En tiempos de crisis para hacer llegar el mensaje de la forma más diáfana posible a la ciudadanía, políticos, economistas, periodistas y contertulios en general echan mano de un símil recurrente, el que compete al funcionamiento del organismo humano. En ese cuerpo desmembrado que representa en la actualidad nuestro país, esos facultativos que ofician de gobernantes no parecen reconocerse cuando estaban en la oposición. A propósito de la nefasta política llevada a cabo por la Administración comandada por José Luis Rodríguez Zapatero, escribí un post en este mismo blog tildando al máximo dirigente socialista de mentiroso (Ver enlace), el sobrenombre que mejor le sienta a alguien empecinado en negar sistemáticamente una evidencia en forma de crisis galopante. Por aquel entonces, Mariano Rajoy, ducho en la oratoria, se gustaba en el parlamento con frases elocuentes que parecían surgir al dictado del sentido común. Ese mismo sentido común que en menos de siete meses ha dilapidado durante su estancia en el gobierno, convirtiéndose en una marioneta en manos de una jerarquía que cabalga sobre los intereses de Alemania. Recluido en sus cuarteles de invierno, al abrigo de su cohorte de subordinados —con Javier Moragas ejerciendo de pelotari mayor del reino—, Mariano Rajoy me recuerda a esos dirigentes de países del Oriente Medio o del sudeste asiático que prácticamente no se dejan ver en público, eluden cualquier tipo de pregunta comprometedora y pierden definitivamente contacto con la realidad a pie de calle. Defensor de lo uno y su contrario, su descrédito ha sido tal que ya ni siquiera hace un acto de constricción, entona un mea culpa frente a los que depositaron su voto creyendo que su entrada en Moncloa liberaría a España de todos sus males “zapateriles”. Echar la mirada y el oído hacia atrás sobre esos mítines de “real abolengo” (en plazas concurridas como las de Valencia o Madrid) presididos por Rajoy con el ánimo de desplazar del gobierno al PSOE hoy en día deberían producir arcadas de vergüenza para los que, como él, suscribían frases administradas con un tono de mezquina soberbia. Pero políticos del jaez de Rajoy viven instalados en un principio de incertidumbre que les impide salir a la palestra y, en un acto de dignidad, decencia democrática y coraje, saber que el incumplimiento sistemático de un programa electoral que él había rubricado lleva aparejado un flagrante cese de sus responsabilidades y, acto seguido, la convocatoria de elecciones generales. Todo es pura apariencia en esta carpa política en la que vive parapetado un PP que gobierna de espaldas a la ciudadanía, dejando que Rodrigo Rato ejerza de trilero en sede parlamentaria —en un formato que tira de espaldas; baterías de treinta preguntas seguidas (por varios portavoces de los partidos representados en esta cámara) a contestar a gusto del consumidor— yéndose de rositas después de su gestión al frente de Bankia, provocando (por acumulación: su antecesor, Miguel Blesa, otro que tal baila) un socavón financiero descomunal que ha contribuido a enterrar algunas expectativas de recuperación al medio plazo para este bendito país. Las razones de determinadas medidas adoptadas en las últimas semanas solo se explican porque su afán recaudatorio les nubla la mente. Gobernar con una calculadora es lo más fácil del mundo; saber utilizar la mollera y pensar que con el incremento del IVA cortas de raíz cualquier repunte del consumo, es el ejercicio de la lógica al que se hubiera agarrado Rajoy cuando operaba en la tribuna de la sensatez, la de la Oposición. Hoy en día este Rajoy representa un muñeco de trapo que mueve la boca mecánicamente. Más que un coche oficial modelo Volkswagen (cortesía de Frau Angela Merkel, of course), lo que ansía Don Mariano es que, al pie de la Moncloa se aparque el Delorean para hacerse con su volante y regresar al futuro. De esta forma podrá emular al héroe de una de sus cintas favoritas y perder de vista ese presente que le lleva a fustigarse interiormente. O quizás no: sabe que la mentira, más que el Euro, es la moneda de cambio común entre estos políticos que pasan parte de la jornada volando a nueve mil metros de altura. Desde allí, esas vidas humanas que permanecen en tierra quedan desdibujadas; una masa informe que lanza un SOS sin que a esa distancia Rajoy y sus acólitos puedan escuchar sus lamentaciones.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
viernes, 27 de julio de 2012
sábado, 14 de julio de 2012
BALADA TRISTE DE PIA DEGERMARK AKA ELVIRA MADIGAN
«Unhappy things still happen.
Even in our time,
Saddest of all is this
What happened to Elvira Madigan» (1).
