jueves, 29 de mayo de 2014

«PERIODISMO GANZO»: DE LAS TRINCHERAS DE CINEXILIO A SOFILM… SO BEAUTIFUL TO BEAR WELL (Sofilm demasiado bonito para ser duradero)

A menudo realizo mi particular circuito por tiendas del centro de Barcelona recorriendo de manera natural la calle Tallers hasta morir  en el FNAC de Plaça Catalunya. Recuerdo para mi sorpresa que en el FNAC más céntrico de la Ciudad Condal encontré una revista de cine de la que no había oído hablar hasta entonces. Ojeé su contenido y en un acto de fe la adquirí. Su nombre: Sofilm. Llevaban varios números en el mercado y la propuesta va dirigida a un público heterodoxo, con un contenido iconoclasta que sigue teniendo en las entrevistas “a tumba abierta” uno de sus puntos fuertes. A partir de entonces, me he hecho asiduo a la adquisición de la revista, una franquicia de la revista Madre francesa nacida en 2012. Sencillamente, tengo la convicción que las entrevistas a John Carpenter, Brian De Palma, Michael Cimino o John Landis son de las mejores que ha leído en castellano en formato revista. Sabedores que todos están fuera de la Industria, no disfrazan las respuestas echando mano de formulario-tipo ni eluden las preguntas que no demasiado tiempo atrás les hubieran resultado comprometidas. Las entrevistas son un género periodístico en sí mismo que no siempre deviene satisfactorio, dependiendo quién formule las preguntas y sepa "contraatacar" con la siguiente en función de lo que el entrevistado haya contestado. Desde mi época como director de Seqüències de cinema (1995-1996) cultivé este género periodístico (Arthur Penn, Alan Parker , John Schlesinger y Jean-Jacques Annaud, entre otros, fueron algunos de los entrevistados) y me apetecía volver sobre el mismo. Por ello, me puse en contacto con el staf técnico de Sofilm.es para abrir la posibilidad a la hora de realizar una serie de propuestas y, de paso, dar mi opinión desde la experiencia sobre nuevos campos a explorar en el ámbito de esta revista de reciente publicación. A través de la primera conversación que sostuve con Alberto Lechuga, uno de sus redactores, de trato amable y cortés, estuvimos planteando diversos temas y, al calor de la actualidad, se abrió la posibilidad de publicar un artículo de Neil Young en el cine. Daba por concluida la lectura de su libro de memorias un tanto sui generis y, siguiendo el modelo Sofilm, extraje de una serie de declaraciones del mismo con la intención de ir componiendo un texto franco a ocupar inicialmente cuatro páginas de la revista. Más tarde la cosa quedaría en un par de páginas del texto fruto de su encaje en la escaleta de la revista, cuyo destino acabaría siendo lo que denominan “cuaderno crítico”. Luego vino la “letra pequeña”: el artículo se cobraba si también se hacía para la edición francesa. De esta forma se desestimó el artículo, encargando a un redactor bregado en “urgencias” de Sofilm para que reconstruyera el artículo. Con este gesto Sofilm se librara de liquidar una cantidad, favoreciendo la cuenta de resultados de la revista.

   Después de este capítulo hice tabula rasa disculpando al redactor jefe Fernando Ganzo porque esa letra pequeña no se me explicó por parte de su subordinado. Entendí, pues, que el canal de comunicación debía ser a partir de entonces Ganzo. En mi voluntad por seguir retormando ese género periodístico que había descuidado durante tanto tiempo (la persistencia no siempre es buena consejera, como evidencia en este caso), ofrecía la posiblidad a Ganzo por concertar un par de entrevistas con Tobe Hooper y con Volker Schlöndorff. El silencio se impuso durante un tiempo hasta que al tercer email Ganzo respiró en forma de doble disculpa: por la tardanza en la respuesta y por la idea que ellos ya cubrirían la entrevista con el cineasta texano, el autor de la seminal La matanza de Texas (1974). Entonces tuve la certeza que Sofilm es una propuesta editorial que cabalga a los lomos de un sentido profundamente endogámico. Ya han establecido lo que denominan el concepto “Sofim” en el que tienen cabida un determinado círculo de personas, seguramente algunos de ellos salidos de las trincheras de Cinexilio, del que el propio Fernando Ganzo no reniega haber formado parte antes de su salto para hacerse con las riendas, de forma “mancomunada”, de la revista Lumiére, luego reconvertida en publicación digital. Por eso entiendo los largos silencios de Fernando Ganzo y el porqué da pábulo a entrevistas como la de Gérard Depardieu en el número 12 (mayo 2014) (si bien se pueden extraer cosas excelentes conforme, por ejemplo, a la proverbial vena lectora del actor rusófobo, su sentido de la moralidad deja mucho que desear). Para alguien acostumbrado a actuar bajo seudónimo como Fernando “rajando” a diestro y siniestro de compañeros de profesión (los redactores de Dirigido por… solían ser uno de los blancos fáciles), en ese tono condescente, sobrado propio de los tipos resabiados, es lógico que administre esos silencios… hasta que amaine el temporal. Creo que es bueno poner en conocimiento que el redactor jefe de Sofilm.es fue en su día de enfant terrible alguien que se escondía con seudónimo o nick presto a darle con un tirachinas en el ojo crítico a algún colega por muy distintos y algunos espúreos motivos, en especial a Dirigido por… Pero lo que sí debo decir que, a diferencia de la revista con sede en Barcelona que ha cumplido con creces los cuarenta años de existencia, vaticino que el proyecto Sofilm.es acabará naufragando a un par de años vista o bien “reinventándose” en el éter digital, de donde provenían Fernando Ganzo y su tropa en esa ignominia denominada Cinexilio, que me temo muchos de ellos se han hecho twiteros contumaces para proseguir dándole al insulto a modo de forma de expresión más acorde con su línea de pensamiento. Ese naufragio (y así se lo hice saber vía email a Fernando Ganzo) de la edición español se deberá al carácter endogámico practicado y que he podido percibir a las claras, y la necesidad imperiosa por encadenar nombres ilustres para una determinada generación de cinéfilos (John Carpenter, Brian De Palma, Joe Dante, John Landis, etc.) sin prever que la lista no es demasiado extensa en este sentido. Dosificar estas entrevistas, intercalando segundas espadas o nombres propios de otros campos (no solo el cine son directores e intérpretes; este mensaje lo ha ido captando Dirigido por de un tiempo a esta parte) en algunos números favorecería a la longevidad de la revista. Pero si siguen esta dinámica, la pregunta pertinente sería: ¿alguien comprará un ejemplar de Sofilm por la entrevista-estrella a Abert Serra (jugando a empresario de Sofilm.es desde su funación) en función del estreno de una película longer than life o a Xavier Dolan cuanto éste cumpla veinticinco años y ya acumule muchas más películas que algunos directores veteranos de nuestro bendito país? Pues creo que solo lo harán hypsters, inconoclastas irredentos y fashion victims que van de guaisiers y se abren a las tendencias del cine “moderno” para epatar con algunos nombres de cineastas a su parroquia. Serán entonces cuando un servidor diga basta, y pase de largo en mi cita mensual con el quiosco del FNAC de Plaça Catalunya. El «periodismo Ganzo» llamará entonces a las puertas de la inmolación. 

