domingo, 24 de enero de 2021

«CHILDREN OF THE DAMNED»: LA INFANCIA «ROBADA» DE JULIAN ASSANGE

 

Existe una práctica unanimidad por lo que concierne a la coincidencia de las múltiples corrientes que configuran la psicología moderna en señalar el cómo haya sido nuestra infancia condiciona sobremanera nuestro comportamiento en la vida adulta. La de Julian Assange (n. 1971) no fue un precisamente un camino de rosas a partir de que su madre Christine —una artista visual, una vez separada de su marido, cayó rendida ante los encantos del músico Leif Myrnell. Bajo el «influjo» de Myrnell, el pequeño Julian entró a formar parte de la secta australiana conocida con el escueto nombre «The Family», en contraposición con el rimbombante «The Great White Brotherhood» («La gran estirpe blanca») que habían fundado Anne Hamilton-Byrne (1921-2019) —nacida Evelyn Grace Victoria Edwards y que en su nueva encarnación tomó el segundo apellido de su segundo marido, Bill Byrne— y el parasicólogo y físico inglés Raynor Johnson (1901-1987) a principios de los años sesenta. De alguna manera, el cambio nominal registrado a principios de los setenta apuntaba a la necesidad de preservar un cierto anonimato, alejados del radar de aquellos medios de comunicación ociosos de conocer las interioridades de una secta que otorgaba a Anne Hamilton-Byrne la condición de «reencarnación» de Jesucristo, construyendo para ello un relato que dejaba al margen la realidad de una infancia y una adolescencia sojuzgada por un desarraigo familiar producto del internamiento de su madre Florence Hide natural de Londres— en un hospital psiquiátrico durante casi treinta años y el abandono del hogar de la figura paterna. Con la connivencia de autoridades locales preferentemente de la ciudad de Melbourne— el tráfico de niños robados favoreció a los intereses de Hamilton-Byrne a la hora de formar una familia «propia». Los déficits emocionales de unos y otros esos niños robados pertenecían a familias desestructuradas y/o con serias carencias económicas— avivaron el fuego de una suerte de comunidad erigida sobre la figura mesiánica de Anne Hamilton-Byrne, cuyo carácter afable y considerado tan solo era la fachada de un edificio recubierto en su interior de la noción de sacrificio y castigo si se desobedecían sus enseñanzas regladas casi como si se tratara de un régimen militar, con el añadido de platos cocinados con aromatizantes del estilo del LSD. Leif Myrnell, presumiblemente influido por el consumo de sustancias lisérgicas, se plegó a la idea de ser uno de los muchos hijos de Anne Hamilton-Byrne y de ahí que, a renglón seguido, convenciera a su pareja Christine de integrarse junto a su hijo Julian a una comunidad cuyo centro de operaciones se localizaba en el lago Eildon, a unos cuantos kilómetros de Melbourne. De los pormenores del funcionamiento de la secta aussie se ocupa The Family: The Shocking True of a Notorious Cult (2016, Scribe Publications), el ensayo escrito a dos manos por Rosie Jones y Chris Johnston. Ambos pusieron en valor el trabajo de campo llevado a cabo por separado; él, periodista de profesión, merced a la publicación de diversos artículos básicamente para la publicación The Age, y ella gracias a la puesta en funcionamiento del documental The Cult of the Family. Conocida en la plataforma digital filmin.es una mina para cinéfilos y/o seriófilos— por el título El legado de una secta (2016), su presentación en sociedad coincidió con la salida al mercado de la referida monografía, en una estrategia comercial que, a priori, podría tener más ventajas que inconvenientes. Al atender al contenido del documental dirigido y guionizado por Rosie Jones las referencias a Julian Assange brillan por su ausencia, en una muestra palmaria del empeño del fundador de Wikileaks por borrar cualquier huella de su paso por la secta de The Family, fundada curiosamente en las fechas que tuvo acomodo en la cartelera australiana Village of the Damned (1960), cuya imagen promocional de un grupo de niños con el cabello blanco parece mirarse frente al espejo de la realidad de esa comunidad que operaba en las inmediaciones del lago Eildon. Empero, bien sabe Julian Assange que internet deja suficientes rastros que maniobran a favor de recomponer una biografía desde sus orígenes, el que presumiblemente se podría corresponder con los primeros capítulos de una serie titulada Assange. No me cabe duda que más de un cineasta en ciernes ha puesto la mirada sobre Julian Assange con el ánimo de crear una serie de culto a unos años vista, en una franja temporal que nos permita tener la perspectiva suficiente para ir recomponiendo los resortes psicológicos de un personaje del que el cinematógrafo se ha ocupado en un par de ocasiones hasta la fecha. Pero ni Underground: la historia de Julian Assange (2012) ni El quinto poder (2014) muestran ese periodo de su infancia bajo el manto protector de Anne Hamilton-Byrne que a punto llegó a ser centenaria, que encierra no pocas claves del porqué de determinados comportamientos. Intuyo que en esas noches de vigilia en su otro encierro en la embajada de Ecuador en Londres asomaba entre sus pesadillas la imagen espectral de ese niño de blanqueada cabellera, la misma que sigue siendo un trazo distintivo de un físico que ha ido marchitándose al entrar en un laberinto judicial del que no parece vislumbrarse su salida, cuanto menos, al medio o corto plazo.        

