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jueves, 29 de marzo de 2012

TERRY SOUTHERN (1924-1995): LA SUBVERSIÓN DE LA PALABRA

A propósito del estreno de No habrá paz para los malvados (2011), leí una muy interesante entrevista a su director y coguionista Enrique Urbizu, publicada en internet (Ir a enlace), en que desvela la cantidad ingente de guiones que tiene pendientes ver la luz en la gran o la pequeña pantalla. En el curso de la misma, esta situación, lejos de llenarle de pesar, le servía de acicate para seguir evolucionando, mejorar en su calidad de guionista. Presumiblemente, ese empeño y constancia le ha valido cincelar una obra suprema con No habrá paz para los malvados. Desconozco si el volumen de guiones (en sus distintas fases de desarrollo) que va amontonando Urbizu va siendo equiparable al de los scripts manufacturados por Terry Southern (1924-1995) y que no encontraron salida por motivos disímiles. Conforme a la documentación que obra en poder de la Biblioteca Pública de Nueva York desde hace casi diez años, seguramente trasciendan en fechas venideras el detalle del cúmulo de proyectos que quedaron aparcados para solaz desesperación de Southern. Paradojas de la vida, el que sigue siendo distinguido icono de la contracultura norteamericana del siglo pasado, se llevaría consigo a la tumba infinidad de trabajos para el celuloide “silenciados” en los créditos de algunas producciones y otros tantos pendientes de nueva orden para ser abordados en la gran pantalla. Con muchísimo menos se han amueblado antologías de escritores del siglo XX, ya sea en su derivación epistolar o de ensayos críticos de dudosa categoría. Me pregunto, sin embargo, que hubiera sido de Southern a la hora de enjuiciar su aportación al medio cinematográfico de haberse consignado, por ejemplo, su participación en El coleccionista (1965) y La naranja mecánica (1971) o una parodia sobre el Festival de Cannes. Si a ello sumamos su presencia en los créditos de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), Los seres queridos (1965) —como acertadamente señala Pat McGilligan en Backstory 3, una producción pendiente aún de una “seria” revisión crítica— y Easy Rider / Buscando mi destino (1969) tomaríamos conciencia real de que Southern figuraría por derecho propio entre la elite de guionistas de la segunda mitad del siglo XX. Su presencia en cada una de estas producciones no resultó un puro formulismo, el cumplimiento de un mero encargo profesional. Así pues, el escritor tejano se revelaría en la personalidad clave para ese giro de 180º que precisaba una historia que aborda el tema del fin del mundo, enterrando el pronunciamiento esencialmente dramático del texto de Peter George para su Alerta Roja y deslizándose hacia esa mezcla de acidez, ironía y sátira cautiva del pensamiento de Southern, del que hacían acopio sus novelas Candy (1958) –coescrita con Mason Hoffenberg— y El cristiano mágico (1959) —editada este mismo mes por parte de una editorial señera como Impedimenta—.  Otro tanto de lo mismo puede decirse de Easy Rider / Buscando mi destino, del que Southern construyó toda la estructura narrativa y en particular creó el personaje del abogado encarnado en la pantalla por Jack Nicholson —a imagen y semejanza de Gavin Stevens, hombre de leyes que se pasea por las páginas de los libros de William Faulkner— pero que por la gracia de un Dios menor, los créditos en materia de guión se repartieron entre Dennis Hooper, Peter Fonda (artífices simplemente de la idea matriz) y el autor de The Magic Christian.
    Quedan, pues, en el tintero conocer el contenido de guiones del calado de La naranja mecánica, El almuerzo desnudo, El coleccionista (de lo que él mismo detallaría en una entrevista sostenida con McGilligan, el final difiere al del film dirigido por William Wyler, con un ardid similar al que procura la fuga a Frank Morris/Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz: una escultura "rupestre" que guarda las espaldas del preso/a). A la espera de ello, una manera de seguir la pista de la contribución artística de Southern se vehicula a través de ese par de obras publicadas en un corto espacio de tiempo en nuestro país —Una peli porno (2011, Ed. Valdemar) y la citada El cristiano mágico (2012, Ed. Impedimenta)—, sendos ejercicios que atacan al corazón del stablishment, prestos a demoler tabúes en materia sexual, institucional y de ese concepto del american way of life que se escribiría con renglones torcidos. Allí estuvieron autores como Gore Vidal, John Cheever, Richard Yates, Kurt Vonnegut o el propio Terry Southern (estos últimos, vasos comunicantes en la manera de construir relatos y personajes; urge un ensayo sobre esta dupla subversiva) para levantar acta de que, bajo esa apariencia de mundo feliz, hierven no pocos asuntos que comprometen a la naturaleza salvaje del ser humano. En tiempos de agitación social como los que vivimos, cuán importante es sentir cerca esas obras literarias, a modo de valor refugio, contundentes en su contenido crítico pero barnizadas de un sentido del humor que las hace mucho más digeribles y comprensibles sobre el absurdo y ruín, parámetros afincados en un planeta sobre cuyo eje gira la palabra Suprema: el dinero. Un dinero que derrocharía a mansalva el “antihéroe” de Un cristiano mágico, Guy Grand, para esta fantasía alegórica urdida por un Terry Southern que empezaba a situarse en la cresta de la ola crítica. Medio siglo después nos llega del otro lado Atlántico una botella que contiene el manuscrito de El cristiano mágico, con traducción de Enrique Gil-Delgado, y que nos puede servir para familiarizarnos con el “otro” Southern, el que presumo menos conocido por estos lares (en función de lo poco publicado en castellano hasta hace tan solo unos cuantos meses), el prosista “descolgado” del stablishment. Southern, por tanto, bien merece una misa literaria para esta Semana Santa que se avecina. 

