martes, 15 de septiembre de 2015

«LA PUERTA DE LOS ÁNGELES» (1990) de PENELOPE FITZGERALD: (RE)DESCUBRIENDO A UNA GRAN DAMA DE LA LITERATURA

En el interior de la estación de Liverpool Street Daisy Saunders coincide nuevamente, para su desdicha, con Kelly, el joven periodista que se avino a publicar una noticia sobre uno de los pacientes del Blackfriars donde ella había sido empleada. Tras una primera tentativa por zafarse de la sombra de Kelly, Daisy se justifica que su tren sale en cinco minutos. Kelly, al dictado de la lógica y de una cierta carga de ironía barnizada de misoginia, replica que «las mujeres siempre piensan que los trenes salen en cinco minutos. Los trenes salen según el horario previsto». Una frase que lleva todas las trazas de su autora, Penelope Fitzgerald (1916-2000), cuyo tren, el que la condujo a un reconocimiento por su faceta de escritora en determinados círculos, estuvo a punto de perder antes de llegar a la última estación de su azarosa existencia. De la vida se apearía en abril de 2000, a punto de echar el cierre una centuria donde Penelope Fitzgerald experimentó todo tipo de situaciones personales, en un cuadro prototípico de la mujer británica del siglo XX con ínfulas creativas que se debatía entre la regia moralidad proveniente de sus ancestros y la necesidad por dar carta de naturaleza a su propio desarrollo intelectual en un contexto, cuanto menos en sus primeros tramos, no particularmente favorable para ello.
    Transcurridos trece años desde su fallecimiento salió al mercado Penelope Fitzgerald: A Life (2013), una biografía escrita por Hermione Lee, prosiguiendo así la inveterada tradición de los británicos por honrar la memoria de infinidad de personalidades del mundo de la cultura que no necesariamente habían tenido el merecido reconocimiento en vida. Por aquel entonces, el sello Impedimenta ya estaba enfrascado en la labor de dar a conocer la obra lteraria de Fitzgerald. Al ir punteando los títulos que jalonan la misma nos encontramos que la editorial madrileña ha cubierto en apenas un lustro la publicación de un repóker de novelas de Fitzgerald: La librería (2010), El inicio de la primavera (2011), Inocencia (2013), La flor azul (2013) y La puerta de los ángeles (2015), esta última una de las novedades más estimulantes que presenta Impedimenta para este nuevo curso. En porcentaje, esta cifra cubre algo más de la mitad de su producción literaria, fijada en nueve novelas, dejando al margen su aportación al campo de la biografía un total de tres títulos—  y abundantes ensayos. Una de las particularidades de la producción literaria de Fitzgerald radica en su tardanza a la hora de publicar. Lo haría una vez situada en el pórtico de una jubilación que no sería tal en atención al ritmo de trabajo empleado para dar acomodo a esas piezas literarias, en su mayoría, alumbradas al compás de sus propias experiencias y sobre todo a la toma de conciencia de las posibilidades que se la abrían si sabía procesar adecuadamente las enseñanzas extraídas de la lectura de multitud de libros que habían formado parte de los programas educativos que ella adecuaría para alumnos de distintas edades y credos sociales. En esa ecuación en que se presentan los factores de la docencia y el aprendizaje, la incógnita a despejar arroja como resultado un dominio del lenguaje por parte de Fitzgerald ciertamente encomiable. Un lenguaje preciso, elegante, trenzado con sencillez expositiva pero que en el fondo subyace una profunda asimilación de lecturas que la habían tenido ocupada mientras trataba de apañárselas para sacar adelante a sus tres vástagos sin el referente de un padre dipsómano que se había ausentado del hogar hasta abandonarlo definitivamente. En cada página de La puerta de los ángeles sentimos el calor de unos personajes desnortados, a la cabeza Daisy, la aprendiz de enfermera en su tránsito a la mayoría de edad a efectos temporales, el relato cubre desde los diecisiete a los diecinueve años de su existencia—, equiparable, en términos de vulnerabilidad y afecto al que nos procura el personaje de Flora Poste en La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, el longseller editado por Impedimenta. A diferencia de Flora, Daisy no llama a las puertas de una granja de la que ha sido beneficiaria verbigracia de una herencia sino que lo hace a las puertas del St. Angelicus de Cambridge. Un ambiente universitario que da juego para amueblar una leve trama detectivesca en combinación con la presentación de algunos personajes que ganan peso en el relato a las primeras de cambio Fred Fairly, el joven profesor universitario de Ciencias Naturales que ocupa un lugar preponderante en el desarrollo de la trama antes de ceder el testigo a la voz de Daisyy otros que pululan por ese exclusivo ambiente, caso de Ernest Rutherford enfrascado en su estudio sobre el átomo antes de elevarlo a la categoría de modelo teórico con visos a perdurar—, ofreciendo de esta forma un sustrato de verismo del que brota un campo minado de ingenio y de un conocimiento de primera mano sobre seres de naturaleza errante situados en el frontispicio del fracaso y de la fragilidad emocional. Por todo ello la lectura de La puerta de los ángeles procura una cercanía para con el lector familiarizado con la idea que la vida presenta innumerables espinas en el camino que debemos sortear para evitar salir derrotados. En ese camino de ficción-realidad se sitúa el personaje de Daisy, cuyo futuro parece quedar ligado al de Fred Fairly, en cierto modo de carácter antitético al de la “heroína” creada por Fitzgerald, para la que el cumplimiento del centenario de su natalicio el año que viene debería dar pie, además de la publicación de la biografía de Hermione Lee asimisma autora de un revelador prefacio en la presente edición— a cargo del sello Impedimenta, a una mayor difusión vía conferencias, coloquios, clubs de lectura o mesas redondasde la prosa de una escritora que ha pasado a ocupar un lugar preferente en mi biblioteca personal. A esta “causa” a buen seguro podría contribuir la adaptación cinematográfica de La librería que Isabel Coixet recientemente distinguida con el premio Chevallier de L'Ordre des Arts que desde hace tiempo prepara con esmero, a buen seguro para salvaguarda la memoria de Penelope Fitzgerald, precisamente con el libro que le abriría las puertas de su otoñal profesión —fue finalista al Booker Prize— y la llevaría, al cabo, a situarse entre sus ángeles literarios, aquellos que velan por seguir creyendo en el poder sanador de la letra impresa acomodada en forma de pieza literaria.                


