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jueves, 14 de junio de 2018

EL OFICIO DE ESCRIBIR: LOS PRIMEROS 25 AÑOS (1993-2018)

Desde hace un cuarto de siglo no recuerdo una sola semana que haya dejado de escribir. Nunca hubo un momento que me planteé: quiero dedicarme a escribir. Simplemente ha ido sucediendo más por ese sentimiento interno de saber que tienes el control, el acto de escribir no depende de terceros, puedes apañarte siempre que tengas una máquina de escribir y un ordenador delante, a cualquier hora y día de la semana, llueva o en un día soleado o ventoso. Todo empezó hace un cuarto de siglo. En casa aún no teníamos un procesador de texto. Hice la carrera de Ciencias Biológicas con una máquina de escribir eléctrica. Perdí la cuenta de las veces que cambié esas cintas magnéticas negras que compraba en una tienda del centro de Barcelona. Al concluir la licenciatura pasé meses visitando casi a diario, salvo los fines de semana, la casa de una familia a la que tengo en alta estima: los Candeal. Me propuese escribir un libro a los veinticinco años. Partía de la base de un ensayo que hice sobre John Frankenheimer que presenté a Dirigido por… Recuerdo que se lo leyeron, corrigieron un error de una palabra mal escrita y me lo devolvieron in situ. No debía tener más de treinta páginas. Ya por aquel entonces hice mía una frase del científico James D. Watson: «en una parte de un fracaso está la clave de un futuro éxito». Aquel escrito se convirtió en el germen de La generació de la televisió: la consciencia liberal del cinema americà (1994). Me llevó casi un año escribir un libro de unas doscientas cincuenta páginas que publicamos con mi hermano Àlex bajo el sello de nuevo cuño Editorial 2001. Jamás he vuelto a experimentar la sensación que supuso ver impreso un libro con mi nombre figurando en la cubierta. Salió un escrito a media página en La vanguardia sobre la publicación, en que se destacaba la novedad de un libro de estas características en torno a una generación de cineastas que incluía a John Frankenheimer. Aún conservo ese recorte de periódico con la rúbrica de Lluís Bonet Mojica, resaltando en el titular que su autor tenía veintiséis años. En aquellas fechas barruntaba la posibilidad de publicar Seqüències de cinema, una revista mensual de cine en catalán coincidiendo con la celebración del centenario del Séptimo Arte. Llegamos a publicar dieciséis números. Hubo un problema con el número siete porque la impresión no había quedado bien. De vuelta a casa pensé que era un desastre, pero me mantuve firme en seguir adelante y llegamos a publicar nueve números más. En retrospectiva, lo veo como una proeza. En el mercado habían ocho revistas en castellano. David contra Goliath multiplado n veces. Aprendí demasiadas cosas para saber que el mayor castigo que me podía infringir era caer en el desánimo. Al cabo, 1998 fue uno de mis anus horribilis. Me embarqué en el proyecto de hacer un CD-Rom de la Historia de los Oscar. Contábamos con un extraordinario material fotográfico —The Kobal Collection— pero posteriormente me enteré, a través de un abogado, que no se podía lanzar el producto porque la empresa que tenía la franquicia no podía utilizar esas imágenes ya digitalizadas para una obra de semejantes características. Sabía que aquel proyecto había muerto, pero como consuelo, a diferencia de la empresa que gestionaba el archivo fotográfico y los informáticos que intervinieron en la confección del CD-Rom, rescaté