martes, 27 de mayo de 2014

«EL FRAGOR DEL DÍA» de Elizabeth Bowen: EL RIESGO DE LA TRAICIÓN

«Una novela sobre el tiempo, la identidad y la libertad que explora los lazos de unión entre lo personal y lo político. Un noir que podría haber firmado Graham Greene pero también Virginia Woolf». De esta manera se destaca en la contraportada de El fragor del día (1948) por parte de los responsables del sello Impedimenta de lo que podría considerarse una frase orientativa cara al lector en torno a la séptima novela escrita por Elizabeth Bowen (1899-1973). Mas, desde mi perspectiva The Heat of the Day podría resultar un híbrido entre la literatura de Graham Greene y la de Virginia Woolf, un texto que pivota sobre un personaje situado en el frontispicio de la fatalidad pero que se resiste a desprenderse de aquellos elementos que configuran la esencia de su propia persona, la de una soñadora convencida de la existencia del elixir del amor. Es cierto que si tratamos de permutar el personaje femenino de Stella Rodney por uno masculino acorde a la elección que hubiera merecido por parte de Greene —rara vez los protagonistas de sus novelas son féminas—, el tejido narrativo de una novela de la clase de El fragor del día se resentiría sobremanera, no así una estructura que aquilata el contexto histórico y político donde se desenvuelve —el Londres de la Segunda Guerra Mundial bajo una incesante lluvia de bombas que causan estragos en la población civil, a la par que redoblan el espíritu patriótico y solidario entre sus conciudadanos— con el estudio de caracteres definidos bajo la luz de la agudeza propia de una autora con una capacidad de observación descomunal.
    En mi segundo acercamiento a la prosa de Elizabeth Bowen (tras la lectura de La muerte del corazón, de cuyo contenido di cuenta en este mismo blog y que puede consultarse a través de este enlace) vuelvo a reparar en esa apropiación de un lenguaje hilvanado con suprema maestría por parte de Bowen, destilado de un sentido descriptivo que no interrumpe en modo alguno el tránsito de unos personajes por la trastienda de una guerra que levanta barricadas frente a la idea de un amor perdurable, imperecedero. Vacua ilusión que sigue latiendo en el corazón de Stella, esa «antiheroína» que camina sostenida por un brazo de Greene y por el otro de Woolf, aquel presto a dominar el flanco en que converge el pensamiento femenino proyectado hacia un espacio de libertad, de desmembramiento de la doctrina tradicional en materia de diferencia entre sexos. Algo más de trescientas páginas que Bowen destina a hacer aflorar, a través del personaje de Stella, un pensamiento avanzado para su época, descrito con un puntillismo que nos aferra la consideración de la excelencia narrativa al alcance de unos contados privilegiados. Solo en determinadas ocasiones esa excelencia se quiebra en la repetición de expresiones o vocablos que quizás persiguieran una intencionalidad por parte de la escritora oriunda de Irlanda.  Lo que sí no parece admitir dudas es que Bowen tuvo en mente antes de la redacción del texto la necesidad de que el contexto social y político descrito no acabara sepultando la matriz de un relato que invoca a la necesidad de amar o, en su defecto, a la pérdida de amor, peaje insoslayable para el aprendizaje y posterior proceso de maduración al que se de abocado el personaje de Stella, estableciendo un particular triángulo sentimental con Robert Kelway y Harrison, escurridizo personaje, a imagen y semejanza del Harry Lime de la novela de Greene El tercer hombre, de la que Carol Reed extrajo un film homónimo perdurable en la memoria de un sinfín de aficionados. A buen seguro Reed hubiera podido extraer un enorme partido de la pieza literaria de Bowen en sus tiempos de esplendor creativo, pero las convenciones de la época, marcadas sobre patrones masculinos, dejaron sin efecto cualquier tipo de tentativa. Reed abandonaría la práctica cinematográfica en 1973, el mismo año que se conocería el fallecimiento de Mrs. Owen, cuyas penurias económicas concentradas en los últimos lustros de su existencia harían mella en su matrimonio, en la frecuencia de sus escritos y en su propia salud. Una quincena de años más tarde, casi de manera consecutiva, Granada Televisión produjo The Heat of the Heart (1987) y En el calor del día (1989), a partir de sendas novelas escritas por la pluma de Bowen y con la participación en ambos casos de Michael Gambon antes que su nombre traspasara fronteras. Harold Pinter firmaría el libreto de esta última, apropiándose de un texto que permitía dar rienda suelta a su fijación por plasmar las tensiones derivadas de las diferencias entre clases sociales (en ese mismo alambre narrativo se mueve El sirviente, a partir de la novela de Robin Maugham). Material, por tanto, reservado a ese principio clasista que define a la sociedad británica que Pinter trataría de acomodar al formato de producción televisiva servido para una historia, la de Bowen, que hubiera podido llamarse El riesgo de la traición, el título de estreno en nuestro país de una producción inglesa de principios de los años 80. Un espacio temporal aún poco maduro para que el árbol del conocimiento de la prosa de Elizabeth Bowen diera sus frutos en forma de publicaciones traducidas a la lengua cervantina. Éstos llegarían, una vez más, gracias a la empresa editorial comandada por Enrique Redel, pero sin descuidar la contribución de los sellos Pre-texto —La casa en París (2008) y el ensayo Siete inviernos: memorias de una infancia en Dublín (2008) — y Acantilado —El último septiembre (2013)—. 


