La obra traducida en lengua castellana de
Stanislaw Lem (1921-2006) había permanecido un tanto dispersa en distintas
colecciones de otras tantas editoriales hasta que a principios de la década pasada
el sello Impedimenta anduvo resuelto a colocar la primera piedra cara una «Biblioteca
Lem»
habitada de piezas inéditas y reediciones de relatos y novelas con la
particularidad que sus respectivas traducciones se han hecho directamente del
polaco. Coincidiendo con el cumplimiento del natalicio del prolífico escritor
polaco Impedimenta ha reservado el último trimestre de 2021 para dar acomodo en
su exquisito catálogo, amén de la enésima reedición de Solaris (1961), a uno de sus relatos cortos —El profesor A. Dońda (1974)— y a una
biografía elaborada por Wojciech Orlińsky con un título —Una vida que no es de este mundo (2021)— suficientemente explícito en relación a su condición de una de
las mentes más brillantes surgidas al inicio del siglo XXI. Al respecto, cara a
la estrategia editorial pergeñada por Impedimenta sirve de “aperitivo” en este
año conmemorativo del nacimiento de Lem El
profesor A. Dońda, inédita por estos pagos hasta la fecha en que se nos
muestra a un autor que no quiso poner freno —léase (auto)limitaciones— a un humor que
parece darse la mano con el «teatro del absurdo»
auspiciado por Samuel Becket y Eugène Ionesco con sus propias singularidades.
De algún modo, la publicación de El profesor
A. Dońda gana en importancia a la hora de evaluar la amplitud de registros
estilísticos y de tono a los que se encomendó Lem, jugando al “despiste” tan
propio de aquellos artistas “militantes” de la ortodoxia, prestos a dinamitar
espacios socorridos por los tópicos y/o las fórmulas trilladas. Fruto de su
desbordante imaginación, Stanislaw Lem abrió un paréntesis en su quehacer de
novelista para ofrecer a los lectores una pequeña obra que adopta el punto de
vista —a efectos de narrador— de Ijon Tijy para ir desgranando aspectos de la «vida
y obra»
del personaje epónimo. La biografía inherente a Dońda marca las pautas de la
naturaleza de un relato que cuenta para la presente edición con un prólogo a
cargo de Patricio Pron, pórtico de entrada a una pieza de extravagante atractivo, situada en el frontispicio de un humor que no
nos debe distraer de la importancia de su carga de profundidad en forma de
carácter visionario. En aquel lejano, cuando no remoto 1974, Lem ya vaticinaba la necesidad de un certificado de
vacunación para poder desplazarse por un mundo cada vez más intercomunicado y
sobre todo en pleno proceso de «minituarización»
de un caudal de información medida en
terabytes, al punto que Dońda –catedrático de Svaunética en la Universidad de
Kulahari, en la república africana de Lambia— hace suya la expresión-reflexión «La
computarización le retorcerá el cuello a la civilización, pero eso sí, con
suavidad…». Así pues, por la vía humorística coaligada con
el absurdo, Stanislaw Lem dio carta de naturaleza a un relato breve que coloca
en el disparadero la deriva tecnológica a la que parecía abocada nuestra
civilización próximo a traspasar el ecuador de la década de los setenta y que
el paso del tiempo ha venido a refrendar una vez cubierta la quinta parte del
siglo XXI. Para tal menester el relato salta
del continente africano al europeo y viceversa, en virtud del itinerario
seguido por Dońda, cuyo nombre de pila –el de Affaidaid— se debe a un fallo
administrativo, al más puro estilo Brazil
(1985), la fábula cinematográfica pergeñada a partir de un libreto de Tom
Stoppard, Charles McEwon y su director, Terry Gilliam. Quién sabe si Gilliam tuvo presente el
contenido de El profesor A. Dońda cara
a filtrar en su guion algunas de las “genialidades”
de Lem, pero no extrañaría por lo que concierne a un lector compulsivo –entre otras
especialidades, la ciencia-ficción especulativa
y/o con resabios metafísicos— como el cineasta norteamericano vinculado temporalmente
a la troupe de los Monty Python. Asimismo,
imagino a Gilliam dibujando —su otra faceta artística más relevante— distintas viñetas de las hijas de Muwahi Tabuhine
que, una vez consumados sus respectivos matrimonios, en su conjunto, tejen una malla de conexiones entre los poderes
fácticos de la nación de Gurundangu, limítrofe con Lambia donde imparte cátedra
el bueno de Dońda. En última instancia, a él se debe una ley que cursa en
sentido contrario a un progreso tecnológico desbocado en que la información tiene
masa y tiende a ser convertida en materia. Razonamiento relativo a la ciencia marca
de la casa de Lem, que combina con una diatriba en contra de gobiernos que
institucionalizan el soborno al punto de crear un Banco de la Corrupción con el
objetivo de ofrecer créditos a empresarios y demás personal para semejantes
prácticas. En el otro extremo del cuadro
opera Dońda, quien en su exilio selvático trata de dar forma a un tratado que,
según Ijon, marcará un nuevo hito de una civilización que necesariamente
requiere «reinventarse»
sopena de quedar devorada por su
propia ambición anexionada al servilismo de una tecnología que no parece tener
fin.
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