 


viernes, 15 de enero de 2021

«REINAS DEL ABISMO: Cuentos fantasmales de las maestras de lo inquietante»: (RE)DESCUBRIENDO AUTORAS A LA LUZ DE LAS VELAS

 

Cubiertos trece años desde que Impedimenta echara a andar, entre los múltiples aciertos que han llevado a distinguir al sello madrileño conforme a una de las mejores editoriales de nuestro país cabe resaltar la inquebrantable voluntad de sacar del ostracismo a escritoras de distintas épocas y latitudes. De ahí que proliferen las publicaciones en Impedimenta con acento femenino, consagrando incluso una suerte de trilogía --Damas oscuras (2017), Damas asesinas (2019), Reinas del abismo (2020)— que penetra en los intersticios del mundo del terror, de la fantaciencia y/o de lo onírico, por lo general, «patrimonializado» por hombres. Para la última entrega de esta serie de publicaciones en tapa dura Impedimenta nos invita a descubrir un total de dieciséis relatos –en la mayoría de los casos no superan la veintena de páginas— a la luz de las velas que iluminan textos inéditos en lengua castellana elaborados por otras tantas escritoras. Mérito del editor e historiador Mike Ashley (el firmante de una esclarecedora introducción) ha sido seleccionar más de una quincena de relatos que recorren una amplia paleta de temas vinculados al infinito espectro de lo fantástico, publicadas en primera instancia en lengua inglesa y fechadas entre 1888 —el correspondiente a Una revelación de Mary Elizabeth Braddon (1835-1925)— y mediados del siglo pasado —La isla de las manos (1952) de Margaret St. Clair (1911-1995) y Los indeseados (1952) de Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)—. A modo de antesala de la lectura de cada uno de los cuentos la presente edición habilita una o dos páginas para la semblanza de esas «Reinas del abismo» cuyas existencias, por regla general, estuvieron marcadas por las penurias económicas, chocando frente a ese muro levantado por una sociedad que procesaba la literatura pergeñada por mujeres en un escalafón inferior a la de los varones. Por fortuna, con el correr de los años esta mentalidad forma parte de unas dinámicas ligadas a un pasado (ya lejano) en que algunas mujeres se sintieron impelidas a utilizar seudónimos masculinos para que sus escritos cursaran en la modalidad de capítulos por entregas que vieron la luz en periódicos o revistas, o encontraran acomodo en formato libro. Con todo, varias de las escritoras representadas en esta antología editada de manera impecable por Impedimenta cosecharon un considerable prestigio en su época, caso de Alicia Ramsey (1864-1933), quien compaginó la elaboración de novelas --por regla general, de corte romántico— con la redacción de guiones cinematográficos durante la década de los veinte. A las puertas de la que sería la última década del cine silente, Ramsey dio carta de naturaleza al cuento Una circe moderna (1919), cuya protagonista aparece conforme a una reminiscencia de la Katia del relato de Gogol La máscara del demonio, rodeada de dobermans. Para esta historia que transcurre en Florencia la escritora británica abraza lo sobrenatural merced, entre otros elementos, a la transformación de hombres a perros, en línea con el abordaje sobre el tema de la licantropía que frecuentaron algunas de sus colegas coetáneas y otras pertenecientes a generaciones posteriores, como Jessie Douglas Kerruish (1884-1949), representada con su texto La melodía maravillosa (1931), paradójicamente una historia que pivota sobre la música escrito por una mujer sorda. Al año siguiente de la publicación en inglés de La melodía maravillosa, Kerruish firmó el relato The Undying Monster (1932) con el que se la asociaría a partir de entonces, sobre todo tras la adaptación cinematográfica homónima dirigida por John Brahm en 1942. El mismo cineasta adscrito al fantastique y al terror puso su rúbrica tras las cámaras en esa misma década en Jack el destripador (1944), cuya historia original –El huésped (1913)-- se debe a Marie Belloc Lowndes (1868-1947). A modo de pincelada de su talento para la escritura Reinas del abismo nos permite sumergirnos en su fértil imaginación a través del cuento El piso encantado (1920). Casada con el periodista y redactor del Times Frederick Lowndes y hermana del también escritor Hilaire Belloc, Marie Belloc cultivó el género de las entrevistas sobre todo en la última década del siglo XIX, contabilizando en las mismas a Frances Hodgson Burnett (1849-1924), firmante de una novela —El pequeño Lord (1886)— que hizo fortuna en el celuloide y aún pendiente de brindar un relato —El jardín secreto (1911)— que aún a día sigue siendo representado en el medio audiovisual.  Encarando la recta final de su existencia Hodgson Burnett acomodó un relato, Una navidad en la niebla (1915), que puede ser degustado al correr de las páginas de una antología que ha precisado de una batería de traductores de primer nivel para capturar la riqueza de matices que albergan los textos originales en inglés. Semejante esfuerzo ha tenido su recompensa a la hora de amueblar una excepcional antología compuesta por dieciséis historias cuyo broche final lo coloca el cuento El séptimo caballo (1943) de indudable aroma surrealista provisionado por Leonora Carrington (1917-2011), la única de esas Reinas del abismo que ha transitado por el siglo XXI, la centuria presta a (rei)vindicar la labor de un número ingente de escritoras de otras épocas gracias a propósitos tan loables como las de Impedimenta.  

