Desde hace bastante tiempo he sostenido que, más allá de cuestiones de índole presupuestaria, uno de los grandes déficits del cine español es el escaso abanico de géneros y subgéneros que maneja, decantándose generalmente la balanza por la comedia y el drama con los apellidos que se quiera. A diferencia del cine estadounidense que, a través de su producción audiovisual, se puede recomponer en cierta medida aspectos clave de su propia historia, nuestra cinematografía apenas retrata, por ejemplo, a la clase política real, aquella depositaria de la gobernabilidad del estado español o de su crisol de autonomías, o de su oposición. Encontrar, pues, que una producción fechada en España en los últimos veinticinco años en que se cite un solo nombre de un político es como buscar una aguja en un pajar. Y no es que falten argumentos para armar un thriller político: en la realidad de nuestros días aquellos jóvenes empeñados en renovar los contenidos temáticos de nuestra cinematografía tendrían material de sobras, a modo de ejemplo paradigmático, en ese juego de estrategia diseñado sobre el tablero de un socialismo borrado del mapa en las pasadas elecciones generales y autonómicas consecuencia directa del balance de la era Zapatero. Éste, en su segunda legislatura, evidenciaría la imposibilidad por sacar al país adelante, con una acción de gobierno cortoplazista socavada por una errática dirección y una peor ejecución de los mandos (ya fueran ministros, directores generales, secretarios de estado, etc.) que orbitaban en la Moncloa , en Ministerios o en sede parlamentaria. Si bien el thriller se sirve de algunos instrumentos propios como la elipsis para alterar la realidad temporal, cierto que muchos de ellos funcionan mejor sabiendo el espectador que la trama se desarrolla en días, e incluso horas. Una semana, pues, puede resultar un periodo bastante adecuado para dar cabida al desarrollo de un thriller con trasfondo político. Por consiguiente, la primera de este mes de febrero de 2012 serviría como modelo para trazar una obra de género en que los políticos serían los protagonistas de la función, encabezado el concurrido reparto por Carme Chacón en el papel de la mantis religiosa (así me refería sobre ella en un anterior post: ir a enlace) que maneja con destreza y perfidia las cartas de una baraja marcada. En uno de sus viajes relámpago a tierras catalanas —su empadronamiento en los aledaños de la Ciudad Condal cabría someterlo a revisión para no crear agravios comparativos—, Chacón repartiría cartas a la nueva cúpula del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) —cuya dirección corre a cargo de Pere Navarro, a la sazón Alcalde de Terrassa— con la idea de venderles el discurso de que en su programa para acceder a la Secretaria General del PSOE el frente catalanista reividincativo no quedaría aparcado. Ese mismo frente presto a enarbolar la bandera del pacto fiscal —para equipararse, en la medida de lo posible, al denominado concierto vasco (menudo eufemismo)— para sacar del atolladero económico en que se encuentran las instituciones debido a la combinación de una mala gestión y un agravio endémico en materia de fiscalidad, y del que Navarro y los suyos no dudarán en sumarse si quieren remontar en las próximas elecciones después de tocar fondo. Pero la jugada maestra que presume Chacón la llevará a regir los destinos del PSOE en los próximos años, quién sabe si incluso a lo largo de una década, ha sido repartir idénticas cartas a los delegados andaluces, pero diciéndoles cosas diametralmente distintas al oído, en atención a que se niega en redondo a suscribir ese pacto fiscal. Así lo ha dejado por escrito en un rotativo sevillano por si algún delegado se mostrara receloso de que una catalana se pronunciara con rotundidad en un tema que trata de equilibrar un déficit fiscal histórico. En este thriller al espectador le queda claro que Chacón engaña a sus fellow catalanes o andaluces. Una lección de malas artes más que suman en uno de los personajes más siniestros de nuestro país, capaz de hacernos creer que ella no estuvo