1ª estrofa de The Ballad of Elvira Madigan, de John Lindström Saxon (1859-1935)
Muchos de los asiduos a las salas de «arte y ensayo» se debieron sentir atraídos por la belleza de la actriz que encarna a Elvira Madigan en el film epónimo rodado por Bo Widerberg en 1967. Por aquel entonces, un servidor acababa de nacer y tan solo hace unos días tuve la ocasión de ver por primera vez Elvira Madigan, una obra a todas luces acorde con las premisas de una programación alternativa allá por los años sesenta y setenta que congregaría a una cinefilia “militante”. Al buscar algunos trazos biográficos sobre Pia Degermark, (1949, Bromma, Estocolmo), la rubia protagonista, pronto me topé con una historia propia del concepto rise and fall («auge y caída»), en que una vez más atribuimos una presunta felicidad a personas que, en realidad esconden en un “doble fondo” de sus existencias un desequilibrio emocional producto, por lo general, de la combinación de diversos factores. En ese ejercicio de funambulismo que a menudo resulta la vida, Pie Degermark estuvo a punto de perder el equilibrio y precipitarse al vacío. La felicidad por la celebración de su boda con el productor cinematográfico Pier Caminneci en 1971 y el posterior nacimiento de su hijo Cesar quedaría diluida en la memoria de una actriz de corta trayectoria, envuelta en un sinfín de problemas desde entonces que irían laminando su capacidad de superación. La hiperactividad la hizo dependiente de las anfetaminas y de ahí pasaría a serla diagnosticada anorexia. Degermark, aquella rubia de aspecto lozano que lucía en la gran pantalla en un espacio bucólico, iba conformando un curriculum en paralelo salpicado de desgracias varias, enfermedades que quedaban impresas para siempre. En su afán por combatir la enfermedad que lograría vencer, a su regreso a Suecia —tras una estancia en los Estados Unidos muy discreta en lo profesional y muy movida en lo personal— crearía a tal efecto una fundación, pero esa no sería su salvavidas definitivo. Degermark se dejaría arrastrar por el oleaje de esa delincuencia a pequeña escala que lleva aparejado asuntos de drogas y robos. Su paso por prisión se haría inevitable cuando la trincaron en compañía de su nueva pareja. La enfermedad y las malas compañías se confabularon una vez más, convirtiendo a Pia Degermark en un despojo de esa misma sociedad danesa que décadas atrás había sido objetivo de envidias cuando el príncipe heredero sueco Carl Gustav la sacó a bailar. En esa instantánea que reprodujeron los semanarios y los periódicos escandinavos repararía Bo Widerberg, adjudicándola de facto el papel femenino principal para una producción que se debía estrenar justo el año que se cumplía el centenario del nacimiento de la auténtica Elvira Madigan (1867-1899), la trapecista danesa. Ésta fallecería a los veintidós años en compañía de su amado, el lugarteniente sueco Sixten Sparre. Pie Degermark, por su parte, cumplirá el próximo 24 de agosto su sesenta y tres aniversario. Ella ha visto dibujada la muerte sobre ese asfalto que conforma la carretera de cada una de nuestras vidas. Una carretera por la que Pia Degermark ha transitado en ocasiones observando a su alrededor un paisaje sin colores. Ahora mira hacia atrás y reflexiona que éste ha sido su pasaporte para la supervivencia. Otro “juguete roto” que anotar al cargo de las celebrities contemporáneas, pero que al menos en esta ocasión, como ella misma dice «estoy viva y puedo sonreír». Y que sea por mucho tiempo más.
(1) Las cosas infelices siguen ocurriendo / Incluso en nuestra época / Lo más triste de todo ello es lo que ocurrió a Elvira Madigan.
jueves, 5 de julio de 2012
UN «PEZ» LLAMADO CHRIS SQUIRE: LEYENDAS DEL ROCK SINFÓNICO (I)
En el extraordinario documental dedicado a repasar la historia de
Yes —editado en 2007, en zona 2, de tapadillo por el sello Llamentol— por parte de sus
componentes que formaron en el siglo pasado —con la salvedad de Tony Kaye—, el
periodista y escritor Chris Welch —la "enciclopedia viviente" de la banda británica; suyo es el libro The Story of the Yes: Close to the Edge (2003)—,
productores y algún que otro músico invitado —Keith Emerson—, cronómetro en mano Chris
Squire es quien goza de mayor “cuota de pantalla”, seguido de cerca por Jon
Anderson. No en vano, ellos fueron los fundadores del grupo de rock sinfónico más
longevo de la historia tras poner en concordancia sus gustos musicales (preferentemente Simon & Garfunkel en su definición melódico-vocal). Pero lejos de crear un frente común en la toma de
decisiones, Squire y Anderson tuvieron y siguen teniendo desencuentros que acabaron
o han acabado en separaciones temporales con visos, eso sí, de volver a
coincidir en los estudios de grabación y en las salas de concierto. Una
historia, la de Yes, que se escribe con renglones torcidos, con constantes
entradas y salidas de miembros que, al cabo, han provocado la impresión, cuando
no certeza, de que se trata de un plantel de excelentes músicos instalados en
una suerte de "potro mecánico". En gran medida, Chris Squire ha sido el miembro de Yes —de
los que gozan del estatus de "históricos"— que ha contribuido más a ese
desbarajuste que los caracteriza, dando el beneplácito a la entrada de sabia nueva acogiéndose
a la coletilla del «¿por qué no?,
probemos», convertida en “aforismo” al cabo de los años. Solo de esta forma
se entiende que, una vez Jon Anderson y Rick Wakeman abandonaran la banda tras
el álbum Tormato (1978) —con un
severo problema en el andamiaje de su sonido—, Squire apadrinara a dos recién
llegados, Trevor Horn y Geoff Downes (de The Buggles) que navegaban por mares diríase que
diametralmente opuestos a los de Yes. Cualquier parecido con la realidad de los
autores de Close to the Edge (1972) o
Tales from the Topographic Oceans (1973)
era pura coincidencia. Paradójicamente, todo aquel giro de 180º desembocaría en
la confección de “Owner of a Lonely Heart”, el buque insignia del álbum 90125 (1983), que según confesión del
propio Wakeman (ajeno a sus dinámicas poperas) permitió la supervivencia de la banda merced a su descomunal éxito.
