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martes, 8 de agosto de 2023

»EL NÚMERO UNO» (1943) de John Dos Passos: LA ESCALADA AL PODER DE HOMER T (DE TRUMPISTA) CRAWFORD

 

Viajero impenitente, incansable conversador, militante de izquierdas y escritor convulsivo, como define E. L. Doctorow a propósito de su extenso prólogo para la edición de Paralelo 42  (1930) —la primera parte de la denominada «Trilogía USA»— John Dos Passos (1896-1970) no era «nada dado a la estética del hombre duro, como Hemingway, ni tampoco al romanticismo de la autodestrucción, como Fitzgerald». Todos ellos pertenecían a la denominada «Generación perdida», una generación anterior a la de Edgar Lawrence Doctorow que sembró de publicaciones a lo largo de la primera mitad del siglo XX y que, hoy en día, devienen auténticos clásicos de la literatura norteamericana y, por ende, de la literatura universal. Pero mientras F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, allén de las fronteras estadounidenses, siguen siendo escritores de cita recurrente en tertulias literarias o, a propósito de algunas de las adaptaciones de sus novelas o relatos cortos al cinematógrafo, el conocimiento de la obra de John Dos Passos sigue quedando en una zona de penumbra, a la que tan solo una minoría (en el mejor de los casos) lo relacionan con una determinada pieza literaria. En este escenario, pues, resulta encomiable que el sello Impedimenta haya reparado en una novela de John Dos Passos para incorporarla a su catálogo con el propósito que el enunciado de su argumento reclame la atención de potenciales lectores pegados a una actualidad –como en su tiempo lo habían hecho los integrantes de la «Generación perdida», dejando constancia de ello una proverbial actividad epistolar— capaz de proclamar el «reinado» —léase presidencia de los Estados Unidos— de individuos sin escrúpulos (a todos los niveles) con el fin de lograr sus objetivos. El epítome de este perfil de personaje lo encontramos en Donald J. Trump, a quien en su propósito de instaurar un «nuevo Orden» para los Estados Unidos, haciendo del populismo bandera y degradando el valor de sus instituciones, reclama ciertos paralelismos a nivel literario con Berzebus «Buzz» Windip —Eso no puede pasar aquí (1936)—, Willie Stark —Todos los hombres del presidente (1946)— y Homer T. Crawford —El Número Uno (1943)—, «criaturas» nacidas de la pluma de Sinclair Lewis (1885-1951), Robert Penn Warren (1905-1989) y el propio Dos Passos, respectivamente. De manera harto significativa todos estos personajes comparten una misma raíz a efectos de «inspiración» cara a sus propios escritores, la que corresponde a Huey Pierce Long Jr. (1893-1935), quien sin haber cumplido los cuarenta años se perfilaba para «asaltar los cielos» de la presidencia de los Estados Unidos desde su feudo en Louisiana donde fue gobernador y posteriormente senador del estado sureño. Tocado por una vanidad y una egolatría mórbida —comparable a la de Donald Trump—, Long Jr. dejó por escrito una suerte de autobiografía —Every Man is a King (1933)— que sirvió en bandeja el conocimiento «por dentro» de la psique de un personaje que hizo del populismo una forma de vida durante un considerable periodo de su corta existencia. Un auténtico «manjar», en definitiva, para escritores con el propósito de trascender a través de historias que pivotan sobre una figura de sesgo mesiánico que interpela directamente a sus potenciales votantes, dejando que la corrupción sacuda los cimientos de una Democracia que, en determinadas ocasiones de la Historia, puede adoptar formas inherentes a una dictadura. Esta resulta la tesis de It Can’t Happen Here, una novela revestida de sátira social cortesía de Sinclair Lewis mientras que El Número Uno sirvió a un propósito más escorado hacia una narración que si bien caricaturiza al personaje —Hank Crawford— no lo despoja de su humanismo. Tres años más tarde, Penn Warren recogió el testigo de John Dos Passos para armar su pieza más célebre, Todos los hombres del presidente, una monumental novela que el cinematógrafo se encargó de adaptar al cabo de unos años de la mano del director y guionista Robert Rossen. Mérito del escritor de ascendencia lusa fue ofrecer algunas pinceladas de un personaje poliédrico —el que surge del molde de Huey Long Jr.— que encontraría un mayor desarrollo en una obra que sobrepasado con creces las setecientas páginas. Con una tercera parte del número de páginas de la novela del premio Pulitzer, Dos Passos se las ingenió para elaborar una novela de una exquisita calidad, una pequeña joya encofrada en la editorial Impedimenta, que puede presumir de haber incorporado el nombre de un escritor fundamental de las Letras Estadounidenses del siglo pasado a su impresionante catálogo. 