todos aquellos textos escritos a lo largo de más de un año y medio. Procesé esa carga de indignación en un nuevo estímulo para seguir adelante, llegando a publicar dos libros de un considerable grosor cuya base se encontraba en ese CD-Rom que no llegó a ser comercializado: Los actores de los Oscar y Los directores de cine del siglo XX. En un acto de generosidad del que nunca me he arrepentido —más bien al contrario— quise que la periodista Núria Dias firmara conjuntamente sendos libros. En realidad, un servidor había escrito el 99,9 % de ambos diccionarios. Hubo un tiempo que no quise hablar del tema. Suelo ser una persona generosa con las personas que, como en el caso de Núria, me apoyaron en todo momento y se pusieron de mi parte. Siempre se lo agradeceré. De aquel fatídico 1998 pasé a un periodo de un año —de octubre de 1999 a septiembre de 2000— que vi publicados un total de cuatro libros, incluida la versión en castellano (actualizada y revisada) de La generació de la televisió que lo presenté en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián con motivo de la celebración de un ciclo-retrospectiva en el marco del certamen donostiarra.
    En mi particular diccionario no existe la entrada “desfallecer”. El amanecer del nuevo siglo trajo consigo la web www.cinearchivo.com (actualmente, www.cinearchivo.net) Sigo siendo el único superviviente de aquel ya lejano proyecto. Si no existiera cinearchivo probablemente, a día de hoy, hubiera podido ver publicados unos veinticinco libros. Con todo, contabilizo en estos veinticinco años repletos de infinidad de experiencias un total de quince libros publicados, más otro ya escrito pendiente de edición, y otro a medio hacer. Quiero pensar que cada uno de ellos es un acto de amor, en primera instancia, por la escritura. Queda mucho camino por recorrer. Hay algo de lo que me siento particularmente orgulloso. El ver publicados, a los ojos de muchas personas, tantos libros no ha contribuido a potenciar el ego. Carezco del mismo. Cada libro escrito y publicado es una invitación a empezar de cero. Starting Over. Veinticinco años bien merecen la pena de mirar por el retrovisor, capitular, y seguir fijado al horizonte de la vida con esas líneas discontinuas adheridas al asfalto, metáfora de la vida misma en que el saberse una persona que no concede ninguna importancia a lo que ha hecho deviene el mejor aliado para seguir creciendo. El oficio de escribir responde a un estímulo orgánico pero al mismo tiempo a reforzar un individualismo que, si se desmadra, acaba por precipitar a uno al pozo de la egolatría, al de la vanidad y al de la autocomplacencia. He visto caer a tantas personas en ese pozo que cada día me anoto en la mente que escribir es la gimnasia que he practicado para que cuerpo y espíritu se mantengan en sano equilibrio. Una práctica (casi) diaria beneficiosa para la salud mental (con el complemento vitamínico en forma de lecturas con una frecuencia similar) de un servidor que espero conservar intacta dentro de veinticinco años. Quizás, entonces haya cumplido el propósito de ver publicados un total de cincuenta libros, el último de los cuales, una edición de lujo creada ex novo de La generación de la televisión: la conciencia liberal del cine americano. Una manera de cerrar el círculo y pensar, a los setenta y cinco años, en dar rienda suelta a otros objetivos. Lo que tengo claro es que, si la salud me sigue acompañando, no pararé… hasta el final de mis días.             