Una supervivencia que se cobraría un peaje demasiado caro, provocando la
confección de dos “identidades” que discurrían a cada lado del Atlántico, la
del Oeste pilotada por Squire. Allí, en la soleada california, Squire ha vivido
su “exilio fiscal”, proyectándose la imagen de bon vivant, “tuneado” para saltar al ruedo de los escenarios con un
look que trata de contrarrestar la
realidad de su fecha de nacimiento: la del 4 de marzo de 1948. Si bien alejado
durante largas temporadas de su Inglaterra natal, Squire sigue conservando esa
flema británica perfectamente “ensamblada” para encajar la salida o la entrada
de un miembro al cuerpo de Yes. A fuerza de acostumbrarse a tanto cambio, Squire ha sido quién más
ha fomentado ese carácter heterogéneo de la banda, integrando infinidad de
estilos al calor de una nueva incorporación. Con todo ello, lo que en otra banda hubiera repercutido en una
definitiva pérdida de identidad respecto a sus correspondientes orígenes, para
Yes el contar con Squire conforme a su elemento más constante ha salvaguardado —en
dura “competencia” con Jon Anderson— la esencia del grupo. Mientras el ex
bajista de Syn y Mabel Greer's Toyshop siga aferrándose a su Rickenbacker, por suerte o por desgracia —según
el prisma con que se mire— no se vislumbra, al corto o medio plazo, el final de Yes.
Consecuencia directa de
su férrea voluntad por seguir perseverando en la supervivencia de Yes tras
cuarenta y cinco años, Chris Squire no se ha prodigado –como otros de sus
colegas y (sin embargo) amigos, Steve Howe, Jon Anderson o Rick Wakeman— demasiado
fuera del grupo. Su único álbum en solitario, editado a mediados los años setenta, razona desde la alegoría que no era su espacio natural: ese pez fuera
del agua apela a su propia persona, la de un músico educado en los coros de su "patria chica" —Kingsbury— que hacía saltar el
contador del agua fruto de su pasión por las duchas. De ahí que fuera bautizado
Fish por parte del bateria Bill Brudford antes de la aparición en la escena musical de otro
espigado —si cabe aún más— británico de idéntico apodo que formaría en
Marillion. Pero mientras Derek William Dick admitía a “trámite” que fuera conocido
por su apelativo entre los aficionados, Chris Squire prefirió que Fish se
quedara exclusivamente en el ámbito familiar. En buena lid, su apellido hace
honor a varios de sus significados –echando mano de la British Enciclopedia —,
la de «propietario» –se mantuvo en sus trece que él y sus “compinches”
debían seguir explotando el nombre de Yes durante la tormenta acaecida a finales de
los ochenta—, «escudero» –de Jon Anderson cuando éste ejercía
de prima donna— y «juez de paz» cuando se encendía el enésimo fuego en una formación cuya genialidad
va pareja a una irrenunciable voluntad por reiventarse, aún a riesgo de
regresar a la casilla de partida over and
over.
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domingo, 1 de julio de 2012
«EL FIN DE SEMANA» de Bernhard Schlink: EL EXILIO INTERIOR
De un tiempo a esta parte vamos conociendo historias que nos hablan de la necesidad de buscar respuestas de las víctimas del terrorismo de ETA por parte de sus verdugos. Ese goteo de encuentros cara a cara llena de valor a todos aquellos necesitados para saber de motu proprio la sinrazón que llevaría a unos indepedendistas fanáticos a empuñar un arma o detonar una bomba, fijando sus objetivos en personas que querían eliminar simplemente porque no pensaban como ellos. Desde este blog he mantenido que los últimos capítulos de ETA guardan un notable paralelismo con lo acontecido en relación a la banda terrorista germana Baader-Meinhof. Asistimos estos meses a esa muerte por “inanición” de ETA, cayendo en las redes policiales los estertores de una banda que aún persiste en mantener, en forma de marquesina, el rótulo con el anagrama de la serpiente enroscada en un palo pero la “empresa del terror” tiene las “persianas” bajadas sin posibilidad de volver a abrir.
