domingo, 2 de septiembre de 2012

«THE COVE» (2009): TAIJI, CAPITAL DE LA MATANZA DE DELFINES


Las estimaciones más certeras que se conocen hoy en día es que nuestro planeta se sitúa en los cuarenta mil millones de existencia. Al cabo de su historia, 99,9% de especies se han extinguido por muy distintos factores. En este siglo XXI llevamos camino de batir una nueva “plusmarca”, dejando para el siglo venidero un nuevo balance negativo en la cuenta de resultados de especies que definitivamente se extinguirán del orbe mundial. Existen razones poderosas para creer, datos en mano, que algunas de las especies de cetáceos corren un serio peligro su supervivencia en los océanos, cuanto menos en la cantidad que se estima idónea para el equilibrio del ecosistema marino. Sin remontarse demasiado en el tiempo, en 2010 en el archipiélago de las Islas Feroe —bajo el protectorado de Dinamarca—, bañadas por las aguas del Atlántico Norte, se computaron —según los cálculos barajados por la Sociedad Mundial para la Protección Animal (WSPA)— un total de 1.115 ballenas piloto o calderones asesinadas siguiendo un “ritual” de un salvajismo atroz en que el instinto más primitivo del ser humano sale a la superficie. Años a conocí esta lacerante realidad, a la que esa Unión Europea parece hacer caso omiso, a través de un documental proyectado en una suerte de ciclo auspiciado por el Museo de la Ciencia de La Caixa. Presto a seguir atento a esa realidad que se suele colar por las rendijas de la programación televisiva, tuve la oportunidad de contemplar The Cove (2009), un documental sobre tema ecológico que, a diferencia del que recuerdo referido a las Islas Feroe, se ampara en un tratamiento propio del thriller para que esa hora y media de metraje penetre con mayor intensidad si cabe en aquellos espectadores refractarios al tratamiento solemne del que hacen gala la mayoría de piezas integradas en este (sub)género cinematográfico. Ganador de un Oscar al Mejor Documental en 2010, sus impulsores creyeron firmemente en la capacidad de difusión de una obra de estas características para remover conciencias y, si se dan las condiciones adecuadas, variar las reglas del “juego”. Las reglas de un juego “macabro” que se cobran asesinatos de delfines por doquier en esa cala a la que alude el título del film, mientras un porcentaje de estos cetáceos son capturados y enviados, a modo de distribución radial, a numerosos puntos del planeta donde presenten dentro de sus respectivos zoológicos un espectáculo de delfines a modo de pasatiempo. Richard O’Barry lidera esta empresa titánica en pro de la defensa de los delfines —con trazas de una inteligencia mucho mayor de lo que se había estimado en su momento—, mostrándose ante las autoridades japonesas que tratan de ocultar al mundo sus vergüenzas con subterfugios, en una muestra más que los procesos de concienciación desde un conocimiento muy cercano se cobran respuestas de una contundencia absoluta, en que ya no parece haber marcha atrás. En el tramo final del metraje del documental para el que había sido adiestrador titular de la serie Mi amigo Flipper (1965-1966), provoca una inflexión en su voz cuando habla que «espero vivir lo suficiente para que esta situación cambie de una vez». Sus palabras arrastran un poso de pesar, impotencia y amargura cuando el color rojo tiñe las aguas de una cala en que los pesqueros se ensañan con esas criaturas marinas abandonadas a su suerte. El mismo O’Barry relata en el ecuador del documental que para la serie Flipper se utilizaban cinco hembras para el “personaje”. Una de ellas, "Cathy", se mostraba ufana cuando se reconocía en la pantalla televisor —no así cuando aparecía en la misma otra de sus compañeras de “reparto”— que el propio O’Barry había colocado al pie del muelle, extendiendo un largo cable que llegaba hasta el interior de su casa, convertida en uno de los escenarios de la popular serie. A finales de los años sesenta, por tanto, ya se tuvo la certeza de que los delfines son conscientes de su propia identidad. Por ejemplo, se reconocen frente al espejo. Difícilmente, empero, los que atentaban contra la vida de esos cetáceos en la “cala”, tengan la capacidad de mirarse al espejo y reconocerse dentro de una especie a la que sobreentiende el sentido del raciocinio. Ojalá existieran más documentales de las características de The Cove para hacer sonrojar y, lo que es más importante, recapacitar a los responsables de esas barbaries. Gracias, Richard, Louis (Psihoyos) —su director, asimismo presente ante las cámaras para ofrecer su testimonio sobre los hechos narrados—, Paul (Watson) y Charles (Hambleton), entre otros. La fe mueve montañas y derriba barreras infranqueables, incluso en los intersticios de ese vasto país, Japón, donde convive una sociedad hipertecnificada con un concepto tradicionalista que ampara prácticas dispuestas para erigirse en una vergüenza nacional, pero que su población y sus dirigentes desconocen y/o toleran por distintos motivos, algunos ciertamente espúreos. 