martes, 6 de mayo de 2014

JORGE MORAGAS: MISERIAS DE UN «MOCHILERO» SIN IDENTIDAD

Hace pocas fechas el editorial del Financial Times reincide en sus críticas al gobierno del PP y más concretamente a su presidente Mariano Rajoy de “esconderse” tras la Constitución para no tender puentes de diálogo con el Govern de la Generalitat de Catalunya de Artur Mas. El prestigioso e influyente rotativo británico aboga por buscar una solución intermedia, una tercera vía que evite cualquier escenario de separación entre Catalunya y el resto del estado español. En este punto del relato, a medio año de que se pueda realizar una consulta popular (al parecer, no vinculante), el presidente del gobierno podría mover ficha, teniendo además un catalán como su brazo derecho, el Jefe del Gabinete de Presidencia y Diputado del PP Jorge Moragas (Barcelona, 1965), para facilitar esos puentes necesarios a los que alude el Financial Times. Pero Moragas ha demostrado por activa y por pasiva que hace frente común con el enrrocamiento propio de un mandatario incapaz de salirse de su hoja de ruta, aquella destinada a pasar a la historia como un reformista y gestor de un país sumido en una crisis galopante desde el principio de la legislatura. Él es la sombra de Mariano Rajoy allá dónde vaya el político gallego. Más que la cautela y la prudencia, lo que define a Moragas es su condición de «hombre-sin-rostro», el pelota del jefe  que no se sale ni un milímetro del plan que le ha reservado Rajoy hasta el final de su mandato de Presidente del Gobierno. Moragas ha quedado “abducido” por el poder, mostrándose un personaje alejado de aquel joven diputado dispuesto a dejarse “seducir” por los “encantos” de la avispada reportera Thais Villas —también catalana— de la Sexta, a pie de moto mientras se escuchaba de fondo otro rugido, el de los leones que custodian el Congreso de los Diputados. Con la llegada al Gobierno de Rajoy, Moragas ha pisado el acelerador y se ha consagrado a llevar la agenda del Presidente del PP, colocándose esas “orejas de burro” dispuestas para no ver más allá en el camino la realidad que les interesa, la de las cifras macroeconómicas para repetir, cuál mantra, las bondades de las políticas reformistas adoptadas. Muestra inequívoca que Jorge Moragas se ha transformado en un “accesorio” de Mariano Rajoy, cada vez con menor capacidad para razonar por sí mismo y de (de)mostrar que tiene criterio propio se dio en el curso del programa Salvados que abordaba el tema de la realidad del sector de discapacitados físicos y psíquicos que han sufrido los estragos de los recortes sociales hasta el extremo de dejarlos en una situación franca a la desesperación. Un tema ciertamente sensible cuya principal voz a lo largo del programa sería la de Jaume Martorell, parapléjico alicantino cuya minusvalía no le impide mostrarse activo en la defensa de una lucha que toda persona de bien debe entender justa. A tal efecto, en junio de 2012 Martorell envió una carta a la Presidencia del Gobierno formulada sobre el auténtico despropósito que comportaba los recortes sociales en un sector necesitado de estos recursos simplemente por una cuestión de supervivencia. La respuesta distaba de ser la que le hubiera gustado leer Martorell y el resto de personas que se encuentran en una situación parecida. Dado el cargo que Moragas ostenta desde 2012 parecía “ajustada a derecho” la petición de Jordi Évole, conductor y presentador de Salvados, para que ofreciera su parecer sobre el asunto, máxime cuando los políticos se suelen llenar la boca al intentar sentirse próximos a los problemas de la calle para tratar de contrarrestar su mala imagen cara a la sociedad. Las tentativas de los responsables del programa resultaron infructuosas en este sentido, pero Évole se guardaría un as en la manga y procedía, vía iphone, a contactar con Jorge Moragas, quien desde el primer instante se mostró “fuera de sitio”, runruneando más que manteniendo una conversación. Al cabo, Évole conminó a Moragas que escuchara la propia petición de Martorell, pero éste escurrió el bultó y decidió colgar, no sin antes recriminar al atribulado periodista que no hubiera resuelto las cosas de una mejor manera. Évole se justificó que tuvieron el silencio por respuesta para que el PP expresara su opinión o su punto de vista sobre un tema candente en la sociedad, más cuando afecta a uno de los sectores que mayor desamparo sufren.
Han pasado días, semanas desde aquel lamentable episodio, pero ese fontanero del Gobierno del PP sigue sin disculparse. Él sabrá las razones porqué no lo hace; todo parece medido en su agenda. Quizás sea consciente que una muestra pública de disculpas sea interpretada como un signo de debilidad por su mandamás Rajoy y, por consiguiente, “munición” para los adversarios políticos. Él (Moragas) calla. Ambos callan. Se tapan sus vergüenzas y siguen paseándose (el uno la sombra del otro) por medio mundo con la miras puestas en querer salvar al país. Moragas tuvo la oportunidad en ese programa de Salvados por comportarse conforme a persona con calidad humana, al menos en apariencia con una voluntad por dar amparo a los más necesitados. Pero Moragas operaría en sentido contrario, mostrándose el individuo que desde la atalaya del poder ha perdido contacto con la plebe. Seguro que Moragas (dicen de él  que es un gran cinéfilo), se cuela antes en una sala para contemplar historias de superheroes (con la factoría Marvel a pleno rendimiento tiene dónde escoger en los últimos años) que las cautivas de un tratamiento de la realidad social que coloca a diario la soga a infinidad de familias. El cine de Ken Loach, Stephen Frears o Mike Leigh le debe dar grima. Como tantos superheroes se coloca la coraza para repeler cualquier tipo de ataques. Pero para los ciudadanos que nos miramos los unos a los otros desde el mismo plano tenemos el derecho a “réplica”, a levantar la voz (no en el sentido literal) para dejar en evidencia los comportamientos de ciertos políticos de la catadura moral de Jorge Moragas, a quien su negativa por disculparse frente a Jaume Martorell le pesará como una losa en sus, intuyo, aspiraciones de alcanzar mayores cuotas de poder en el PP, escalando posiciones para quién sabe si algún día tomar el relevo del que ha sido su sombra estos años de agitada agenda. Ya se sabe que las cosas negativas suelen pesar mucho más que las positivas a la hora de pasar balance de una vida. Y allí estarán las heremotecas, Youtube y otras ventanas de la información de la era digital para levantar acta de las “miserias” de Jorge Moragas, alguien que sigue recibiendo clases en la Escuela Privada del «Padre» Mariano Rajoy y Brey con domicilio en la calle Génova.