martes, 25 de agosto de 2015

«NEIL YOUNG. SPECIAL DE LUXE: MI VIDA AL VOLANTE» (2015): A REBUFO DE SCOTT YOUNG

En noviembre Neil Young cumplirá setenta años. Dado su historial clínico, su adicción a distintas sustancias psicotrópicas sostenida durante décadas y sus antecedentes familiares (en especial, el proveniente de vía paterna, fallecido después de sufrir demencia senil), que llegue a esta edad con sus facultades físicas relativamente intactas representa todo un logro. Mas, las razones que impulsaron hace unos años a Neil Young a seguir una actividad literaria en paralelo a su quehacer diario se deben, en buena lid, a esa necesidad acuciante por explicar cosas que habían quedado en el tintero antes de recibir la visita de un sombrío personaje empuñando una guadaña… De tal suerte, en 2012 emprendió la que muchos interpretaron una fugaz tarea literaria con Neil Young: el sueño de un hippie pero que se puede formular más extensa de lo esperado. Así parece refrendarlo la aparición en el mercado editorial el año pasado de Special DeLuxe: A Memoir of Life and Cars (2014), traducida en lengua castellana en tiempo récord por Editorial Malapaso, con su bautizo en librerías (virtuales y físicas) prevista para septiembre del año en curso. Para la ocasión, Abel Debritto, el traductor del texto seminal a la lengua cervantina, debió familiarizarse con ese mundo del motor que ruge en las páginas de la presente monografía de una manera singular, a golpe de cita de un rosario de automóviles que, en menor o mayor grado, han acompañado a lo largo de unos sesenta y cuatro años a Neil Young, posiblemente desde que el canadiense se subiera al coche de un comerciante de la zona donde residió a los seis años y lo arrancó. Acto seguido, el pequeño Neil Young supo que podía ponerlo en movimiento. Magic time. Una experiencia demasiado poderosa para pasar desapercibida. De aquel temprano vínculo con el mundo del motor nacería una pasión que perduraría en el tiempo y que le serviría para hilar un relato biográfico con un posicionamiento más ortodoxo que su primera tentativa literaria, al menos hasta la altura de la páginas doscientos (aproximadamente) donde el texto derrapa hacia la autopista de otra de sus obsesiones, esta de carácter otoñal, la que le compromete con favorecer la implantación de automóviles accionados por biocombustibles ecológicos y así aparcar paulatinamente el uso de combustibles fósiles cuyos recursos son cada vez más limitados. 
    Al igual que me ocurrió con la lectura de Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Editores), un éxito de ventas que sorprendió a la propia empresa, este Special DeLuxe  se ha ido devorando capítulo a capítulo en poco más de un día (con su correspondiente noche), prueba palmaria que Neil Young posee una innegable capacidad narrativa fuera de las fronteras de su fecundo cancionero. Si no hubiera sido así, lo normal hubiera sido que dejara enfriar el texto para retomarlo al cabo de unos días o quizás unas semanas con el sentido del “deber” cumplido y poco más. No era fácil resolver la ecuación de integrar historias de coches con un relato personal, pero Neil Young, a mi juicio, lo ha conseguido sin que perdiera interés ninguno de estos aspectos. Sin ser un extraordinario aficionado a los automóviles, me he acomodado en la parte trasera del coche que conduce Neil Young para dejarme guiar por ese recorrido vital repleto de obstáculos —algunos bien conocidos, como el relato en primera persona del singular del diagnóstico de la polio y posterior ingreso hospitalario, o los ataques de epilepsia sufridos especialmente durante su juventud y que le llegaría a descabalgar de algunas actuaciones con los Buffalo Springfield—, donde el fin último deviene la música. Un relato que nos sirve para ir colocando las piezas de ese puzzle gigantesco que lleva la rúbrica de Neil Young y en la que no falta la imagen en el cuadro de un modelo de automóvil en representación de una nutrida colección de la que parcialmente debió desprenderse en 2010, sabedor que el descenso en picado de las ventas de discos aconsejaba acotar esos caprichos de «estrella del rock», tal como él se autodenomina con cierta ironía. La misma que emplea para referirse en una suerte de prólogo a su indecisión al decantarse por la inclusión o no de la historia de los perros que tuvo bajo su tutela o de su entorno familiar y/o fraternal para su segunda incursión literaria en la que nuevamente se coloca frente al espejo de la vida. La decisión, concluye, duró una hora. Un guiño humorístico que encuentra asidero en no pocas páginas de esta obra cincelada con una prosa que invita a creer que Neil Young heredó el talento literario de su padre Scott Young, pero sus compromisos musicales le impidieron sacar a la luz hasta hace unos años. Neil Young podría enfrentarse perfectamente a la escritura de una novela y salir bien librado. Tiene pulso para ello. Posee una proverbial mente creativa, requisito imprescindible para trazar un relato que se adentre en el terreno de la ficción y sepa sacar partido de las infinitas posibilidades que se le ofrecen. Asimismo, acredita un “doctorado” en dolor, una herramienta que puede servir a la causa de un relato en clave de terror, por ejemplo, a la estela de Christine y Buick 8: un coche perverso —extraído de la canción de idéntico título compuesta por Bob Dylan—, sendas novelas escritas por Stephen King donde los automóviles adoptan un rol principal. De seguir esta veta, Neil Young no precisaría dedicar demasiado tiempo a la fase de investigación sobre numerosos modelos de automóviles —desde todoterrenos hasta Mercedes o Buicks pasando por el Lincoln Continental sobre cuyo molde mandaría construir su prototipo de coche, el LincVolt, propulsado con biocombustible—, a los que él mismo ha dibujado para ilustrar una de las obras biográficas más honestas, sinceras y bien hilvanadas con su preceptivo toque de originalidad firmadas por un músico de nuestro tiempo. Con este background en calidad de escritor Neil Young amplía su leyenda cada vez menos desconocida por estos lares gracias al empeño de editoriales como Malpaso. A tal efecto, para cualquier buen aficionado a la música con la mirada puesta en sus grandes figuras, Neil Young. Special DeLuxe: Mi vida al volante supone una elección que está lejos de decepcionar. Más bien, corrige y aumenta al precedente literario que lleva la rúbrica del genio canadiense.              