Para los interesados, enlace para ver el documental completo de The Cove (2009) en Youtube  (Aviso: en versión en francés)

http://www.youtube.com/watch?v=yN-m-lPfMuU






miércoles, 29 de agosto de 2012

«MESíAS» (1955) de Gore Vidal: CRISTO SE PARÓ EN CALIFORNIA


A pesar de la modestia del acto, al conocer la noticia del deceso de Gore Vidal (1925-2012) a finales de julio, decidí tributarle mi particular homenaje releyendo su novela Mesías (1955). La primera vez que me acerqué a este texto hace diez años tuve una impresión altamente favorable sobre la calidad literaria de Vidal, así como la forma de abordar un tema que desde hace tiempo ha sido de mi interés: la manipulación de las masas a través de las creencias o de las doctrinas (pseudo)religiosas. Evidentemente, la mirada de Vidal sobre estos asuntos concuerda con la de un servidor, la de un agnóstico que se aplica en el ejercicio de la "reducción al absurdo" —la confección de la denominada Sociedad Cavita, cuyo líder exonera a sus seguidores de las bondades de la muerte; en poco tiempo los suicidios cobran categoría de plaga en el país de las barras y estrellas— para desmenuzar un mundo que camina hacia el precipicio debido a los cantos de sirena provenientes del Más Allá en forma de Dios todopoderoso. Ese Mesías al que alude el título de la novela no es otro que John Cave, un peón de la sociedad que acaba siendo venerado por su comunidad y, posteriormente, su figura arrastrará consigo infinidad de seguidores provenientes de distintos puntos de los Estados Unidos y de otros países. Las poco más de trescientas páginas que comprende la edición en castellano de Mesías, integrada dentro su suprema colección de narrativa de Minotauro, ofrecen una porción significativa del talento literario de Vidal, a la par que revelan un incipiente conocimiento de éste sobre la política en tiempos de los romanos y los griegos, la base sobre la que se han forjado los principios democráticos de naciones situadas a un lado y otro del Atlántico.
    En la relectura del texto de Vidal he encontrado detalles que me habían pasado desapercibidos en su momento. La pluma del erudito norteamericano destila mordacidad, ironía, pero asimismo un poso amargo que razona sobre la facilidad con la que puedan ser manipuladas las masas. En este principio activo se basan las sociedades democráticas que escogen a sus representantes —vía comicios electorales—, por lo general, cada cuatro o seis años. Conspicuo conocedor de esas prácticas manipuladoras ofrecidas en tiempo de elecciones –suyo es, por ejemplo, el guión de The Best Man (1964), a partir de una obra teatral escrita por él mismo—, Vidal segrega su contrastada vena ácida en el retrato de un microcosmos que se sumerge en razonamientos diáfanos, de una sencillez exultante para proveer de contenido un discurso que encandila a la mass media. El tema hubiera podido resultar hilarante en manos de un escritor del perfil de Tom Sharpe o Evelyn Waugh, pero Gore Vidal se muestra abiertamente sardónico a través de la voz de un personaje —adopta el nombre verdadero de éste, el de Eugene— que ofrece el testimonio, desde el germen de la sociedad que se crea en su entorno hasta la desaparición de su guía espiritual John Cave. Por aquella época, Vidal intuyó que el arma definitiva para manipular a la población a su libre albedrío, ya se había fabricado: la televisión. De ésta se beneficia Iris, Clarissa, Paul Himmel y Butler, el "núcleo duro" de la Sociedad Cavita, en aras a difundir un mensaje vacío de contenido pero con un envoltorio que cobra atractivo cara al público. Invadido de un pensamiento anticristiano, la doctrina cavita arraiga en una sociedad que se descompone por la base, receptiva a esos menajes directos, apoyados en ideas tejidas sin otro pronunciamiento que una originalidad arbitrada desde la improvisación. A cada cumplimiento de un objetivo, por nimio que parezca, las mentes pensantes de la Sociedad dan un nuevo paso al frente, implicando un revestimiento jurídico, ideológico, social y político dispuesto en forma de burbuja capaz de explotar en cualquier momento. Pero la suerte de esa Sociedad Cavita reposa en una población que hace suya una doctrina abanderada por el suicidio como meta final. La muerte de Cave no comporta la aniquilación de la Sociedad; más bien, provoca un reforzamiento en sus convicciones por difundir el mensaje del “Mesías” Cave. En suma, Mesías se trata un brillantísimo ejercicio de sátira socioreligiosa que se muestra a modo de “punto de fuga” dentro de la Colección de Minotauro destinada a la ciencia-ficción. Un buen libro, pues, para medir el alcance literario de un autor que reposa en el "Panteón" de los prohombres de las Letras Norteamericanas del siglo XX, entre otros, junto a Tennessee Williams, al que le dedica este Mesías profético y lúcido a partes iguales. Al cabo, Vidal adaptaría dos de los textos de Williams para la gran pantalla, De repente, el último verano (1959) y la invisible The Last of the Mobile Hot-Shots (1970), en una muestra de su actividad cinematográfica que se alternaría entre la faceta de guionista y actor, con apariciones que pretenden erigirse en un guiño a su propia biografía familiar —la sátira política Ciudadano Bob Roberts (1992), en la que oficia de congresista, labor desempeñada por su abuelo— o que discurren sobre ese futuro imperfecto —la sublime Gattaca (1997)— sobre el cuál a menudo profetizó, a modo de contrapeso de una obra racimada de piezas literarias y ensayos que tratan de reconstruir la historia, en ocasiones, a través de algunos de sus personajes más ilustres (Abraham Lincoln, Nerón, etc.)      

