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lunes, 7 de febrero de 2011

MELODÍAS DE SEDUCCIÓN: JOHN BARRY (1933-2011)

En no pocas ocasiones la extrañeza que provoca para algunos escuchar una banda sonora fuera del contexto para la que ha sido concebida ha planeado en varias conversaciones sobre música. Por lo general, cuando se enciende esa chispa con invitación a prender al hilo de este tipo de conversaciones he interiorizado en mi discurso en pos de la música de cine habilitada para ser escuchada en la lejanía de las salas de cine, o en el cónfort acústico y sensorial que ofrece una sala de concierto, casi en primer término el nombre del insigne John Barry (York 1933 - Nueva York 2011). En muchos sentidos, Barry y Henry Mancini contribuyeron a popularizar la música de cine en los años sesenta con esa combinación de temas jazzísticos, y asimismo imbuidos del pop melódico practicado por la nueva vanguardia musical focalizada en la costa Oeste de los Estados Unidos y en las Islas Británicas. Pero mientras Mancini trataría de rentabilizar su contribución al Séptimo Arte dando cabida a una producción discográfica que se valía de sus propios arreglos para ser tocada en big bands, Barry comprendió que su compromiso para con el cine, aquel que le había marcado desde temprana edad su padre —proyeccionista de profesión—, no tenía billete de retorno. Es, por tanto, tarea imposible definir la evolución de la música para la gran pantalla en el último tercio del siglo XX sin contabilizar la contribución de John Barry. Los acérrimos detractores del mainstream en su derivación cinéfila —con o sin demasiado entusiasmo de lo que emane en el pentagrama para ser acoplado al celuloide o al soporte digital— suelen recurrir a las composiciones de John Barry como sinónimo de propuestas almibaradas, que se solapan unas con otras. The Scores Remains the Same sería la conclusión a la que no pocos llegarían sin reparar en el conocimiento de esas piezas que el autor británico iría diseminando a lo largo de su trayectoria profesional, a modo de subterfugios con los que tratar de equilibrar en la balanza su participación en grandes producciones con producciones de capital financiero bajo o mediano. En realidad, esa distinción nada importa a un servidor porque John Barry demostraría su portentoso talento en cualquier tipo de propuesta, siempre que hubiera un rastro de humanidad al que seguir y, por consiguiente, repercutir en forma de una melodía precisa no necesariamente formulada a rebujo de la inspiración al piano sino, por ejemplo, con el empleo de la armónica en Cowboy de medianoche (1969). Puede resultar un tema baladí, pero la melodía representa uno de los principales puntos de anclaje para que una película pueda eternizarse en nuestra mente. Y un film puede recordarse por una escena, una secuencia entera, un instante, una interpretación... pero también por su melodía, sobre todo cuando aflora un sentimiento romántico. Para un país como el nuestro en que la mayoría de sus directores ni siquiera situarían a John Barry entre sus 30 músicos de cine favoritos —algunos se les haría cuesta arriba citar una docena—, para un servidor si el maestro inglés se hubiera dejado seducir por los cantos de sirena de algún productor local seguramente a día de hoy contabilizaríamos esta aportación foránea entre las partituras más recordadas del cine español de todos los tiempos en un espacio yermo para la melodía escrita ex profeso para la gran pantalla, dejando al margen el cancionero patrio. Ese punto fuerte De Barry bien lo conocían allén del otro lado del Atlántico, y desde mediados los años sesenta hasta veinte años más tarde, el astro británico trabajaría sin descanso en el cine estadounidense, permitiéndose puntuales aportaciones a las producciones de su país —sobre todo de la mano de ese director que aguarda una revisión a fondo de su obra, Bryan Forbes, en que lo heterodoxo vale su peso en oro— e incluso algún que otro viaje por las antípodas. De esa cosecha sembrada por la Australia virginal surgiría Walkabout / Más allá de... (1971), una de esas partituras llamadas a acompañarme en cualquier plaza del continente europeo —preferentemente— que me aguarde. Es allí donde dimensiono en su justa medida la figura de ese melodista excepcional llamado John Barry mientras me dejo envolver por su savoir faire en una infinita relación de títulos regidos por el denominador común de la melancolía, el desencanto, el (des)amor y el aliento romántico. Gracias, John, por regalarme tantas veces el oído con esas composiciones celestiales, mágicas, que fueron creadas para la gran pantalla, a la par que pensadas/sentidas para ser escuchadas en cualquier rincón del planeta cuando tratamos de sintonizar en el dial de nuestras vidas la palabra sensibilidad. En esta asignatura, John Barry obtuvo matrícula de honor,  cuya combinación con una inteligencia fuera de lo común derivaría en uno de los grandes talentos de la música de cine, o lo que es equivalente para el que esto suscribe, de la música clásica del siglo XX.