Enlace a Editorial Impedimenta



domingo, 4 de octubre de 2009

«ALERTA ROJA» DE PETER GEORGE: UNA OBRA OLVIDADA POR EL TIEMPO


A expensas de que alguna editorial con una cierta propensión a las rarezas se digne a publicarla, Alerta Roja representa una de esas obras que, a nivel comercial, «murieron» prácticamente a los pocos años de su aparición en el mercado. Y de esto hace más de cuarenta años, al albur del estreno en nuestro país de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), la versión cinematográfica surgida a partir del material literario escrito por Peter George (1924-1966).
Sirva este preámbulo para referirme a un libro por el que me había interesado desde hace una veintena de años, en ese afán por ir descubriendo todo aquello relacionado con la obra fílmica de Stanley Kubrick y que, al cabo de los años, me llevaría a concretar una monografía sobre éste —Stanley Kubrick: una odisea creativa (1999, Dirigido por... Serie mayor nº 9)—. Por aquel entonces me hice con media docena larga de las novelas o relatos cortos que sirvieron de base para sendas piezas cinematográficas con Mr. Kubrick situándose a renglón seguido del directed and produced by en los títulos de crédito. De esta manera, después de contemplar la cara de pasmo de un buen número de libreros, dí por imposible la adquisición de la novela de Peter George. Incluso cuando acometí la escritura del libro sobre Kubrick —aún quedaba lejos la impresionante oferta literaria de la que se dispone hoy en día vía internet/Amazon— lamenté que no me acompañara en ese viaje por el conocimiento de la obra del cineasta de origen judío la susodicha novela de George. Pero coincidiendo con los diez años de salida al mercado de esta monografía, casi por arte de magia, una llamada localizaría aquel tesoro que siempre tuve la presunción que había quedado sepultado en alguna librería de viejo o transferida en un recinto en forma de feria del libro, con una porción de su oferta versada en manuales de segunda mano. Mi buen amigo Tomás me proveyó de un ejemplar que conservaba un buen estado pese a las cuatro décadas por los que seguramente ha vagado por diversos rincones. Espero que, al menos, en el curso de los próximos cuarenta años sea un servidor su legítimo propietario.
No revelo ningún secreto al explicar que Stanley Kubrick siempre prefirió obras que no hubieran tenido demasiado recorrido en las librerías, quedando en una zona de penumbra, alejado de la inmensa mayoría de la población que descuida una literatura que no copa los primeros lugares de ventas. Evidentemente, la circunstancia de que Kubrick escogiera una u otra obra y la adaptara para la gran pantalla elevaba a la enésima potencia las cifras de venta de obras como Atraco perfecto de Lionel White, El centinela de Arthur C. Clarke, La naranja mecánica de Anthony Burgess o Un chaleco de acero de Gustav Hasford. Pero cumpliendo el valor de la excepción esta realidad no se dio con Red Alert en la medida que, al tratarse de un texto literario enrraizado en la cultura de la era de la Guerra Fría, al ir alejándonos de estos márgenes temporales la opción de plantearse una hipotética reedición se iría desvaneciendo. Tampoco