viernes, 1 de enero de 2021

«CUENTOS GÓTICOS COMPLETOS (1880-1922)» de Sir Arthur Conan Doyle: MÁS ALLÁ DE SHERLOCK HOLMES

En ese juego asociativo al que nos hemos habituado a practicar cuando pensamos en un determinado escritor, al «invocar» la figura de Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) de facto unimos su «suerte» literaria al perspicaz detective Sherlock Holmes. De ello se lamentaría Doyle, quien debió ceder a la presión popular —no exenta de alguna que otra amenaza que comprometiera a su integridad física— para «resucitar» su «criatura» literaria y con ello multiplicar exponencialmente el número de obras consagradas a las peripecias del taimado Sherlock Holmes y su fiel escudero el doctor John Watson. De algún modo, el hecho de satisfacer a lectores ávidos de historias relativas a Mr. Holmes que contribuyeron —en forma de retorno— a que la vida de Conan Doyle transcurriera sin sobresaltos económicos le permitió reservar tiempo para favorecer a la elaboración de obras que, al cabo, tuvo en mayor estima desde un prisma creativo. Entre éstas destaca su producción de relatos cortos que el sello barcelonés Alba Editorial —dentro de su colección Clásica Maior— ha publicado en el otoño de 2020 bajo el genérico Cuentos góticos completos (1880-1922). Editados por orden cronológico y escogidos fruto de una concienzuda selección a cargo de Darryl Jones, los treinta y cuatro relatos que jalonan el presente volumen muestran en buena medida el talento de Sir Arthur Conan Doyle para la escritura de historias que abrazan el espectro de lo imaginario, aquel capaz de capturar la atención de lectores no necesariamente familiarizados con el quehacer del tándem Holmes-Watson, en un formulismo que para sus detractores cobraba visos de agotamiento tras ver la luz unas cuantas entregas que tuvieron su punto de partida con Estudio en escarlata (1887). A la «cosecha» literaria de ese mismo año pertenece el relato La casa del tío Jeremy, en que Doyle hace referencia explícita a Baker Street, el rincón de Londres donde Sherlock Holmes se había instalado en compañía de Watson y que acabaría convirtiéndose en el lugar de «peregrinación» de individuos anónimos que reclamaban y/o imploraban los servicios del investigador policial para resolver casos que habían quedado archivados en las oficinas de Scotland Yard o bien ni tan siquiera habían sido atendidos por la «sacrosanta» institución. Asimismo, para aquellos devotos holmesianos otro de los relatos cortos de Doyle compilado por Jones establece puntos de conexión, como acontece con el excelente El disparo ganador (1883), en que podemos leer uno de los párrafos —«¡Eh, Jock, mira qué boca tiene este de ahí! Si hasta parece que echa espuma como el perro de Watson, el cachorro de bulldog que murió loco de rabia» (pág. 102)— que anticipa el apellido asignado al célebre médico inglés que colaboró en la resolución de infinidad de casos que llevaron la rúbrica, en última instancia, del hermano de Moriarty. Además de mostrar el buen pulso narrativo de Doyle a las puertas de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, El disparo ganador evidencia un suelo narrativo fértil en referencias a los escritores pertenecientes a anteriores generaciones, como acontece con Charles Dickens (1812-1870) del que cita Los papeles póstumos de Club Pickwick (1836-1837), a propósito de un relato trenzado a través del uso de la primera persona. No es menor el número de historias de la presente antología en las que Doyle apuesta por esta perspectiva narrativa, dejando patente con ello que él se erigía en la voz narradora de relatos que mostraban los primeros latidos de interés por temáticas —en especial el espiritismo, siendo su pieza bautismal en este sentido Jugar con fuego (1900) y que prolongaría años más tarde en Cómo ocurrió (1913)— a los que se dedicaría en cuerpo y alma en la etapa final de una vida marcada por una frenética actividad desde que su paso por la medicina le procuró el tiempo libre suficiente —dado su escaso éxito al abrir una consulta— para ir dando rienda suelta a su imaginación modelada a través de sus experiencias en viajes por distintos confines de la Tierra. La navegación había sido la principal vía para acceder a esos territorios que tan solo había visitado durante su infancia y adolescencia a través de la literatura. Cuentos góticos completos (1880-1922) comprende diversas piezas en que la narración toma lugar en alta mar el soberbio El capitán del Polestar (1883) y El demonio de la tonelería (1897), entre otros pero otras tantas nos proyectan a espacios como el Alto Egipto El lote nº 249 (1892), a cuenta de las momias contenidas en sarcófagos cuyos misterios podrían servir de desafío intelectual para el avispado Sherlock Holmes, de cuya relación «amor-odio» elevan acta las distintas biografías publicadas sobre su autor, Sir Arthur Conan Doyle, un cuentista excepcional en plena era victoriana. La lectura en tiempos de pandemia de estos Cuentos góticos completos no hace más que refrendar semejante aseveración