viernes, 17 de agosto de 2012

LOS VERDUGOS TAMBIÉN MUEREN


En el verano de hace quince años un par de noticias vinculadas con ETA mostraban con toda su crudeza cómo el fanatismo de esos «libertadores de la patria vasca» se las gastaban, tratando de reflotar esos años de plomo que dejarían tras de sí un reguero de muertos en el curso de la denominada Segunda Transición Democrática al amparo del PSOE liderado por Felipe González. Con tan solo un intervalo de doce días se sucedía la noticia de la liberación de José Antonio Ortega Lara —después de un secuestro que duró 532 días en condiciones infrahumanas— y la de la ejecución de Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP en Ermua, quien después de un «secuestro express», ante la negativa del gobierno de turno a dar su brazo a torcer, perdería vilmente la vida. Desde entonces, la historia de ETA ha experimentado un descenso vertiginoso que le ha conducido a una progresiva autoinmolación, habitando la diezmada banda terrorista en las cloacas de las trincheras donde no hace demasiado tiempo se creían a resguardo en una suerte de santuario. Pero la serpiente enroscada que ha salido del cesto ya sin poder de inocular su veneno, sigue reptando por los ayuntamientos y las organizaciones tipo Bildu y sus satélites en aras a tratar de vehicular un discurso independentista sin menoscabo a renunciar de ese habitual victimismo que les lleva a equiparar el sufrimiento de los terroristas encarcelados con el de las familias de los asesinados por ETA.
   Pocas imágenes recuerdo proyectadas en mi mente que expresen el sufrimiento y el padecimiento humano como el experimentado por José Antonio Ortega Lara al salir de esa jaula donde fue confinado por espacio de más de quinientos días. Recuerdo con alivio su liberación, al tiempo que me interrogaba hasta qué punto la condición humana puede ser capaz de un acto de semejante grado de vileza y maldad. La respuesta: en el ADN de la comunidad de etarras que operaban por aquel entonces la inmisericordia dominaban pensamiento y corazón, convirtiéndose en esas alimañas que las definen por sí sola. Hoy, una quincena de años más tarde, una de esas alimañas, Josu Uribetxeberría, se la ha certificado que padece un cáncer terminal. Él fue uno de los responsables de “enterrar vivo” a Ortega Lara en un zulo de 3,5 metros cuadrados situado en los bajos de una empresa de Mondragón, feudo abertzale por antonomasia. Lejos de mantenerse en silencio, Bildu, el sindicato LAB y todos esos grupos gobernados por el ideal del independentismo vasco, han hecho frente común por la causa de Uribetxeberría, en huelga de hambre desde hace unos días a modo de medida de presión para poder obtener un tercero grado penitenciario para pasar lo poco que le queda de vida entre los suyos. En breve, el Tribunal de Justicia del estado español deberá decidir sobre qué postura adoptar sobre las peticiones promulgadas por estos colectivos abertzales. El dilema está servido: si se activa esta “medida de gracia” —que cuadra dentro del espíritu legislativo de un país cuyo régimen penal anda a sideral distancia de la mano de hierro, por ejemplo, de algunos de los estados los Estados Unidos de América o la China—, parecería una muestra de debilidad del estado democrático; y si se mantiene la prisión a perpetuidad para Uribetxeberría la deshumanización, para algunos, se habrá instalado en el seno de la Justicia con hilo directo con el gobierno de turno. Me detengo a pensar sobre ello y razono que si tenemos la certeza médica de que la guadaña de la muerte aguarda al doblar la esquina a esa alimaña con rostro humano, su liberación no haría más que dar la medida de la grandeza de un estado democrático en oposición a esas correas de transmisión de los etarras practicantes a full time de un cinismo a ultranza, parapetados en un ejercicio reivindicativo que provoca nauseas, aun sabedores que entre las “marcas” a superar de ETA se encuentra lo acontecido con Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco.  Ambos víctimas de esa ETA ahogada en la maldad que cubre sus vergüenzas con una capucha tocada de una txapela. La viva expresión del verdugo. Por fortuna, Los verdugos también mueren. Bertold Brecht dixit. Agur, Josu. Asististe a un entierro en esa primavera de 1995, en la que tú mismo ayudaste a cavar la zanja, pero os olvidastéis de un pequeño “detalle”: el muerto estaba vivo. Esta vez nos hemos asegurado que estés bien muerto. Eso sí, a tu entierro asistirán los de tu misma catadura moral: las alimañas. Justicia poética. Amén.


