viernes, 25 de diciembre de 2009

EL ORIGEN DE... LAS EXTRAÑAS ENFERMEDADES DE CHARLES DARWIN

Bien es cierto que Sir Charles Darwin (1809-1882) —de quien se ha cumplido este año el bicentenario de su nacimiento y el ciento cincuenta aniversario de la publicación de su obra magna, El origen de las especies (1859)— alcanzaría, en términos de su época, una provecta edad, consumándose su deceso pasados unos meses después de haber cumplido setenta y tres años. Pero aquel viaje a bordo del HMS Beagle que le llevaría a recorrer medio mundo por espacio de un lustro —en principio, aquel periplo se planteaba para un año o dos a lo sumo— y que daría pie para escribir toda suerte de notas que más tarde cobrarían sentido en papel impreso en forma de teoría de la evolución de las especies, repercutiría en paralelo a Charles Darwin de manera negativa para la salud del naturalista británico. Al calor de esa doble efemérides apuntada, algunas de las editoriales que presentan en sus catálogos una línea de publicaciones cientítificas o aquellas que se fundamentan en este área del conocimiento, se han plegado en los últimos meses a la publicación de un buen número de obras con el denominador común de abordar la vida y la obra —aspectos indisociables— de Charles Darwin. Algunas lo hacen desde una óptica esencialmente divulgativa y didáctica —Charles Darwin: la historia concisa de un hombre extraordinario (2009, Ed. Tusquets) de Tim M. Berra—, otros lo plantean desde un tratamiento epistolar —Charles Darwin: descubre el mundo a través del diario de un grumete (2009, Ed. Edilupa) del reputado historiador Alan Gibson— y el que nos puede acercar más a la verdad del «hombre» deviene Autobiografía: Charles Darwin (2009, Ed. Belacqua). No obstante, el sabio inglés podría haber hecho un diagnóstico certero de su propia persona pero no así del origen de las enfermedades que padeció durante distintas y prolongadas fases de su existencia, que tuvieron como consecuencia una merma considerable en su actividad diaria hasta el punto que las jornadas laborales muy a menudo se reducían, a lo sumo, a un par de horas. Una de sus «aficiones», por tanto, se convirtió en escuchar a numerosos miembros de la comunidad científica que acudían a su residencia de Downtown, a las afueras de Londres. La otra gran comunidad que estuvo en permanente contacto con Darwin fue la médica, a la que él mismo perteneció pero en calidad de estudiante en la Universidad de Edimburgo. La angustia de Charles Darwin se centraba en poner remedio a sus males fisicos que no parecían tener un diagnóstico preciso. Al cumplirse el centenario de la primera edición de El origen de las especies, el doctor Saul Adler trabajaría en la hipótesis que Darwin hubiera sufrido de la «enfermedad de Chagas» durante su paso por zonas tropicales a lo largo de la expedición en el Beagle. Pero la sintamotología que presentaba el emérito científico no parecía corresponderse exactamente con esta enfermedad de origen viral que se transmite por la picadura de un mosquito. Precisamente, coincidiendo con las primeras celebraciones del «año Darwin» en forma de exposiciones, conferencias y, como hemos señalado, publicaciones de todo tipo, el doctor Barry Marshall apuntaba como una de las causas más probables de la fragilidad de la salud del naturalista británico la acción de una bacteria (Helycobater pilori) que causa infecciones gástricas. Para Marshall el conocimiento de esa bacteria le resultaba del todo familiar ya que había sido su descubridor, junto a Robin Warren, valiéndoles a ambos el Premio Nobel de Medicina en 2005. Esa podría ser una explicación plausible, pero aún sigue siendo un misterio la colección de males y dolencias que ralentizaron la actividad laboral de Charles Darwin hasta hacer de Downtown una especie de refugio espiritual, como el que que hubiera imaginado en los días de estudiante de teología, toda vez que su desafección por la práctica médica en Edimburgo le había provocado uno de varios desencuentos para con su figura paterna, Robert Darwin, de naturaleza mórbida (llegó a pesar ciento sesenta kilos), decidido a que Charles prosiguiera sus pasos profesionales y con ello, perpetuar el estatus social en el que la palabra austeridad no tuviera razón de ser.

