un porcentaje de estos cetáceos son capturados y enviados, a modo de distribución radial, a numerosos puntos del planeta donde presenten dentro de sus respectivos zoológicos un espectáculo de delfines a modo de pasatiempo. Richard O’Barry lidera esta empresa titánica en pro de la defensa de los delfines —con trazas de una inteligencia mucho mayor de lo que se había estimado en su momento—, mostrándose ante las autoridades japonesas que tratan de ocultar al mundo sus vergüenzas con subterfugios, en una muestra más que los procesos de concienciación desde un conocimiento muy cercano se cobran respuestas de una contundencia absoluta, en que ya no parece haber marcha atrás. En el tramo final del metraje del documental para el que había sido adiestrador titular de la serie Mi amigo Flipper (1965-1966), provoca una inflexión en su voz cuando habla que «espero vivir lo suficiente para que esta situación cambie de una vez». Sus palabras arrastran un poso de pesar, impotencia y amargura cuando el color rojo tiñe las aguas de una cala en que los pesqueros se ensañan con esas criaturas marinas abandonadas a su suerte. El mismo O’Barry relata en el ecuador del documental que para la serie Flipper se utilizaban cinco hembras para el “personaje”. Una de ellas, "Cathy", se mostraba ufana cuando se reconocía en la pantalla televisor —no así cuando aparecía en la misma otra de sus compañeras de “reparto”— que el propio O’Barry había colocado al pie del muelle, extendiendo un largo cable que llegaba hasta el interior de su casa, convertida en uno de los escenarios de la popular serie. A finales de los años sesenta, por tanto, ya se tuvo la certeza de que los delfines son conscientes de su propia identidad. Por ejemplo, se reconocen frente al espejo. Difícilmente, empero, los que atentaban contra la vida de esos cetáceos en la “cala”, tengan la capacidad de mirarse al espejo y reconocerse dentro de una especie a la que sobreentiende el sentido del raciocinio. Ojalá existieran más documentales de las características de The Cove para hacer sonrojar y, lo que es más importante, recapacitar a los responsables de esas barbaries. Gracias, Richard, Louis (Psihoyos) —su director, asimismo presente ante las cámaras para ofrecer su testimonio sobre los hechos narrados—, Paul (Watson) y Charles (Hambleton), entre otros. La fe mueve montañas y derriba barreras infranqueables, incluso en los intersticios de ese vasto país, Japón, donde convive una sociedad hipertecnificada con un concepto tradicionalista que ampara prácticas dispuestas para erigirse en una vergüenza nacional, pero que su población y sus dirigentes desconocen y/o toleran por distintos motivos, algunos ciertamente espúreos. 

Para los interesados, enlace para ver el documental completo de The Cove (2009) en Youtube  (Aviso: en versión en francés)

http://www.youtube.com/watch?v=yN-m-lPfMuU