martes, 7 de agosto de 2012

«GRANDES CLÁSICOS» DE MONDADORI, UNA COLECCIÓN INJUSTAMENTE IGNORADA

En más de ocasión he escuchado declaraciones de Octavio Paz en las que llegaba a la conclusión de que en el estado español solo había cinco mil lectores “reales”, aquellos que hacen de la lectura un ejercicio de “gimnasia” casi diaria. Hace unos meses asistí a un curso de edición impartido por distintos profesionales con el propósito de tomar el pulso a la realidad de un sector cultural intrínsicamente emparentado con el económico. Al cabo de finalizar el curso, pocas sorpresas depararían el mismo para un servidor, razonando que a la práctica mucho de lo expuesto en el plano teórico quedaba en agua de borrajas. Para un sector que ha experimentado un descenso de ventas del 20% en los últimos años toda aquella exposición de profesionales implicados en el proceso de edición (correctores, traductores, diseñadores, maquetistas, directores editoriales, etc.) se desmonta por la base y en muchas ocasiones la figura pluridisciplinar asoma para que los números lleguen, en la medida de lo posible, a cuadrar. Pero, a fuer de ser sinceros, me llevé una desagradable sorpresa al conocer por boca de una de las editoras de Mondadori, una vez cumplimentada su segunda conferencia del curso, las más que discretas cifras de ventas de la colección «Grandes Clásicos», sin duda, la joya de la corona del sello barcelonés. Carlos Díaz y un servidor nos quedamos boquiabiertos al conocer que la media de ejemplares vendidos de esta insigne colección rondaba los setecientos ejemplares. Después de unos minutos, acaso una hora de conocer me invadió una extraña sensación sobre la clase de país que somos cuando una colección que debería ser todo un orgullo, que cumple cada uno de los requisitos para formar en las (pequeñas) bibliotecas de infinidad de hogares españoles, ni tan siquiera alcanza las mil unidades vendidas. De igual manera que muchos aficionados al cine o a la música construyen sus dvdtecas o discotecas a golpe de clásicos de todos los tiempos nunca he llegado a entender el porqué las obras clásicas parecen no tener asidero en el ámbito privado para aquellos gozosos de sentirse personas cultas. Los «Grandes Clásicos» de Mondadori lleva tiempo postulándose como la gran biblioteca de autores a nivel mundial llamados a merecer un protagonismo en las estanterías de hogares habitados por personas con inquietudes culturales que vayan más allá de las nuevas tendencias. Recientemente se ha publicado en cinearchivo un comentario crítico de un servidor sobre El lobo de mar de Jack London, uno de los escritores que había leído con fruición en mi adolescencia. Me gustaría pensar que con esta reseña pueda contribuir a divulgar una obra de exquisita calidad, como la plana mayor de las que jalonan una colección sinpar, abastecida de literatos del calado de Honoré de Balzac (Las ilusiones perdidas), Joseph Conrad (Lord Jim) Charlotte Brontë (Jane Eyre), William M. Thackeray (Las aventuras de Barry Lyndon), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray), Gustave Flaubert (La educación sentimental), Bram Stoker (Drácula), Rafael Sabatini (Scaramouche), Mary W. Shelley (Frankenstein o el moderno Prometeo), Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas) y un largo etcétera. Asimismo, bueno sería que el aparato promocional de Mondadori actuara de manera firme para dar a conocer si cabe con mayor determinación esta excelente colección. Pero tengo mis reparos al respecto: si he sacado algo en claro de ese curso de edición es que, al igual que muchos de los asistentes al mismo, muchos editores descuidan el placer de la lectura de clásicos en aras a dar con la última bomba “superventas”, independientemente de la calidad literaria que atesore. Así pues, solo nos queda que la curiosidad de muchos lectores —que practican este noble arte con una frecuencia semanal o mensual— les lleve a reparar en estos Grandes Clásicos de tapa dura, con preciosas ilustraciones en sus portadas —algunas de ellas en sus páginas interiores— y con textos de primera magnitud escritos por personajes que imaginaron mundos en épocas en que ni tan siquiera el concepto de Internet se formulaba como una entelequia o la televisión polarizaba la atención de las vidas del común de los mortales.