sábado, 19 de diciembre de 2009

LAS DOS «CARAS» DE IGNASI GUARDANS: APRENDIZ DE MAQUIAVELO

Hace un tiempo alenté a un conocido para que escribiera un libro sobre la verdadera historia de Lauren Films, paradigma del rise and fall refererido a una empresa audiovisual de nuestro país. Su conocimiento sobre los entresijos de aquella poderosa maquinaria dedicada a la producción, distribución y exhibición en España alcanzaban inclusive detalles que hablan por sí solos de las miserias humanas, de «esa hoguera de las vanidades» cuando personajes sin escrúpulos morales atienden a la llamada de lo ocioso, la lujuria y, en definitiva, el amor por... el dinero. Esa «garganta profunda» perfirió declinar la invitación porque si entrara en el «ruedo» podría acabar siendo un testigo protegido frente acusaciones que salpicarían la clase política, la cultural y la financiera del «oasis» catalán.
Destapado el «caso Millet» en julio del año que está a punto de tocar a su fin, han arreaciado las críticas en torno a la falta de mecanismos de control que han hecho posible que el ex mandamás del Palau de la Música desviara unos veintitrés de millones de euros —aunque podrían ser una cantidad sustancilamente superior—, con la complicidad de su brazo derecho Jordi Montull y con un más que presumible entramado de familiares y empleados que, a fecha de hoy, han escapado las garras de la justicia, sin que patronatos, organismos financieros reguladores y demás detectaran tantas irregularidades sostenidas a lo largo de una treintena de años. De todo ello se derivaría la escasa capacidad de un organismo llamado Sindicatura de comptes, que no tenía ni tiene potestad sancionadora. Pero visto lo visto, la regeneración de las instituciones políticas y financieras de Catalunya pasa por sacar a la luz aquellos casos que se trataron de ocultar en su día por parte de una clase política con derivaciones hacia el sector empresarial, indistintamente relativas a la empresa privada o la pública. Es por ello que aquellos informes no vinculantes emitidos por la Sindicatura de Comptes que habían quedado sobreseídos por razones espúreas, han visto como de un tiempo a esta parte cobraban una nueva vida para evitar que la sombra de sospecha se cerniera nuevamente sobre empresas o estamentos conectados con la clase política dirigente o a la sombra de ésta. A tal efecto, recientemente se ha conocido el detalle, por parte de la Sindicatura de Comptes, de la existencia de créditos fallidos en la cuenta de resultados de la empresa Lauren Films. La Fiscalía de Catalunya, con la mosca tras la oreja, después de las dimensiones, a distintos niveles, que ha tenido la estafa del señor (sic) Félix Millet y de sus acólitos, ha preferido, en lugar de mirar para otro lado, encargarse de investigar el destino de quince millones de euros en concepto de créditos que se dieron a susodicha empresa y que, a fecha de hoy, no han sido retornados. L’Institut Català de Finances (ICF) aportó parte de estos quince millones de euros, cuyo destino parece ser una incógnita porque Lauren Films, de hecho, se declaró en suspensión de pagos hace años, cediendo su gestión antes de su cierre (sino definitivo, prácticamente lo sería) a una comisión en la que operaba Ignasi Guardans, a instancias de Convergència i Unió, el partido que gobernaba Catalunya por aquel entonces. Antoni Llorens, ex consejero delegado de Lauren Films, ha arremetido estos días contra Ignasi Guardans, quien ocupa actualmente el cargo de Director General de Cinematografía de España, al que sitúa en el disparadero por haber provocado la caída de Lauren Films. Llorenç sabe que miente, o dice una verdad a medias; fue su megalomanía que le llevó al ocaso, pero también tendrá que rendir cuentas Ignasi Guardans por la responsabilidad que se derivaría de su gestión temporal al frente de Lauren Films, así como su desvinculación de Convergència i Unió (aunque no desde el plano de militancia) después de ser substituido como eurodiputado para disgusto del primero. Personaje oscuro y vitriólico donde los haya, Ignasi Guardans, en los meses que lleva en su nuevo cargo le ha faltado tiempo para promover la candidatura de su hermano Francesc Guardans para la dirección del Consell Nacional de Cultura i Arts (ConCa), organismo vinculado a la Generalitat de Catalunya. Por si fuera poco, Francesc Guardans había sido consejero delegado de Lauren Films. Convergència i unió, al conocerse la voluntad de la Fiscalía del Estado para investigar a fondo todo lo acontecido con Lauren Films en su fase (casi) terminal, moverá todos los hilos posible para evitar que les afecte en demasía y, si acaso, intuyo, Ignasi Guardans se situará en el ojo del huracán de una polémica en la que algunos tienen mucho que perder y poco que ganar, pero asimismo a la inversa. Bien lo sabe Antoni Llorens, cuya venganza está servida, sabiendo que contará con esa red de internautas dispuestos a crucificar al ideólogo de la Ley contra de la piratería que lleva el nombre (que no lá rúbrica) de Ángeles González Sinde. Mal compañero de viaje se ha buscado la Ministra de Cultura por su paso, más bien fugaz —la cuenta atrás ya ha empezado para ella—, por la alta admnistración pública del estado, y que anuncia, como lo que había ocurrido hace más de un lustro con Llorens, otro ocaso... el de una carrera cinematográfica, al menos, detrás de las cámaras. Su tumba artística ha sido la entrada en la gestión política rodeándose de personajes como Ignasi Guardans que suelen navegar entre dos aguas en mares amenazados por turbulencias político-financieras.