miércoles, 8 de julio de 2015

«BREAKING BAD», TEMPORADA 3 y 4 (2010-2011): DESBOCADOS

Conscientes que Walt White (Bryan Cranston) y Jesse Pinkman (Aaron Paul) habían adoptado un elevado protagonismo en las dos primeras temporadas de Breaking Bad, antes de seguir tentando a la suerte los guionistas de la serie adoptaron una táctica fiada a la incorporación de hasta tres personajes a la primera línea del equipo interpretativo. Sería el caso del miembro de la DEA Hank Schrader (Dean Norris), el cuñado de Walt, del abogado Saul Goodman (Bob Odenkirk) y de Gustavo Fring (Giancarlo Esposito) inédito en la temporada 1 y la 2—, el doctor Mabuse de esa organización de narcotraficantes que emplea su negocio del sector de la alimentación bajo la denominación «Los pollos hermanos»— en forma de tapadera. Gus Fring responde al prototipo de hombre de negocios de excelentes modales, de trato exquisito, pero que esconde una realidad siniestra. Su historia personal sufre un giro de 180º cuando el joven del que se ha responsabilizado de su educación y le aúpa al puesto de cocinero de su negocio de fabricación de drogas sintéticas, es asesinado vilmente por parte de un jefe de un cartel mexicano.  Superando incluso las expectativas marcadas tras el visionado de la segunda temporada, la tercera juega sus mejores bazas al armar la serie de distintas líneas narrativas que tensionan el ánimo del espectador, con el recelo que algunas de éstas, tarde o temprano, deberán coincidir para resolver no pocos interrogantes. Sembrada de pistas falsas cara al espectador (la última, la que se localiza en los dos capítulos finales de la cuarta temporada, ambas dirigidas por el propio creador de la serie, Vince Gilligan: el origen del envenenamiento de Brock Cantillo/Ian Posada, el hijo de corta edad de la eventual pareja de Jesse tras la pérdida de Jane Margolis/Krysten Ritter), las temporadas intermedias de Breaking Bad responden, en parte, a estímulos afincados en los conceptos del police procedural donde Hank emerge conforme a una fuerza renovada, un Ave Fénix que logra sortear la muerte de una forma un tanto “milagrosa” y que su rehabilitación física deriva en un reforzamiento de su carácter obstinado y tenaz por seguir determinadas pistas descartadas a priori por los mandamases de la DEA. La parte deductiva gana la partida en el fuero interno de Hank, elevándose uno de los personajes clave en el relato de la temporada 3 y 4, al igual que Gus Fring y Saul Goodman, cuya dosificada presencia en pantalla habla a las claras que los responsables creativos de Breaking Bad sabían que tenían un diamante en bruto por explotar. Así lo entendieron cuando al encarar la recta final de la serie certificarían de la existencia de un primer desarrollo de un spin-off titulado Better Call Saul (2015-16), eslógan de la empresa de asesoramiento legal (sic) que administra, sacándose de la chistera un mar de soluciones cuando sus clientes se encuentran acorralados por el fisco, son objeto de un chantaje o una extorsión, o se desenvuelven en una actividad criminal no declarada. Bajo el paraguas de la empresa de Goodman todo parece indicar que su apellido es un fakeun avispero de clientes colocados contra las cuerdas, precisando una solución de urgencia que, en el caso de Walt, pasa porque desaparezca su familia y él durante una larga temporada, además de solicitar que la DEA proteja las veinticuatro horas del día a Hank. Meditando la solución que mejor sirva a sus intereses y a los de su familia Walt concluye que debe decapitar al máximo dirigente de la organización de la que forma parte. Breaking Bad vuela a gran altura en los postreros capítulos de la cuarta temporada, no por casualidad con Vince Gilligan al mando de las operaciones tras las cámaras. En ese singular encaje de bolillos tras el capítulo donde varios de los jefes de un cartel azteca caen fulminados al ingerir una sustancia tóxica localizada en unas bebidas, Breaking Bad robustece su pronunciamiento de thriller que amaga hacia lo terrorífico cuando Gus Fring visita una residencia de la tercera edad. Allí se desencadena una situación que supuestamente “libera” a Walt y su familia de cualquier peligro. Evidentemente, Walt está lejos de poder respirar con tranquilidad toda vez que al otro lado de la frontera se "cocina" una venganza con tintes sangrientos. En la quinta temporada tendremos la respuesta.  