viernes, 10 de febrero de 2012

40 ANIVERSARIO DE «DIRIGIDO POR...»: EL ELOGIO DE LA DIFERENCIA

Para muchos de los que pertenecemos a la generación del baby boom, el cine se convirtió en una especie de «religión» merced a esas obras que nos impactaron de pequeños y que dejaron una huella indeleble. Como en su tiempo, para la generación de nuestros abuelos o bisabuelos la llegada del sonoro comportaría todo un acontecimiento, La guerra de las galaxias (1977), Tiburón (1975), Alien, el octavo pasajero (1979)... representaron una puerta abierta a una realidad que nos impactó y serviría de embrión de una cinefilia o de una afición al cine que nos ha acompañado y nos acompañará para el resto de nuestros días. A finales de los setenta, una parte de este baby boom en nuestro país empezaba a preguntarse entre los asuntos de la vida quiénes diantre estaban detrás de aquellos films dispuestos para dejarnos paralizados en el patio de butacas. Esas sesiones a rebosar habían hecho mella. Por fortuna, en aquella época existían librerías especializadas, cuanto menos, en las grandes capitales y algunas capitales de provincia. La curiosidad debió llamarme a alguna de ellas y allí comencé a descubrir la existencia de Dirigido por.., que llevaba en el mercado unos cuántos años de rodaje.
    Del nacimiento de Dirigido por... este 2012 se cumple su cuarenta aniversario y bien que un servidor lo celebra. Creo que una gran parte de la cinefilia de este país ha contraído una deuda histórica para con esta publicación, a razón de 419 números en que han tenido cabida infinidad de dossiers, estudios, críticas... que dan la medida de la variedad de propuestas cinematográficas arribadas a nuestras carteleras, filmotecas y televisores. De ese carácter heterogéneo que caracteriza el denominado Séptimo Arte se han hecho eco una nómina de escritores de muy distinto calado. Diversas maneras de pensar, de enfrentarse al análisis cinematográfico han apuntalado un proyecto impulsado, en su origen, por Edmond Orts i Climent, y un grupo de entusiastas entre los que se encontraba Manel Ferrer, el propietario de El espectador, una de las tiendas especializadas a las que me refería y que desapareció, dejando yermo de espacios donde se concentraban años ha una serie de aficionados al cine deseosos por encontrar números atrasados de Dirigido por..., entre los cuáles, el dossier de cine negro era un «clásico».
   En aquel periodo de descubrimiento, el cine me empezó a atraer desde muy distintas vertientes. Por ello, no he podido dejar al margen la lectura de partes de la revista independientemente de la firma que llevara acompañado cada artículo, estudio, crítica o dossier. Eso sí, la lectura de la revista ha sido un ejercicio a posteriori del visionado de una determinada producción, un modo de contrastar y enriquecer el pensamiento. Para muchos de nosotros esos estupendos especiales o estudios de los años 80 —Vincente Minnelli, John Huston, Joseph L. Mankiewicz, Fritz Lang, Billy Wilder y un largo etcétera— fueron una vía directa a suscitar un interés por conocer al detalle la filmografía de esos gigantes, derivando al cabo el concepto de completista que, en los tiempos de inexistencia de tecnologías interactivas estilo internet o soportes multizona, representaba un ejercicio de «espeología». El factor de la nostalgia para los que formamos parte del baby boom juega a favor de pensar que esa, la de los años ochenta, devino una de las «etapas doradas» de Dirigido por..., en que José María Latorre dejaba constancia de las hechuras de gran escritor que fue y sigue siendo, independientemente de sentirnos más o menos cercanos a su enfoque crítico de diversas obras o determinadas producciones. En ese frente crítico Latorre estuvo acompañado, entre otros, por Esteve Riambau, José Enrique Monterde, Carlos García Brusco, Antonio Castro (un entrevistador cuál copa de pino) y Quim Casas, uno de los pocos «supervivientes» de aquel memorable periodo. Con la incorporación de Tomás Fernández Valentí y Antonio José Navarro a finales de los años ochenta, se produjo un cierto relevo generacional que les ha llevado, a día de hoy, a ser dos de los referentes de la la revista, sin menoscabo de la aportación de una legión de críticos que con mayor o menor fortuna contribuyeron o han contribuido a fijar en el papel una visión y un pensamiento crítico que no conoce fronteras.
   Por una simple cuestión de practicidad, no soy persona de hacer del hogar una suerte de museo personal o familiar donde guardo todas las reliquias del pasado. Pero entre las excepciones a esta forma de operar se encuentra la colección de números de Dirigido por... Cierto que con el advenimiento de internet, las horas de consulta de obras enciclopédicas o de revistas en papel por muy encuadernadas y localizables que estén, han menguado ostensiblemente en el cómputo anual, pero Dirigido por... siempre estará allí, en mi despacho personal; una manera de rendir honores por los «servicios prestados» durante tantos años a un aficionado al cine que, por suerte o desgracia (nunca se sabe) lo ha convertido en profesión. Gracias a Steven Spielberg, George Lucas, Martin Scorsese, Stanley Kubrick... hay cordones umbilicales que algunos de nosotros nunca romperemos. El cine sigue siendo una segunda memoria. Y a esa memoria ha contribuido sobremanera al pensamiento cinematográfico Dirigido por... Solo cabe desear, pues, al equipo de Dirigido por... que siga resistiendo en ese mar embravecido que se corresponde con las publicaciones ligadas al ámbito de la cultura. Más que nunca, cabe subrayar la constancia y fidelidad de los veteranos lectores, y la incorporación de nuevas generaciones que buscan respuestas a sus inquietudes cinéfilas más allá de la galaxia de internet.    