sábado, 12 de diciembre de 2009

UN NOBEL PARA UN NOVEL

Desde que se instauraran los premios Nobel, a principios del siglo XX, muchas han sido las voces que han puesto en tela de juicio la idoneidad de algunos de los premiados, sobre todo por lo que compete al de la Paz. Un debate que se reabre en la presente edición debido a que Barack Obama se ha alzado con una distinción que tiene más de simbólico, de gesto, que de realidad tangible, por cuanto su trayectoria no le sitúa precisamente ni tan siquiera entre la terna de candidatos depositario merecedor de semejante premio. Si nos ceñimos al texto del testamento escrito de puño y letra de Alfred Nobel (1833-1896), buena parte de cuya inmensa fortuna iría destinada a la creación de los premios que llevarían su nombre, la perplejidad nos asalta cuando sabemos que el receptor del «buque insignia» de los mismos, esto es, el de la Paz entra en conflicto, al menos, en un punto (esencial): «una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz». El comité que ha debido lidiar este 2009 con la papeleta de designar al Premio Nobel de la Paz no debió reparar en que Obama ha dado el visto bueno a la ampliación del número de soldados —contabilizados en miles—, que deben operar en Afganistán mientras que han hecho caso omiso mayoritariamente a la candidatura de, por ejemplo, Vicenç Ferrer, cuya callada labor humanitaria ha mantenido viva la esperanza (y lo que es más práctico) la vida de cientos de miles de personas en una región de la India dejado de la mano de Dios.
Desde mi prisma, tamaña afrenta no hace más que poner en entredicho unos premios que ya tenían un poso de sospecha desde el momento de su creación, a la muerte de Alfred Nobel, quien había amasado unas ganancias descomunales al albur de la patente y comercialización de diversos inventos, algunos de los cuales tendrían utilidad en el terreno militar. La cuadratura del círculo estaba servida. Pero es bien sabido y documentado que célebres inventores o científicos que, en su momento, gracias a sus privilegiadas mentes habían confeccionado artilugios u otros hallazgos con fines que tuvieron otras aplicaciones por las que se idearon, mantuvieron en vida un sentimiento de autoinculpación. La Segunda Guerra Mundial produjo un alud de casos de físicos, químicos e ingenieros que, después de trabajar para la industria armamentística en sus respectivos países —aunque también serviría de moneda de cambio para trabajar al servicio del mejor postor—, luego entonarían el mea culpa y se dedicaron a cantar las bondades de la paz dando conferencias y/o simplemente abandonando sus plazas en universidades o escuelas. Ilustrativa al respecto fue la ejecutoria de Robert Oppenheimer, el padre del «Proyecto Manhattan», que se revelaría antesala para lo que estaría por llegar un fatídico día de agosto de 1945 con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Iroshima y Nagasaki. Al cabo de unas semanas, Japón firmaría el armisticio que precipitaría el fin de la Segunda Guerra Mundial, toda vez que el ejército nazi había entrado en vía muerta y se batía en retirada en diversas plazas del mundo. Digamos que, a partir de entonces, en las universidades de todo el mundo se dio una suerte de «objeción de conciencia» que se tradujo en que el número de estudiantes matriculados en Física, Química o determinadas ingenierías caería en picado. Un descenso, empero, no lo suficientemente pronunciado para que durante la Guerra Fría se colocara en un brete a los comités de selección de los Nobel, quienes siguiendo las directrices de su fundador, había colegido otorgar premios en algunas disciplinas del ámbito científico, a saber, las de Fisiología, Medicina, Física y Química. Intuyo que determinadas arbitrariedades se han podido dar en estos campos, pero la que se lleva la palma, sin duda, es la del Nobel de la Paz. Repasando la nómina de los premiados en esta apartado debería sonrojar a más de uno del comité de selección para escarnio de la humanidad que ha visto levantar con la diestra o la siniestra la caja que contiene la imagen circular de tonos cobrizos del inventor sueco a Henry Kissinger o Yasser Arafat por citar algunos ejemplos de infuasto recuerdo. Pero ya se sabe que los designios del alma humana son insondables y más si cabe en el ánimo de un comité institucional, a rebujo de la crème de la crème de la sociedad escandinava —con el eje Estocolmo-Oslo por bandera—, que se despacha a gusto cada x años al otorgar la bendición urbi et orbe a una distinguida personalidad, en especial del mundo de la política. Cuando Obama —por quien dicho sea de paso, profeso una notable admiración: razones para ello no faltan— se preste dentro de unas semanas a hacer el saludo militar y acompañar en el sentimiento... patriótico a otra legión de soldados con pasaporte a Afganistán veremos cuantos de los miembros de ese comité se esconden bajo las faldas de esas mesas donde reposaban manjares para ser degustados por príncipes, princesas y dirigentes de medio mundo que asistían a la cena en honor del actual Presidente de los Estados Unidos de América.