miércoles, 9 de abril de 2014

«MALAS HIERBAS: HISTORIA DEL ROCK EXPERIMENTAL (1959-1979)»: GUÍA PRÁCTICA PARA AMANTES DE LA MÚSICA EN RETROSPECTIVA

Cádiz sigue siendo una de las provincias del estado español que mayor porcentaje de escritores ha dado por número de habitantes. Las razones de la proliferación de escritores gaditanos no obedece a un mayor índice de lectura concentrada en esas latitudes, sino que se debe a diversos factores, sin descuidar el principio de casualidad. A esa prolija lista de literatos, entre los que encontramos a Juan Bonilla, Elvira Lindo o Antonio y José Manuel Serrano Cueto, se une desde hace pocas fechas Óscar Carrera (1992, Jerez de la Frontera). Con tan solo veintidós años, Carrera lleva publicados un par de libros de muy distinto perfil, la antología de relatos La prisión evanescente  (2013, Producciones Flaca) y el ensayo musical Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979). Nacido el mismo año que una exposición universal colocaría a la capital hispalense en el mapa mundial, Óscar Carrera ha tenido en la participación de blogs (El yugo eléctrico de Alicia, Cómo conocí al de los Rivers, Desde el cadalso) un campo abonado para dar rienda suelta a su procaz vena de escritor, estimulado por una formación que no conoce fronteras, desde lo gastronómico hasta lo musical pasando por la novela. Esa misma hambre por publicar en papel que le ha llevado a cocinar esas malas hierbas formuladas bajo los parámetros del rock experimental circunscrito a la década de los sesenta y setenta. Allí donde florecieron infinidad de grupos que tratarían de revertir el orden natural de las cosas, a fuerza de exprimir el magín mientras se ingerían sustancias psicotrópicas, se procedían a lecturas perfiladas sobre lo místico, esotérico o mágico, y los ejercicios con los instrumentos obedecía a la gimnasia diaria, aparcando así los hábitos docentes en la inmensa mayoría de los casos. Dicho lo cuál, un libro de las características de Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979) parecería más lógico que hubiera llevado la rúbrica de un veterano musicólogo bregado en mil y una tiendas de segunda mano, a la caza y captura del vinilo raro, de esa pieza de coleccionista que colocar (another brick in the wall) a lo ancho de una pared de una habitación de un hogar, verbigracia de una esclava afición, convertido en santuario de la música contemporánea. Empero, la insultante juventud de su autor Óscar Carrera razona en la idea de que su provisión de fondo musical para tejer el relato, en forma de guía, de Malas hierbas, se encuentra más en esa "biblioteca de Alejandría del siglo XXI" llamada Youtube que en una extensísima colección de vinilos y CD’s, salvo que figurara beneficiario de una eventual herencia de plásticos y decibelios. Lo que sí parece incuestionable es que Carrera ha trabado una obra exhaustiva en su apartado expositivo, que le concede un conocimiento impropio de un joven de su edad, macerado a partir de un número infinito de audiciones concentradas en un relativo corto espacio de tiempo. De la excelencia a la pobredumbre musical (fiel exponente de ello, la banda The Shaggs, cuya génesis estaría envuelta en una suerte de epifanía dictada por el patriarca Austin Wiggin), el oído de Carrera ha trabajado a destajo para que la mente procesara una obra-guía que repercutiera en el papel un texto ágil, fluido, sin arabescos de por medio. En su conjunto, Malas hierbas representa uno de esos libros que, pese a la proliferación de juicios sobre el parecer de un determinado disco o grupo, no resulta molesto ni ofensivo. Más bien, refuerza su carácter de obra singular, siendo una nueva aproximación en torno a una época y un espacio de una música (con su epicentro en Gran Bretaña, pero sin descuidar el carácter transversal del fenómeno del rock) que encontraría arraigo en una generación que hizo de la misma (casi) un dogma de fe. Cualesquiera que se enfrente a la lectura del presente volumen llegará a la conclusión de que estamos ante una de las etapas de mayor fertilidad creativa de la Historia de la Música Contemporánea, con especial significación para el fenómeno del rock sinfónico al que Carrera atiende sobre todo en ese trienio dorado, el de 1971-1973. En este sentido, me congratula observar cómo tras la publicación de Historia del rock sinfónico (2012) escrita por un servidor, hasta la fecha un par de títulos han seguido su estela en el mismo sello editorial, esto es, Yes: Más allá del abismo (2013) y Malas hierbas: Historia del rock experimental (1959-1979). Obras complementarias al texto que vio la luz hace un par de años, escrita en el caso de esta última por un representante de una nueva generación de escritores al que es fácil adivinar una carrera prolífica, en consonancia con dos de los músicos citados en su primer ensayo, Rick Wakeman (el teclista de Yes) y Frank Zappa. Sendos compositores e instrumentistas que ocuparían lugar en las últimas hojas de un hipotético diccionario conformado por los centenares de nombres propios que se dan cita en las páginas de esas Malas hierbas, una obra que, a buen seguro ha arrancado horas de sueño de un calendario personal apto para pasar conforme a un ciclón en la vida de Óscar Carrera.


