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jueves, 6 de octubre de 2016

«FARGO» (2015): SEGUNDA TEMPORADA: LA MASACRE DE SIOUX FALLS

Desvelada en uno de los postreros episodios de la primera temporada de Fargo una “misteriosa” conexión con la producción cinematográfica epónima que atañe a los personajes Stavros Milos (Oliver Platt) y del locuaz Carl Showalter (Steve Buscemi), respectivamente, en la ubicación temporal del año 1987, para la segunda temporada de la serie el showrunner Noah Hawley traslada la acción ocho antes de la fecha indicada. Un salto temporal hacia atrás de veintisiete años — de 2006 a 1979— en relación a los acontecimientos que toman lugar en la first season (salvo momentos puntuales) que representa un viaje en el tiempo, no así por lo que concierne a su espacio geográfico, el propio de Minnesota, epicentro de las distintas historias que se dan cita en Fargo. Echando mano una vez más de un inveterado sentido del humor negro, los hermanos Joel y Ethan Coen, de común acuerdo con Hawley, apelan a la realidad de los hechos narrados en el encabezamiento de unos títulos de crédito iniciales de la segunda temporada que siguen la tónica en cuanto a su tono austero, sin una carátula que sirva de sello distintivo más allá de la tipología y el cuerpo de letras utilizado para el título de la serie, calcado a la de su ascendente cinematográfico. En ese año-visagra que marca el final de una década (el constante uso de la split screen es un claro homenaje a este periodo por lo que respecta a su producción cinematográfica) especialmente aleccionadora de la fractura sociocultural que experimentarían por aquel entonces los Estados Unidos, se localiza un relato inventado que los Coen y Hawley tratan de recubrir con una pátina de épica verídica: la masacre de Sioux Falls. Con la salvedad de la fugaz aparición de uno de los personajes secundarios de la temporada de arranque de la serie, el reparto de la segunda temporada de Fargo se renovaría de arriba abajo, pero manteniendo la orientación coral perseguida desde que se maquinó la serie. Ciertamente, la segunda temporada adolece de un personaje dotado del enorme carisma de Lorne Malvo (Billy Bob Thornton), aunque para muchos de los seguidores de la serie tenga en el taimado Mike Milligan (Bokeem Woodbine) un digno antecesor, un personaje que parece extraído de las viñetas cinematográficas articuladas por Quentin Tarantino. A propósito de Milligan y los gemelos Gale Kitchen —sus auténticas sombras—, Hawley se cobra uno de los private jokes que se deslizan a lo largo de la decena de episodios que conforman la segunda temporada de Fargo, esto es, el que hace referencia a un grupo de delincuentes y asesinos a sueldo que podrían ser conocidos como si fuera una banda de rock progresivo (Mike Milligan and the Kitchen Brothers). Puntos de humor en el océano de un relato teñido de sangre, a costa de un encadenado de asesinatos que tiene su punto álgido en el penúltimo episodio, “The Castle”. Floyd (Jean Smart), la matriarca de los Gerhardt, parece mirarse frente al espejo de Emma Small (Mercedes McCambridge) en Johnny Guitar (1953), en su asimilación de un personaje que reviste autoridad en un mundo de hombres de comportamientos primitivos. Un grupo salvaje que, como en la cinta homónima dirigida por Sam Peckinpah cabe el tema de la amistad traicionada, provocando así el “descabezamiento” de un clan familiar afinado en el comportamiento propio de unos terratenientes del viejo Oeste. La visualización de esos ecos westernianos pueden detectarse en el episodio en que el agente Lou Solverson (Patrick Wilson) accede a los dominios de los Gerhardt, enfrentándose cara a cara con el primogénito Dodd (Jeffrey Donovan), cuyos impulsos salvajes parece controlarlos telepáticamente Floyd. Dodd será uno de las piezas básicas que entra en juego en el tablero de Hawley para el tramo final de la segunda temporada, convirtiéndose en la moneda de cambio para la pareja Peggy (Kirsten Dunst) y Ed Blumquist (Jesse Plemons, revestido en un personaje de pocas luces empleado en una carnicería), situados en una constante montaña rusa desde el primer episodio que compromete a una serie de asesinatos en el interior de la cafetería Wafle Hut y en los aledaños de la misma. A propósito de la manera en que trata de entretenerse la fabuladora Peggy cuando su marido se ausenta de la cabaña que les sirve de refugio, Hawley se cobra un guiño a la película seminal cuando la esteticien aporrea el aparato de televisión, cuyas imágenes se ven un tanto borrosas. Una “anomalía” acaso derivada de presencias extraterrestres en ese enclave gélido de los Estados Unidos, en un año especialmente proactivo en presuntos avistamientos de OVNIS desde un planeta en que día tras días los periódicos recogían en sus páginas de sucesos casos de asesinatos de muy distintas naturaleza. El de la masacre de Sioux Falls sería uno de ellos, aunque solo operara en la imaginación de los traviesos hermanos Coen, alineados con el pensamiento de Noah Hawley a la hora de “transgredir” el modelo de serie afianzado en el principio de continuidad, en que necesariamente cada temporada debe contar con un reparto similar. Todo parece indicar que esa forma de “transgredir” sigue vigente de cara a una tercera temporada cuya emisión está prevista para la primavera de 2017.   