sábado, 5 de diciembre de 2009

«EL CLUB DE LOS SUICIDAS»: HIJOS DE «DIOSES» MENORES

Dos libros ocupan mi lectura estos días, en vísperas de Navidades: la magnífica —por bien documentada, de escritura amena y prolífica en el anecdotario, que nos ayuda a reconstruir con mejor precisión una personalidad poliédrica por definición— biografía sobre Paul Newman (1925-2008) firmada por Shawn Levy (Editorial Lumen, 2009), y los Cuentos completos de Robert Louis Stevenson (1850-1894) en una cuidada edición a cargo de Mondadori dentro de su imprescindible colección de «Grandes Clásicos» y con el valor añadido de unas ilustraciones a color en el debe de Alexander Jansson. Al tratarse de un personaje de la notoriedad de Newman, de la salida al mercado de este volumen inclusive se han hecho eco algunos canales de televisión en sus informativos, dejando entrever en su sucinta reseña, a vuela micrófono, que Levy desvela el «lado oscuro» del intérprete estadounidense. Haciendo gala del estilo que había impuesto años a publicaciones como Reader’s Digest, de la que la familia Newman (la de Ohio, no la de Newport, Connecticut, el fortín del rubio actor, automovilista y filántropo en sus años de madurez) era suscriptora, tal aseveración deviene un puro ejercicio de reduccionismo, a la caza y captura de un titular que justifique que un libro haya sido escogido para colarse de rondón entre las cuatro o cinco noticias que dan pie a la portada de un telediario. Claro que el redactor o redactora de turno que había realizado una lectura (muy) en diagonal para sacar un titular facilón podría calibrar que en el mismo saco del «lado oscuro» se situaba la desgracia de haber enterrado a su único hijo, Scott Newman, de una prole que sumaría un repóker de féminas nacidas de dos matrimonios. Ni Paul Newman ni su madre adoptiva, Joanne Woodward, ocultaron la verdadera razón del fallecimiento de Scott: la autopsia, con luz y taquígrafos, desvelaría que se trataba de una muerte provocada por la combinación de la ingesta de drogas, alcohol y algún que otro medicamento que, a priori, debía actuar como somnífero. Un cóctel fatal que arrebató la vida a ese angry young man llamado Scott —de raza le viene al galgo— y que sumió a Paul Newman en un doloroso proceso de autoinculpación por no haber sabido lidiar con sus compromisos paternales. Ya por aquel entonces, a finales de los años setenta —el deceso de Scott se certificó el 20 de noviembre de 1978—, la escritora Kathy Cronkite estaba realizando un trabajo de campo en torno a los hijos de famosos, explorando en la psique de unos seres privilegiados en lo económico pero que padecían carencias en el plano afectivo y/o bien en el desarrollo de su propia realización personal. Nell Newman, hermana del finado Scott, estuvo en la «agenda» de Cronkite, tal como relata Levy. Aunque de forma tardía, Nell pudo enderezar un rumbo que se intuía cercano al de Scott —coqueteó con las drogas— y, por suerte, quedaría fuera de la relación de nombres que el escritor judío enumera en una de las páginas de su voluminosa obra, a propósito de los hijos de celebridades vinculadas al audiovisual que perecieron, víctimas de suicidios, durante esa década y la anterior. Tan sólo en 1975 se registraron los suicidios de tres vástagos de famosos del celuloide o de la pequeña pantalla, a saber, Jonathan Peck —primogénito del gran Gregory Peck—, Jenny Lee Arness —hija del actor James Arness, que encarnaba al Marshall Matt Dillon en la popular serie Gunsmoke— y Dan Dailey III —heredero directo al trono familiar comandado por el intérprete versado en musicales de idéntico nombre y apellido—. Todo hacía pensar que ninguno de ellos pudo digerir «demasiado, demasiado pronto», como reza el libro autobiográfico que llegaría a ver publicado Diane Barrymore (retrato suyo a cargo de Spurgeon Tuker en el encabezamiento del post) antes de despedirse con una nota manuscrita —en 1960— de una vida cuya infancia había quedado arruinada a causa de la adicción a los estupefacientes del asimismo dipsómano John Barrymore, estrella del teatro y, a la sazón, hermano de Ethel y Lionel Barrymore, figuras que descollaban sobre los escenarios y en el celuloide. Padre e hija coincidieron en pantalla, pero encarnados por Dorothy Malone y Errol Flynn, en la que vino a ser una suerte de traslación de la obra autobiográfica de Diana Barrymore que se había ganado el favor de los lectores y con ello, el de los directivos de la Warner Bros. Dos años después del estreno del film se certificaba la «segunda» muerte de la hija de John Barrymore; su libro había servido, pues, para anticipar lo que parecía intuirse al corto o medio plazo. Para desgracia del buen nombre de una estirpe familiar repleta de artistas, Diana Barrymore inauguraría en los años sesenta la lista de ese «club de los suicidas», a la que sumarían nuevas víctimas en las sucesivas décadas con el denominador común de haber nacido en ambientes presididos por el lujo y el oropel, tan visibles como ese cinturón que les impedía levantar el vuelo sin tener la presunción que eran observados o comparados con sus respectivas celebridades paternales o maternales de la gran, pequeña o mediana pantalla. Cada una por separado representa historias recorridas por la tragedia al sesgarse vidas de jóvenes que, en algunos casos, apenas habían traspasado la frontera de la treintena. Poco que ver, por tanto, con la fina ironía que destila ese prosista militante de la Primera División de las Letras de Oro del siglo XIX llamado Robert Louis Stevenson, precisamente en cuentos como El club de los suicidas, que sirve de entrante de esa densa obra presta a ser degustada en su impecable edición en el haber del sello Mondadori.