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

«LOS VIEJOS CREYENTES. Perdidos en la taiga» (1994) de Vasili Peskov: LA VÍA SIN RETORNO

 

A propósito del estreno de Las alas de coraje (1995) —el primer film de ficción rodado en el sistema IMAX— en el verano de 1995 tuve ocasión de entrevistar a su director Jean-Jacques Annaud. Después de transcurrido un cuarto de siglo conservo un muy grato recuerdo de aquella entrevista. Al poco de concluir la misma le formulé una pregunta relacionada con Antoine de Saint-Exupéry, el autor que dio pie al relato corto de Wings of Courage. Bajo el prisma de un servidor, él era uno de los cineastas más indicados para abordar una versión cinética de El principito. Al referirme a este hipotético proyecto, Annaud me confesó que no había logrado la forma de adaptarlo pese a diversas tentativas. Por aquel entonces, desconocía que el director francés había adquirido un año antes los derechos de explotación de Los viejos creyentes. Peridos en la taiga (1994) de Vasili Peskov. Al igual que Las alas de coraje, el libro del periodista ruso Peskov plantea un tema de supervivencia extrema, la que incrimina a la familia Lykovy. Al correr de las páginas de esta obra publicada tardíamente en lengua castellana por el sello Impedimenta –al rescate, una vez más de gemas de la literatura diseminadas por todo el planeta tierra— con traducción directa del ruso a cargo de Marta Sánchez-Nieves, difícilmente pueda imaginar otro cineasta más adecuado que Annaud para llevar a cabo la puesta en imágenes de la singular historia de los Lykovy. De algún modo, el eremitismo de los Lykovy no dista en demasía de la forma de vida de aquellos Neanderthales que comparecieron en la gran pantalla en el amanecer de la década de los años ochenta con el ilustrativo título En busca del fuego (1981). Mientras se celebraba la puesta de largo de este estudio antropológico «ficcionado», tres de los miembros del clan Lykovy —los hermanos Savin, Natalia y Dimitri— fallecían por causas distintas, pero todas ellas relacionadas con las condiciones extremas a las que habían sometido sus organismos. Hasta el año 1978 Peskov no llegó a contactar con la familia de eremitas tras haber sido descubiertos por el piloto de una avioneta que sobrevolaba la cordillera del Abakán, una de las zonas geográficas más inaccesibles y remotas de la taiga siberiana. De las peculiaridades de cada uno de los hermanos fallecidos el laureado periodista —además de ensayista, ecologista, presentador de televisión y divulgador científico— trata de «recomponer» un perfil más a través del testimonio de la hermana superviviente Agafia y del patriarca Karp Ósipovitch, en uno de los capítulos intermedios —titulado «Los Lykovy»— de una obra con aroma de longseller, traducido a varios idiomas.