jueves, 11 de junio de 2015

«BREAKING BAD», TEMPORADA 1 Y 2 (2008-2009): WALT & JESSE, CUESTIÓN DE QUÍMICA

Ante el alud de series de televisión de calidad que han surgido en los últimos quince o veinte años resulta una tarea difícil la elección. Sin el estímulo propio de un seriófilo o seriófago que, de manera inopinada, destina la franja nocturna a ver uno, dos o tres capítulos (si se tercia) diarios entre semana y presumiblemente también durante los fines de semana, a sugerencia de Antònia Pizà (alguien que conoce particulamente mis gustos en materia cultural) me decanté por ver, junto a mi pareja Esther Solías, Breaking Bad (2008-2013). Iba con la mirada límpia, desconociendo la práctica totalidad del contenido de la serie, salvo algunas de las premisas iniciales. Confieso que los capítulos de arrance de la serie me descolocaron un tanto y en mi subconsciente se iba forjando la idea que los excelentes resultados cosechados, en su globalidad, por A dos metros bajo tierra (2001-2005) distarían de repetirse. Pero pronto esa impresión de contacto sufriría un paulatino giro atendiendo a que el juego comparativo para con Six Feet Under no daba lugar. Si ambas militan en la Categoría de Honor de la Liga de las Series Norteamericanas concebidas en el presente siglo las tácticas empleadas por el equipo comandado por Michael Ball y el de Vince Gilligan difieren ostensiblemente. Dos temporadas han bastado para certificar que Gilligan, el alma mater del proyecto producido por la cadena televisiva AMC (siglas de American Movie Classics), trabajaría sobre un diseño táctico armado con una línea defensiva rocosa (un cuerpo de secundarios de contrastada solvencia, del que destaca el carisma del miembro de la DEA Hank Schrader/Dean Norris) y un par de estiletes arriba, Jesse Pinkman (Aaron Paul) y Walter White AKA Heinsenberg (Bryan Cranston) que se adueñan (por separado o formando parte) del 80-85 % de las escenas de un total de veinte episodios. Al cabo, Jesse y Walt demuestran que saben rematar la jugada interpretativa desde distintas posiciones (dramáticas, cómicas y/o tragicómicas), facultando a que el resultado final imaginado en la pizarra de Gilligan y su equipo de colaboradores fuera favorable a sus intereses. Esa «extraña pareja del siglo XXI» a la que alude Gilligan, en tono jocoso, en una de las entrevistas incluidas en la edición en formato digital editada por Sony de Breaking Bad daría cara a los espectadores, por consiguiente, muchas noches de gloria a una serie que, como A dos metros bajo tierra, alcanzaría su quinta temporada de emisión.
    En sintonía con lo que entiendo básico a la hora de extraer conclusiones sobre el carácter intemporal de un largometraje de ficción que funciona por capas, es decir, propone diferentes niveles de lectura de lo epidérmico a lo medular—, Breaking Bad nos descubre, en primera instancia, un relato en negro que pivota sobre la vida de Walt White, al que la detección de un cáncer de pulmón estimula a pensar que la cuenta atrás se ha iniciado para el profesor de química de un instituto de Alburquerque (Nuevo México). Producto de la reacción de la desmotivación que conlleva dar durante veinticinco años las mismas asignaturas con una leve variación del temario y de un diagnóstico letal, Walt asume una metamorfosis en su comportamiento; un cambio de muda. Las dotes camaleónicas de las que hace acopio Cranston obran el milagro de hacernos verosímil un personaje desbocado que pone sus conocimientos científicos a disposición de la construcción de un laboratorio rodante (leit motiv de no pocos episodios, algunos instalados en el surrealismo). Junto a Jesse uno de sus antiguos alumnos, no precisamente aventajado, de familia noble Walt se convierte en muñidor de ingentes cantidades de dinero provenientes del narcotráfico a través de la puesta en circulación de una droga sintética de gran pureza. Veinte episodios que, cuál cadena de aminoácidos, forman un cuerpo proteíco de férrea estructura, sin apenas fisuras en su superficie. Poco importa quién haya dirigido cada uno de los equipos para sintetizar semejante proteína televisiva con todo se agradece la presencia tras las cámaras de John Dahl (Rounders, La última seducción), artífice del episodio “Down”, el cuatro de la magistral segunda temporada. Existe, eso sí, un brain man («cerebro»), Vince Gilligan, capaz de trazar con precisión las líneas dramáticas de una serie que progresa merced a la estrategia que una puerta (léase un giro argumental imprevisible) abre otra y así sucesivamente. En esta dinámica ningún personaje Skyler White (Anna Gunn), Walt Jr. (RJ Mitte, poco creíble en su papel de afectado de parálisis cerebral: una de las pocas deficiencias del casting), Marie Schrader (Betsy Brandt) y el citado Hank, entre otrosque se habían posicionado en la línea de salida queda descolgado, manteniéndose o incluso incrementándose el interés por los mismos. A ello cabe añadir la llegada de nuevos personajes mediada o en los estertores de la segunda temporada, en especial el abogado Saul Goodman (impagable Bob Odenkirk), más que un personaje una abstracción de ese mundo de la judicatura al que los guionistas de Breaking Bad lanzan sus dardos envenenados, en proporción similar a los que se sitúan en la diana de la institución sanitaria memorable la secuencia en que Walt Sr. asiste atónito al desglose de la factura impresa por una operación quirúrgica mientras la empleada del centro le coloca en la palma de su mano una chapa con la escueta inscripción Hope («esperanza»), de la gubernamental o de la policial.  Esa última especialmente activa dada la complejidad social propia de una zona fronteriza; rutas de ida y vuelta entre los Estados Unidos y México para dealers, piezas clave en el organigrama de un negocio de elevada rentabilidad económica pero que coloca el miedo en el cuerpo al más pintado. Solo los que no tienen nada que perder se sienten inmunes frente al adversario. Pero las cosas cambian cuando los diagnósticos se equivocan... para bien. ¿Será demasiado tarde? La respuesta se dará con el visionado de las siguientes temporadas de esta serie categoría «A» producida por una cadena más bien modesta que apostó por la propuesta de Gilligan (antiguo guionista de Expediente X) sin fruncir el ceño y dando por válido el contenido íntegro de la misma. Ver para creer.  