viernes, 27 de julio de 2012

MENTIRAS ARRIESGADAS DEL «CABALLERO OSCURO»: MARIANO RAJOY

En tiempos de crisis para hacer llegar el mensaje de la forma más diáfana posible a la ciudadanía, políticos, economistas, periodistas y contertulios en general echan mano de un símil recurrente, el que compete al funcionamiento del organismo humano. En ese cuerpo desmembrado que representa en la actualidad nuestro país, esos facultativos que ofician de gobernantes no parecen reconocerse cuando estaban en la oposición. A propósito de la nefasta política llevada a cabo por la Administración comandada por José Luis Rodríguez Zapatero, escribí un post en este mismo blog tildando al máximo dirigente socialista de mentiroso (Ver enlace), el sobrenombre que mejor le sienta a alguien empecinado en negar sistemáticamente una evidencia en forma de crisis galopante. Por aquel entonces, Mariano Rajoy, ducho en la oratoria, se gustaba en el parlamento con frases elocuentes que parecían surgir al dictado del sentido común. Ese mismo sentido común que en menos de siete meses ha dilapidado durante su estancia en el gobierno, convirtiéndose en una marioneta en manos de una jerarquía que cabalga sobre los intereses de Alemania. Recluido en sus cuarteles de invierno, al abrigo de su cohorte de subordinados —con Javier Moragas ejerciendo de pelotari mayor del reino—, Mariano Rajoy me recuerda a esos dirigentes de países del Oriente Medio o del sudeste asiático que prácticamente no se dejan ver en público, eluden cualquier tipo de pregunta comprometedora y pierden definitivamente contacto con la realidad a pie de calle. Defensor de lo uno y su contrario, su descrédito ha sido tal que ya ni siquiera hace un acto de constricción, entona un mea culpa frente a los que depositaron su voto creyendo que su entrada en Moncloa liberaría a España de todos sus males “zapateriles”. Echar la mirada y el oído hacia atrás sobre esos mítines de “real abolengo” (en plazas concurridas como las de Valencia o Madrid) presididos por Rajoy con el ánimo de desplazar del gobierno al PSOE hoy en día deberían producir arcadas de vergüenza para los que, como él, suscribían frases administradas con un tono de mezquina soberbia. Pero políticos del jaez de Rajoy viven instalados en un principio de incertidumbre que les impide salir a la palestra y, en un acto de dignidad, decencia democrática y coraje, saber que el incumplimiento sistemático de un programa electoral que él había rubricado lleva aparejado un flagrante cese de sus responsabilidades y, acto seguido, la convocatoria de elecciones generales. Todo es pura apariencia en esta carpa política en la que vive parapetado un PP que gobierna de espaldas a la ciudadanía, dejando que Rodrigo Rato ejerza de trilero en sede parlamentaria —en un formato que tira de espaldas; baterías de treinta preguntas seguidas (por varios portavoces de los partidos representados en esta cámara) a contestar a gusto del consumidor— yéndose de rositas después de su gestión al frente de Bankia, provocando (por acumulación: su antecesor, Miguel Blesa, otro que tal baila) un socavón financiero descomunal que ha contribuido a enterrar algunas expectativas de recuperación al medio plazo para este bendito país. Las razones de determinadas medidas adoptadas en las últimas semanas solo se explican porque su afán recaudatorio les nubla la mente. Gobernar con una calculadora es lo más fácil del mundo; saber utilizar la mollera y pensar que con el incremento del IVA cortas de raíz cualquier repunte del consumo, es el ejercicio de la lógica al que se hubiera agarrado Rajoy cuando operaba en la tribuna de la sensatez, la de la Oposición. Hoy en día este Rajoy representa un muñeco de trapo que mueve la boca mecánicamente. Más que un coche oficial modelo Volkswagen (cortesía de Frau Angela Merkel, of course), lo que ansía Don Mariano es que, al pie de la Moncloa se aparque el Delorean para hacerse con su volante y regresar al futuro. De esta forma podrá emular al héroe de una de sus cintas favoritas y perder de vista ese presente que le lleva a fustigarse interiormente. O quizás no: sabe que la mentira, más que el Euro, es la moneda de cambio común entre estos políticos que pasan parte de la jornada volando a nueve mil metros de altura. Desde allí, esas vidas humanas que permanecen en tierra quedan desdibujadas; una masa informe que lanza un SOS sin que a esa distancia Rajoy y sus acólitos puedan escuchar sus lamentaciones.

sábado, 14 de julio de 2012

BALADA TRISTE DE PIA DEGERMARK AKA ELVIRA MADIGAN


«Unhappy things still happen.