   Después de una primera etapa conviviendo con otras familias de practicantes religiosos ultraortodoxos refractarios a cualquier noción de progreso en una suerte de aldea, los cinco miembros de los Lykovy construyeron una isba siguiendo el curso del nacimiento del río Abakán. Las severas condiciones climatológicas y la falta de recursos alimenticios causaron estragos de manera singular en Akulina Kárpovna, falleciendo a temprana edad en 1961 y con ello dejando viudo a Karp, quien juega un papel protagonista a lo largo de buena parte del relato antes que ceda el testigo a su hija menor Agafia. Lo hace a partir de su fallecimiento —cerca de cumplir su noventa aniversario— en 1988, en que Agafia se erige en la última representante de una estirpe familiar cuya historia cobró repercusión internacional merced sobre todo al libro escrito por Peskov. En cierto sentido, la pereistroika llegó a los dominios de los Lykovy cuando Agafia aceptó integrar a su cotidianeidad ciertos artilugios y alimentos a los que habían sido refractarios acompañados de una frase que se convirtió en una especie de coletilla: «no nos está permitido». Sin duda, esta deviene una de las expresiones que más se repite en una obra que se erige en un canto a la naturaleza, capaz de abrigar de esperanza a aquellos que habían renunciado a casi todo –televisión, radio, electricidad, alimentos procesados, etc.— aunque asome en ocasiones el peligro entre sus moradores –en especial, los osos--. A su vez, para la parte final Peskov traza una historia de soledad, la propia de una mujer que no renunciaría a los consejos de su figura paterna –la de renunciar «al mundo» en favor de su patria en la taiga--, sin por ello mostrarse con afecto y amabilidad ante todos aquellos que la visitaron –con un reconocimiento a sus amigos geólogos que auxiliaron a su familia en no pocas ocasiones— en el curso de varias décadas. Los viejos creyentes se cierra en falso atendiendo al hecho que Agafia siguió viviendo hasta 2016, pereciendo a los setenta y dos años. Salvo una breve estancia en casa de unos familiares, Agafia nunca abandonó ese territorio agreste de la taiga, preservando la antorcha de un modo de vida que entra en perenne colisión con la realidad del siglo XX y más aún si cabe la del siglo XXI.      

 


martes, 20 de octubre de 2020

«LA TORRE VIGÍA» (1966) de Elizabeth Harrower: LA VIDA VALE MÁS


«Clare miraba ahora por la ventana abierta, el sendero y la puerta, ahora la página impresa entre sus manos. Los cosacos. Nadie venía. Paciencia.

    Aquella ventana era su torre vigía»

 

 

Muestra de la importancia que cobran aquellas editoriales prestas a recuperar novelas descatalogadas la encontramos en el sello Text Publishing, fundado a mediados los años noventa por Diana Gribble y Eric Beecher. Así pues, desde hace un cuarto de siglo Text Publishing ha tenido el empeño de volver a imprimir títulos clásicos de la literatura australiana, saliendo especialmente beneficiada Elizabeth Harrower (1928-2020), a quien se la había perdido el rastro desde la publicación de The Watch Tower (1966). De tal suerte, el sello aussie tomó la iniciativa de editar In Certain Circles (2014), un material que había permanecido inconcluso durante cuatro decenios fruto de un bloqueo creativo por parte de su autora. Con cierto orgullo, pues, una octogenaria Harrower vio cumplido su sueño de completar su sexta novela, después de asistir a la reedición del resto de sus trabajos literarios. Una vez más, los radares de Impedimenta han funcionado a pleno rendimiento para captar la lejana señal proveniente del continente oceánico, al que han regresado tras la publicación de Picnic en Hanging Rock (1967), de Joan Lindsay, en 2009 para editar la penúltima novela de Harrower, La torre vigía, en plena segunda oleada de la pandemia de la COVID-19 y pocos meses después de certificarse su deceso.

    Coetánea de Lindsay, Elizabeth Harrower, a punto de cumplir la treintena, al final de su etapa residiendo en las Islas Británicas, llegó a un acuerdo con la editorial inglesa Cassell & Co. para la publicación de Down in the City (1957), una opera prima en que se puede reconocer en el personaje de Stan Peterson —un representante de la middle-class del Sidney de los años cincuenta— rasgos inherentes a Felix Shaw, cuya crueldad y perfidia es descrita de manera detallada en no pocas páginas de La torre vigía, de cuya traducción al castellano para la edición de Impedimenta se ha encargado Jon Bilbao, un autor que asimismo forma del señorial catálogo del sello madrileño. Las víctimas propiciatorias de un individuo esquinado hacia comportamientos machistas, aparejados de un sentimiento autodestructivo cuyo catalizador deviene —al igual que Peterson— el alcohol, son las hermanas Laura y Claire Vaizey. «Ellas eran australianas, mortales de talla media, carentes, en buena medida, de la fragilidad y de la herencia exótica de su madre. Era natural que corrieran de acá para allá, que se despellejaran las espinillas y las caderas, que sufrieran cortes en los dedos y que les salieran ojeras en el proceso de apañárselas por su cuenta para salir adelante, tanto ellas como su madre». Así las describe en primera instancia Harrower, dejando que el paso del tiempo las libere de actitudes propias de adolescentes y entren a formar parte integral de un mundo adulto que las reserva la tragedia de saberse dominadas por un ser abyecto que tras someterlas —especialmente a Laura, su empleada en una próspera fábrica de chocolate, con quien llega a contraer matrimonio sin que medie el enamoramiento— al chantaje emocional, al maltrato psicológico y físico (aunque sin cargas las tintas por parte de su autora), las gratifica materialmente al asumir un cierto grado de culpabilidad por sus acciones. En ese círculo vicioso transita la trama de una novela que para su tercio final introduce un cuarto vértice, el joven Bernard, fundamental a la hora de alentar a una de las hermanas Vaizey a decidir sobre su propio futuro alejada de la «aniquilación» de la personalidad que significa permanecer junto a Felix Shaw.