miércoles, 20 de mayo de 2015

PISANDO LA «ARENA» DEL NEO PROG ROCK MIENTRAS OBSERVO UN «CIELO AMENAZANTE»

Arena en sala Bikini (Barcelona) el día 17 de abril de 2015.
Foto: Christian Aguilera.
17 de abril de 2015, 20 h oo, sala Bikini de Barcelona. Los sospechosos habituales del (neo) prog rock nos dirigíamos a la entrada de una sala emblemática de la década de los 60 y 70 en la ciudad Condal que desde hace años acoge espectáculos musicales con una cabida nunca superior a los tres centenares de personas. Aforos, por tanto, limitados que se disputan aquellas bandas o solistas nacionales o internacionales que no arrastran consigo masas, por lo general permanecen opacas a la difusión de los medios de comunicación oficiales y se enorgullecen de complacer a una parroquia fiel. Sin contar con los teloneros de rigor, Arena saltaría al ruedo de la sala Bikini minutos antes de las nueve de la noche para brindar un espectáculo de dos horas de duración, especialmente motivados por el hecho de presentar su octavo disco en estudio, The Unquiet Sky (2015), en plena celebración del veinte aniversario de la fundación de la banda británica. En la recta final de la gira, Arena actuaría en tres ciudades del estado español, la primera de las cuales, Barcelona, contaría con un centenar largo de espectadores entregados a la causa de un metal / rock progresivo “incendiario” en algunos pasajes de un show renovado verbigracia de un disco que se presentaba en sociedad y de la presencia del front men Paul Manzi, aún con pocas horas de vuelo en la nave nodriza pilotada por Clive Nolan, a la sazón teclista de Pendragon, y Mick Pointer, ex batería en la etapa primigenia de Marillion. En mi primer contacto en directo con la propuesta de Arena advertí desde la segunda fila que John Mitchell el tercero en orden de reparto de galones en el grupo nacido a mediados los 90 mantenía de inicio una actitud un tanto distante. Luego tuve constancia que sus juegos a la guitarra con fraseos que remiten a la «Escuela David Gilmour»—  demandan del calentamiento pertinente, siendo el bufón Manzi el encargado de encender los ánimos de ese centenar de espectadores, algunos de ellos presumo labrados en mil batallas en la arena del (neo) prog rock, otros procedentes del heavy metal o el hard rock y los menos jóvenes en torno a los dieciocho años, intuyo considerados por sus compañeros de pupitre auténticos marcianos que escuchan y asisten a conciertos de grupos exentos de abalorios y de una potente mercadotecnia, solo guiados por el sentido de hacer la música en la que creen. Más allá de contemplar con una cierta incredulidad los pies desnudos de Mitchell u observar los cambios de vestuario de Manzi en el acto final tocado por un sombrero de copa y ataviado de una chaqueta un tanto raída: la ecuación parecía proyectar la sombra de otro mago de la escena, la de Juan Tamariz, el fundamento orgánico de la música concentraría toda la atención del respetable, llamando poderosamente la atención la riqueza estilística del último trabajo de la banda, The Unquiet Sky. Además del tema que da nombre al disco (sugerido por John Mitchell), otros cuatro temas recién horneados se integrarían en un set list que dejaría a relucir las prestaciones de tenor de Manzi con un cover de Queen.
    De la experiencia vivida en la sala Bikini en una noche primaveral extraigo la importancia de calibrar el verdadero peso de una banda en directo, allí donde los defectos o las virtudes quedan al descubierto sin mediar filtro alguno. Más que ninguna de las bandas del neo prog rock que alcanzan a mi conocimiento, Arena enarbola la bandera de un metal destilado en la trastienda del "alquimista Nolan", que como Tony Banks durante una etapa de Genesis, en su condición de teclista (y en su caso letrista half time) ha asumido las riendas de un proyecto que cumple su veinte aniversario, jalonado por ocho discos en estudio y otros tantos en directo que han merecido edición discográfica. No faltan, empero, los pasajes inherentes a una herencia del rock sinfónico, que cobran una nueva dimensión en la portentosa voz de Manzi, a mi juicio un músico capaz de llevar a Arena a otros espacios estilísticos poco o hasta la fecha jamás transitados por un quinteto con visos a consolidarse si la apuesta del bajista Kylan Amos sale bien parada. Al escuchar over and over The Unquiet Sky llego al convencimiento del enorme fichaje que ha supuesto la inclusión de Manzi, haciendo patente su progresión desde Seven Degrees of Separation (2011). Un recambio que amplia el repertorio vocal de Rod Snowden, quien desde la barrera intuyo que debe asistir con una actitud ambivalente a la (necesaria) evolución de un grupo del que había sido parte activa desde The Visitor (1998) hasta los últimos conciertos en directo celebrados en 2010, a un lustro vista de un año que, a buen seguro, marcará un punto de inflexión de una banda cuyas espaldas asimismo desde el plano metafórico/escénicoestán bien guardadas por los veteranos Nolan y Pointier, “almas gemelas” de un proyecto que quisieron poner en valor en los estertores del siglo pasado y que sigue funcionando con el mismo propósito de enmienda: explorar nuevos territorios del rock sinfónico sin desfallecer en el intento.  