miércoles, 2 de abril de 2014

«LA CASA Y EL CEREBRO» de Edward Bulwer-Lytton: MUNDO SOBRENATURAL EN LA ÉPOCA VICTORIANA

A lo largo de la segunda mitad del siglo pasado el mercado editorial español sería capaz de asimilar numerosas publicaciones de Los últimos días de Pompeia (1834) bajo distintos sellos. Al hilo de los datos que ofrece el Ministerio de Cultura, la última de las ediciones servidas en lengua castellana sobre la novela de mayor arraigo popular de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) data de 2003. Con el cambio de milenio se iría abriendo el abanico de obras confeccionadas por Bulwer-Lytton que trataban de buscar refugio fuera de la alargada sombra de Los últimos días de Pompeia que había escrito a los treinta y un años. A lo largo de los cuarenta años siguientes, el escritor británico daría acomodo a una extensa relación de narraciones cortas, novelas y ensayos, labor que compartiría con su quehacer político. En ambos frentes se movería Bulwer-Lytton mientras sus compromisos conyugales y familiares caminaban con suerte dispar. Así, a finales de la década de los 50 del siglo XIX el temperamental Bulwer-Lytton crearía un relato circunscrito en la época victoriana envuelta de espectros. Bautizada The Haunters and the Haunted, su título asimismo se conocería por The House and the Brain, cuya traducción directa arrojaría el de La casa y el cerebro (1859). Impedimenta confeccionaría a finales del pasado año otra vuelta de tuerca referida a su adscripción a la literatura anglosajona al publicar La casa y el cerebro, en una edición que apenas se contabilizan un centenar de páginas. Tamaño suficiente, en todo caso, para entender el porqué Bulwer-Lytton exhibía músculo narrativo en una plaza ciertamente distinguida de la época, la de un Londres arbolado de grandes talentos literarios entre los que se cuenta por derecho propio su coetáneo Charles Dickens (1812-1870). La amistad mantenida durante mucho tiempo entre Dickens y Bulwer-Lytton conllevaría que se intercambiaran sus propios manuscritos antes de ir a imprenta. De tal suerte, por ejemplo, el autor de Los últimos días de Pompeya sugirió a Dickens un final alternativo para Grandes esperanzas (1859). Lejos de mostrarse remiso a aceptar la sugerencia, Charles Dickens accedió de buen grado a rectificar un final que, según la plana mayor de analistas de la obra del famoso escritor, hacía justicia al desarrollo de la narración. Curiosamente, Bulwer-Lytton lidió con el final de su propio texto The House and the Brain, ya que si bien en su primera publicación en la "Blackwood’s Magazine" —1859— se podía leer en su integridad, años más tarde aparecería en el mercado una versión sustancialmente reducida. La “línea de corte” la localizamos en el capítulo que arranca con un elocuente «Pero mi historia no ha terminado...». Al parecer, según indica en la introducción biográfica del personaje Arturo Agüero Herranz —a la sazón traductor a la lengua de Dámaso Alonso de The House and the Brain—, Bulwer-Lytton quiso evitar a toda cosa que se establecieran analogías entre este relato de fantasmas y A Strange Story (1862), a punto de ver la luz cuando su autor encaraba el cumplimiento de su sesenta aniversario. Afortunadamente, la edición que nos ocupa cuenta con la integridad del relato. Con todo, estamos ante un texto de poco más de ochenta páginas, francas a ser degustadas, parafraseando a Ray Bradbury, mucho después de medianoche, en un horario donde los miedos interiores alcanzan nuestro intelecto y nos dejamos abrazar por los dominios de lo sobrenatural... En este sentido, La casa y el cerebro cubre las expectativas, perfectamente encardinada en el concepto de ghost story sostenida sobre un discurso relativo a esa ciencia que busca respuestas sobre asuntos que escapan a la comprensión. Una fenomología sobrenatural que recorre de principio a fin un sustrato narrativo hilado con maestría por Bulwer-Lytton, sirviendo para Henry James de interesante muestra para que varias décadas más tarde el subgénero de fantasmas alcanzara uno de sus puntos culminantes con The Turn of the Screw (1898). Por aquel entonces, el que fuera Barón de Lytton seguía encadenado, a efectos de reconocimiento popular, a Los últimos días de Pompeya. Aún quedaba, pues, por ordenar su excelsa colección de textos, desde la novela de anticipación The Coming Race (1871), traducida como La raza futura —constituida en todo un referente para una organización secreta alemana, gérmen del pensamiento (sic) ario—  hasta Zanoni, o el secreto de los inmortales (1842), un relato publicado por Valdemar en 2011. Una editorial que, a buen seguro, aspiraba a registrar The House and the Brain en alguna de sus antologías integradas en el fantástico. Nuevamente, Impedimenta anduvo diligente al incorporarla a un catálogo que ya sobrepasa los cien títulos en algo más de seis años de actividad frenética comandada con señorío por Enrique Redel. Todo un logro en tiempos de crisis.

viernes, 28 de marzo de 2014

«MEMORIAS DE NEIL YOUNG: EL SUEÑO DE UN HIPPIE» (2014)