domingo, 30 de enero de 2011

L. A. CONFIDENTIAL: «LOS SIETE PECADOS» DE ALBERT DEKKER

La lista de títulos (re)visitados de la filmografía de Anthony Mann ya va siendo larga y, por ventura, hasta la fecha prácticamente ninguno me ha provocado un poso de insatisfacción. Mi última aproximación al cine de Mann me la procuraría el visionado de Las furias (1950). Por esas insondables coincidencias que se ofrecen en la vida, esta semana he escuchado, a la espera de que el sueño me venciera, la trágica y, a la par, estrambótica historia radiada por Fausto Fernández en un programa de Onda Cero Catalunya, en torno a Albert Dekker (1905-1968), uno de los actores que intervinieron en esa producción manufacturada por Mann previa a su batería de ilustres contribuciones al western con la presencia ante las cámaras de James Stewart. Buena parte de los seguidores de la actualidad cinematográfica les resultará familiar el nombre de Fausto Fernández a través de sus contribuciones mensuales en las páginas de la decana de las publicaciones especializadas en la materia en España, esto es,  Fotogramas, en las que destila un conocimiento abrumador sobre la historia del Séptimo Arte, saliendo por lo general al auxilio de un anecdotario que no conoce límites en el amplio sentido del término. Su seguimiento esclavo de la actualidad aún nos ha privado, empero, de la publicación de su particular versión castiza del Hollywood Babilonia de Kenneth Anger, sin duda, una de esas obras que deben encabezar su biblioteca. A la espera de consumarse algún día esta publicación que Fausto debe a la historiografía cinematográfica en su derivación más camp, el poder recrearnos en sus locuciones radiofónicas sobre esos «juguetes rotos» del Hollywood «babilónico» es tan sólo un pequeño aperitivo de la ironía, sagacidad y, porqué no, mala milk que se gasta el genial periodista por el que tengo un gran respeto y admiración desde los tiempos en que ese bar del insti se «oficializaba» como el confesionario para evacuar las primeras inquietudes cinéfilas.
Recién salido de la etapa R. E. M., la escucha de la biografía de Dekker pasada por el filtro de Fausto me parecía algo así como si Tim Burton, Quentin Tarantino y Pedro Almodóvar hubieran cruzado sus mentes y hubieran alumbrado un guión al que un buen puñado de productores bregados en la «jungla urbana» allén del otro lado del Atlántico no harían ascos a su financiación. Pongamos que Fausto colocara en el puchero biográfico de Dekker alguna que otra especie de más. Vale. Pero con todo, Albert Dekker se consuma en el barrizal de las horror stories de aquellos intérpretes que poseían una doble vida fuera de los platós y de los escenarios, librados a una orgía de excesos que, lejos de remitir con los años, tomaban si acaso un cariz más macabro y truculento. Su apego por las prendas femeninas prácticamente pasa como un private pleasure «venial» frente a sus tendencias paedófilas que las hubo y en distintos continentes. Sus asuntos librados en la intimidad del hogar con uno de sus hijos es otro de esos episodios que le dejan el corazón helado al más pintado. Su intento redención, cuando no de coartada política, le sirvió de bien poco porque su cruzada contra la corrupción moral en Los Ángeles —recién estrenado su cargo por el partido Demócrata a su regreso del sudeste asiático durante la Segunda Guerra Mundial— pronto topó con el backmail al que fue sometido por parte de la Mafia de raíces italianas que iba asentándose en la ciudad californiana con el acelerador funcionando a todo gas. Las series televisivas y las series (muy) B del celuloide le propiciarían un eventual refugio para este característico con su imagen pública mancillada. Pero el depredador sexual que viajaba en su interior no se apearía de su errático camino. De tal guisa, un episodio sucedido en una granja durante el descanso de una producción rodada en exteriores acabó por darle la estocada (casi) final a un prestigio labrado, en primera instancia, en los teatros. Ya proyectados a 1968 —uno de las annus horribilis de la historia contemporánea de los Estados Unidos: Robert F. Kennedy, Martin Luther King...— cuando Sam Peckinpah le pidió que participara —no sin reservas— en el rodaje de Grupo salvaje (1969), Albert Dekker poco menos que era una sombra de sí mismo. Con los treinta mil dólares cobrados por su concurso en Wild Bunch Dekker, sin haber concluido su compromiso, abandonó de improviso la zona fronteriza donde tuvo lugar la elaboración de esta magnum opus de Peckinpah. La sombra de sospecha planeaba sobre su presunta responsabilidad en la autoría de la muerte de su primogénito. Por este y otros asuntos, Albert Dekker decidió emprender el vuelo, pero su trágico destino estaba al doblar la esquina. Ese mayo de 1968 para Albert Dekker no tuvo un componente festivo, de celebración, sino más bien todo lo contrario. Quizás para evitar que el escándalo salpicara la carrera comercial de Wild Bunch, la realidad de aquel momento es que se cubrió con una mentira la razón del fallecimiento de Dekker. El tema se despachó como «un accidente doméstico» en las páginas de necrológicas de los rotativos y de las revistas especializadas de la época. El tiempo sacaría a la luz ese x-file, dictaminando que el suicidio había sido la verdadera causa por la que Albert Dekker dejaría de contarse entre los vivos un día indeterminado de ese mayo del 68. Un suicidio que venía acompañado por un ritual que hubiera suscrito la «familia Manson» de no ser por el detalle de puro fetichismo sexual en forma de lencería femenina al que tanta afición le había cogido Dekker. En eso, Dekker era correligionario de Edward Wood, el personaje que se dio a conocer en medio mundo merced al film dirigido por Burton. A propósito de una crítica que escribió para Seqüències de cinema —cult review que dirigió un servidor años a— sobre Ed Wood (1994), Fausto Fernández dejaba deslizar en su tramo final una sugerencia de proyecto en que el equivalente patrio a un director del calibre del autor de Glen or Glenda (1955) —un papel por el que hubiera suspirado Dekker— hubiera podido ser Ignacio F. Iquino. De las múltiples anécdotas que se sucedieron en los estudios CIFESA cuando Iquino se situaba en su etapa de esplendor, Fausto podría cubrir diversos episodios de ese libro de Babilonia que aguarda a ser escrito por uno de los pocos capacitados para ello. Eso sí, en el momento que libre las galeradas al editor de turno y las imprentas se pongan a todo tren para dar cabida al nacimiento de ese, vaticino, longseller, Fausto Fernández deberá cruzar la frontera y presumiblemente buscar destino en alguno de esos rincones del sudeste asiático donde Albert Dekker dejó (tristemente) su huella que nos guiaría hasta su suicidio cumplidos los sesenta y tres años. Lo irónico y, a su vez, trágico del caso es que había escrito la forma de su epitafio en uno de los títulos de su poblada filmografía en el que dio la talla: Yo soy mi asesino (1947). Años antes, otro título, Seven Sinners («Siete pecados») sintetiza lo que se convertiría su otra vida cuando los focos no iluminaban su rostro de naturaleza sibilina y poseedor de un turbador encanto.