sábado, 11 de abril de 2015

«LA VIDA SOÑADA DE RACHEL WARING» (1982), de Stephen Benatar: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE UN SER LIBRE


Algo poco habitual en el sello Impedimenta desde su creación es variar el sentido del título original, adoptando una traducción que pueda conducir a cierta confusión. En este sentido, el valor de la excepción llega con La vida soñada de Rachel Waring (1982), en detrimento de la traducción plausible de With Her Safe at Home, la segunda de las novelas publicadas del inglés Stephen Benatar (n. 1937). Del personaje epónimo extraemos, a las primeras de cambio, que es el principal activo de una narración que, según confesión de su autor, se inspiró en la película El fantasma y la Sra. Muir (1947), que hubiera podido haber visto cuando contaba diez u once años, pero a buen seguro serían distintas revisiones de la misma que acabarían convirtiéndose en la semilla de una novela alejada de las modas literarias que imperaban en el arranque de la década de los años ochenta.
No resulta demasiado aventurado creer que ese sentimiento de Rachel Waring expresado las páginas del libro que nos ocupa por romper con su entorno afectivo, familiar y de amistades miraba no tan solo se miraba frente al espejo de la Sra. Muir (la maravillosa Gene Tierney) sino también al suyo propio. Una liberación que en el caso del escritor británico tuvo connotaciones de índole sexual, sabedor que esa mentira que era su matrimonio con Eileen Dorothy Bird debía colocar el cierre de común acuerdo. Tardaron en hacerlo casi treinta años, sobre todo debido a la presión ejercida por un entorno familiar que les consideraba un modelo de pareja con cuatro hijos a su cargo. En el ecuador de esta relación Benatar iría tomando forma una obra que vino a refrendar las expectativas generadas con su anterior título, The Man On the Bridge (1981), cuyo tránsito por distintas casas editoriales estuvo a punto de quebrarle el ánimo. Perserverante como pocos, frente las reiteradas negativas a que se publicaran otros de sus manuscritos de ficción, su dicha llegaría con el advenimiento de los ochenta, una década especialmente favorable a las reivindicaciones de los derechos de los homosexuales, aunque en un clima enrarecido por los casos registrados de SIDA. Su decisión de hacer pública su homosexualidad llegaría bien entrada la siguiente década, cuando With Her Safe at Home  empezaba a ser bien valorada en determinados círculos literarios. Al cabo, Impedimenta recibiría “acuse de recibo” de aquel prestigio creciente y lo integraría dentro de un catálogo que sobrepasa con creces los cien títulos y que no tiene parangón entre las editoriales del estado español nacidas en lo que llevamos de siglo XXI. Uno de los aspectos que llaman más poderosamente la atención de La vida soñada de Rachel Waring es que hubiera podido elaborarse en el periodo donde R. A. Dick (seudónimo de Josephine Leslie) dio carta de naturaleza a The Ghost and Mrs. Muir (1944) —material de partida del excelente film homónimo de Joseph L. Mankiewicz—, en pleno boom de escritoras viudas o con sus familiares directos en el frente de batalla, impelidas a una práctica que hasta entonces les había sido vetada. Con este turbulento mar de fondo asomarían no pocos fantasmas. El texto de Benatar razona sobre el firme de un mundo soñado, privativo de un personaje que persigue su propio espacio de realización personal, evitar caer en un estado de depresión larvado por una serie de contratiempos. Ese romanticismo del que hacían acopio Josephine Leslie y sus coetáneas —a su vez, heredaderas de una tradición literaria que arranca a mediados del siglo XIX— queda impregnado en la páginas del texto de Benatar a través de una narración en primera persona que nos ayuda a ponernos en el lugar y en la circunstancia de una dama culta, que continuamente evoca al espacio del cine, de la literatura y del teatro en su oratoria, en sus diálogos o en sus pensamientos íntimos. La ficción, por tanto, es el velo que luce una mujer avanzada a su tiempo, que abjura de la mentalidad provinciana y decide que ese corazón delator guíe su vida. La supeditación al amor no siempre se resuelve satisfactoriamente, pero ello no obsta para que Rachel Waring no ceje en su empeño de experimentar una realidad virtual más propia del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, que del XXI. En esa vida soñada emergen galanes con atributos de príncipes azules, de personajes de opereta, snobs persuadidos por la idea de la impostura, y la imagen acaso “espectral” de Laurence Olivier en el tramo final de la historia, el que había sido partenaire de Vivien Leigh —cuya belleza es comparada con la de la propia Rachel— en El puente de Waterloo (1940). En otro puente londinense cercano se situaría el protagonista de la primera novela publicada por Benatar, ejemplo de constancia en su quehacer profesional/vocacional y gallardía al abrazar en su vejez un deseo tantas veces postergado, el de vivir su propia sexualidad en compañía de John F. Murphy, a la sazón diseñador gráfico de la portada —con la imagen de "Street Ordely Boy" de Donato Barcaglia— de la edición de 2010 de New York Review of Books y que cuenta con una introducción de John Carey, apasionado en su defensa de las bondades del contenido que le precede, al punto de considerarla una de las obras capitales de la literatura inglesa del último cuarto del siglo XX.