    Indiscutiblemente, una novela de las características de La torre vigía gana plena vigencia en la actualidad, siendo la voz de Harrower una de las primeras en alzarse para denunciar a través de su fluida prosa, cargada de matices, el comportamiento de un estereotipo de machos que lejos de representar un complemento para el sexo femenino se han convertido en sus principales depredadores, al activar en ellas unos mecanismos de anulación que pueden derivar en el suicidio.         

martes, 15 de septiembre de 2020

«EL MUNDO SEGÚN MARK» (1984) de PENELOPE LIVELY: LOS SECRETOS DE DEAN CLOSE

Existen numerosos ejemplos en el mundo literario de escritores que han hecho la transición de la novela o los cuentos infantiles y/o juveniles a obras de ficción preferentemente para adultos. Pero son pocos los casos en que el reconocimiento crítico se ha dado en sendas facetas. Oriunda de la ciudad de El Cairo aunque adquirió la nacionalidad británica cumplida la veintena, Penelope Livey (n. 1933) puede situarse entre este selecto grupo de escritores al haber dado acomodo a lo largo de unos treinta años a relatos o cuentos para niños y jóvenes, y en un periodo de tiempo mayor a una producción literaria encarada hacia el lector adulto, entre las que sin lugar a dudas destacan su opera prima en este campo, The Road to Lichfield (1977), According to Mark (1984) y Moon Tiger (1987), todas ellas finalistas de los Booker Awards. Haciendo bueno el dicho «a la tercera va la vencida», Penelope Lively se alzó con el prestigioso premio literario británico merced a esta última obra.

    Al calor de la lectura de los primeros compases de El mundo según Mark una traducción que fonéticamente suena muy similar a la célebre novela del estadounidense John Irving— el sentido del viaje parece apoderarse del mismo, en sintonía con el contenido de The Road to Lichfield, que sorprendió gratamente a todos aquellos que conocían hasta entonces solo la faceta de cuentista infantil y juvenil de Lively: «Mark Lamming conducía rumbo a Dorset desde Londres para visitar a una joven a la que no conocía, cuando pensó en el abuelo de ésta». Sirva la primera página del libro editado por Impedimenta —sumando así otra Penelope a su catálogo tras sus tocayas Fitzgerald (asimismo galardonadora con el Booker Prize) y Mortimer— para dejar constancia de la extraordinaria capacidad de la autora a la hora de proveer al lector de una información presta para que cada uno de nosotros vayamos penetrando en ese mundo al que hace referencia el título de la publicación en lengua española. La joven a quien debe visitar Mark obedece al nombre de Carrie, un personaje que parece extraído de alguno de los cuentos cuya autoría recae en Lively. A medida que avanzamos en la lectura, Carrie, la nieta del escritor Gilbert Strong, se revela un espíritu libre que ha dejado de creer en el significado de la palabra amor tras una serie de experiencias frustradas y se ha encomendado en cuerpo y alma a su verdadera vocación al quedar al cuidado —con el auxilio de su amigo gay Billy— de su particular Edén, un esplendoroso jardín localizado en el corazón de Dorset llamado Dean Close. Así pues, Carrie hace de su vocación un modus vivendi que le permite concentrarse casi en exclusiva en ese mundo, sin necesidad de viajar al extranjero y de ampliar su ya de por sí reducido círculo de amistades. La entrada en su vida de Mark, empero, llegará a modificar sus hábitos de comportamiento y dejarse arrastrar por un mar embravecido en forma de deseo amoroso. El choque entre esos dos mundo opuestos el de Mark, en compañía de su esposa Alice, habitado de hedonismo, esnobismo y una cierta soberbia intelectual, más acentuada por parte de su cónyuge; el de Carrie, quien descuida el valor formativo de la lectura y vuelca (casi)todo su conocimiento mundano en la vida de las plantas y de las flores— sirve en bandeja al propósito de la novela de Lively cuando nos topamos ante la evidencia de la existencia de un puente que los conecta. Lo será en función que Mark se siente atraído por esa alma libre a la que Alice, galerista de arte, desprecia merced a su altivez intelectual y cree incapaz de atraer la atención de su marido. Pero del desprecio se pasa al recelo y luego a la fundada sospecha que el interés de Mark por visitar Dean Close no se debe tan solo a que allí se encierran los secretos de Gilbert Strong —un autor de culto con poca obra pero con una vida privada bastante suculenta a tenor de las cartas encontradas y de los testimonios recabados— sino que su relación con su nieta le abre una ventana a una nueva forma de entender y de disfrutar de una existencia que definitivamente ha entrado en punto muerto por mor del tedio y el hastío que preside su compromiso matrimonial. Un viaje a Francia sirve de prueba de fuego para calibrar sentimientos y elucubrar la posibilidad de otra vida por parte de Mark. Ciertamente, Lively se muestra tan hábil en la capacidad descriptiva de las situaciones y del paisaje como en la capacidad a la hora de leer en la mente de los personajes. Muestra inequívoca que Lively dominaba por aquel entonces las peculiaridades inherentes al retrato omniscente, aquel capaz de crear un mundo… según Mark Lamming, para quien la dinámica de trabajo cara a la preparación de la que está llamada a convertirse en su tercera obra biográfica —tras dos exitosos títulos—se ve alterada por un asunto amoroso. Si bien la parte final de esta novela puede descolocar un tanto al lector, en su balance general El mundo según Mark razona entre las obras a descubrir en tiempos de (post)pandemia, escrita con soberbia maestría por Dame Penelope Lively, cuyo nombre de pila remite a la esposa de Odiseo en la Opus magna atribuida a Homero. Ella sería la artífice de transformar la acomodada y rutinaria existencia de Mark Strong en una odisea de sentimientos, algunos de ellos enfrentados a su propia esencia intelectual.   