Especialmente pertinente y revelador para entender las analogías existentes entre ETA y la Baader-Meinhof —desde el prisma de esos mundos cerrados operados por un radicalismo ideológico que justifica la lucha armada, con grupos de apoyo que les daban una dimensión mucho mayor de la que, en realidad, tenían en cuanto a los “pistoleros” contabilizados en sus filas— fue para un servidor la visión de RAF: Fracción del ejército Rojo (2008), dirigida por Uli Edel, una de las mejores películas europeas en lo que llevamos de siglo. Dentro de otro ámbito cultural, ese mismo año se publicaría en Alemania “Das Wochenende” (2008), de Bernhard Schlink, (1944, Bielefield, Alemania) traducida al castellano con el título Fin de semana y publicada en abril de 2011 dentro de la suprema colección «Panorama de Narrativas» del sello Anagrama. Pendiente su lectura desde entonces, Fin de semana me ha vuelto a situar en el camino del conocimiento de la realidad de la Baader-Meinhof a través del personaje de Jörg, un ex miembro de la Fracción del Ejército Rojo que, tras cumplir veintitrés años en prisión, obtiene la libertad y se reencuentra con sus viejos amigos de “militancia” ideológica, que no terrorista. Éste deviene un personaje inventado si bien funciona a modo de arquetipo del joven idealista de izquierdas atrapado en una espiral radical que le llevaría a someterse a una disciplina paramilitar en forma de “ejército rojo” con el enemigo “estado” situado en el punto de mira. Sobre Jörg pivota la historia que nos cuenta Bernhard Schlink cautivo de ese estilo libre de arabescos narrativos, de exposición sencilla y franca, acotando a la mínima expresión referencias a otros textos literarios (se ciñe únicamente a Lolita de Vladimir Nabokov y Las esposas de Stepford de Ira Levin) y dotada, eso sí, de una primorosa sensibilidad cuando afloran cuestiones íntimas encofradas en el ánimo y en el espíritu de sus “criaturas” literarias. En virtud de ir acumulando lecturas de sus novelas —El lector (2009), Mentiras de verano (2012) y Fin de semana (2011), por este orden—, esa percepción de escritor que se aplica a la esencia del relato y desgrana el mapa de las emociones de los personajes en liza de una forma encomiable va convirtiéndose en “marca de fábrica”. Asimismo lo es alguna que otra pincelada referida al mundo de la judicadura —“remanente” de su condición de juez en distintas plazas con cargo de alta responsabilidad— que para el caso que nos ocupa se corresponde con la presencia de Andreas, el abogado de Jörg, en una casa de campo solariega durante un largo fin de semana.
Habilitada para leerse en ese espacio temporal al que alude su título, la novena novela de Bernhard Schlink nos sumerge en esa dialéctica sobre el fracaso de la lucha armada asumido por esos miembros que purgaron sus pecados en las cárceles. Entre los observadores de la constatación de tamaña realidad encontramos familiares —la hermana mayor del protagonista, Christiane—, amigos de juventud —Ulrich, quien le ofrece trabajo en su empresa dedicada a la odontología, Karin y Henner, entre otros—, un hijo (Ferdinand Bartholomäus, alusión velada a Sacco y Vanzetti) al que pasa cuentas a su progenitor, y Marko, ese joven imbuido de la “mítica” de la Baader-Meinhof y que flirtea con recuperar ese espíritu “combativo” de antaño. Marko pertenece a esa escuela de angry young men que podemos encontrar representados en la gran pantalla en un film como Los edukadores (2004), en la que empezaría a despuntar Daniel Brühl. El actor ideal, sin duda, para encarnar a Marko en una hipotétitca adaptación cinematográfica evaluada al corto o medio plazo de un texto que se presta igualmente a su representación teatral. Cualquiera de estos medios serviría a la “causa” literaria de Fin de semana, una obra que quizás haya quedado eclipsada por el longseller El lector pero que merece ser descubierta para todos aquellos persuadidos con la idea de que el placer puede ir de la mano de la reflexión.
Enlace a la página web de Editorial Anagrama
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domingo, 24 de junio de 2012
SHIRLEY ARDELL MASON (1923-1998), CASO ABIERTO
A finales del año pasado apareció en las librerías reales y las
virtuales —a través de la plataforma Kindle— el ensayo Sybil Exposed (2011) de Debbie Nathan. El personaje de Sybil/Shirley
Ardell Mason (1923-1998) me había intrigado desde que tuve conocimiento hace
relativamente poco tiempo de la existencia de Sybil (1976) y Sybil
(2007), sendas producciones televisivas basadas en idéntico texto novelado
escrito por Flora Rheta Schreiber y publicado en 1974. Del primero, a buen seguro me hubiera
acordado de haberla visto dado que Sally Field interpreta a una joven que cree
poseer una multiplicidad de personalidades. Por su parte, Sybil (2007), una producción televisiva con un conglomerado de países
que intervinieron en su financiación, pertenece a ese cuerpo de tvmovies o películas de bajo presupuesto
participadas por Jessica Lange en la primera década del siglo XXI que han pasado de
puntillas de manera harto injusta, ya sea por las salas de cine o en el mercado del formato digital (Nación Prozac, Normal, Grey Gardens, El viaje de
nuestra vida) a los ojos de los aficionados al cine y de la rubia actriz en
particular. Lange, quien se había dado a conocer para el gran público —en un remake de King Kong (1933)— prácticamente a la par que Sally Field con su performance de Sybil en la tvmovie dirigida por el canadiense
Daniel Petrie, debió haberle llegado por distintos canales información sobre
Shirley Mason. No en vano, ambas nacieron en el estado de Minnesotta, aunque
pertenecen o pertenecieron a generaciones distintas. Hace un lustro, difícilmente
a Lange le hubieran ofrecido el papel de Sybil; se “conformaría”, sin embargo,
con dar vida a la doctora Cornelia Wilbur (1908-1992), la psiquiatra cuya labor
se puso en tela de juicio, sobre todo a raíz de la publicación del texto de
Schreiber.