Enlace a la web de Dirigido por     

miércoles, 31 de agosto de 2011

ENSAYO SOBRE EL «NAPOLEÓN» DE STANLEY KUBRICK EN DIRIGIDO POR (SEPTIEMBRE 2011)

Después de haber publicado en 1999 Stanley Kubrick: una odisea creativa (Dirigido por…, Colección Serie Mayor nº 9) podrá consultarse en las páginas de Dirigido por (la revista que el próximo año cumple su 40 aniversario) un ensayo que he realizado y titulado El Napoleón de Kubrick: la historia más grande jamás filmada. En razón de la monumental obra editada por Taschen (Stanley Kubrick's Napoleon: The Greatest Movie Never Made) recientemente en una edición bastante accesible relación calidad-precio, he podido leer este verano el guión íntegro que se reproduce en la parte central del mismo. A partir de entonces, escribí una suerte de ensayo que tiene un riesgo meridiano en tanto que no se rodó ni un solo fotograma del anhelado proyecto de Stanley Kubrick. El resultado del mismo se puede encontrar en el nº 414, el correspondiente al mes de septiembre del año en curso de la veterana revista especializada en cine. Para abrir boca, aquí está el fragmento inicial del ensayo que ocupa un total de cuatro páginas de Dirigido por:
LOS RELATOS SOÑADOS DE KUBRICK: ENCRUCIJADA DE PROYECTOS
Para una obra como la de Stanley Kubrick que comprende tan sólo trece largometrajes sustanciados a lo largo de casi cincuenta años, inevitablemente los proyectos que quedarían aparcados fueron varios y, en la mayor parte de estos casos, reveladores de las intenciones autorales del cineasta neoyorquino. Desde hace relativamente poco tiempo han coincidido en el mercado editorial Stanley Kubrick’s Napoleón: The Greatest Movie Never Made (2009-2011, Ed. Taschen) (1) y Una peli porno (2011, Ed. Valdemar) de Terry Southern. Sendas obras comprometen al nombre de Kubrick; el primero compila todo el material existente, extraído de los archivos del director, sobre Napoleón, y del que conformaría un guión a partir de innumerables lecturas referidas al emperador francés; el segundo se aplicaría en un sentido más «lúdico» pero nunca llegaría a prosperar en forma de libreto pese a la buena sintonía exhibida con su autor, Terry Southern, el mismo que le había descubierto la novela de Anthony Burgess “La naranja mecánica” (1962) en la época de ¿Teléfono Rojo?: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove…, 1964).Un lustro más tarde de haber estrenado esta sátira política y militar cuyo guión habían firmado ambos en coalición con el propio Peter George (el artífice de la novela), Stanley Kubrick se situaba en un auténtico «cruce de caminos» al haber acumulado diversos proyectos pero ninguno de ellos prosperaría. Además del monumental compromiso adquirido con la historia relativa a Napoleón Bonaparte —para tal menester, había desplegado un auténtico «ejército» a la búsqueda de localizaciones, escudriñar datos biográficos, encargar piezas de vestuario, etc.— por espacio de varios años, y de haber tanteado la posibilidad de adaptar el texto de Southern —recorrido por su perenne mordacidad y corrosivo sentido del humor— en forma de blue movie, Kubrick barajaría la opción de traducir a la gran pantalla “Relato soñado” (1926) de Arthur Schniztler (1862-1931). Esta última se convertiría, al cabo de muchos años, en Eyes Wide Shut (1999), el canto del cisne del realizador judío. En cambio, su particular visión sobre Napoleón se quedaría sin materializar; un personaje al que paradójicamente quizás le había dedicado más tiempo que ningún otro en su vida y que, en buena medida, sus respectivas personalidades se solapaban. Al hilo del guión que escribió el director de Fear and Desire (1953), en el curso de una velada en el Palacio de Tuilliers, Napoleón Bonaparte suelta a Monsieur Trillaud una frase que deviene la quintaesencia del pensamiento del cineasta estadounidense: «La sociedad es corrupta porque el hombre es corrupto — porque es débil, egoísta, hipócrita y avaricioso. Y no ha edificado este camino para la sociedad, ha nacido en esta dirección —puedes observarlo incluso en los chicos más jóvenes—».
    Se desconoce el tiempo que pueda transcurrir hasta que se de luz verde al proyecto ideado por Kubrick, sobre todo por el obstáculo que supone los costes económicos. Sea como fuere, al haberse abortado las líneas de financiación de Napoleón versión Kubrick se nos privaría del que presumiblemente hubiera sido una de las producciones que definiría con mayor tino su cuerpo autoral, tendiendo puentes a nivel temático y conceptual con la práctica totalidad del resto de su filmografía, incluso entre aquellos títulos que parecen desligados de la misma —Espartaco (Spartacus, 1980)— (...)    