domingo, 3 de febrero de 2019

«EL INVIERNO DE MI DESAZÓN» (1961) de John Steinbeck: DE RATONES Y HOMBRES EN LA AMÉRICA PRÓSPERA

Al razonar sobre el modelo de sociedad estadounidense que ha servido de espejo para diversos países del orbe mundial nos podemos mostrar ambivalentes. De un tiempo a esta parte semejante ambivalencia se acentúa si cabe aún más al observar a través de distintas ventanas —los periódicos, la televisión, internet, las mal denominadas redes sociales, etc.— la falla creada en el seno de una sociedad en que operan los opuestos en materia educativa, sanitaria, armamentística, etc. Llegados a este punto, resulta pertinente aproximarse a las voces de esos grandes escritores norteamericanos del siglo XX que fueron notarios de la “actualidad” de la pasada centuria, ubicados en esas trincheras del progresismo con la decidida voluntad de levantar acta sobre esa clase proletaria –la que se encuentra en la «sala de máquinas» de un barco llamado América-- que transita por un camino minado de obstáculos, a menudo pasando por un auténtico via crucis donde el vocablo «esperanza» puede llegar a perder su verdadero significado. Por ello cabe saludar la publicación de El invierno de mi desazón (1962) —título extraído del speech de Gloucester en Ricardo III de William Shakespeare— por parte de Nørdica, que se incorpora de esta forma a una suerte de «Biblioteca John Steinbeck» dentro del sello madrileño. En la misma habitan la obra de no ficción Viajes con Charley (1962) y Los crisantemos (1937), un librito ilustrado que representa un canto al anhelo de la emancipación de la mujer. Así pues, el tercer título escrito por John Steinbeck (1902-1968) que entra a formar parte del catálogo de Nørdica —con el precedente de su publicación en la Editorial Aleph en 2002, en conmemoración del centenario del natalicio de su autor— deviene el primero en adoptar la categoría de novela, publicada en el original, a un año de vista de ser acreedor del Premio Nobel de Literatura «por su escritura realista e imaginativa, combinado con su humor simpático y esa clase de percepción social». Los Académicos no dejaron pasar la ocasión para poner en valor el contenido de El invierno de mi desazón, cuyas críticas recibidas en los Estados Unidos no parecían corregirse para servir de aval añadido de cara a la obtención de una de los máximos honores que pueda recibir un escritor. Aún por aquel entonces seguí colgando sobre la persona de Steinbeck la etiqueta de «novelista del proletariado», en razón de sus obras más celebradas, De ratones y hombres (1937) y Las uvas de la ira (1939), popularizadas asimismo a través de las numerosas adaptaciones teatrales, cinematográficas y televisivas de sendas piezas maestras.
   En cumplimiento de ese «deber» autoimpuesto por editoriales que, como Nørdica, tienen una visión medida al medio o largo plazo, con la idea fijada en robustecer su catálogo, sus responsables han entendido la conveniencia de ir completando en la medida de lo posible esos flancos desasistidos de escritores de la significación de John Steinbeck, quien condensó su actividad literaria en veinticinco años. Un periodo que le bastó para acreditar su condición de prosista first class, culminando —eso sí, contra su voluntad— su actividad de novelista con El invierno de mi desazón con la vocación de servir de alegoría de esa América devorada por el materialismo, situada fuera del carril de unos principios que guardan estrecha relación con la ética y la moral. Más de cuatrocientas contiene esta pieza literaria que puede sorprender a los que solo conozcan de oídas a Steinbeck, asociado a la noción de altavoz de las clases más desfavorecidas, fijado al periodo de la Gran Depresión. El acercamiento al contenido de El invierno de mi desazón nos ayuda a atender a otra dimensión literaria de Steinbeck, un virtuoso del lenguaje (se rescata la traducción de Miguel Martínez-Lage para Aleph, quien no duda en tirar de expresiones propias de la lengua castellana que no encuentran equivalencias en inglés) que demostró su capacidad para adaptarse a la condición de cronista de esa América próspera, en plena expansión (a todos los niveles) durante los años cincuenta, pero sin abandonar una pluma incisiva que escudriña en esas partes débiles del ser humano, aquellas prestas a caer en la trampa tendida por un capitalismo desbocado. Es un tendero llamado Ethan Allen Hawley el hilo conductor de un relato que avanza —no sin generar un cierto desconcierto en el lector al calor de la continua entrada y salida de personajes que pululan a su alrededor— hacia un tramo final donde confluyen distintos planos de una realidad en torno a una comunidad del interior de los Estados Unidos, en que las entidades bancarias sirven de palanca para que se de un escenario donde los principios morales y éticos pueden saltar por los aires. De ahí que de su lectura, junto a la reciente publicación en catalán de El número u (2018, Adesiara Editorial) de John Dos Passos, podamos extraer algunas certezas sobre la realidad de los Estados Unidos del siglo XXI —en la que los hijos y los nietos de Allen Hawley presumiblemente hayan sido firmes votantes del ínclito Donald Trump, epítome de empresario manejando los hilos de la política— más allá de la perspectiva que se pueda derivar del contenido de innumerables obras audiovisuales.
  