sábado, 28 de noviembre de 2009

GEORGES DELERUE (1925-1992): REY DE CORAZONES


Para aquellos que no son oriundos de Francia, la ciudad de Roubaix se asocia, en líneas generales, al destino final de la clásica ciclista que preside el calendario de la UCI por lo que compete a las pruebas de un solo día. De la extrema dureza de la París-Roubaix se han echo eco los cronistas deportivos a lo largo de más de un siglo, con las excepciones de sus anulaciones debido a periodos bélicos que comprometieron, en mayor o menor medida, a la población gala. Pero en función del impresionante legado musical que nos ha dejado, Roubaix debería ser asimismo recordada por haber alumbrado a uno de sus hijos pródigo/prodigio: Georges Delerue (1925-1992). El año que Felix Sellier conquistaba esta «clásica entre las clásicas» —competición con una larga tradición de campeones con pasaporte belga—, nacía Georges Delerue para dicha de la composición para cine, sin menoscabo de sus aportaciones como concertista de piano, artífice de óperas y obras de ballet. Es impensable amar el cine de François Truffaut y no hacerlo de la música del compositor galo con quien tantas veces colaboró. Merced al ir familiarizándome con la obra cinematográfica —al menos una mitad; la otra quedaría en suspenso como consecuencia de una prematura muerte— del ex redactor de Cahiers du cinéma, a la par alimenté un interés creciente por la música de Delerue, a quien empezaba a situar en el «olimpo» de mis músicos «clásicos» de cine predilectos, esto es, Jerry Goldsmith, Elmer Bernstein, John Barry, Alex North, Bernard Herrmann y John Williams.
Ahora que se cumplen cincuenta años desde que escribiera la partitura de Le jeux de l’amour (1959), su primer trabajo oficial para un largometraje de ficción —en el audiovisual su campo de pruebas había sido el corto con una producción asombrosa que ni tan siquiera las enciclopedias más fiables se atreven a estimar un número determinado—, Georges Delerue parece haber entrado en el túnel del olvido. Perder el rastro de un compositor de la talla de Delerue es tanto como cubrir con un manto el sentido de la inocencia que inundó con su poesía musical infinidad de producciones desde los años sesenta hasta principios de los noventa. Por aquel entonces, Delerue estaba enfrascado en su nuevo encargo profesional, Los rebeldes del swing (1992), pero su diminuto cuerpo no soportó aquella presión asfixiante, un ritmo acelerado al dictado de las exigencias contractuales con Hollywood que le iban minando la salud al punto que fallecería a los sesenta y siete años, víctima de un ataque al corazón. Toda una ironía del destino para quien nos ha llegado con su música hasta el fondo de nuestros corazones. Incapaz de brindar una mala banda sonora —al menos, las que conozco, que no son pocas para complacencia de mis oídos—, el pequeño gran músico de Roubaix quedaría, empero, tocado anímicamente cuando François Truffaut prefirió contar con Bernard Herrmann para dar cobertura musical a Fahrenheit 451 (1966). La desazón se apoderaría de Delerue en esta etapa de impasse en su relación profesional, que también de amistad, para con el cineasta parisino. Pero persuadido por productores y directores que lo solicitaban desde distintos frentes geográficos, Delerue no cejaría en su empeñó por volver una y otra vez sobre un estilo característico, que arrastraba una clara influencia del barroco y de la música postromántica. En cierto sentido, las composiciones para los films de Truffaut habían marcado un patrón de conducta del que nunca quiso o supo desprenderse. De ahí que su ego no fuera lo suficientemente grande como para rechazar la invitación de Truffaut a seguir colaborando a partir de Una chica tan decente como yo (1971). Hasta el final de sus días Delerue no abandonaría a su querido amigo, completando una serie magnífica de títulos en común que, por regla general, han tenido un peso importante en los discos recopilatorios consagrados al menudo compositor. Entre éstos destaca los tres volúmenes de la «London Sessions», de audición obligada para aquellos que saben saborear la música de cine fuera de la gran pantalla. Delerue está especialmente indicado para este ejercicio melómano porque cada una de las notas de esta soberana trilogía golpea en mi interior, a modo de un eco lejano que me procura un caudal de sentimientos. Emociones parejas a las que me siguen acompañando al regresar sobre la partitura de A las nueve, cada noche (1967) —una de mis favoritas dentro de la vasta obra del francés—, cuyo fraseo musical es la pura descripción de un universo infantil que camina de la mano de una inocencia que parece eterna. Un ejemplo, de los muchos que podría detallar en torno al músico que supo rayar a gran altura, incluso en su aventura norteamericana con enmienda a la continuidad en el tramo final de su actividad profesional y que puso el broche de oro para el que debería ser distinguido con un master en excelencia musical. Gracias Georges; tú música siempre me acompañará por los zizagueantes caminos de la vida, algunos de cuyos tramos el pavimento puede ser similar al que lleva a coronar la mítica París-Roubaix.

