martes, 31 de marzo de 2009

JAKE ANDERSON ESTÁ TRISTE: EL ADIÓS A MAURICE JARRE (1924-2009)

Recientemente, había tenido ocasión de repescar por televisión ...Y que le gusten los perros (2005), un título que me situaba frente a la pequeña pantalla gracias a una actriz que tengo en un pedestal —Diane Lane— y un actor —John Cusack— que hace de su inexpresividad o contención gestual uno de sus principales atributos/atractivos. Jake Anderson, el personaje que encarna el menor de los hermanos Cusack, tiene como debilidad ver una y otra vez Doctor Zhivago (1965). No se cansa nunca de contemplar aquella secuencia con un paisaje nevado en el que el leit motiv musical nos indica que Zhivago no ha podido olvidar a Lara (Julie Christie). Al igual que infinidad de personas, el primer impulso que me produjo interesarme por Maurice Jarre había sido ese delicado tema de Lara, puntuado por el sonido de la balalaika —instrumento oriundo de Rusia— y que acompaña a unas imágenes de una plasticidad y elegancia difíciles de igualar en la gran pantalla merced al magisterio de Sir David Lean y el cuerpo de técnicos que trabajaron a sus órdenes. Lean, según confesión del propio Jarre, no dio por bueno el tema de amor que quería repercutir sobre el personaje de Lara hasta la cuarta tentativa del compositor galo. Desde este prisma de exigencia al que el cineasta británico sometía a sus compositores, se puede entender el porqué Maurice Jarre no tuvo demasiadas oportunidades a lo largo de su dilatada carrera cinematográfica de situarse en la frontera de lo sublime, como si hizo con Lawrence de Arabia (1962), La hija de Ryan (1970) o la misma Doctor Zhivago. En un peldaño por debajo se situaría, entre otras muchas, según mi gusto, Gorilas en la niebla (1988), el primer CD de música de cine que adquirí años a.
Tan sólo por este rosario de trabajos en coalición con Lean y Michael Apted (un director que suele destacar el apartado musical de sus películas), Maurice Jarre merece un lugar de honor entre los compositores de su tiempo. Pero por diversos factores, el malogrado Jarre tuvo una caída en vertical en los noventa, perdiendo prestigio, a cada año vencido en su «década horribilis», en un vaivén de producciones que todas ellas parecían cojear del mismo pie: una mala elección de compositor o de la música escrita por éste. Maurice Jarre empezó siendo una de las bazas del director al principio de un determinado proyecto, pero al final su nombre brillaba por su ausencia en los créditos. La situación a la inversa también se dio. Al volver sobre el recuerdo que guardo de él en la corta distancia, con motivo de la rueda de prensa previa a una serie de conciertos que ofreció en la sala gran de l’Auditori de Barcelona, quizás esa mirada un tanto triste que percibí en su rostro se debía a unos años acumulando sinsabores en un medio que él había contribuido a la mítica cinematográfica con su trabajo para directores del fuste del citado Lean, Luchino Visconti (La caída de los dioses), Volker Schlöndorff (El tambor de hojalata) o Luis G. Berlanga (Tamaño natural), entre otros. Una tristeza, sin embargo, afectada de una cierta ironía cuando dijo veladamente que el motivo que hubiera participado en tantas producciones —unas ciento treinta, descontando cortos y películas/series para televisión— era que tenía que satisfacer el peaje de los tres divorcios que había ido acumulando. En contraprestación, ellas le habían inspirado para crear sus melodías. Pero ninguna valdría su peso en oro como la que escuchamos cuando visualizamos esa exultante belleza de cabellera rubia llamada Julie Christie que luce un vestigo rojo, a juego con una gargantilla, sobre un fondo histórico que remite a la época previa, durante y posterior a la Revolución rusa. Jake Anderson, al conocer la noticia del deceso de Maurice Jarre, volverá a dejar envolver sus oídos con la majestuosa música de Doctor Zhivago. Pero somos muchos los «Jakes» (nombre ambivalente) que seguimos dando gracias a Maurice Jarre por haber puesto su talento e inspiración al servicio de algunos de los versos cinematográficos más bellos que se han dado en la historia del cine. Descanse en paz, Monsieur Jarre.

2 comentarios:

Antònia Pizà dijo...

Considero "... Y que le gusten los perros" un buen ejemplo de película romántica. No recordaba que el personaje de John Cusack (comparte pedestal con Diane Lane) estuviere o estuviese enamorado de Doctor Zhivago... tendré que revisar dichos títulos, uno por Cusack y Lane y el otro por Christie.

Christian Aguilera dijo...

Gracias Antonia:

Bienvenida a la tierra de Haldane. Podría decir que en "... Y que le gusten los perros" salen dos de mis actrices favoritas: una en carne y hueso (con infinidad de peinados en función de las "blind dates"), Diane Lane, y la otra, al menos, en "espíritu", Julie Christie. Además de verla en casa, Jake (John Cusack) invita a su nueva novia a ir al cine... para volver a ver por enésima vez "Doctor Zhivago" (allí el guionista se "columpió" porque que proyecten la peli en una sala comercial, como diría un escolástico, largo me lo fiáis...)

un saludo

Christian