Even in our time,

Saddest of all is this

What happened to Elvira Madigan» (1).


1ª estrofa de The Ballad of Elvira Madigan, de John Lindström Saxon (1859-1935)

 
Muchos de los asiduos a las salas de «arte y ensayo» se debieron sentir atraídos por la belleza de la actriz que encarna a Elvira Madigan en el film epónimo rodado por Bo Widerberg en 1967. Por aquel entonces, un servidor acababa de nacer y tan solo hace unos días tuve la ocasión de ver por primera vez Elvira Madigan, una obra a todas luces acorde con las premisas de una programación alternativa allá por los años sesenta y setenta que congregaría a una cinefilia “militante”. Al buscar algunos trazos biográficos sobre Pia Degermark, (1949, Bromma, Estocolmo), la rubia protagonista, pronto me topé con una historia propia del concepto rise and fall («auge y caída»), en que una vez más atribuimos una presunta felicidad a personas que, en realidad esconden en un “doble fondo” de sus existencias un desequilibrio emocional producto, por lo general, de la combinación de diversos factores. En ese ejercicio de funambulismo que a menudo resulta la vida, Pie Degermark estuvo a punto de perder el equilibrio y precipitarse al vacío. La felicidad por la celebración de su boda con el productor cinematográfico Pier Caminneci en 1971 y el posterior nacimiento de su hijo Cesar quedaría diluida en la memoria de una actriz de corta trayectoria, envuelta en un sinfín de problemas desde entonces que irían laminando su capacidad de superación. La hiperactividad la hizo dependiente de las anfetaminas y de ahí pasaría a serla diagnosticada anorexia. Degermark, aquella rubia de aspecto lozano que lucía en la gran pantalla en un espacio bucólico, iba conformando un curriculum en paralelo salpicado de desgracias varias, enfermedades que quedaban impresas para siempre. En su afán por combatir la enfermedad que lograría vencer, a su regreso a Suecia —tras una estancia en los Estados Unidos muy discreta en lo profesional y muy movida en lo personal— crearía a tal efecto una fundación, pero esa no sería su salvavidas definitivo. Degermark se dejaría arrastrar por el oleaje de esa delincuencia a pequeña escala que lleva aparejado asuntos de drogas y robos. Su paso por prisión se haría inevitable cuando la trincaron en compañía de su nueva pareja. La enfermedad y las malas compañías se confabularon una vez más, convirtiendo a Pia Degermark en un despojo de esa misma sociedad danesa que décadas atrás había sido objetivo de envidias cuando el príncipe heredero sueco Carl Gustav la sacó a bailar. En esa instantánea que reprodujeron los semanarios y los periódicos escandinavos repararía Bo Widerberg, adjudicándola de facto el papel femenino principal para una producción que se debía estrenar justo el año que se cumplía el centenario del nacimiento de la auténtica Elvira Madigan (1867-1899), la trapecista danesa. Ésta fallecería a los veintidós años en compañía de su amado, el lugarteniente sueco Sixten Sparre. Pie Degermark, por su parte, cumplirá el próximo 24 de agosto su sesenta y tres aniversario. Ella ha visto dibujada la muerte sobre ese asfalto que conforma la carretera de cada una de nuestras vidas. Una carretera por la que Pia Degermark ha transitado en ocasiones observando a su alrededor un paisaje sin colores. Ahora mira hacia atrás y reflexiona que éste ha sido su pasaporte para la supervivencia. Otro “juguete roto” que anotar al cargo de las celebrities contemporáneas, pero que al menos en esta ocasión, como ella misma dice «estoy viva y puedo sonreír». Y que sea por mucho tiempo más.


(1) Las cosas infelices siguen ocurriendo / Incluso en nuestra época / Lo más triste de todo ello es lo que ocurrió a Elvira Madigan.

jueves, 5 de julio de 2012

UN «PEZ» LLAMADO CHRIS SQUIRE: LEYENDAS DEL ROCK SINFÓNICO (I)