Si hay algún documental sobre Neil Young que cumpla, desde mi perspectiva, el requisito de ser visitado varias veces éste sería Heart of Gold (2006). Se trata de una producción Shakey Pictures dirigida por Jonathan Demme, poblada de pequeños detalles que nos descubren muchos aspectos sobre el músico canadiense. Así pues, entre sus pliegues podemos observar cómo la emoción embarga a Neil Young cuando interpreta el tema It’s a Dream, en memoria de su padre Scott Young, cuyos últimos años de su vida los pasó padeciendo demencia senil. No me equivocaría demasiado si manifestara que uno de los factores básicos para entender que Neil Young iniciaba una nueva etapa de su actividad artística incluyendo la labor de escritor, vino derivado de la pérdida de su progenitor. En cierta manera, Neil Young trataría de tomar el testigo del popular periodista deportivo canadiense conforme a la idea de preservar su recuerdo y tratar así de rendirle tributo. Pero para alguien que sigue teniendo tantos frentes abiertos —desde el plano familiar, artístico y empresarial— el momento para poner a prueba su vertiente de escritor se iría postergando hasta que un incidente en la piscina de su primera residencia —situada a las afueras de San Francisco, California— parecía dictado a través de la providencia. Una providencia presta a que el reposo obligado por la fractura detectada en el dedo meñique de su pie derecho le llevara a situarse frente al ordenador y, al cabo, escribiera unas cien mil palabras, traducido en formato libro, a unas cuatrocientas cincuenta páginas, con una treintena de fotos en blanco y negro intercaladas en las mismas. Más que unas memorias, Neil Young iría conformando un itinerio sin orden ni concierto por una vida trufada de suculentas anécdotas, de desgracias, de sinsabores pero también de momentos de esplendor, de brillo. “Conociendo” al personaje tras haber cumplimentado una monografía de carácter analítico que no desdeña el componente biográfico, sabía en primera instancia, antes de consagrarme a la lectura, que Neil Young actuaría a “campo abierto” sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Lo caótico configura parte de su paisaje discográfico, descartando un proyecto para cabalgar a lomos de otro, volviendo la mirada hacia atrás y así hasta.... el infinito. Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Ediciones) no es más que una traducción al papel de ese universo un tanto deslavazado que no ha buscado ni pretendido buscar el anzuelo de la comercialidad, sino que ha tratado de amueblar un discurso musical trazado por lo artístico. Una vez advertido, prácticamente a las primeras de cambio, que el sentido acronológico dominaría el texto, me puse a leerlo con fruición. Tan solo necesité de dos o tres “tomas” para hacer un “barrido” por esta producción literaria que hábilmente los editores de nuestro país han titulado El sueño de un hippie y, de esta manera, se han desmarcado del original Waging Heavy Peace, un juego de palabras en verdad “intraducible”. No todos los libros tienen esa cualidad: la lectura que pasa a velocidad de vértigo, abriendo y cerrando páginas en un santiamén, así hasta un total de poco más de cuatrocientas, algo inferior en volumen a la edición seminal, con un texto que “respira” más espacios en blanco. Algunos lectores podrán argüir que estamos ante una letra sin música, la que descuida un lenguaje de mayor riqueza y variedad expresiva. Pero Neil Young, en su primera tentativa en calidad de escritor, se decanta por un lenguaje más llano, directo, que trate de conectar de inmediato con el lector, sin menoscabo de practicar el arte de la digresión que me ha recordado de soslayo las postreras obras de Kurt Vonnegut Jr, evaluadas desde una perspectiva autobiográfica, a modo de ir cerrando el círculo.  
   Favorecido por una encomiable labor de traducción a cargo de Abel Debritto, Memorias de Neil Young: el sueño de un hippie aborda, desde esa premisa intencionadamente caótica, su autor desgrana numerosos aspectos que competen a su vida personal, familiar y profesional. Se trata de un libro observado desde el prisma del continuo agradecimiento, de una deuda no siempre reconocida en su momento por el propio Neil Young. La existencia de Neil Young ha ido girando sobre esos círculos de amistad, básicamente confeccionado por colegas de profesión. Para preservar semejante entorno no ha dudado en ahuyentar a la prensa codiciosa de un enfoque sensacionalista, la inherente a un genio recluido en su "Sangri-La" con dos hijos afectados de parálisis cerebral —Ben y Zeke— fruto de la relación con sendas parejas sentimentales, la conformada por la actriz Carrie Snodgress y su actual esposa, the real love, Pegi Young, constante fuente de inspiración en su obra musical. El carácter estrafalario de Neil Young gana dimensión a través del relato decididamente desordenado que hace de sus múltiples aficiones con un afán de coleccionista mórbido (los trenes eléctricos, al punto de ser accionista de una marca de prestigio internacional cuya fábrica se localiza desde hace años en China; los automóviles accionados por biocombustible, aparatos antiguos de grandes dimensiones que un día formaron parte del parque de turismos preferentemente de los años 50; su propio legado musical y cinematográfico que administra cuál orfebre, etc.) al que no parece haber puesto freno con el paso de los años. En esa dimensión seguramente el buen conocedor de la obra musical de Neil Young, que ha repasado una y mil veces en los entresijos de las grabaciones de discos memorables y no tan memorables, encontrará los mayores estímulos para la lectura de El sueño de un hippie porfiado en la idea que su perenne sentido por reinventarse deviene una rara avis entre los músicos de su generación que aún se sostienen en pie. Por ventura, después de haber sufrido toda clase de penalidades en lo físico, ese árbol de más de ciento ochenta centímetros se sostiene en pie a los sesenta y ocho años, con una endiablada capacidad por buscar nuevos retos (su última obsesión, la aplicación Pono que preserva una calidad de sonido muy superior a las administradas por formatos como mp3), entre ellos el que se dirime en el terreno literario. Hasta un total de cuatro ideas de proyecto relativas a proseguir su veta de escritor he contabilizado a lo largo de las páginas de la presente obra. Dado el cúmulo de proyectos que tiene en marcha o en stand by, difícilmente todos ellos tendrán cabida al corto o medio plazo, pero nunca se sabe cuando se trata de Neil Young. Si la musa musical no le acompaña o, cuanto menos, con la frecuencia de antaño, posiblemente asistamos a una sucesión de obras escritas por Neil Young con el “membrete” de su carácter osado y desprejuiciado, siguiendo a pies juntillas el enunciado de una frase que solía repetir su productor y amigo del alma David Briggs: «destaca o desaparece».


jueves, 27 de marzo de 2014

DIEGO A. MANRIQUE: A CONTRACORRIENTE DEL VERDADERO PERIODISMO (A PROPÓSITO DE «NEIL YOUNG: UN SUEÑO HIPPIE»)

