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domingo, 7 de julio de 2019

LA CARA OCULTA MUSICAL DE NICK MASON: A PROPÓSITO DE «UNATENDED LUGGAGE» (2008)

Por razones de edad algunas de las cintas clave del género de terror de los años setenta las visité por primera vez en salas comerciales o en la pequeña pantalla en la década siguiente. Al impacto causado por el visionado de El exorcista (1973) —en un programa doble en los cines Verdi cuando aún no había sufrido la transformación en multisalas—, El otro (1972), La matanza de Texas (1974) y Las colinas tienen ojos (1977) —estas últimas en el marco del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges—, se sumó, entre otras, la presencia frente al televisivor para contemplar Engendro mecánico (1977) en la noche del viernes 22 de noviembre de 1985, la película propuesta a la audiencia en el marco del programa La Clave que abordaba el tema de las «Máquinas inteligentes» para someter a debate. Por aquel entonces contaba con diecisiete años y difícilmente olvidaré pasajes de una producción cinematográfica abanderada en su apartado interpretativo por Julie Christie, una de mis actrices favoritas. En un ejercicio habitual en un servidor, ávido de conocimiento, traté de recabar información sobre el director de Demon Seed del que no había oído hablar nada hasta entonces. Ni por asomo podría imaginar que diez años después sería el máximo responsable de la creación de una revista cinematográfica mensual escrita en catalán. A la altura de su número doce (mayo de 1996) de Seqüències de cinema publicamos en el apartado in memoriam un breve sobre la figura de Donald Cammell (1934-1996), fallecido a los sesenta y dos años a consecuencia de un suicidio. Al parecer, se había disparado un tiro a la cabeza. Tres años después de haber publicado aquella luctuosa noticia, volví a tener una «cita» con el iconoclasta artista escocés el viernes 29 de abril de 1998, al filo de la medianoche, en virtud del pase televisivo en el canal autonómico catalán de White of the Eye (1987). Un enclave semidesértico del estado de Arizona sirve de marco de una historia que pivota sobre el proceso de investigación de un asesino en serie que mutila a sus víctimas. A tenor de la presencia de Cammell al frente del proyecto cabía un ejercicio que siguiera los cauces propios de la experimentación, involucrando para la ocasión a Nick Mason (n. 1944), uno de los nombres propios de aquellos tiempos de la escena cultural provisionada de psicodelia en el Londres de la segunda mitad de los años sesenta. Allí Cammell entró en contacto con Mick Jagger, a quien codirigió —junto a Nicolas Roeg— en su opera prima Performance (1970), y se familiarizó con el sonido de los Pink Floyd en su etapa psicodélica. Para su batería y único de los componentes que ha permanecido fiel a la historia de una de las bandas de rock más legendarias, la tentación de concebir un disco alejado de los dominios de los Floyd cristalizó en 1981 con la publicación de Fictitious Sports.
    Una vez más, el azar me puso indirectamente sobre la pista de Donald Cammell cuando el pasado 6 de julio de 2019 me perdí entre la generosa oferta discográfica de una pequeña tienda situada en el casco antiguo de la Ciudad Condal, que resiste como gato panza arriba las embestidas al negocio discográfico en formato físico en plena realidad del siglo XXI. Dentro del espacio consagrado al rock progresivo figuraba un disco que nunca había visto hasta entonces: Unattended Luggage. Un título apenas perceptible a simple vista ya que la tipografía y el cuerpo de letra reservado para su autor —Nick Mason— ocupa un espacio de centralidad en la cubierta de un caja vestida de tonalidades anaranjadas y azuladas. En su interior descansan tres pequeñas piezas de coleccionista, el referido Fictitious Sports, Profiles (1985)… y la banda sonora de White of the Eye (1987). El impluso floydiano —unido al camelliano (con nombre de pila Donald)— me hizo adquirir este «equipaje desesperado» que ya computa entre las rarities de la colección de discos que comparto con Esther Solías. El ex miembro de la formación 10cc Rick Fenn (n. 1953) fue el compañero de viaje de Nick Mason en Profiles y White of the Eye, mientras que para Fictious Sports el batería de Pink Floyd se dejó acompañar por el ex soft Machine Robert Wyatt para que éste se ocupara de la parte vocal de siete de los ocho temas que jalonan un álbum habitado de numerosas influencias (jazz, blues, techno-pop), con una pared de sonido rocosa en que tienen acomodo instrumentos de viento como la trompeta, la tuba, la flauta y el clarinete. Para Profiles las coordenadas sufrieron una variación considerable, repercutiendo un disco de corte instrumental –con la excepción de los temas “Lie for Lie” e “Israel” en la voz de Dave Gilmour (su amigo y compañero de los Floyd) y el argentino Danny Peyronet—que, en una evolución lógica, podría interpretarse conforme a un ejercicio preparativo a la hora de abordar la escritura musical para la banda sonora de White of the Eye con un armazón experimental al estilo new age con algunos desvíos country y otros tantos destilados con las esencias de esos fluidos rosas que empezaron a reclamar la atención en el seno de una efervescente actividad cultural en la que se mostró especialmente activo Donald Cammell, pintor vocacional y cineasta a tiempo parcial que transitó por un camino empedrado antes de abandonar el mundo de los vivos por voluntad propia, aunque impelido por un cúmulo de fatalidades.         