En el extraordinario documental dedicado a repasar la historia de Yes —editado en 2007, en zona 2, de tapadillo por el sello Llamentol— por parte de sus componentes que formaron en el siglo pasado —con la salvedad de Tony Kaye—, el periodista y escritor Chris Welch —la "enciclopedia viviente" de la banda británica; suyo es el libro The Story of the Yes: Close to the Edge (2003)—, productores y algún que otro músico invitado —Keith Emerson—, cronómetro en mano Chris Squire es quien goza de mayor “cuota de pantalla”, seguido de cerca por Jon Anderson. No en vano, ellos fueron los fundadores del grupo de rock sinfónico más longevo de la historia tras poner en concordancia sus gustos musicales (preferentemente Simon & Garfunkel en su definición melódico-vocal). Pero lejos de crear un frente común en la toma de decisiones, Squire y Anderson tuvieron y siguen teniendo desencuentros que acabaron o han acabado en separaciones temporales con visos, eso sí, de volver a coincidir en los estudios de grabación y en las salas de concierto. Una historia, la de Yes, que se escribe con renglones torcidos, con constantes entradas y salidas de miembros que, al cabo, han provocado la impresión, cuando no certeza, de que se trata de un plantel de excelentes músicos instalados en una suerte de "potro mecánico". En gran medida, Chris Squire ha sido el miembro de Yes —de los que gozan del estatus de "históricos"— que ha contribuido más a ese desbarajuste que los caracteriza, dando el beneplácito a la entrada de sabia nueva acogiéndose a la coletilla del «¿por qué no?, probemos», convertida en “aforismo” al cabo de los años. Solo de esta forma se entiende que, una vez Jon Anderson y Rick Wakeman abandonaran la banda tras el álbum Tormato (1978) —con un severo problema en el andamiaje de su sonido—, Squire apadrinara a dos recién llegados, Trevor Horn y Geoff Downes (de The Buggles) que navegaban por mares diríase que diametralmente opuestos a los de Yes. Cualquier parecido con la realidad de los autores de Close to the Edge (1972) o Tales from the Topographic Oceans (1973) era pura coincidencia. Paradójicamente, todo aquel giro de 180º desembocaría en la confección de “Owner of a Lonely Heart”, el buque insignia del álbum 90125 (1983), que según confesión del propio Wakeman (ajeno a sus dinámicas poperas) permitió la supervivencia de la banda merced a su descomunal éxito. Una supervivencia que se cobraría un peaje demasiado caro, provocando la confección de dos “identidades” que discurrían a cada lado del Atlántico, la del Oeste pilotada por Squire. Allí, en la soleada california, Squire ha vivido su “exilio fiscal”, proyectándose la imagen de bon vivant, “tuneado” para saltar al ruedo de los escenarios con un look que trata de contrarrestar la realidad de su fecha de nacimiento: la del 4 de marzo de 1948. Si bien alejado durante largas temporadas de su Inglaterra natal, Squire sigue conservando esa flema británica perfectamente “ensamblada” para encajar la salida o la entrada de un miembro al cuerpo de Yes. A fuerza de acostumbrarse a tanto cambio, Squire ha sido quién más ha fomentado ese carácter heterogéneo de la banda, integrando infinidad de estilos al calor de una nueva incorporación. Con todo ello, lo que en otra banda hubiera repercutido en una definitiva pérdida de identidad respecto a sus correspondientes orígenes, para Yes el contar con Squire conforme a su elemento más constante ha salvaguardado —en dura “competencia” con Jon Anderson— la esencia del grupo. Mientras el ex bajista de Syn y Mabel Greer's Toyshop siga aferrándose a su Rickenbacker, por suerte o por desgracia —según el prisma con que se mire— no se vislumbra, al corto o medio plazo, el final de Yes.  
   Consecuencia directa de su férrea voluntad por seguir perseverando en la supervivencia de Yes tras cuarenta y cinco años, Chris Squire no se ha prodigado –como otros de sus colegas y (sin embargo) amigos, Steve Howe, Jon Anderson o Rick Wakeman— demasiado fuera del grupo. Su único álbum en solitario, editado a mediados los años setenta, razona desde la alegoría que no era su espacio natural: ese pez fuera del agua apela a su propia persona, la de un músico educado en los coros de su "patria chica" —Kingsbury— que hacía saltar el contador del agua fruto de su pasión por las duchas. De ahí que fuera bautizado Fish por parte del bateria Bill Brudford antes de la aparición en la escena musical de otro espigado —si cabe aún más— británico de idéntico apodo que formaría en Marillion. Pero mientras Derek William Dick admitía a “trámite” que fuera conocido por su apelativo entre los aficionados, Chris Squire prefirió que Fish se quedara exclusivamente en el ámbito familiar. En buena lid, su apellido hace honor a varios de sus significados –echando mano de la British Enciclopedia—, la de «propietario» –se mantuvo en sus trece que él y sus “compinches” debían seguir explotando el nombre de Yes durante la tormenta acaecida a finales de los ochenta—, «escudero» –de Jon Anderson cuando éste ejercía de prima donna— y «juez de paz» cuando se encendía el enésimo fuego en una formación cuya genialidad va pareja a una irrenunciable voluntad por reiventarse, aún a riesgo de regresar a la casilla de partida over and over.         