Autora de un ensayo
referencial dentro de la psiquiatría moderna, Homoesexuality: A Psychoanalitic Study of Male Homosexuals, Wilbur,
no obstante ganaría relieve en especial a su trabajo desarrollado en torno a
Shirley Mason, llegando a la conclusión tras once años de aplicación de un exhaustivo
programa de investigación psiquiátrica que ésta padecía Desorden de la Personalidad Múltiple. Schreiber recogería el testimonio de todo este trabajo
para plasmarlo en un libro que nacería con la controversia bajo el brazo. La
producción televisiva manufacturada por Petrie no fue más que una "soflama",
colocando en el ojo del huracán a Wilbur de las sospechas de manipular la realidad, siendo Rheta Schreiber su “cómplice” en esta manera de proceder que
arrojaba numerosas dudas. Según lo que constaba en los informes de la
psiquiatra, Sybil presentaba un total de dieciséis personalidades.
Fallecida Wilbur en la
primavera de 1992, su colega Debbie Nathan tomaría el testigo del interés sobre
el personaje de Sybil —cierto consenso se daría sobre la infancia de ésta condicionada por maltratos por parte paterna—, tratando de reconstruir las distintas piezas
que conforman el puzzle gigante de la
oriunda de Minnesotta. Gran cantidad de correspondencia, de informes cruzados
entre psiquiatras (algunos se opusieron frontalmente a las tesis sostenidas por
la doctora Wilbur) y de entrevistas cercanas al entorno de la mujer sometida
durante años a tratamientos terapéuticos, derivarían en la confección de un
ensayo, Sybil Exposed, que invita a
replantearnos todo aquello concerniente a la dama en cuestión. En cierta forma,
Nathan abre la puerta a la posibilidad de que Wilbur y Sybil hubieran llegado a
“beneficiarse” de la situación, fabulando sobre una realidad que, según los más
críticos con los informes presentados en su momento, nunca existió. Sea como
fuere, sabiéndose que el asunto la estaba desbordando, a finales de los años
setenta Wilbur buscaría la colaboración de Billy Milligan —sin relación alguna
con el legendario jugador de béisbol—, el primer hombre en acogerse para su
defensa a su condición de víctima de una disfunción múltiple de la
personalidad. Daniel Keyes, el autor del clásico Flores para Algernon (1963) —la historia de un retrasado mental
que, mediante unos ensayos clínicos, va procesando cada vez una inteligencia
mayor—, realizaría un “trabajo de campo” con el convicto que, al cabo, se
tradujo en la publicación de The Minds of
Billy Milligan y otro ensayo más, The
Milligan Wars. De facto, el individuo al que se le calcula un total de
catorce personalidades que fue colocado en el “microscopio” de Mr. Keyes, me
sugiere un film dirigido por David Fincher y guionizado por su “socio” Aaron
Sorkin. Una opción, se me antoja más atractiva que un hipotético remake de La reencarnación de Peter Proud (1975) —un proyecto que llevan tiempo
acariciando—, la adaptación de la novela de Max Ehrlich que contribuiría al
repunte del interés de la industria audiovisual estadounidense por temas
cautivos de la psiquiatría en su derivación de los desajustes de una personalidad
que se multiplica hasta crear unidades con capacidad de “autogestionarse”.
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jueves, 7 de junio de 2012
DIEZ AÑOS DESPUÉS: RECORDANDO A JOHN FRANKENHEIMER (1930-2012)
El próximo 6 de julio se cumplen diez años del fallecimiento de
John Frankenheimer (1930-2012), uno de mis cineastas predilectos por muy
distintas razones. Creo recordar que mi primer acercamiento al cine de
Frankenheimer en una sala oscura (había visto con anterioridad
algunos de sus títulos por la pequeña pantalla, seguramente El tren y El hombre de Alcatraz), al menos hasta donde mi
memoria alcanza, fue con una proyección en filmoteca de Los temerarios del aire (1969). Burt Lancaster, Scott Wilson, Gene
Hackman, Deborah Kerr... un reparto mayúsculo. Se trata de un film en que me vuelven una y otra vez sus imágenes, a modo de flashes: ese arranque con un plano aéreo en que la cámara sigue la
trayectoria, al compás de la música de Elmer Bernstein, de un automóvil con remolque en el que se desplazan tres paracaidistas; la escena nocturna en
que Deborah Kerr y Lancaster se hablan con la mirada para luego abrazar sus
corazones dolientes; el suicidio del veterano paracaidista, y ese final en que
se juega al contrapunto, el del pesar por la pérdida de un compañero y amigo
que se adivina en el rostro del personaje encarnado por Hackman, “enfrentado” a
los fuegos artificiales para celebrar el 4 de julio.