sábado, 13 de agosto de 2011

EL «OTRO» THOMAS TRYON (1926-1991)

El próximo 4 de septiembre se cumplirán veinte años de la muerte de Thomas Tryon (1926-1991), actor que resplandeció en la década de los cincuenta pero que pronto su estrella cinematográfica y televisiva declinaría. Nunca he sentido la convicción de que Tryon fuera algo más que un discreto actor, pero mi valoración cambia sustancialmente al medir su capacidad de narrador de relatos cortos y novelas, en un ejercicio al que se consagró toda vez que se retirara de los platós cinematográficos a finales de los años sesenta. Un tránsito, el de la interpretación a la escritura en prosa, que se eleva por derecho propio en una excepción entre los correligionarios que anduvieron por el Studio System. Leídos algunos de sus escritos, cabe interrogarse cuán lejos hubiera podido llegar Tryon si, en lugar de sobrevenirle el gusanillo por la interpretación hubiera escogido enfilar el sendero de los Norman Mailer, Kurt Vonnegut, Phillip Roth y tantos otros. Me atrevería a decir que hubiera formado parte de esa Corte de grandes literatos estadounidenses que habían tomado el testigo de los Erskine Cardwell, John Dos Pasos, Ernest Hemingway o F. Scott Fitzgerald, este último un referente a tomar en consideración al ir desgranando las esencias del mayúsculo prosista que, en cualquier caso, resultó ser Tyron.
   Gracias a Tomás Fernández Valentí hace poco he podido leer Mitos de cristal (1976), en una edición ya añeja a cargo de Argos Vergara. Claro que el principal atractivo de este Crowned Heads repose en Fedora —uno de los cuatro relatos— en virtud de la adaptación al cine que llevara a cabo Billy Wilder en la que se corresponde con su última delicatessen. Pero con todo lo de interesante que subyace en el texto de Fedora —una mirada sobre el mito (bajo el patrón de la Greta Garbo) que se camufla de la sociedad en una charada que soporta la parte de misterio del relato—, Lorna representa un magisterio de escritura cincelado por una parte final que no tiene desperdicio. Un prodigio de escritura detallista que describe a lo largo de unas ochenta páginas la vida de la actriz Lorna Doone —sin parentesco con el personaje del film homónimo de Phil Karlson—, cleptómana, promiscua, viva-la-virgen que entra en barrena desembocando en parajes exóticos de la costa española (allí vivió uno de sus últimos coletazos cinematográficos el bueno de Tryon) o de México cuando las luces se apagan en ese medio donde se había cruzado con Fedora y Willie Marsh en el plató, otro de los personajes que merecen un capítulo aparte, en forma de relato, en Mitos de cristal, para cuyo bosquejo Tryon se ampararía en la vida y muerte de Ramón Novarro, asesinado en extrañas circunstancias. El cuadro de los relatos de Crowned Heads se completa con Bobbitt, la propuesta menos sugerente en que la historia se alarga en exceso cuando todo parecía indicar que con una cuarentena de páginas bastaría para dar a conocer a esa ex estrella infantil que toma el perfil, pongamos por ejemplo, Roddy McDowall. Independientemente de que Bobbitt quede coja en relación a los otros tres relatos, la conecta con ese mundo infantil malsano, lleno de perfidia que destila su masterpiece El otro (1971), la cual leí hace años en edición de Opera Prima. Me reservo la dicha de volver en el futuro sobre la literatura de Tryon, ya bien sea revisando The Other —en contra de lo que se pueda presuponer, con notables diferencias respecto a la soberbia versión cinematográfica guiada por el sentido y la sensibilidad propia de Robert Mulligan—  o accediendo a los textos de Lady (1974), Harvest Home (1973) —existe una adaptación televisiva en formato miniserie de ese relato de terror con trasfondo de mitos paganos a lo Wicker Man con Bette Davis, otra de las caras posible de Fedora— o Night Magic (1995), publicada a título póstumo. Toda una ironía razonando que se trata de un relato sobrenatural —en cierta manera, siguiendo ciertos enunciados de El otro— ordenado por la mente de este escritor que encierra en sí mismo una historia de novela y, a renglón seguido, de película con tintes folletinescos, a imagen y semejante de Mitos de cristal. A Otto Preminger se le deben muchas grandes películas (entre mis favoritas, El rapto de Bunny Lake), pero para la causa literaria, el haber «torturado» a Tryon en el plató de El cardenal (1963). El hastío para con el medio empezaría entonces a hacer mella en Tryon y con ello una retirada que supuso un renacer como escritor. Veinte años le pusieron a prueba. Tiempo suficiente para ir descubriendo un filón lleno de talento.