domingo, 28 de febrero de 2010

SIR JOHNNY DANKWORTH (1927-2010): JAZZMAN BRITÁNICO CON PEDIGREE

A punto de cumplir la mayoría de edad, Shelag Delaney sorprendía a propios y extraños con la escritura de una obra teatral que llevaría por título A Taste of Honey, representada por primera vez sobre las tablas en 1958 en el Theatre Royal Stratford East, sito en la capital inglesa. Desconozco cuáles habían sido los referentes de Delaney a la hora de conformar una historia que, en primera instancia, la idearía como novela, pero no me extrañaría que supiera el relato de la vida de Cleo Laine y Johnny Dankworth, dos jóvenes nacidos en el mismo año —1927— en el que el jazz ejerció de «maestro de ceremonias» y puso la banda sonora de fondo de una unión que tan sólo se quebraría hace unas cuantas semanas con la muerte de éste último. Como se describe en la obra de Delaney, la relación interracial que comprometía a Cleo Laine y Johnny Dankworth no sería demasiado bien saludada por ciertos sectores de la sociedad británica, pero al cabo los «nubarrones» de la intolerancia empezaban a disiparse en un cielo liberado de determinados prejuicios que se medían, entre otras consideraciones, por el color de la piel de los individuos. Invariablemente, el asentamiento del jazz en determinados círculos de la sociedad civil británica contribuiría a derribar esos tabúes edificados sobre el odio racial por el componente de mestizaje que lleva implícito este género musical. No en vano, Dankworth, quien se convertiría en uno de los «hijos pródigo» del jazz en las Islas Británicas había visto la luz cuando tuvo ocasión de asistir a una velada musical donde resonaba el saxo alto del gran Charlie «Bird» Parker. A partir de entonces, ese mismo instrumento acompañaría a Johnny Dankworth, pese a que su silueta en nada se asemejaba a la robustez de Parker. Al tiempo que «Bird» se abandonaba a su suerte después de su célebre tour europeo, y concluiría su ciclo vital a los treinta y cuatro años, a esa misma edad Dankworth trazaba una trayectoria inversamente proporcional a la de su ídolo. El jazzman londinense había saboreado las mieles del éxito sobre los escenarios —al frente de su Dankworth Seven— con piezas de su propia cosecha —Experiments with Mice (1956) y African Waltz (1960)— y el cine empezaba a llamar a su puerta. De manera indirecta, Dankworth participaría en el «acta fundacional» del free-cinema a través de una serie de programas con una asistencia masiva de público, que incluía pases del cortometraje We’re the Lambeth Boys (1958), una de las primeras producciones del cine británico en cuya pista de sonido se adivinaban acordes jazzísticos. Tony Richardson se encargaría de manufacturar este corto, volviendo a confiar en Dankworth —tras una serie de proyectos, entre los cuales figuraba un montaje en Broadway de la obra A Taste of Honey— para la elaboración de la partitura de Sábado noche, domingo mañana (1960), en la que el primero oficiaba de productor. En los happy-sixties Johnny Dankworth concentraría su significativa aportación a la música de cine, en una época en la que productores y directores parecían complacidos con ese maridaje entre jazz e imágenes. Bien es cierto que otros compositores del mundo anglosajón adscritos al celuloide en los sesenta y en adelante habían tenido una formación jazzística —sus tocayos John Barry, Johnny Mandel y John Scott, entre otros— pero Johnny Dankworth fue el que hizo una mayor contribución a este género musical desde diversos frentes: el estrictamente cinematográfico —El criminal (1960), Darling (1965), Modesty Blaise (1966), etc.—; el televisivo —la sintonía de la archipopular serie Los vengadores (1961)— y la composición para las diversas formaciones en las que participó activamente, sobre todo a partir de haber sufrido un cierto «desencanto» con la gran pantalla iniciada la década de los setenta.
Figura reconocida, que gozaba de una cierta popularidad en Gran Bretaña —compartida con su esposa, ahora viuda, Cleo Laine, una jazz-singer de la que me ocuparé en un futuro post—, Johnny Dankworth apenas ha tenido eco en las páginas impresas o ediciones digitales de los diarios —dando por descontado la ausencia de referencias en otros medios— de nuestro bendito país. Por lo que concierne al Séptimo Arte, se le suele ligar al free-cinema pero, en realidad, su aportación fue más bien limitada a un par de títulos —la citada Sábado noche, domingo mañana y Morgan, un caso clínico (1966), ambas dirigidas por el checo Karel Reisz— si dejamos al margen el mencionado corto con el que debutaría en el medio y excluímos Darling, un título que en modo alguno sigue los postulados del movimiento auspiciado por los angry young men al tratar un tema de infidelidad conyugal en el seno de la clase media inglesa. Pero ya se sabe que llega un punto que para algunos todo cobra un sentido homogéneo, uniforme como el pensar que el jazz sigue patrones musicales que se repiten n veces o de los que derivan bucles melódicos que solo el coineusseur de las esencias del género sabe distinguir. Es por ello que cabe agudizar el oído para dejarse llevar por la sabiduría musical de prohombres del jazz como Johnny Dankworth, en la que el apreciar los matices revelan el amplio contenido compositivo de su obra pautada para la gran pantalla y fuera de la misma. Descanse en paz, Mr. Dankworth.