Esperemos que este sea el principio de una fructífera colaboración con una revista de la que poseo buena parte de los más de cuatrocientos números (encuadernados) que han publicado a fecha de hoy. Veremos. Pertenezco a esa generación en que las revistas de cine — ausente del panorama Internet— comportaba una puerta al conocimiento y porqué no, a la discrepancia en torno a una disciplina artística que nos fascinaba y que, en particular, me sigue fascinando.


Para más información id a Enlace a página web de Dirigido por...
Para más información sobre el libro del Napoléon de Kubrick id aEditorial Taschen

viernes, 7 de enero de 2011

TOMÁS FERNÁNDEZ VALENTÍ: LA GRANDEZA DE LA SENCILLEZ

Cada año, por estas fechas, hacemos una enmienda a mejorar aspectos que competen a nuestra propia persona o nuestro entorno familiar y de amistades. Desde que tengo uso de razón siempre he considerado la amistad un valor supremo, que se va sedimentando con el paso del tiempo hasta arraigar con fuerza, quizás, en menor proporción de lo que cada uno de nosotros desearía. Hay años particularmente complejos en que ese repaso sobre la «nómina» de amistades tiene un sentido que cobra mayor importancia si cabe y al final uno se formula la siguiente pregunta: ¿he aprendido algo de esta persona? No se trata de un aprendizaje intelectual –que también— sino de una manera de comportarse, de una actitud frente a la vida... Y en este año 2010 preñado de dificultades, sin duda, he recibido una soberana lección impartida por una de esas personas que no defrauda: Tomás Fernández Valentí (1964, Barcelona). Él sabe medir las palabras, tomar la perspectiva necesaria sobre las cosas, y no abalanzarse en la toma de decisiones que luego puedes llegar a arrepentirte. A la postre, él viene a decirte, el tiempo, solo el tiempo, es el que acabará juzgando a cada uno de nosotros.
Generalmente, en ese mundo de la crítica cinematográfica —al que no pertenezco porque siempre me he considerado un outsider, pero sí observo a una distancia relativamente corta— encofrado en vanidades, egos subidos de tono e individualismos mórbidos, el elogio al compañero de profesión es una práctica residual, cuando no marginal. Si éste se produce se puede interpretar como un acto de flaqueza, de debilidad, dando por sentado que hay personas que se sitúan por encima de uno desde el plano intelectual. Un procedimiento, el de negar las virtudes al compañero, dicho sea de paso, consustancial a la idiosincrasia del Homo sapiens «hispánico». Pero para un servidor siempre me he mostrado proclive a destacar, ensalzar, reconocer, en definitiva, el talento de los demás como un acto natural sin menoscabo a zaherir mi orgullo personal (faltaría plus). Por ello, mostrar mi admiración por todo el trabajo profesional desplegado en el haber de Tomás Fernández Valentí a lo largo de veinte años es de obligado cumplimiento. La reverencia para con la labor de Tomás suele provenir de aquellos que lo han leído durante este periodo en distintos espacios, ya sea escritos en papel o en internet. Pero esta dicha se multiplicaría exponencialmente si conocieran a la persona, un privilegio del que un servidor lleva a gala desde hace bastantes años. Esta, sin duda, deviene una de las claves para entender el porqué Tomás escapa a la media —a la mediocridad, diría— y se sitúa en el pórtico de la excelencia con sus escritos: su humanidad traspúa en cada párrafo. Otra de las claves de su gran categoría como escritor cinematográfico se ilustra con un sencillo ejemplo. En el pasado mes de diciembre Nacho Cerdá —director de Los abandonados (2006)— cristalizaba, a través del proyecto Phenomena, una interesante propuesta diseñada para dar cabida en la cartelera cinematográfica barcelonesa a una operación «retro»: recuperar las programaciones dobles de antaño una vez al mes. Tiburón (1975) y Alien, el octavo pasajero (1979) —vistiendo sus mejores galas en copias en 35 m/m subtituladas, en el marco del