lunes, 23 de noviembre de 2009

ZAPATERO, «EL MENTIROSO»

Ahora que nos vamos acercando a la fecha en la que el estado español tomará, en la persona del presidente de nuestro gobierno, las riendas de la presidencia de la Unión Europea vaticino que podremos ver y escuchar a un José Luis Rodríguez Zapatero en toda su dimensión... El de un mandatario político amparado en la constante mentira o, para aquellos que se valgan de los eufemismos para disfrazar la realidad, el de un personaje que falta a la verdad día sí y otro también. Zapatero bien quisiera ser recordado como un dirigente de las hechuras de Barak Obama, pero lo que tiene muchos números es para situarlo con un perfil más cercano al de Richard M. Nixon, quien llevaría acompañado para siempre el calificativo de «el tramposo», al albur de haberse destapado el escándalo Watergate. Porque, lo que no me cabe duda, es que Zapatero responde al semblante de un profesional de la mentira, que sabe manejarse frente a las cámaras con la insana intención de sacar partido de cualquier, por insignificante que resulte, cuestión que favorezca a sus intereses en pro de la defensa de una política que nos ha dejado a las puertas del G-20... % de parados. Este pasado fin de semana hemos asistido a la enésima escenificación de un triunfalismo que busca estrechar lazos con aquellos incondicionales que dan carta blanca a cualquier acción proveniente de las filas socialistas, para pasmo de los que obervamos la política desde la barrera con enormes dosis de recelo. Para Zapatero todo vale. Da lo mismo que la OCDE con Joaquín Almunia —quien se había postulado para abanderar al PSOE años a, pero que fracasó en su tentativa; el tiempo lo hubiera situado como mejor gestor que su compañero de partido en periodos de crisis— entre su cuerpo de comisarios, o el Presidente del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO) se muestren muy cautos sobre las perspectivas de crecimiento de un país como España, que se ha quedado en el furgón de cola en cuanto a dinamización de la actividad económica de la zona Euro; «Nuestro» José Luis extrae de su chistera otra de sus mentiras en forma de anuncio de que «hemos entrado en un periodo de crecimiento» (sic). A tenor de haber ocultado al electorado la realidad que se nos avecinaba en vísperas de los comicios de marzo de 2008, Zapatero y sus asesores deben pensar que, perdidos al río, y toca un baño de optimismo semanas antes de lucir el traje de la Presidencia Europea. Nos podemos preparar, pues, para otra retahíla de falsedades en la voz de barítono de ZP y con el fondo de un pesebre viviente socialista, presto a dorar la píldora al líder del PSOE. Razones de peso para aventurar, al corto o medio plazo, una recuperación de nuestra economía, ninguna, pero todo vale cuando toca arrebato en forma de insuflar ánimos a la población, desoyendo las predicciones de organismos competentes en dicha materia a nivel europeo o nacional. Zapatero lo fia a la «divina providencia»... de un país que, como el soma que sirve de alimento encapsulado a los Alfa, Beta, Gamma... de Un mundo feliz de Aldous Huxley, encuentra en el fútbol la fórmula química para aletargar a la población frente a los televisores hasta extremos inauditos. Ese deporte rey que concentraba no hace demasiado tiempo atrás su interés los fines de semana y los miércoles en función de los compromisos en las competiciones europeas de los distintos clubs que participaban o, de forma puntual, la selección española, hoy en día se extiende como una mancha de aceite cada día del calendario anual con cualquier noticia colateral. Con esa, como tantas otras coartadas, y con un PP que vive jornadas de zozobra al calor del Gürtelgate, Zapatero se las promete felices si el tirón de la Presidencia Europea le sirve para ir dosificando otra tanda de mentiras de aromas muy diversos. No conozco, por tanto, un político de la era Aznar D. C. que haya hecho mayores méritos que José Luis Rodríguez Zapatero para ir acompañado su apellido del calificativo «mentiroso». No se confundan; ZP no es el Obama hispano que nos han querido vender, alimentando el juego comparativo a la luz de aficiones comunes (el básket), sobrepasar con holgura el 1,80 cm, ser buenos comunicadores de masas (un aspecto innegable) y tener dos hijas cada uno. Harían bien en aplicar un «plan renove» en el seno del PSOE cuando el PP tome el mando del país en 2012 —si no antes— arrogados en el papel de «salvadores de la patria» —creánselo: tras declararse (parcialmente) inconstitucional l’Estatut aprobado en el Parlament en 2005 el victimismo catalán retroalimentará esa visión unitaria y servirá para echar el resto para producirse ese cambio de signo político a nivel estatal— y, de una vez por todas, desprenderse de ese «mentiroso compulsivo» de nombre José Luis y de apellidos Rodríguez Zapatero.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