                    


jueves, 30 de julio de 2020

«PROVOCACIÓN» (1982) de Stanislaw Lem: EL CIERRE DE LA TETRALOGÍA DE LA «BIBLIOTECA DEL SIGLO XXI »

Conviene permanecer en alerta, sin bajar la guardia la concentración a la hora de enfrentarnos a cualquier obra de Stanislaw Lem (1921-2006), dado que su intelecto retroalimentado sobre la base de ingentes lecturas de textos de temáticas muy distintas entre sí, nos puede desbordar en cualquier momento. Lem fue único en su especie, «ensanchando» el «terreno de juego» donde resultó más proactivo y por el cual obtuvo una proyección a escala internacional, el de la ciencia-ficción impregnada de razonamientos filosóficos propios de alguien que había bebido de las fuentes de la cultura centroeuropea desde sus años de juventud, sobre todo a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. En nuestro país resultaba raro no encontrar un lib(rit)o del autor de origen polaco entre finales de los años setenta —cuando empecé a identificarlos como uno de los adalides de la ciencia-ficción del viejo continente— y mediados los años ochenta Lem formando parte de la biblioteca de aquellos prestos a presumir de intelectuales. Ediciones que presentaban cubiertas un tanto esotéricas, en formato libro de bolsillo, una tipografía minúscula y unas traducciones que habían seguido, cuanto menos, un itinerario (por regla general, valiéndose de la traducción directa del inglés al castellano) que sembraba de dudas la calidad del resultado de las mismas. En ese periodo se concentraron un número ingente de publicaciones en lengua castellana extraídas del vasto patrimonio literario de Lem. Al cabo, su fallecimiento, acaecido en la primavera de 2006, como suele ocurrir con tantos escritores, podría haber servido de «revulsivo» de cara a imprimir nuevas piezas literarias o ensayos de Lem o reeditar sus títulos más «conocidos», o por el contrario que su nombre cayera en el olvido, pasto de la indiferencia y del desconocimiento cara a nuevas generaciones de lectores. Por fortuna la realidad objetivable se corresponde con el primer escenario, mereciendo por lo que atañe al sello Impedimenta una voluntad a la hora de sacar a flote aquellas obras que aún no habían sido editadas en la lengua de Dámaso Alonso y otras tantas que requerían de un «lavado de imagen» en forma de traducciones directas del polaco, un tamaño de letra y una calidad de impresión que garantizaran ese intangible llamado el «placer de la lectura». Cubierta una docena de años desde aquel primer propósito –El hospital de la transfiguración (1955), Impedimenta ha publicado un total de once libros de Stanislaw Lem, cuatro de los cuales operando bajo el genérico «Biblioteca del siglo XXI», a saber, Vacío perfecto (1971), Golem XIV (1973), Magnitud imaginaria (1981) y Provocación (1982).  Esta última pieza que ha visto la luz en plena pandemia de la COVID-19 discurre por parámetros alejados de la ciencia-ficción, dejando al descubierto el proverbial conocimiento de Lem sobre infinidad de materias que sirven a la causa para construir una serie de relatos que se adivinan divulgativos –preferentemente, en el ámbito de la ciencia, de la historia contemporánea (referida al holocausto nazi de la que a punto estuvieron de ser sus víctimas la familia Lem pero la fortuna quiso aliarse con ellos)—pero que asimismo persiguen un sentido del relato que involucre al lector a lo largo de sus ciento setenta páginas. Más que una provocación, el libro de marras deviene una invitación a conocer y reconocer el talento de Lem a la hora de «metamorfearse» en un narrador con un sentido del ritmo propio de un estratega abonado al thriller; colocándose en la piel de un divulgador que repasa con un sentido didáctico y ameno algunos de los episodios más determinantes de la Historia del planeta tierra, o haciendo las veces de ensayista con un discurso filosófico y humanista que le aparta de manera consciente del rol de escritor de ciencia-ficción al que ha quedado etiquetado para todos aquellos que siguen mirando de soslayo una obra de una profundidad y extensión difíciles de imaginar. Todo ello combinado con su capacidad de leer el futuro, haciendo una serie de predicciones sobre la realidad un siglo XXI que tan solo había podido arañar unos años antes que su cuerpo expirara pero su mente sigue entre nosotros a través de una proverbial obra que no tiene parangón entre los de nuestra especie.   