Estos días, con motivo de
la conferencia que daré sobre John Frankenheimer y la «Generación de la
televisión» en el CICA de Gijón —en esa feliz iniciativa del equipo capitaneado
por Víctor Guillot con la estrecha colaboración de Adrián Sánchez, entre otros—
el 8 de julio, en el marco de un ciclo de cariz “transversal” sobre dicha
generación he ido refrescando películas, monografías y documentación que guardo celosamente
sobre el cineasta neoyorquino desde hace un montón de años. Entre ésta me topo over and over, en forma de mantra, con escritos
en que se tenía y sigue teniendo la idea interiorizada por mucha parte de la crítica
que Frankenheimer concluyó su mejor cosecha en los años sesenta. Luego, su
prestancia profesional declinaría. Cierto que sus trabajos en aquella década
marcarían la pauta de encontrarse ante una auténtica figura de la escena
cinematográfica, en justa correspondencia con todo ese background acumulado durante su etapa de fogueo en la «Golden Age of Television». Pero en ese marco de "desubicación" que
comportaría para muchos directores veteranos la década de los setenta, en que
los moteros tranquilos y los toros salvajes se habían instalado para quedarse, Frankenheimer
trataba de congeniar las art movies
con un cine de “evasión” pero que llevara incorporado un discurso crítico como
el que muestra, por ejemplo, Domingo
negro (1977). La revisión de esta adaptación de la novela de Thomas Harris
sorprenderá a más de uno por su carácter profético en torno a esa "visualización" del terrorismo de los albores del siglo XXI.
Impresionado por el
impacto que me causó Los temerarios del aire (muy libre, vamos, inventada traducción del original The Gypsy Moths), cada vez que se anunciaba el
estreno de un film dirigido por Frankenheimer acudía al mismo, en un “ritual”
que duraría hasta Ronin (1998), el
film que le devolvería un merecido prestigio crítico un tanto enterrado. Cuando la propuesta no
acababa por estimularme lo suficiente (52, vive o muere, por citar un título), me dejaba llevar por ese virtuosismo técnico, a golpe de master shots, inclinaciones de cámara (un guiño a su admirado Carol Reed) o demás recursos, del que hacía gala Frankenheimer y del que compañeros de oficio le alababan. El propio Frankenheimer comentaba la anécdota,
reproducida en el libro-conversación de Charles Champlin para el Director Guilds of America (Riverwood Press, 1995),
de la ocasión de haber conocido a David Lean a través de William Wyler. Éste último le dijo: «te voy a presentar a alguien que te admira mucho. Considera que eres uno de los
mejores directores en colocar la cámara». Y de inmediato entró por la puerta David
Lean. Un momento, sin duda, imborrable para Frankenheimer, quien vistas las
complicaciones existentes en un espacio cinematográfico en permanente
transformación, cada vez más tendente a la infantilización de sus contenidos, buscaría
amparo en la televisión. Su rosario de producciones para el medio atiende a un
nivel fuera lo común: The Burning Season
(1994) —sobre la figura del activista ecologista Chico Mendes (Raúl Julia)—, Against the Wall (1994) —proverbial magisterio
de dirección con un equipo artístico a su disposición que lo evaluaba entre los
mejores de toda su andadura profesional—, George
Wallace (1997), Camino a la guerra
(2002)... Sin conocer esta parte de su obra y prestar ni tan siquiera una mínima
atención a la ingente producción televisiva librada en sus años de los Dramáticos
en directo estilo You’re There, Playhouse
90, Danger, Studio One... definitivamente tendremos una visión muy parcial de
su cometido profesional. Aficionado a los coches deportivos, con un
conocimiento enciclopédico del cine, lector voraz, un punto presuntuoso y
dotado de un ojo primoroso para emplazar la cámara, John Frankenheimer
fallecería un par de días después de haberse celebrado el Día de la Independencia de los
Estados Unidos en 2002, más señalado que nunca aún reciente los atentados a las
Torres Gemelas. Lo haría en la mesa del quirófano para tratar de corregir esos
dolores de columna vertebral generados durante sus años de combate en los
espacios dramáticos en directo. De semejante mal, producto de la acumulación de
una enorme tensión, se resentirían igualmente Franklin J. Schaffner, Ralph
Nelson o Robert Mulligan, todos ellos miembros de la denominada «Generación de la televisión» cuyas películas se pasean estos días
en el CICA de Gijón. Allí donde asomará este viernes El mensajero del miedo (1962), para luego ofrecer una conferencia
que tiene un explícito sentido de tributo hacia una personalidad cinematográfica
de altos vuelos en el contexto de la segunda mitad del siglo XX.