domingo, 20 de febrero de 2011

UN VIAJE POR EL TIEMPO A 70 POR HORA: UNA VIDA SOÑADA Y RECORDADA

Al ir quemando etapas en nuestras vidas el sentimiento de melancolía y de nostalgia se apodera de cada unos de nosotros como un(a) amante posesiva que clava sus tentáculos sobre nuestro corazón. En la juventud relativizamos la importancia de una infancia y de una adolescencia determinante para nuestro desarrollo, pero es en la madurez cuando evaluamos que esa etapa contiene la llave que da sentido a nuestras formas de actuar, de comportarnos y expresarnos. Con el filtro de la nostalgia calibrada, pues, desde la madurez, ese viaje hacia el pasado vira hacia líneas más estilizadas, agradables, sin nubarrones que amenacen sobre ese lienzo que contiene cada uno de los paisajes de nuestras vidas en sus fases primarias. Ahora, más que nunca, siento el pálpito de ese nuevo mundo que se abrió para un servidor a las puertas de una anhelada democracia. Sin la sombra alargada del poder embriagador y, a la par, alienador, de las nuevas tecnologías, esa infancia discurrió por los senderos de una constante y persuasiva experimentación trufada de juegos y de practicar multitud de deportes. Disfrutaba de esas mañanas de invierno cuando el sol embellecía los azulejos de los patios interiores y disfruté cada instante de aquellos veranos infinitos. Lo más cercano a un mundo virtual podría ser esas máquinas de comecocos instaladas en los bares a las que nunca hice demasiado caso. Pero, para el resto, el mundo resultaba tangible. Las bicicletas obviamente eran para el verano; los programas dobles de cine vestían nuestros sábados por la noche; la naturaleza no actuaba como una intrusa en nuestras vidas  sino que formábamos parte de ella; un puñado de canicas podían, como un fuego primitivo, encender una llama que perdurara toda una tarde. Cuando leo algunos textos de Ray Bradbury veo pasar los fotogramas de esa etapa de mi vida llena de luminosidad y que marca la llave de la persona que creo ser. Conocer los orígenes de cada uno es determinante para saber a dónde queremos llegar. Muchos lo olvidan por el camino, quedando atrapados en un remolino de vanidad y soberbia. Cromos. Cine con esos fotogramas torneados de colores desvaídos que presidían  los vestíbulos de las salas comerciales. El primer beso. Las canciones de Joan Manel Serrat, de La trinca. El olor de las nuevas equipaciones de fútbol que era sinónimo de estrenar un verano. Dire Straits y su Tunel of Love. Jethro Tull y su flautista de Hammelín, Ian Anderson. Las cintas de casette de Whitesnake. Deep Purple y su Made in Japan. Las paletas de madera que propulsaban decenas de metros esos artilugios alargados acabados en sus extramos en punta. El barón rampante de Italo Calvino. Los madelman. Mazinger Z. Los ángeles de Charlie alumbrando ese espacio celestial. Amo esa época de mi vida, de esos años setenta y de las primeras estribaciones de los ochenta. Allí está la arcilla con la que fui moldeado. Entendí que la vida es música, cine, teatro, familia, amigos, amar, literatura, deportes, pensar, creer, razonar…
Instalados en la Gran Depresión —no tan sólo a efectos económicos sino a nivel de escala de valores— por mucho que cierta clase política que se resiste a abandonar el poder trate de desviar la atención de esta lacerante realidad, empiezo a tener dudas más que razonables de si podemos dar por zanjada la idea de que la etapa de esplendor creativo del siglo pasado volverá a darse en un futuro, digamos, al corto o medio plazo. Pienso más bien que pasaremos por una larga y tormentosa etapa de decadencia. Hubo un tiempo que en el insti se hablaba en el recreo de músicos auténticos: Peter Gabriel, Sting, Mark Knopfler, Eric Clapton, Patti Smith, Dave Gilmour... Que alguien destinada a (Lady Gaga) ocupar plaza fuera de su horario laboral en algún que otro karaoke las viernes o los sábados de madrugada sea quien reine en el mercado musical es como para echarse a temblar. En tantos ámbitos de la cultura, la mediocridad, se intuye, el denominador común de esta recién estrenada década y las que vendrán a continuación. En algún lugar del tiempo creí reconocer el esplendor de todo aquello en lo que creo y que sigo aferrándome. Años 70-principios de los 80. That’s Right. Muchas de las cosas que hago y seguiré haciendo buscan la inspiración en aquel periodo donde las luces se imponen a las sombras por abrumadora goleada.