Invitación a escuchar en Youtube el tema Tomorrow's World en homenaje a Johnny Dankworth
Invitación a escuchar otros temas de Dankworth en YouTube de la parte izqda. del blog

sábado, 28 de noviembre de 2009

GEORGES DELERUE (1925-1992): REY DE CORAZONES


Para aquellos que no son oriundos de Francia, la ciudad de Roubaix se asocia, en líneas generales, al destino final de la clásica ciclista que preside el calendario de la UCI por lo que compete a las pruebas de un solo día. De la extrema dureza de la París-Roubaix se han echo eco los cronistas deportivos a lo largo de más de un siglo, con las excepciones de sus anulaciones debido a periodos bélicos que comprometieron, en mayor o menor medida, a la población gala. Pero en función del impresionante legado musical que nos ha dejado, Roubaix debería ser asimismo recordada por haber alumbrado a uno de sus hijos pródigo/prodigio: Georges Delerue (1925-1992). El año que Felix Sellier conquistaba esta «clásica entre las clásicas» —competición con una larga tradición de campeones con pasaporte belga—, nacía Georges Delerue para dicha de la composición para cine, sin menoscabo de sus aportaciones como concertista de piano, artífice de óperas y obras de ballet. Es impensable amar el cine de François Truffaut y no hacerlo de la música del compositor galo con quien tantas veces colaboró. Merced al ir familiarizándome con la obra cinematográfica —al menos una mitad; la otra quedaría en suspenso como consecuencia de una prematura muerte— del ex redactor de Cahiers du cinéma, a la par alimenté un interés creciente por la música de Delerue, a quien empezaba a situar en el «olimpo» de mis músicos «clásicos» de cine predilectos, esto es, Jerry Goldsmith, Elmer Bernstein, John Barry, Alex North, Bernard Herrmann y John Williams.
Ahora que se cumplen cincuenta años desde que escribiera la partitura de Le jeux de l’amour (1959), su primer trabajo oficial para un largometraje de ficción —en el audiovisual su campo de pruebas había sido el corto con una producción asombrosa que ni tan siquiera las enciclopedias más fiables se atreven a estimar un número determinado—, Georges Delerue parece haber entrado en el túnel del olvido. Perder el rastro de un compositor de la talla de Delerue es tanto como cubrir con un manto el sentido de la inocencia que inundó con su poesía musical infinidad de producciones desde los años sesenta hasta principios de los noventa. Por aquel entonces, Delerue estaba enfrascado en su nuevo encargo profesional, Los rebeldes del swing (1992), pero su diminuto cuerpo no soportó aquella presión asfixiante, un ritmo acelerado al dictado de las exigencias contractuales con Hollywood que le iban minando la salud al punto que fallecería a los sesenta y siete años, víctima de un ataque al corazón. Toda una ironía del destino para quien nos ha llegado con su música hasta el fondo de nuestros corazones. Incapaz de brindar una mala banda sonora —al menos, las que conozco, que no son pocas para complacencia de mis oídos—, el pequeño gran músico de Roubaix quedaría, empero, tocado anímicamente cuando François Truffaut prefirió contar con Bernard Herrmann para dar cobertura musical a Fahrenheit 451 (1966). La desazón se apoderaría de Delerue en esta etapa de impasse en su relación profesional, que también de amistad, para con el cineasta parisino. Pero persuadido por productores y directores que lo solicitaban desde distintos frentes geográficos, Delerue no cejaría en su empeñó por volver una y otra vez sobre un estilo característico, que arrastraba una clara influencia del barroco y de la música postromántica. En cierto sentido, las composiciones para los films de Truffaut habían marcado un patrón de conducta del que nunca quiso o supo desprenderse. De ahí que su ego no fuera lo suficientemente grande como para rechazar la invitación de Truffaut a seguir colaborando a partir de Una chica tan decente como yo (1971). Hasta el final de sus días Delerue no abandonaría a su querido amigo, completando una serie magnífica de títulos en común que, por regla general, han tenido un peso importante en los discos recopilatorios consagrados al menudo compositor. Entre éstos destaca los tres volúmenes de la «London Sessions», de audición obligada para aquellos que saben saborear la música de cine fuera de la gran pantalla. Delerue está especialmente indicado para este ejercicio melómano porque cada una de las notas de esta soberana trilogía golpea en mi interior, a modo de un eco lejano que me procura un caudal de sentimientos. Emociones parejas a las que me siguen acompañando al regresar sobre la partitura de A las nueve, cada noche (1967) —una de mis favoritas dentro de la vasta obra del francés—, cuyo fraseo musical es la pura descripción de un universo infantil que camina de la mano de una inocencia que parece eterna. Un ejemplo, de los muchos que podría detallar en torno al músico que supo rayar a gran altura, incluso en su aventura norteamericana con enmienda a la continuidad en el tramo final de su actividad profesional y que puso el broche de oro para el que debería ser distinguido con un master en excelencia musical. Gracias Georges; tú música siempre me acompañará por los zizagueantes caminos de la vida, algunos de cuyos tramos el pavimento puede ser similar al que lleva a coronar la mítica París-Roubaix.