Enlace a una de mis secuencias favoritas de Los temerarios del aire (1969) en Youtube
Enlace a una de mis secuencias favoritas de Los temerarios del aire (1969) en Youtube
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domingo, 3 de junio de 2012
LA PROFECÍA DE CASANDRA: EL CABALLO DE TROYA... «PATROCINADO» POR BANKIA
Su presencia no desentonaría en un peplum, ataviado con una túnica y dejando que su media melena, su barba desprovista de bigote y su estatura menuda le situaran al fondo del plano departiendo con otros sabios de la época en el Ágora. Me refiero a Santiago Niño Becerra, que en tiempos remotos había sido Casandra antes de reencarnarse en un profesor de Estructura Económica de Barcelona. Esa Casandra que predijo la catástrofe que se cernía sobre Troya pero nadie pareció creerle entre los situados en los aledaños o en las cúpulas de poder. Su alter ego del siglo XXI hizo lo propio advirtiendo del serio peligro que corría un estado, el español, que se desmorona por la base, la de su economía. Muchos políticos guiados por esos consejeros que parecen marcarles los tiempos como si manejaran a párvulos, recomendaron que se abstuvieran de las lecturas de las profecías convenientemente encuadernadas en que luce el nombre de Santiago Niño Becerra en sus respectivas portadas. El profesor catalán, que no tributa en partido algo, seguía sin apearse del burro en sus predicciones catastrofistas y, a golpe de acertar, una legión de ciudadanos empezaron a prestarle atención. La clase política, en cambio, seguía negándole el pan y la sal, incluso cuando dijo que toda la porquería de los bancos en forma de bonos basura, participaciones en sociedades del sector inmobiliario en quiebra, hipotecas subprime y un largo etcétera, debía aflorar si no querían que se produjera un colapso a nivel del estado. ¿Qué iba a decir el PSOE si en 2010 el presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, a la sazón Secretario General del partido, sacaba pecho en un foro económico de los Estados Unidos cuando soltó la frase que «posiblemente España tenga el mejor sistema financiero (una pausa) del mundo»? Posiblemente, claro. Solo las frases “célebres” de ZP valdrían para dar salida a un opúsculo o un librito con prólogo de Miguel Barroso, su “sabio” consejero. ¿Y que iba a decir el PP cuando Mariano Rajoy se enfundaba el traje de salvador de la patria en los comicios electorales de 2011? Vender humo entre una parroquia adscrita a la izquierda o al centro que compraba la idea de que toda la culpa la tenía la ineptitud de ZP y su equipo, y que con ellos se había tocado fondo, sonaba a maniobra que solo daría réditos a corto, muy corto plazo. Al cabo de tan solo unos meses, cualquier parecido con la realidad electoral es pura coincidencia. Mientras Rajoy, atrincherado debajo de la mesa de su despacho, grita a sus subordinados más directos —léase Luis De Guindos, Cristóbal Montoro y Soraya Sáenz de Santamaría— «¡Al fuego, bomberos!» observa de soslayo desde el amplio ventanal de la Calle Génova como esa Troya llamada España se prende en llamas una vez encajada la pieza que faltaba del puzzle gigantesco. Una pieza en forma de oso, logotipo de Bankia. El caballo de Troya. Ya advertía Becerra de lo nocivo de la presencia de Rodrigo Rato (el que hubiera sido el reemplazo natural de José Mª Aznar, una vez cumplido su segundo mandato al frente del gobierno, de no haber mediado la figura de Rajoy) presidiendo un conglomerado bancario que desprendía un tufillo político… que llegaba hasta la calle Génova a través de las cloacas dispuestas a lo largo de su recorrido. Rato ejercía, pues, el papel de Paris en esta tragedia griega en que Helena pasaría por adoptar el rostro de Esperanza Aguirre. Como en su tiempo la presencia de Helena y Paris en Troya despertó las sospechas de Casandra, al punto que dio pie a una fatídica predicción que más tarde adquiriría visos de profecía cumplida cuando los aqueos penetraron en la ciudad griega situándose en el interior del gigantesco caballo de madera, en 2012 otra profecía cobra visos de realidad cuando Bankia debe ser rescatado… por un montante de 23.000 millones de €. Saco la calculadora y me sale una barbadirdad de dígitos cuando lo multiplico por 166,386 de las antiguas Ptas. Eso sí, el nuevo presidente de Bankia, José Ignacio Goirrigolzarri, queda contento con ello. Feliz él mientras la inmensa mayoría de los mortales con dos dedos de frente de este bendito país empezamos a pensar o creernos que las profecías catastrofistas no vienen solas. Algunos se consuelan pensando que mañana saldrá el sol (por Antequera), otros seguimos aferrándonos a una luz de esperanza (el optimismo mueve montañas) y/o unos cuantos ven el futuro fuera de nuestras fronteras. En estos casos, lo bueno de este país es que tiene salida por mar casi en todas direcciones y ahora que llega el tiempo "estable" —salvo alguna tormenta de verano— y el cielo se libera de nubes el viaje rumbo a lo desconocido puede resultar más placentero. Luego, la divina fortuna proveerá a unos y otros. Para otoño, el rescate europeo, a la griega o a la portuguesa. Entretanto, a distraernos con la Eurocopa y las Olimpiadas, y a coger un poco de color en la cara porque a partir de septiembre se nos quedará pálida cuando se presente el espectro de Rajoy ante el televisor anunciando la enésima cosa que no quería anunciar… pero que eso y lo contrario, para el caso, lo mismo. O sea, rescate habemus. ¿El montante final? Nada, a sacar la calculadora de 12 digitos. Quién sabe...