lunes, 23 de marzo de 2015

«SUBSTITUTS» / «SECONDS» (1963) de DAVID ELY: UNA NOVELA DE CULTO BAJO UNA «DOBLE IDENTIDAD»

Surgen a diario diversas iniciativas para “reinventar” el sentido de las mediatecas en esa aldea global en la que estamos instalados. Empero, incentivar la lectura sigue siendo uno de los principales objetivos de estos centros,y por ello, en la entrada de los mismas podemos localizar una arsenal de ejemplares de segunda, tercera... o cuarta mano que aguardan a ser “reemplazados” por otros tantos volúmenes de un usuario de la mediateca. En terminología anglosajona asistimos, pues, al fenómeno del bookcrossing con un noble propósito que implique de manera directa a una red de usuarios. Semanas antes de escribir este post, la práctica del bookcrossing me dio una satisfacción que solo puedo evaluar fruto de la casuística cuando unas de las novelas que más ganas tenía de leer desde hacía lustros, Seconds (1963), llegaría a mis manos a renglón seguido de depositar un vieja edición de El padrino de Mario Puzzo a la entrada de una mediateca situada en el Área metropolitana de Barcelona. Pero lo curioso del caso es que no me dí cuenta de este feliz “encuentro” hasta pasado un día, ya que los responsables de la colección La Cua de palla (número 18) de Edicions 62 decidieron alterar el original Seconds por Substituts en un alarde de “inventiva” que llama al equívoco. Un equívoco ampliable al hecho que difícilmente Substituts debiera incluirse dentro de una colección de títulos destinada a la novela negra. Asimismo, su autor, David Ely (n. 1927, Chicago), no ha pertenecido ni por asomo a este género literario y se estrenaría, a efectos de novelista, con Seconds sabedor que su texto editado por primera vez en 1964 en Signet, una división de Random House Mondadori, podría ser “carne” de adaptación cinematográfica. Paramount no tardaría en tender sus redes sobre la obra de marras y, al cabo de un par de años, se estrenaría el film homónimo, rebautizado en el estado español Plan diabólico (1966) y cursando "billete" para su admisión en la “estación” de las cult movies. Veinte años más tarde aparecería de tapadillo en lengua catalana la novela corta de partida, condensada en apenas ciento veinte páginas con una letra minúscula dentro de una colección que no le correspondía. Ni rastro de su edición en lengua castellana, un déficit que solo el paso de los años puede reparar, quizás a la estela de su reedición en inglés en 2013 donde luce en portada los rostros de cinco hombres de idéntica apariencia. El contenido escrito por Ely corrige el significado de esta portada ya que no asistimos a una novela sobre clonación, pero sí sobre la identidad, la que convoca al banquero cuarentón Arthur Hamilton a vivir una nueva existencia con otra apariencia muy distinta (rejuvenecida), reconstruyendo para ello un pasado inventado donde la vocación adolescente de pintor cobra carta de naturaleza en un individuo llamado Antiochus Wilson.
   Seconds representa uno de sus relatos de fantaciencia con trasfondo filosófico-existencial que, si se da el escenario de una hipotética segunda adaptación cinematográfica a cargo de un director de la categoría de David Fincher, vaticino multiplicaría de manera exponencial sus ventas en amazon y otras plataformas virtuales. En la misma presumiblemente Fincher y el guionista contratado de turno podrían sopesar la inclusión de algunos pasajes de la novela desestimados en su momento por el screenwriter Lewis John Carlino y en la mesa de montaje —la secuencia en la que Wilson visita a su hija Sally, recién casada con Sam, médico de profesión—, y por su parte, desestimar la secuencia de la fiesta pagana, un requiebro onírico consignado en la cinta dirigida por John Frankenheimer, pero inexistente en el relato seminal. En tiempos en que empezaba a colarse por la puerta de atrás de los grandes estudios un aire fresco al amparo de la floreciente cultura hippie, la inclusión de la misma guardaría su lógica, dejando patente que la desnudez de los cuerpos de ellos y ellas (bronceados por el efecto de los rayos solares) era un guiño a un sentido de liberación por parte de Wilson en su nuevo relato vital. Con todo, para su adaptación a la gran pantalla, Carlino preservaría la estructura narrativa diseñada por el otrora periodista David Ely. Una estructura circular que alimenta su carácter alegórico, depositario de una orientación visionaria sobre la realidad de una sociedad que convierte a sus individuos en piezas de un engranaje, ausentes de la capacidad de sentir. Another Brick in the Wall. Pink Floyd dixit. Ely no abandonaría ese terreno de la alegoría en un ulterior trabajo, A Journal of the Flood Year (1992), imaginando una nación, la estadounidense, que levanta muros a su alrededor (a pequeña escala el estado de Arizona ya lo haría años más tarde conforme a una medida para frenar el avance de la inmigración ilegal) susceptibles de formarse grietas. Por esas oberturas “naturales” surge la posibilidad de una vía de escape a una realidad que oprime, descubriendo un horizonte de libertad hasta entonces inexplorado por algunos de los protagonistas de la séptima novela de Ely. Una novela distópica que llama a las puertas de su edición en lengua castallana y/o catalana, capaz de poder servir de acicate para la recuperación de Seconds, prensada en la imprenta del conocimiento sobre universos que sirven para calibrar nuestra capacidad de reflexionar sobre nuestro entorno. Un entorno cuya complejidad no ha pasado inadvertida por un autor que sería de justicia (rei)vindicar merced al contenido de una obra propia de un librepensador, licenciado en Harvard que un día decidió aparcar los hábitos de reportero y auxiliar administrativo, y encomendarse a la profesión de escritor de novelas y relatos cortos, a “imagen y semejanza” del cambio operado por su "doble" criatura literaria, Hamilton/Wilson que para su traslación al celuloide adoptaría respectivamente los rostros de John Randolph y Rock Hudson, este último un reclamo publicitario que no le iría nada mal para la carrera comercial de Plan diabólico tras descartarse a Laurence Olivier —la elección anhelada por Frankenheimer y su socio el productor Edward Lewis—, Glenn Ford y Kirk Douglas.  