«ESTACIONES LUNARES» EN EL PLANETA TIERRA

Al margen de nuestra huella genética, cada uno de nosotros somos el resultado de un cúmulo de experiencias de toda índole. Experiencias algunas de las cuales hubiéramos calibrado ajenos a la realidad que nos circunda y, por tanto, sujetas a permanecer fuera de nuestro alcance o, cuanto menos, a ser observadas desde una prudencial distancia. Pero la madurez te lleva, a menudo, a vencer ciertas reticencias. Ese fue el caso de mi decisión a aceptar la invitación de Manel Quinto, redactor de cine de La Vanguardia, para hacer la presentación de Mystic River (2003) en la cárcel dels Lladoners. Una prisión de nuevo cuño situada en las cercanías de Sant Joan de Vilatorrada, en la Catalunya Central. Al ser una persona difícilmente impresionable, además de estar bregado en el subgénero carcelario –la última producción vista ha sido Celda 211 (2009), de la que casi nadie habla en términos de un calco de la presmisa argumental de la magistral cinta digirida por John Frankenheimer Contra el muro (1994)– todo lo que comportaría mi entrada en el recinto penitenciario sito en la comarca del Bages no alteró en demasía mis biorritmos. Quizá esa templanza se viera beneficiada porque la sordidez, lo decadente o lo insalubre son términos que no se correspondían con aquel lugar de factura nueva, diríase inclusive modélico al asumir que dentro del mismo habitan personas cada uno con sus respectivas condenas. Según me comentó uno de los funcionarios, muchos de ellos no gozan de régimen abierto; su vida, por tanto, transcurre en prisión cada uno de los días del año hasta cumplir la condena impuesta. Acompañado de un educador, entramos Manel y un servidor toda vez que se estaba proyectando el film dirigido por Clint Eastwood sobre una gran pantalla en un recinto habilitado como sala de proyección. La larga duración de la cinta permitía saltarse el protocolo y dejar para la conclusión de Mystic River una charla con los presos que asistían a la proyección en un número que giraría en torno a la treintena. Me senté en uno de los laterales de la sala y me volví a seducir por ese savoir faire a la hora de filmar unas historias en las que generalmente se plantea un debate o dilema moral. Hubo idas y venidas a lo largo de la proyección, pero el respeto dominaría aquella sesión de cine en horario de sobremesa. Al cabo de hora y media, estaba frente a ellos con la intención de intercambiar algunos pareceres sobre la producción que acabábamos de ver. Para romper el hielo, direccioné de inmediato lo que considero el «núcleo duro», a nivel temático de lo que nos habla el film, esto es, cómo influyen las experiencias adquiridas en las fases de la infancia y de la adolescencia en nuestros comportamientos futuros. Entonces, el silencio sonó como un eco en la sala y las miradas de cada uno de ellos parecían asentir esa verdad tantas veces incómoda porque indefectiblemente nos conduce hacia el fondo del pozo de los recuerdos. Pozos de una negrura sin límites en algunos de ellos verbigracia de una infancia arrebatada, de un abandono emocional que arraigaría con fuerza o de un entorno familiar viciado por la marginación social. Caldos de cultivo para que, al cumplir la mayoría de edad sino antes, sus vidas hicieran un giro al infierno de las drogas, al de la delincuencia y, en algunos casos, al del homicidio. Dialogamos un buen rato y alguno extrajo conclusiones sobre el film a partir de verse reflejado en pantalla en comportamientos puntuales de los protagonistas («la gente dice la verdad cuando está borracha» repitió en dos ocasiones) de la función. Al cabo de un tiempo, el educador, situado a mi derecha, hizo un ademán para poner el cierre a aquella jornada dedicada al cine como una actividad complementaria para su formación, al tiempo que les servía de distracción. Con sus aplausos sin excepción agradecieron el gesto de haber compartido, ni que tan sólo fuera durante unos minutos, las impresiones sobre una producción que les(nos) había tocado la fibra. Les di la mano a aquellos que se me acercaron para redundar en su agradecimiento. Les desee suerte. Acto seguido, al ir traspasando diversos controles me di cuenta del aislamiento de aquel recinto. Parecía haber visitado una estación lunar, sin rastro de vegetación, vallas altas orladas en su parte alta por una espiral de alambres; un espacio, en definitiva, dominado por un entorno carente de vida. Cuando estás en un recinto penitenciario, al menos desde mi experiencia, entiendes que la reinserción para aquellos que cumplen condenas contabilizadas en años es una entelequia... el tránsito de ese aislamiento atroz (doble, si evaluamos lo que supone dormir en una celda de escasos metros cuadrados) hacia la vida civil, con el bullicio habitual que genera una ciudad media o grande, es un contraste demasiado grande. Entiendo que los psicólogos adscritos a las prisiones aconsejen a todos aquellos que salgan en libertad después de largos periodos confinados en prisión que hagan su «aclimatación» en núcleos de población pequeños. Solo de esta forma, calibro, la recuperación a nivel psicológico puede producirse.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