Contagiados de ese «espíritu Neil Young» que invita a permanecer alerta, activo, sin bajar la guardia, el grupo de Facebook En la playa de Neil Young ofrecía días atrás un enlace a la página de El País (20/3/014) donde Diego Manrique (1950, Pedrosa de Valdeporres, Burgos) dejaba constancia de su particular lectura crítica de las presuntas memorias del genial artista canadiense, en razón de la inminente edición de la traducción castellana a cargo del sello Malpaso. Al acabar la reseña crítica tuve la convicción que el veterano periodista musical había cocinado aquel escrito con los fogones de unas certezas que solo operaban en su imaginario con el fin de articular un corpus crítico orientado a laminar cualquier atisbo de entusiasmo para los posibles incautos fans del canadiense en el despliegue de una nueva faceta más en su amplio repertorio artístico. No tardé en advertir en ese mismo foro, a través de un post, que Manrique colocaba en la pluma de Neil Young palabras que jamás habría expresado en un escrito con vistas a ser publicado. Sencillamente, porque son una pura mentira. Al respecto, especialmente llamativo me pareció el siguiente párrafo: «Tampoco sirven las comparaciones con las Crónicas dylanianas. Aquí no hay rastro de las ambiciones literarias de Bob (sí, Young se refiere a sus colegas por su nombre de pila). Neil no lee libros, por sospechar que pueden interferir con su proceso creativo.» Con estas líneas me bastaba para demostrar que Manrique hizo un ejercicio de periodismo... a contracorriente de la verdad.  
    Al cabo de recibir el volumen Neil Young: un sueño hippie (2014, Malpaso Ediciones) me apresté a leerlo con fruición. Las horas de lectura pasaron volando y en muy poco tiempo lo había terminado. Buena señal. Me expreso, por tanto, con conocimiento de causa para llegar a la conclusión que Manrique inventó no tan solo esa frase referida a que Neil Young no lee para no interferir en su proceso creativo, sino que amplía su campo de falta de compromiso con la verdad tergiversando a su conveniencia el siguiente párrafo que aparece en el libro publicado por Malpaso: «Escribir es, por frívolo que pueda antojarse así decirlo, muy cómodo, apenas acarrea gastos y es un buen pasatiempo. Algo que recomiendo encarecidamente a cualquier vieja gloria sin pasta que no tenga planes entre manos». Si Manrique lleva tanto tiempo en el periodismo debería saber que el entrecomillado debe ceñirse al contenido exacto de lo que expresa una persona. Asi las cosas, en su escrito Manrique redacta lo siguiente: «De hecho, hay momentos en que El sueño de un hippie huele a mofeta, a cinismo de superestrella. Recomienda a sus amigos famosos que le imiten: "Escribir [un libro] es muy cómodo, tiene pocos gastos y es una forma estupenda de pasar el tiempo"». Confrontemos sendos escritos para saber cómo se las gasta el escritor burgalés para remar en el sentido de construir un discurso crítico cargado de ignominia, malintencionado y nada que ver con lo que debería ser el temperamento de un periodista que goza de reputación, enfilando la edad de jubilación.

    Todo ello me lleva a capitular que Manrique, poseedor de las galeradas del libro en castellano (me consta de buena fuente), prefirió colgarse la medalla de ser el primero en abrir el fuego mediático en nuestro país con su devastador escrito y aparcar la idea de leerlo, fiándose de la memoria de haber dado cuenta de la lectura de la versión original publicada por Blue Rider Press en noviembre de 2012 con el estrafalario e “intraducible” título Neil Young: Waving Heavy Peace. A partir de unas notas “interpuestas” que tampoco obedecen a la realidad de los hechos (basta leer el breve capítulo en que Young muestra su ira por la manipulación llevada a cabo por unos periodistas que le adjudicaban el sanbenito de plegarse a las tesis belicistas de la Administración Reagan), Manrique trata de apuntalar un escrito que deja en mal lugar al auténtico periodismo, saltándose a la torera sus más fundamentales principios. Además, lo hace con un redactado pobre, a golpe de escrito en forma de “teletipo”, párrafos sin ligazón alguna entre ellos más que subrayar los aspectos negativos o tratando de denostar las distintas tentativas establecidas por Young fuera de la música. No está mal para alguien que plasma en el papel: «Sin embargo, finalmente Neil es el hijo de su padre: Scott Young, un periodista deportivo y novelista prolífico. Y le va cogiendo gusto. Cierto que no asume la necesidad de revisar, corregir o reescribir su texto: desde luego, nadie le acusará de haber usado un negro, un escritor profesional.» No será, por tanto, Diego A. Manrique quién sea capa de darle clases de escritura a Neil Young. Más bien, podría haber tenido muchos mejores maestros en autores como, por ejemplo, Robertson Davies, amigo de su padre Scott Young, periodista deportivo especializado en hoquei al que el burgalés adjudica la condición de «prolífico novelista» cuando tan solo tiene... una novela publicada. Prácticamente, al cierre de la presente obra, Neil Young expresa que «los libros siempre han formado parte de mi vida», merced a esas constantes idas y venidas de literatos al hogar familiar en Canadá durante los años de infancia y juventud del cantante, multinstrumentista y compositor musical. En pasajes puntuales Neil Young da fe de su interés por la lectura, en concreto, el contenido de Las nieblas de Avalón de Marion Zimmer Bradley (p. 155) o cuando hace referencia a que encontró y compró un ejemplar de un libro de Clive Cussler en una tienda de segunda mano del archipiélago de Hawai que le había pasado inadvertido en el momento de su publicación. El mundo al revés. El cazador cazado. Una periodismo, en definitiva, cuya realidad impresa o reproducida para la red se cuela por el desagüe de la falta de veracidad, a fuerza de olvidar un compromiso inviolable sellado con el lector o el internauta. 

jueves, 20 de marzo de 2014

CAMEL EN EL PARALELO 62: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO)PROG ROCK (II)

