Al año siguiente de la creación del sello Impedimenta, aparecía entre las novedades de la editorial madrileña El hospital de la transfiguración (1948) de Stanislaw Lem. Sesenta años después de haber sido escrita, pues, la obra en cuestión conocería una edición con traducción directa del polaco al español sin pasar por el filtro intermedio de una traducción al inglés que, en buena lid, podría contribuir a perder parte de la esencia de narración urdida por el genio polaco. Cubiertos casi veinte años desde entonces, Impedimenta ha completado la publicación de los otros dos títulos que integran una suerte de trilogía. Ya comentado en este mismo blog el segundo de los títulos (ir a enlace), por lo que concierne a la reciente edición de El regreso. Tiempo no perdido, 3, deja patente que Stanislaw Lem, amén de ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX, a mi juicio, deviene un portentoso escritor sin necesidad de establecer «barreras genéricas» a su alrededor. Con la pulsión propia de alguien afectado de hipergrafía, Lem ya demostraba en su veintena una febril actividad como escritor, presumiblemente desarrollada en horas intempestivas, arañando horas al reloj a fin de seguir cumplir con sus obligaciones laborales en un periodo, el de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la precariedad. El último de los libros que conforman dicha trilogía responde a los estímulos propios de un analista versado en la condición humana, valiéndose de una figura omniscente, aplicando el bisturí a la hora diseccionar una realidad marcada por las penurias, por el rodillo que representa la burocracia en un contexto de represión y anulación del individuo frente a lo colectivo, pero también capaz de escrutar en los propios sueños del protagonista, Stefan Trzyniecki, quien podríamos colegir representa el alter ego del propio Stanislaw Lem. En el ecuador de la novela, la voz omniscente eleva un pensamiento a la «categoría» de aforismo: «La peor de todas las derrotas es la que nos enfrentamos a nosotros mismos». Lo paradójico del caso es que Stanislaw Lem, asumiendo de antemano la derrota (su obra quedaría sepultada entre los escombros de una literatura, la polaca, que había sido arrasada en tiempos de (post)guerra por fuego amigo y enemigo), acabaría saliendo victorioso porque cada página —de las más de trescientas que contiene el presente volumen— de El regreso. Tiempo no perdido, 3 alimenta la certeza que el polaco poseía un talento sobrenatural para la escritura, aquella capaz de hacer «vivir» a los personajes con tan solo activar las teclas precisas. A sus veintinueve años Lem dio por completada la última entrega de una trilogía tocada por un halo poético («parecía que el violeta había fundido los cuerpos, que hubiera descubierto los calcáreos cráneos morados. En la profunda oscuridad que proyectaban las columnas, como en una iglesia conquistada, entre nubes de humo de tabaco atravesada oblicuamente por un haz de color lila, varias decenas de cabezas con las bocas negras y abiertas cantaban, y la canción, pesada y antigua, se acercaba a su trágico desenlace») que se abre camino en un mundo en el que quedan socavados los cimientos de la dignidad humana. En su conjunto, El hospital de la transfiguración, Entre los muertos (1949) y El regreso, conocidas bajo el genérico «Tiempo no perdido», representa una obra maestra de la literatura del siglo XX.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
miércoles, 25 de marzo de 2026
«EL REGRESO. TIEMPO NO PERDIDO, 3»: LA ESCRITURA COMO TERAPIA EN LA (POST)GUERRA
Al año siguiente de la creación del sello Impedimenta, aparecía entre las novedades de la editorial madrileña El hospital de la transfiguración (1948) de Stanislaw Lem. Sesenta años después de haber sido escrita, pues, la obra en cuestión conocería una edición con traducción directa del polaco al español sin pasar por el filtro intermedio de una traducción al inglés que, en buena lid, podría contribuir a perder parte de la esencia de narración urdida por el genio polaco. Cubiertos casi veinte años desde entonces, Impedimenta ha completado la publicación de los otros dos títulos que integran una suerte de trilogía. Ya comentado en este mismo blog el segundo de los títulos (ir a enlace), por lo que concierne a la reciente edición de El regreso. Tiempo no perdido, 3, deja patente que Stanislaw Lem, amén de ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX, a mi juicio, deviene un portentoso escritor sin necesidad de establecer «barreras genéricas» a su alrededor. Con la pulsión propia de alguien afectado de hipergrafía, Lem ya demostraba en su veintena una febril actividad como escritor, presumiblemente desarrollada en horas intempestivas, arañando horas al reloj a fin de seguir cumplir con sus obligaciones laborales en un periodo, el de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la precariedad. El último de los libros que conforman dicha trilogía responde a los estímulos propios de un analista versado en la condición humana, valiéndose de una figura omniscente, aplicando el bisturí a la hora diseccionar una realidad marcada por las penurias, por el rodillo que representa la burocracia en un contexto de represión y anulación del individuo frente a lo colectivo, pero también capaz de escrutar en los propios sueños del protagonista, Stefan Trzyniecki, quien podríamos colegir representa el alter ego del propio Stanislaw Lem. En el ecuador de la novela, la voz omniscente eleva un pensamiento a la «categoría» de aforismo: «La peor de todas las derrotas es la que nos enfrentamos a nosotros mismos». Lo paradójico del caso es que Stanislaw Lem, asumiendo de antemano la derrota (su obra quedaría sepultada entre los escombros de una literatura, la polaca, que había sido arrasada en tiempos de (post)guerra por fuego amigo y enemigo), acabaría saliendo victorioso porque cada página —de las más de trescientas que contiene el presente volumen— de El regreso. Tiempo no perdido, 3 alimenta la certeza que el polaco poseía un talento sobrenatural para la escritura, aquella capaz de hacer «vivir» a los personajes con tan solo activar las teclas precisas. A sus veintinueve años Lem dio por completada la última entrega de una trilogía tocada por un halo poético («parecía que el violeta había fundido los cuerpos, que hubiera descubierto los calcáreos cráneos morados. En la profunda oscuridad que proyectaban las columnas, como en una iglesia conquistada, entre nubes de humo de tabaco atravesada oblicuamente por un haz de color lila, varias decenas de cabezas con las bocas negras y abiertas cantaban, y la canción, pesada y antigua, se acercaba a su trágico desenlace») que se abre camino en un mundo en el que quedan socavados los cimientos de la dignidad humana. En su conjunto, El hospital de la transfiguración, Entre los muertos (1949) y El regreso, conocidas bajo el genérico «Tiempo no perdido», representa una obra maestra de la literatura del siglo XX.
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