Urgell, uno de los pocos cines de aquella época que no han sido troceados por esa otra especulación, la de los distribuidores de las salas de cine— abriría el fuego con una respuesta del público encomiable. Pues allí estaba Tomás para bendecir la misma cuando a estas alturas de su vida diez, doce veces habrá visto el film de su admirado Steven Spielberg y otras tantas, calibro, del film orquestado por Sir Ridley Scott. Con su presencia en el Urgell Tomás dejaba constancia que sigue siendo, en su fuero interno, aquel joven imberbe ávido de experiencias cinematográficas de los años setenta, atento a esos programa dobles con los que pasar una memorable tarde, mirando por otra ventana de la vida ajena a la realidad social y económica de un país cuyo Sistema Democrático estaba en pañales o empezaba a gatear. Ese amor por el cine Tomás lo ha conservado en su particular frasco ámbar, además de haber fermentado durante una veintena de años un estilo propio a fuerza de ejercitarse a diario en ese gimnasio que se localiza en nuestra azotea. La combinación de ambos factores, el de la conservación de una mirada límpia, entusiasta sobre un arte que venera, y su gran humanidad edificadas sobre unos pilares de una inteligencia (emocional y cognitiva) suprema, han dictaminado que, a mi jucio, Tomás Fernández Valentí sea uno de los escritores cinematográficos más relevantes de este bendito país. Solo los envidiosos pueden negar semejante evidencia. Una evidencia que, por otra parte, se corrobora al escribir Tomás asiduamente en la revista de crítica cinematográfica por excelencia —Dirigido por—, la mejor publicación de tintes comerciales en este ámbito —Imágenes— y la que contiene la documentación más completa, fiable y elaborada sobre cine en lengua castellana en internet —www.cinearchivo.com—. Si a esto sumamos su serie de libros escritos hasta la fecha —David Lean: la emoción y el espectáculo (2000, Ed. Dirigido, Col. Serie Mayor) sencillamente es un prodigio de obra— y sus diversas colaboraciones para otras revistas (Scifiworld, Quatermass, etc.) nos daremos cuenta que Tomás debería ocupar un puesto de honor entre la crítica de cine de este país. Solo hace falta asomarse a su blog (http://elcineseguntfv.blogspot.com/) para intuir el vértigo que causa su contribución al análisis y a la divulgación del cine. Un espacio que permite esa interacción, ese diálogo del que han sido privados durante mucho tiempo sus seguidores, aquellos que siguen acudiendo al quiosco o una librería para comprar indistintamente Dirigido por... o Imágenes, y buscar en primer o segundo término el nombre de Tomás o las iniciales tfv para saber que en esa crítica, ensayo o artículo reposará el valor de la reflexión, de la inteligencia y porqué no, un pasaporte a discrepar. Porque de eso se trata, de buscar nuevos puntos de vista que te aporten algo. Estos anónimos lectores, al fin y al cabo, han contribuido sobremanera a hacer posible que sigamos gozando a la hora de acercanos a los escritos de Tomás, consolidando una doble propuesta, la de Dirigido e Imágenes, cuyo rumbo no se enderazaría hasta pasados unos años desde su número fundacional. Siempre me alegro de los éxitos de mis amigos. El de su blog —referente inexcusable en el ciberespacio— no es más que la punta del iceberg de esa contribución que vale su peso en oro. Contar con Tomás en cinearchivo es un lujo, pero tenerlo como amigo un privilegio al que espero que accedan algún día su legión de admiradores, hombres y mujeres —muchos de ellos pertenecientes a la generación del Baby Boom, entre los que me incluyo—, diseminados a lo largo y ancho del estado español que con su fidelidad y perseverancia han afianzado un proyecto editorial que se movió en sus inicios por aguas pantanosas. El consuelo, si no llegan a conocerlo, puede provenir del sentimiento que, de algún modo, han aportado su granito de arena para el desarrollo profesional de Tomás, la grandeza de la sencillez personificada.