Según recogen los atlas virtuales o en papel, el paralelo 62 atraviesa el Océano Atlántico, y los continentes de Norteamérica, Europa y Asia, siendo en esas latitudes el sol visible casi veinte horas durante el solsticio de verano y poco más de cinco horas durante el solsticio de invierno. En los estertores de esta última estación llegaría a otro Paralelo 62, el correspondiente a la Sala Barts de la Ciudad Condal, un camello sediento del favor del público arraigado en su mayoría en la capital catalana. Esa era una cita a la que muchos no podíamos faltar sobre todo por un acto de justicia y de consideración para la que, a buen seguro, ha sido una de las bandas fundamentales dentro del rock progresivo o sinfónico con denominación de origen. La bondad en lo climatológico durante la tarde-noche de ese 18 de marzo de 2014 auguraba que los asistentes al acto gozaríamos en ese encuentro con la historia, la de un grupo cuyo eje motor obedece al nombre de Andrew Latimer. No había margen para la duda. La oportunidad se brindaba por sí sola después de las noticias de unos años atrás que habían encendido todas las alarmas sobre la pervivencia de Camel toda vez que Andrew Latimer estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una enfermedad rara, atacando con fiereza su sistema inmunitario. Sin él, Camel se podía haber expendido su certificado de “defunción”. Afortunadamente, la recuperación del frontman de Camel provocaría de facto que la formación británica volviera a levantar el vuelo. Un vuelo suave y majestuoso, limpio y elegante que rezuma el buen gusto por dotar a cada instrumento de una fuerza expresiva propia. En este sentido, Snow Goose (1974) puede ser un perfecto corolario del arte cameliano, afinado en un concepto instrumental que hizo las delicias del casi millar de espectadores que se congregaron en el recinto barcelonés dotado de una excelente acústica. La sapiencia de Eduardo Martín (la elección de su nombre ya vaticinaba una anglofilia a prueba de bomba) me acompañaría a lo largo de esa velada presta a degustar las esencias de una banda a la que Latimer imprime un sello distintivo en la ejecución a la guitarra, la flauta y en las cuerdas vocales, además de ofrecer un carisma del que no podía ni debía quedar exenta su propia tragedia personal, por fortuna superada. Lejos quedaban los debates sobre el reparto de protagonismo en el seno de Camel, en especial cuando Peter Bardens trataba de “cuestionar” el liderazgo de Latimer. Desde el primer instante del último martes del mes de invierno supimos, por la pura disposición del quinteto de integrantes de Camel, quién sigue siendo el alma del grupo inglés. Pocos acordes bastaron para mirarnos los unos a los otros y sentenciar, prácticamente leyéndonos el pensamiento: «Andy ha vuelto». En esa primera parte del concierto, la dedicada a repasar el álbum al completo de Snow Goose, no cabía más que la salva de aplausos en su inicio y en su cierre. El repóker de músicos debía hilar fino para ofrecer ese efecto mágico que demandaba un disco conceptual surgido en plena efervescencia creativa de Camel, favoreciendo la inclusión de nuevos arreglos en sintonía con los nuevos tiempos. El escenario se vistió de tonalidades azuladas y rojizas, pigmentando su superficie cuál escenario nevado. Después de un interludio que no se alargó más allá de los diez minutos, Camel regresaría a ese “teatro de los sueños”, aquel habilitado para que resplandecieran temas de antaño, de las épocas doradas y menos doradas de la formación británica. La maestría de Mr. Latimer quedaría nuevamente al desnudo, sobre todo cuando su figura delgada se compactaba para arrancar cada una de las notas de su Gibson. En ese punto de la noche el público no parecía dar crédito. Asistimos a un recital Latimer, quien había dejado atrás la sombra de la muerte para buscar la luz de la inspiración, al abrigo de unos aficionados entregados a una sola idea, un pensamiento que no podía desprenderse del valor de la emoción. En el ecuador de esa segunda parte Latimer armaría el brazo derecho para proyectar en cada una de sus notas el recuerdo del padre a través de la canción The Hour Candle, extraído del disco Harbour of Tears (1996) de resonancias celtas. Salvado ese compromiso celestial, tocaba repartir cartas y el eventual protagonismo recayó en el resto de componentes de la banda, con especial significación para su fiel escudero Colin Bass. Su aspecto zorruno casaría con la magistral interpretación vocal y a la guitarra del tema Fox Hill. Acto seguido, las voces de Bass y Latimer se aplicarían en similares registros para la canción For Today, que colocaría el punto y seguido a una velada inolvidable. Latimer, tocado en lo anímico, parecía gozar cada instante de aquella gloria bendecida por un público al que se había colocado en el bolsillo a las primeras de cambio. Una vez cumplido el ritual de citar a cada uno de los miembros de la banda (el teclista Guy LeBlanc y el batería Denis Clement y, a modo de guest star para la gira que finaliza su periplo europeo en Italia, el teclista Jan Schelhaus), Banks, con aire dicharachero, devolvió el gesto y extendió su brazo izquierdo mientras vocalizaba con una dicción so british el nombre de Andy Latimer. Para entonces, el líder de Camel sabía que la conexión tenía lugar. Quedaba la propina. Menuda propina. Lady Fantasy, pieza angular del álbum Mirage (1973), ofrecía nuevos bríos a un Latimer exultante, adueñado de una maestría que la historiografía musical hasta la fecha, salvo excepciones, no le ha hecho justicia. No hubo tiempo para más. Al filo de la medianoche, cuál cuento de hadas, tocaba citarse con la realidad una vez abandonado ese “teatro de los sueños” y enfilar cada uno de nosotros hacia sus respectivos hogares. A la mañana y al día siguiente ni rastro de la actuación de Camel en Barcelona en los rotativos de ámbito local o nacional. Sin embargo, para los que asistimos quedará grabado ese concierto, a buen seguro, por tiempo indefinido. Esa será nuestra dicha, aunque los silencios de la prensa nos muestren una vez más la cara bien visible de una triste realidad de un país que se mueve en paralelo a la insensatez a la hora de no saber discernir entre músicos con talento y simples operaciones de márketing prefabricadas en el backstage de la industria discográfica.