No deja
de resultar irónico o, cuanto menos curioso, que el escritor británico Jonathan
Coe (n. 1961) encontrara inspiración para su novena novela en las visicitudes
de la preproducción, rodaje y postproducción de Fedora (1978), centrado en la vida del personaje epónimo que vive
recluída en una isla griega, justo en el periodo en que buena parte de la
población mundial vivió un confinamiento domiciliario —amén de otro tipo de
restricciones— a causa de la pandemia del COVID-19. A tenor de lo que podemos
leer en las páginas finales de El señor
Wilder y yo (2020), editado por el sello Anagrama, en el apartado dedicado
a «Agradecimientos y fuentes», Coe fija la fecha de su
reunión con el cineasta Volker Schlöndorff el 13 de marzo de 2020 en Berlín,
pocos días antes que bastantes gobiernos del viejo continente aprobaran en sede
parlamentaria un confinamiento domiciliario que debía levantarse en función de
cómo evolucionaran los índices de contagios en el área de Europa. La cita con
el director de El tambor de hojalata
no supuso un mero trámite para Jonathan Coe, ya que ante la imposibilidad de
haber podido entrevistar a algunos de los colaboradores más cercanos de Billy
Wilder —el guionista I. A. L. Diamond (1920-1988), Jack Lemmon, Walter Matthau,
etc.— Schlöndorff pasó numerosas horas conversando con el realizador vienés
nacionalizado norteamericano, dando lugar semejante material a un
documental-testimonio titulado ¿Cómo lo
hiciste, Billy Wilder? (1988). Presumo que Coe pasó un buen número de horas
visionando este documental con el convencimiento que podría capturar no pocos matices a la hora de afinar en la mentalidad y
en la gestualidad de Samuel Wilder —artísticamente, Billy Wilder—, esencial
para que el lector dispuesto a acercarse al contenido de su novela
manufacturada durante el periodo pandémico diera validez a un ejercicio
literario envuelto de una aureola cinéfila con referencias no tan solo al
patrimonio inviolable del director, guionista y productor de origen centroeuropeo
sino también a producciones tan dispares como Un tipo genial (1983) o Amenaza
en la sombra (1972). De hecho, uno de los principales atractivos de El señor Wilder y yo reside en ese
acercamiento a una personalidad un tanto poliédrica, en que la ternura y
afabilidad podía enmascarar una veta
sarcástica, mordaz y/o irónica, o a la inversa. Al respecto, el pasaje en que
parte del equipo de producción de Fedora
celebra una velada en honor al doctor (Miklós) Rózsa en Munich permite medir el sentido del humor de su director y coguionista que, a
menudo, podría resultar demoledor, en particular cuando afea a Al Pacino —por aquel
entonces, pareja sentimental de la helvética Marthe Keller (Keller) y ultimando
el rodaje de Un instante, una vida
(1977) a las órdenes de Sydney Pollack— que pida una hamburguesa con queso en
un templo de la gastronomía alemana y
ordena al maître que retire los
cubiertos del astro cinematográfico. Siguiendo el dictado de la narración del
libro, algo más de un año antes Billy Wilder y Al Pacino habían coincidido en
el comedor de un restaurante de lujo en Beverly Hills, en un episodio que
serviría de punto de encuentro con el otro protagonista de la función, Calista
Frangopoulou, una joven helena que se verá envuelta en la producción de Fedora merced a su conocimiento del
inglés y de su lengua nativa. Más cercana a la Audrey Hepburn de Sabrina (1954) y Ariane (1957) que a cualquiera de las otras intérpretes que
formaron parte de las películas dirigidas por Wilder, Calista representa la
verdadera creación literaria de El señor
Wilder y yo con un trazo inteligente y, a la vez sensible, a cargo de
Jonathan Coe. En el propósito del escritor inglés de aquilatar el personaje de
Calista en el relato más allá de los lugares comunes, se sirve de la amistad
que traza con Izzy Diamond, en cierta medida, como personaje «puente» para
acceder a conocer la verdadera naturaleza de Billy Wilder, quien cubría su
etapa final en el medio cinematográfico situado en el «trono» de los cineastas vivos más
reverenciados por sus colegas de profesión y por una legión de cinéfilos
dispersos por infinidad de países. No obstante, en el ánimo de un septuagenario
Wilder pesaba que su cine ya no interesaba a las nuevas generaciones de
espectadores, un pensamiento que queda reforzado con la creación de otro
personaje, el de una suerte de novio de Calista, con ínfulas de cineasta y
comprometido con un tipo de propuestas alineadas con un renacimiento del cine
precisamente en la cuna de donde surgieron numerosos cineastas (en ciernes o
consolidados) que tuvieron que emigrar a los Estados Unidos para apuntalar y/o
dar continuidad a sus respectivas carreras cinematográficas. A tal efecto,
Jonathan Coe eleva el vuelo narrativo
de su propuesta cuando Wilder en la citada cena, a modo de paréntesis, relata
una historia personal ante los comensales, aquella que interpela a sus años en
Berlín, su posterior estancia en París y su viaje hasta la «tierra prometida», esto es, los Estados
Unidos. En estas páginas en s¡ngular Coe ejerce su magisterio, aquel capaz de
justificar por sí solo el interés por aproximarnos a la lectura de El señor Wilder y yo, un complemento
ideal para aquellos que como un servidor tenemos en un pedestal al insigne
realizador de films fundamentales de la Historia del Séptimo Arte como Perdición (1944), Con faldas y a lo loco (1959), El
apartamento (1960) o La vida privada
de Sherlock Holmes (1970), esta última fuente de un rico anecdotario que
trasciende al conocimiento del lector, entre los que destaca la tentativa de
suicidio del actor Robert Stephens (en la piel del taimado detective) o el
hecho que el cineasta austriaco había sido un conspicuo lector de las novelas
escritas por Arthur Conan Doyle que pivotan sobre el celebérrimo personaje mucho antes de dar inicio a un rodaje que se
prolongaría por espacio de más de un año en tierras británicas, las mismas que
vieron nacer al autor de esta pequeña joya literaria con aroma de cinefilia.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
sábado, 29 de enero de 2022
«EL SEÑOR WILDER Y YO« (2020, Jonathan Coe): UN INSTANTE, UNA VIDA
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