en ese gobierno zapateril de infausto recuerdo y que si fue así, la democracia interna del PSOE que ahora pregona corregir a los cuatro vientos, no había funcionado como hubiera sido su deseo. Pero puestos a rendir cuentas sobre democracia interna, más bien ésta brillaría por su ausencia cuando su marido Miguel Barroso participaría activamente, en una reunión en petit comité, para designar a la que… oh sorpresa, sería investida Ministra de Defensa. Para esa escalada a las máximas cotas del poder que ansía desde hace tiempo Chacón, ya le servía un Ministerio que, por lo general, se encuentra entre los mejores valorados por los españoles. Pero todos estos asuntos trascienden poco a la opinión, debió pensar la ex ministra, y con el silencio de unos y el desconocimiento de otros, ha hecho camino hasta la ciudad hispalense donde echa un pulso definitivo a Alfredo Pérez Rubalcaba. Con todos los reparos que se le pueda poner a Rubalcaba, su candidatura es infinitamente más honesta que la de Chacón, esa diablesa más falsa que una moneda de Francisco Franco en la Europa del Euro. Los apoyos obtenidos por Rubalcaba en las últimas fechas —Felipe González, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Emilio García-Page, el edil de Toledo que se postulaba como "tercera vía" pero que ha claudicado en sus ambiciones a la espera de que soplen vientos más favorables y recabe apoyos significativos entre las bases—, máxime cuando se conoce que le acompaña, a modo de ticket al estilo americano, Patxi López, entiendo para desgracia del PSOE que no serán suficientes y Chacón será proclamada Secretaria General del Partido. Malos tiempos, por tanto, seguirán corriendo para el PSOE toda vez que la fumata blanca dicte sentencia en Sevilla con Chacón tomando el relevo de Zapatero gracias a unos delegados que no han querido enterarse ni la misa la mitad; unos u otros luego se lamentarán de la decisión adoptada un 4 de febrero de 2012 cuando se sientan engañados por la Phyllis Dietrichson de Esplugues de Llobregat. La perdición del socialismo para aquellos que seguimos fieles a un único partido fuera de la abstención o el voto del color que se lleva estos días merced a la ola siberiana. Si es así, con Chacón reinando en el PSOE que no cuenten con un servidor para sacar a Mariano Rajoy de la Moncloa. El blanco (con b minúscula) será nuevamente el color a escoger. Y van…
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
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viernes, 3 de febrero de 2012
FUMATA BLANCA EN SEVILLA: LA «PERDICIÓN» DEL PSOE, EL AÑO CERO DE LA ERA CHACÓN
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sábado, 16 de octubre de 2010
LLÁMAME JOSÉ MONTILLA, CON «S» DE SÚPER Y CON «M» DE MEDIOCRE: «SUPERMEDIOCRE»
Una de las características que definen a los mediocres es que devienen personas previsibles en cada uno de los ámbitos de sus vidas. El carácter gris no se cultiva sino que se va perpetuando en sus fueros internos, pero no les priva de copar cargos de gestión relevantes en el organigrama empresarial y sobre todo en el ámbito de la política. Es más, la mediocridad suele computar al alza entre los partidos políticos en la querencia de que la sumisión es un factor que se da por descontado para aquellos que nunca se salen de las reglas, y su vena contestataria ha quedado obstruida de puertas para adentro. En ese país, nación, autonomía, estado o llámenle como quieran que es Catalunya, la mediocridad está expresada de una forma superlativa en la persona de José Montilla, el actual Presidente de la Generalitat, y candidato por el PSC (Partido Socialista de Catalunya) para intentar volver a ganar las elecciones el próximo 28 de noviembre de 2010. Vaya por delante que al único partido que he votado en mi vida ha sido al PSOE o al PSC, y en las ocasiones que no lo he hecho ha sido para tomar la decisión de evitar acudir a la convocatoria de los comicios o estimar un voto en blanco, una dinámica que he ido aplicando sistemáticamente en los últimos años en vistas de un panorama desolador en torno a la clase política.