martes, 3 de marzo de 2015

EL CLAN DE LOS PUJOL: LA OTRA «SENTENCIA». CADENA PERPÉTUA (REVISABLE) DE MENTIRAS Y FALSEDADES

Por efectos del descenso de la natalidad, de un tiempo a esta parte en el estado español se ha considerado familia numerosa el hecho de tener tres hijos cuando esa calificación en los años sesenta, setenta y ochenta se consideraba a partir de cuatro vástagos. A lo largo de catorce años, Jordi Pujol i Soley y Marta Ferrsusola i Lladòs tuvieron un total de siete hijos. Lo que para el común de los mortales (desde la óptica de un país situado en el sur de Europa) hubiera sido que el proyecto de vida de la pareja Pujol-Ferrusola era la educación y el cuidado de semejante prole, en cambio para el patriarca ocuparía un lugar secundario al albur de su compromiso “amb el poble de Catalunya”. Ese, pues, parecía su proyecto de vida, algo que el paso del tiempo ha “matizado” de una manera inequívoca. De hecho, a la luz de la creación de la comisión de investigación sobre los casos de corrupción (especialmente, el caso Pujol) auspiciada por el Parlament de Catalunya y presidida por el miembro de la CUP David Fernández (ejemplar en su cometido hasta la fecha), se ha podido constatar que hemos vivido una gran mentira. La justificación de que Jordi Pujol i Soley se ocupaba “de” Catalunya mientras sus hijos y su mujer jugaban en el patio de atrás a ser empresarios sin otro cometido que prosperar en sus respectivas existencias obedece a una pura farsa. Difícilmente, esas “lagunas” que sigue exhibiendo el pater familias cuando se hace referencia a la actividad profesional de sus vástagos y de su esposa tienen otro sentido que tender una cortina de humo, adoptar una actitud exculpatoria, de blindaje que quedaría dinamitada en mil pedazos el pasado 25 de julio cuando confesó tener una cuenta en el extranjero en virtud de una presunta herencia legada por su padre Florenci Pujol y que no tuvo tiempo de regularizar a nivel fiscal por espacio de más de tres décadas. En ese periodo los miembros del clan prosperarían y de qué manera. El grueso de la familia Pujol podría impartir clases de un máster sobre economía financiera con el objeto de evadir impuestos a través de la confección de empresas interpuestas. Entre los miembros de la familia, el primogénito Jordi Pujol i Ferrusola podría ser el titular de la “cátedra” en esas prácticas llamadas a situarlo como un auténtico “depredador económico” en lugar del autocalificativo que utilizaría ante los diputados del Parlament de Catalunya, el de “dinamizador económico”. Todo un eufemismo en boca de un personaje siniestro al que la inmensa mayoría de los catalanes nunca habíamos escuchado su voz y tan solo teníamos unas imágenes de archivo para asociarlo con su persona.
    Poco o nada me importa del destino judicial que deparará a cinco de los siete hijos de los Pujol y a sus progenitores. Creo que su condena ya está fijada, habiendo llegado a la conclusión que tras escuchar la práctica totalidad de las declaraciones en la comparecencia de Jordi y sus hermanos Pere y Oriol Pujol de los días 23 de febrero y 2 de marzo de 2015 en el Parlament que son unos maestros a la hora de disfrazar la realidad, evitando a toda costa llegar al meollo del asunto. La sombra de la sospecha planea sobre todos ellos porque son personajes de muy dudosa moralidad que utilizaron las puertas que abría su apellido para beneficio personal sin reparar en las consecuencias que ello podría acarrear. Al amparo del cortijo de Convergència i Unió se sustanciaron infinidad de tejemanejes, acuerdos que acabarían beneficiando a ese clan. Si, clan Pere Pujol, el término que mejor se adapta a una familia “benavinguda” (otro eufemismo) que trata de cerrar filas desde el cónclave celebrado el verano del pasado año en la residencia sita en la Tour de Carol (en el Pirineu Catalán), y que rinde cuentas estos meses y los venideros con los tribunales de justicia. Alguien que, como Jordi Pujol i Soley podría recordar detalles de la vida de una familia de un pueblo de la Catalunya profunda difícilmente se le podría escapar que no estuviera al cabo de los movimientos de sus vástagos. Ese nido de víboras ha ido saliendo del cesto estas semanas para demostrar que aún siguen teniendo veneno,  mostrando la peor cara posible de una familia de estructura jerarquizada a imagen y semejanza de las familias mafiosas con la figura del consigliere, el avvocato y demás individuos que se mueven con destreza en las cloacas de la judicatura para evitar el ingreso en prisión de sus clientes. Las miserias propias de una Catalunya que pretende seguir contando con esos patriotas afines a los Pujol con Artur Mas a la cabeza, el hijo adoptivo del padrino Jordi Pujol i Soleypara construir una nueva idea de país. Escuchando a Meritxell Borràs en representación de CIU en las sesiones de la comisión parlamentaria, si fuera por su voluntad Pujol y su troupe quedarían libres de cualquier acusación, y todo sería Mas de lo mismo pero con un cambio de fronteras y un estatus de soberanía propia, eso sí.