miércoles, 22 de julio de 2020

«KON-TIKI» (1950): SETENTA AÑOS DESPUÉS DEL DOCUMENTAL SOBRE UNA ODISEA MARINA


A la altura de mediados los años cuarenta del siglo pasado aún seguía prevaleciendo el pensamiento entre expertos en la materia que las islas que conforman la Polinesia tuvieron en el continente asiático (la cuna de  la civilización) sus primeros moradores. Así pues, se encontraban en minoría los que sostenían el razonamiento que provenían de América del Sur, pero su demostración pasaba por la prueba empírica de un viaje a mar abierto reproduciendo similares condiciones a las empleados siglos atrás. Thor Hegerdahl (1914-2002), atraído desde hacía tiempo por ese enclave del planeta y poseído por un espíritu aventurero que no tuvo límite hasta el fin de sus días, convenció a cuatro de sus compatriotas noruegos —Tornstein Raaby, Knut Haugland, Herman Watzinger y Erik Hasselberg— y al sueco Beng Danielsson con el ánimo de construir una balsa de madera bautizada con el nombre Kon-Tiki («dios blanco del sol»). Antes de partir con el artilugio flotante, la teoría sostenida por Hegerdahl era que podrían alcanzar el objetivo propuesto (desembarcar en una de las islas de la Polinesia) merced a los vientos alíseos que se mostraban imperturbables en la dirección adoptada desde tiempos inmemoriales, las propias de la edad de la tierra. Planteado en términos de desafío procurado por un sexteto de escandinavos que, a juicio de una pléyade de expertos, éstos no parecían encontrarse en sus cabales, Hegerdahl se puso al frente del timón de la nave Kon-Tiki. La habilidad de Hegerdahl y su equipo no recaló tan solo en atender a cualquier tipo de contratiempo que se interpusiera en el camino con tal de lograr tamaña proeza partiendo desde el puerto de Callao (Perú) en 1947, sino en dejar constancia visual de la expedición de la Kon-Tiki, surcando las aguas del Pacífico. En tiempos que la ficción cinematográfica empezaba a tejer historias libradas en alta mar
    Rodado en blanco y negro, aunque se conservan imágenes en color tal como atestigua el material extra que acompaña la edición en formato digital de Kon-Tiki: el documental (1950), la “proeza” fílmica administrada por la cámara de Hegerdahl obtuvo la recompensa de un Oscar en su categoría. Lejos de obedecer al “mandato” de una estrategia comercial dispuesta a situar a Kon-Tiki en una posición franca a alcanzar la preciada estatuilla dorada, su premio obedece a cuestiones que escapan a la comprensión de sus principales artífices, al frente de los cuales asomaría la figura de Hegerdhal. Su carácter de leyenda quedaría plenamente refrendado al calor de nuevos retos que él mismo se consagró a filmar, imbuido de una orientación de documentalista pionero al más puro estilo de Robert J. Flaherty. De tal suerte, el “héroe nacional” noruego natural de Larvik dirigió los documentales Galápagos (1955), Aku-Aku (1960) y Ra (1971), completando así una tetralogía con el leit motiv de expediciones que aportaron conocimiento a aquellas comunidades científicas donde el testimonio de Hegerdhal a veces parecía generar un pozo de controversia. No en vano, él había colocado sobre el tapete una realidad enfrentada a ciertos razonamientos que se habían convertido en una especie de dogma de fe.
   Poco después de haber fallecido, a los ochenta y siete años de edad, bajo pabellón noruego se llevó a cabo una producción cinematográfica, en clave dramática, con idéntico título al del documental de marras. Un título que, al cabo, sería observado en forma de talismán ya que Kon-Tiki (2012) mereció una nominación al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa. Más que el noruego, el lenguaje que se habla en esta producción es el propio de la gramática marina, aquella dispuesta a mostrar una realidad minada de adversidades (arrecifes, tiburones, oleajes, etc.) antes de llevar a buen puerto una hazaña con aroma de utopía.