domingo, 1 de julio de 2012

«EL FIN DE SEMANA» de Bernhard Schlink: EL EXILIO INTERIOR

De un tiempo a esta parte vamos conociendo historias que nos hablan de la necesidad de buscar respuestas de las víctimas del terrorismo de ETA por parte de sus verdugos. Ese goteo de encuentros cara a cara llena de valor a todos aquellos necesitados para saber de motu proprio la sinrazón que llevaría a unos indepedendistas fanáticos a empuñar un arma o detonar una bomba, fijando sus objetivos en personas que querían eliminar simplemente porque no pensaban como ellos. Desde este blog he mantenido que los últimos capítulos de ETA guardan un notable paralelismo con lo acontecido en relación a la banda terrorista germana Baader-Meinhof. Asistimos estos meses a esa muerte por “inanición” de ETA, cayendo en las redes policiales los estertores de una banda que aún persiste en mantener, en forma de marquesina, el rótulo con el anagrama de la serpiente enroscada en un palo pero la “empresa del terror” tiene las “persianas” bajadas sin posibilidad de volver a abrir.
Especialmente pertinente y revelador para entender las analogías existentes entre ETA y la Baader-Meinhof —desde el prisma de esos mundos cerrados operados por un radicalismo ideológico que justifica la lucha armada, con grupos de apoyo que les daban una dimensión mucho mayor de la que, en realidad, tenían en cuanto a los “pistoleros” contabilizados en sus filas— fue para un servidor la visión de RAF: Fracción del ejército Rojo (2008), dirigida por Uli Edel, una de las mejores películas europeas en lo que llevamos de siglo. Dentro de otro ámbito cultural, ese mismo año se publicaría en Alemania “Das Wochenende” (2008), de Bernhard Schlink, (1944, Bielefield, Alemania) traducida al castellano con el título Fin de semana y publicada en abril de 2011 dentro de la suprema colección «Panorama de Narrativas» del sello Anagrama. Pendiente su lectura desde entonces, Fin de semana me ha vuelto a situar en el camino del conocimiento de la realidad de la Baader-Meinhof a través del personaje de Jörg, un ex miembro de la Fracción del Ejército Rojo que, tras cumplir veintitrés años en prisión, obtiene la libertad y se reencuentra con sus viejos amigos de “militancia” ideológica, que no terrorista. Éste deviene un personaje inventado si bien funciona a modo de arquetipo del joven idealista de izquierdas atrapado en una espiral radical que le llevaría a someterse a una disciplina paramilitar en forma de “ejército rojo” con el enemigo “estado” situado en el punto de mira. Sobre Jörg pivota la historia que nos cuenta Bernhard Schlink cautivo de ese estilo libre de arabescos narrativos, de exposición sencilla y franca, acotando a la mínima expresión referencias a otros textos literarios (se ciñe únicamente a Lolita de Vladimir Nabokov y Las esposas de Stepford de Ira Levin) y dotada, eso sí, de una primorosa sensibilidad cuando afloran cuestiones íntimas encofradas en el ánimo y en el espíritu de sus “criaturas” literarias. En virtud de ir acumulando lecturas de sus novelas —El lector (2009), Mentiras de verano (2012) y Fin de semana (2011), por este orden—, esa percepción de escritor que se aplica a la esencia del relato y desgrana el mapa de las emociones de los personajes en liza de una forma encomiable va convirtiéndose en “marca de fábrica”. Asimismo lo es alguna que otra pincelada referida al mundo de la judicadura —“remanente” de su condición de juez en distintas plazas con cargo de alta responsabilidad— que para el caso que nos ocupa se corresponde con la presencia de Andreas, el abogado de Jörg, en una casa de campo solariega durante un largo fin de semana.
Habilitada para leerse en ese espacio temporal al que alude su título, la novena novela de Bernhard Schlink nos sumerge en esa dialéctica sobre el fracaso de la lucha armada asumido por esos miembros que purgaron sus pecados en las cárceles. Entre los observadores de la constatación de tamaña realidad encontramos familiares —la hermana mayor del protagonista, Christiane—, amigos de juventud —Ulrich, quien le ofrece trabajo en su empresa dedicada a la odontología, Karin y Henner, entre otros—, un hijo (Ferdinand Bartholomäus, alusión velada a Sacco y Vanzetti) al que pasa cuentas a su progenitor, y Marko, ese joven imbuido de la “mítica” de la Baader-Meinhof y que flirtea con recuperar ese espíritu “combativo” de antaño. Marko pertenece a esa escuela de angry young men que podemos encontrar representados en la gran pantalla en un film como Los edukadores (2004), en la que empezaría a despuntar Daniel Brühl. El actor ideal, sin duda, para encarnar a Marko en una hipotétitca adaptación cinematográfica evaluada al corto o medio plazo de un texto que se presta igualmente a su representación teatral. Cualquiera de estos medios serviría a la “causa” literaria de Fin de semana, una obra que quizás haya quedado eclipsada por el longseller El lector pero que merece ser descubierta para todos aquellos persuadidos con la idea de que el placer puede ir de la mano de la reflexión.

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