su discreta calidad literaria ha ayudado a que esas editoriales de pequeño formato —dispuestas a desenterrar joyas ocultas— pudieran prestar excesiva atención por la obra de George. Pero su lectura desmiente aquello que las ideas más brillantes que encierra ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú se localizan fuera de las páginas del texto del escritor británico. Al cabo de leerlo un par de veces, Kubrick supo que tenía una película en ciernes. En realidad, la base de comedia está contenida en el libro de Peter George —incluso esa alusión a la propiedad privada al referirse a una máquina de la coca-cola—, pero Kubrick, en comunión con Terry Southern, potenció esa vena hilarante que convoca a pensar en el enfrentamiento entre dos superpotencias (los Estados Unidos y la extinta Unión Soviética), a imagen y semejanza de una riña propia de un patio de colegio. Más o menos podríamos decir que Kubrick y Southern tenían la letra de la canción impresa y con unos espacios en blanco —como si se tratara de esos ejercicios recurrentes en las clases de inglés/francés en nuestras etapas en el instituto—. Así pues, el doctor Strangelove esbozado en el volumen de George presenta como uno de sus trazos físicos característicos un brazo algo inquieto, que demanda un plus de autonomía... una pauta que se acabaría dando forma con semejante extremidad superior extendida mientras que el científico filonazi exclama «¡My Führer, puedo andar!». Un tanto de lo mismo ocurre cuando el comandante Kong trata de desatascar el mecanismo de obertura de la compuerta donde se alojan las bombas con cabezas nucleares para acabar precipitándose al vacío a los lomos de una de ellas (curiosamente llamada Lolita)... Atendiendo al aire de vaquero de Slim Pickens, la idea de colocarle un sombrero de cowboy tratando de domar su potro (=bomba) hizo el resto. Imágenes todas ellas que han acabado formando parte de la iconografía de una época y que, en honor a la verdad, Peter George sentó las pilares para la que se convertiría en una obra cinematográfica capital surgida al amparo de la Guerra Fría. El prestigio de la misma ha pivotado sobre las figuras de Kubrick y de Peter Sellers —en una triple intepretación—, dejando en la cuneta a un hombre que escogió la comedia para driblar posibles censuras. Primero amagaría en su país natal amparándose en el sedudónimo de Peter Bryant y valiéndose del título Two Hours to Doom (1958) para, un año más tarde, dejar al descubierto que su nombre se correspondía con el de un ex oficial de la RAF y, toda vez que lo consensuó con los editores de turno, éstos se decantaron por lanzarla al mercado en los Estados Unidos con el título Red Alert. Ironías de la vida, George puso el cierre a su vida vía suicidio con las galeradas de su siguiente novela descansando en la mesilla de su dormitorio. Su título, Nuclear Survivors... Él no sobrevivió pero me sirve de consuelo que su obra más referenciada lo haya hecho y llegue a mis manos después de tantos años conservada en el interior de algún bunker en forma de inmueble o de tienda con aromas a papel viejo, aquel que se puede oler al pasearse por calles como Aribau en horario de tarde-noche.