ROBERT ENKE (1977-2009): LA «LEYENDA NEGRA» BAJO PALOS CONTINÚA

Si dejamos al margen auténticos viveros de guardametas como lo habían sido y pretenden seguir siéndolo Lezama o Anoeta, los porteros nunca han surgido fruto de una tradición, de una política de fomentar la formación de este puesto donde se inicia la espina dorsal de un equipo de fútbol. Desde mi experiencia, en el patio de colegio o del instituto, a la hora de otorgar posiciones el de cancerbero casi siempre quedaba relegado a la decisión final. Casi nadie parecía comprometerse bajo palos porque el «elixir» que mueve pasiones en nuestro deporte rey no es otro que el gol, coto privado para los porteros, salvo el atrevimiento de unos pocos a lanzar penalties, faltas directas e inclusive rematar córners en tiempo de descuento. De ahí que el cancerbero, por regla general, haya sido más un producto de la necesidad que de la vocación. Una evidencia que ha ido cambiando con el curso de los años, pero aún así el guardamenta sigue siendo observado como un ser perfilado desde un feroz individualismo, a menudo preso de la excentricidad, de un sentimiento introspectivo, de un toque de pura extravagancia o, cuanto menos, con un comportamiento que trata de marcar diferencias para con el resto del equipo. A tal efecto, es curioso constatar como en el fútbol moderno se mantiene inalterable ese ritual que nos hace observar desde la distancia el saludo afectuoso, «fraternal» entre porteros de equipos rivales antes y después de la conclusión de un partido. Un «hermanamiento» que asimismo es el producto de ese individualismo apuntado que crea un carácter de aislamiento o un deje de ausencia que puede contener en su origen la idea de aquel niño al que nadie hacía caso en el patio de la escuela. A la postre, éste se plegaba a satisfacer a sus compañeros de colegio para que diera comienzo un partido advertido de demora si no se encontraba portero. Desde la marginalidad es difícil, por tanto, forjarse un liderazgo que acabe direccionando a los guardametas hacia la posición de entrenador toda vez que se toma la determinación de colgar las guantes. Delanteros, medias punta, zagueros, laterales o pivotes suelen repartirse la condición de managers, quedando casi siempre fuera de las posiciones de mando de los banquillos esos guardametas con una mayor vida media en los terrenos de juego que el resto de jugadores de campo. Una certeza que asimismo lo es al advertir que con mayor frecuencia que cualquier de los otros jugadores de campo la «leyenda negra» parece cebarse en los cancerberos.
La noticia de la muerte de Robert Enke se suma a una lista de fatalidades de distinta índole en la que se han visto involucrados porteros a escala mundial, la mayoría una vez abandonada la práctica deportiva profesional como el caso de Jesús Castro –muerto en una playa de la cornisa cantábrica tras tratar de rescatar a un niño a punto de ahogarse–, hermano menor del legendario Quini, o Javier Urruticoechea, entre otros. Enke, sin embargo, ha dejado el mundo de los vivos en ese punto de su carrera que aún no había mostrado signos descendentes, no se habían encendido las alarmas de un ocaso al haber consolidado la titularidad en el Hannover 96 y, poco después, haber cubierto la portería de la selección alemana con miras a ser pieza básica en el Mundial de 2010, a celebrar en Sudáfrica. Paradojas de la vida: el día que Alemania mostraba al mundo la conmemoración del 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, una noticia de agencia hubiera podido enmendar la plana a esa majestuosa fiesta de luz y colorido en que la capital germana se había convertido. A centenares de kilómetros de Berlín, Enke había decidido arrojarse a las vías del tren. El cancerbero natural de Jena, ciudad que perteneció a la antigua RDA, había perdido el tren de la vida, pero en su ánimo quizás ese sentimiento lo había tenido tres años antes, a partir de que el maltrecho corazón de su pequeña de dos años dejó de latir. Cerca de Hannover, Louis Van Gaal, actual residente en el banquillo del Bayern de Munich, debió compartir con mayor intensidad si cabe que otras personalidades del firmamento balompédico, el dolor por el fallecimiento de Enke, ya que había convencido al staf técnico del Barça para que lo ficharan en 2002. Su paso fue efímero por el FC Barcelona –como asimismo por el CD Tenerife o el Fenerbaçhe turco– , pero me quedo con el semblante del argentino Roberto «Tito» Bonano, quien trataba de sacar fuerzas de flaqueza al tratar de recomponer el perfil humano del Enke que había conocido durante su paso por la Ciudad Condal. El ex guardameta Bonano contenía el aliento al rememorar la bondad de un hombre que no podía por menos que pararse si veía en la cuneta un perro sin amo. Eso nunca debió trascender a los medios de comunicación, pero con seguridad resultaría trascendente para la suerte de los canes que acabaron al cuidado de Enke. Quizás todo ello nos sirva para saber valorar más al ser humano que al deportista. Una lección de vida, una más que anotar, aunque resulte paradójico, a partir del conocimiento de una muerte. Descanse en paz el que hubiera podido ser un símbolo para el barcelonismo pero que acabaría siéndolo del humanismo. No solo las personas llorarán tu desaparición, Robert.