sábado, 26 de mayo de 2012
TORREDEMBARRA CON NEIL YOUNG: III RUST FEST LA PLAYA
Pocas fechas antes de publicarse —en noviembre de 2009— mi libro Neil Young: una leyenda desconocida (2009, T&B Editores) llevaba meses acumulados escuchando a diario al genio canadiense, a la par que visitaba fondo bibliográfico en torno a su biografía y su actividad artística. Necesitaba descansar, distanciarme de su música para, al cabo, volver a motivarme sus escuchas, seguir despertándome el mismo interés que me había llevado a escribir la monografía. Creo que esa actitud la hubiera aprobado Neil Young. Me di cuenta que mientras me sumergía en el conocimiento del personaje y de su obra, tenemos personalidades muy similares: podemos obsesionarnos con un determinado trabajo y luego pasamos al siguiente, sin importarnos un bledo la trascendencia o la repercusión que aquello pueda representar. Ese permanente empezar de cero. Solo así se entiende que Neil Young nunca se canse de lo que hace; continuamente su cabeza está imaginando nuevos proyectos para acabar plasmándolos. Nunca le he escuchado en declaraciones escritas, radiadas (las menos) o televisadas jactarse de uno solo de sus muchos logros. Me encanta esta mentalidad y por eso, a diferencia de la plana mayor de sus compañeros de profesión pertenecientes a su generación, no puedes decir que solo el pasado explica su grandeza. Su grandeza es como una llama incandescente, que no se agota.
A lo largo de este par de años y medio entiendo que algunos de los rusties (término con el que, en la jerga musical, se conoce a los fans de Neil Young) se hayan sentido algo decepcionados conmigo al no participar de una manera más activa en las propuestas, en la difusión, al cabo, del legado del «tío» Neil en distintos foros, preferentemente de Internet. Pero de la misma manera que estas ausencias responden a una mentalidad neilyoungera (antes un servidor ya lo era; no es que la inmersión a su vida y obra me hubiera "reconvertido" a la "causa", que conste) por excelencia, regreso sobre esos espacios que me provocaron tanto placer y bienestar de la mano de una música que me acompañará para siempre. Buscaba un motivo para ese retorno al «universo Neil Young» y no puede ser mejor que en compañía de los rusties de este bendito país, consagrados algunos de ellos desde hace semanas, sino meses, a la celebración los días 6 y 7 de julio del III Rust Festival, en la localidad de Torredembarra, un precioso enclave de la costa tarraconense. Para los interesados, todos los datos sobre el evento se localizan en una página web (Ir a enlace) creada para la ocasión por Pepe Vaquero, Ángeles Gutiérrez, Cristina Costales y David Funes. Si lo hacen aplicando una milésima parte del amor que profesan por el multidisciplinar artista canadiense, el éxito está asegurado. Allí, sin duda, se darán cita los Crazy Ponys en un concierto que activará, a buen seguro, el capítulo nostálgico-emotivo, y la nómina de rusties inscritos a ese excepcional blog (En la playa de Neil Young) con Antonio Casado y el gran Daniel Ruiz, entre otros colaboradores. Espero compartir con todos ellos un par de días inolvidables en el verano de 2012. Cuarenta años después de esa cosecha del 72 y veinte de esa cosecha lunar del 92. El tiempo pasa pero la música de ese río caudaloso llamado Neil Young y sus múltiples afluentes (entre otros, Crazy Horse, Buffalo Springfield, Crosby, Stills, Nash & Young o Booker T. James, uno de cuyos miembros, Donald «Duck» Dunn conocí, a través del blog de la playa, la noticia de su muerte) sigue viva, luminosa, en constante movimiento. Entre canción y canción, intentaré ponerme al día de la actualidad relativa a la obra de Neil. Quizás para entonces ya habremos escuchado el nuevo —el enésimo— disco del «tío» Neil, Americana (2012) con versiones de lo más variopintas, entre las que destaca God Save the Queen. Para este esperado comeback con la "tribu" de los Crazy Horse, podríamos complacernos proclamando «God Save the King»... el único e indivisible: Percival Neil Young, en arte (mucho arte), Neil Young.
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