En este ambiente de «paranoia» en que se mueven la política en la previa y/o en plena campaña electoral, me he ido fijando detenidamente en los pasos que ha dado José Montilla en aras a una estrategia que, según sus cálculos, le puede situar con opciones de revalidar el triunfo de los próximos comicios. Con el PSOE desmoronándose en los distintos barómetros que evaluán la gestión del gobierno del estado ante una crisis galopante, el PSC, correa de transmisión en tantos sentidos del partido «Madre», ha visto que su poder empezaba a tambalearse hasta el punto que CIU (Convergència i Unió) le ha tomado la delantera en las intenciones de voto. Mucha delantera, me atrevería a decir. Pero, ya se sabe, a grandes males, grandes remedios, debió cavilar José Montilla. Asi pues, el político de origen cordobés que ha sabido agudizar a lo largo de los últimos años ese sentido de supervivencia dentro la selva de la política, después de llenarse la boca con el catalanismo, en su defensa a ultranza de l’Estatut —el eje de su discurso político que ha durado un lustro; no ha habido Telenotícies en que se dejara al margen susodicho nombre— ya ha sido advertido que si no capta, afianza el voto de aquellos catalanes que no comulgan con ruedas de molino en forma de catalanismo, que se empiece a olvidar de revalidar su actual puesto. Para tal menester, ha reclutado a Celestino Corbacho para atraer el voto indeciso proveniente del cinturón del Área Metropolitana de Barcelona hacia las huestes del PSC, rememorando su feliz etapa al frente del Ayuntamiento de L’Hospitalet de Llobregat, una de las ciudades más densificadas de Catalunya y por ende, del estado español. Una operación de alto riesgo sabiendo que Corbacho como Ministro de Trabajo en un par de años ha batido todos los récords negativos habidos y por haber, pero nada comparable con la campaña que las Joventuts Socialistes han preparado al insigne José Montilla, en la que se muestra al actual Presidente de la Generalitat ataviado con el traje de Supermán. Dos producciones cinematográficas emparentadas con Peter Sellers me sobrevienen cuando pienso en Montilla. Por una parte, el canto de cisne del actor británico, Bienvenido Mr. Chance (1979) —surgida a partir de una novela Desde el jardín (Ed. Angrama, 2009) de Jerzy Kozinski—, en que un jardinero sin estudios llega, por una serie de extraños designios, a presidir la Casa Blanca; y por otra parte, Llámame Peter (2003), en la que la tesis de esta producción de la HBO se basa en que Peter Sellers (en la piel de Geoffrey Rush) era un hombre sin personalidad que se colocaba uno u otro disfraz para dar cuerpo a sus representaciones en pantalla, provocando una multipolaridad en su comportamiento. Como el Mr. Chance de Bienvenido, Mr. Chance Montilla ha exhibido un nivel de estudios de similar perfil bajo —o subterráneo— que si no fuera porque la política recluta a algunos de los más incapacitados —toda una garantía de sumisión— de la sociedad entre sus filas, una candidatura que valorara las aptitudes globales por parte de órganos cualificados andaría por el puesto 1.345.000 —de un censo de mayores de 18 años que rondaría los cuatro millones de personas— en el ránking para ser Presidente de la Generalitat de Catalunya. Y por lo que concierne a Llámame Peter, la nula personalidad de Montilla se ha puesto en evidencia al colocarle el traje de Supermán, en una penúltima tentativa, me temo que estéril por convencer a un electorado indeciso (o mejor dicho, desengañado que luego se arrepiente en la jornada de reflexión que mejor sería acudir a las urnas no sea que salga "tal" en lugar de "pascual") de las bondades de ese humble man («humilde servidor»), ese hombre normal capaz de hacer grandes cosas para un país. Estoy convencido de que Patxi López, el actual Lehendakari del País Vasco, alguna mente pensante le habrá propuesto que entre en el juego electoral y se enfunde el traje de SuperLópez, el personaje creado por Jan (Juan López), fuente de inspiración para la campaña urdida por las Joventuts Socialistes de Catalunya. Pero el uno —Patxi López— tiene personalidad y no entra en estas dinámicas de un simplismo apabullante, mientras que el otro —José Montilla— se presta a ello con tal de agarrarse a un hierro candente que le lleve a seguir aferrado a la poltrona de la Generalitat... que ni en el mejor de sus sueños hubiera imaginado cuando debia leer a Superlópez y demás antihéroes allá por los años setenta, cuando iba forjándose ese perfil de self made man con la variante —nada baladí— de tener la sede de un partido como su segunda casa... La casa del pueblo socialista. Luego, algunos voces de peso del PSC, a toro pasado, vista la debacle electoral, se empezarán a rasgar las vestiduras e interrogarse si lo de Montilla con la capa tenía algún sentido, si lo de reclutar a Corbacho iba a algún lugar tras sus annus horribilis al frente del Ministerio de Trabajo, o si esa maniobra desesperada por volver a contar con los votos de los descreídos frente a su anterior deriva nacionalista no hubiera sido mejor trabajada desde lo sutil. Claro que, puestos a ver las cosas desde otra perspectiva más alentadora, la tumba que se ha cavado el propio Montilla, al fin y al cabo nos alejarán en el futuro de contar con el President de la Generalitat con menos formación y peso intelectual de toda la historia, pero asimiso con menos escrúpulos a la hora de representar a siete millones y medio de habitantes, cuando en el mejor de los casos, si no hubiera escogido el papel de trepa al albur de un partido concreto para ir escalando, con lo de presidir una comunidad de vecinos se hubiera podido dar con un canto en los dientes.
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